Dueña de su destino (Hijas de la desgracia 7) Capítulo 2
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Capítulo 2

En el espejo de su tocador, Helen Winston, hija del duque de Albine, observaba su rostro atractivo. Tenía todo lo que una dama podía desear: belleza y dinero, pero su reputación se había desvanecido entre los chismes de después de lo que le había ocurrido.

Dos años atrás, ella fue de compras con una doncella a una de las tiendas de ropa más importantes de Londres, porque le gustaba vestir bien.

Siempre demostraba su estatus noble con sus vestidos caros y joyas preciadas que su padre siempre le compraba.

Aquel la consentía mucho, pero ese día, algo desgraciado ocurrió.

Un par de hombres se la llevaron a uno de los barrios bajos de Londres con la intención de pedir un rescate por ella.

La tuvieron atada en un rincón sobre paja en una leñera.

Estuvo asustada el tiempo que duró su cautiverio.

Para Helen fue como una eternidad, mas solo habían pasado poco más de dos horas.

Su hermano y su padre la rescataron gracias a la intervención de alguien que conocía todo sobre todos; sin embargo, eso no fue suficiente para salvar su reputación.

La gente se enteró de que fue secuestrada y los chismes no pararon.

Ir a un salón era impensable para ella. Después de tener el mundo a sus pies y la idea de un futuro brillante para conseguir esposo, no le quedaba nada.

No quería casarse, no deseaba que la juzgaran y que su marido la señalara como una cualquiera.

Desde ese día vivía afanada en la idea de ser solterona.

En esos dos años había aprendido a matar cerdos, gallinas y cualquier animal que pudiese cazar.

También cultivaba frutas y hortalizas en el jardín trasero.

Se estaba preparando para la vida en solitario.

Tampoco quería ser un problema para su hermano, James, que apenas respiraba de la preocupación pensando que su única hermana jamás se casaría. No quería ser una carga inútil.

—Milady, su madre pide que baje al desayuno. Debería hacerlo pronto —habló Ingrid, su doncella y protectora. Aquella sabía luchar para protegerla.

—Según el estado de ánimo de la duquesa, considero que debe prepararse para la guerra, milady.

.. —habló su otro acompañante, Harper, que era como su sombra, el que sabía todo lo que ocurría en ese lugar y, al igual que Ingrid, tenía la función de cuidarla, pues nunca sabían cuándo podrían atacar de nuevo las personas que querían un rescate.

Cada uno de sus sirvientes se colocaba en un lado. Su derecha era custodiada por Ingrid y la izquierda por Harper.

—Bien, estoy lista para enfrentar el día... ¿Quién quiere comer un cerdo? —curioseó la joven con una sonrisa.

—A su madre no le gustan los animales, milady. Puede que le haga daño saber que la desobedece —alegó Harper.

—Calla, vasallo. Alarmas a nuestra ama. Haces que dude de sus propias convicciones.

—¿Tú me dirás algo a mí, alcahueta?

—No comiencen a pelear porque los despediré a ambos. Están aquí para cuidarme y no para matarme de un disgusto... —gruñó Helen poniéndose de pie—. ¿Cómo me veo?

—¡Absolutamente maravillosa, milady! —expresaron sus sirvientes al unísono.

—Al menos en algo están de acuerdo. —La joven hizo un ademán con la mano para que se hicieran a un lado y ella pudiese salir de la habitación.

Fue por el pasillo con su porte autoritario de siempre.

Como mujer que viviría sola en el futuro lejano, debió pulir su carácter para que más adelante nadie pudiese amedrentarla por nada.

Para una dama era importante mantener cierta independencia de un hombre por más que careciera de fuerza en el cuerpo.

Como ya era algo convencional, al entrar en el comedor vio a su madre con el rostro de sufrimiento perpetuo que estaba acostumbrada a llevar. Porque ella decidió que sería soltera.

—Buen día, madre... —saludó con una venia.

—Buen día, hija. ¿Será que hoy no ha ocurrido el milagro que espero?

—No, no ha ocurrido ninguno.

—He ido tanto a la Abadía que mis oraciones deben estar acumulándose en un lugar y llenándose de polvo...

—¿No ha intentado arrodillarse sobre sal o pedregullo? Quizá a alguno le funcione, madre. No está haciendo la oración con los sacrificios correspondientes. No se nota su devoción para que su hija se case.

—Oh, pequeña ingrata grosera. Me preocupo por ti y así es como me pagas, con ingratitud —lamentó la duquesa.

—Solo estoy diciendo la verdad, madre. No importa cuánto implore al cielo, ni a cuántos hombres intenten meter en esta casa para que me conquiste...

—¿Piensas que todo lo tienes listo para un retiro tranquilo? Veremos si lo logras. Si algo tenemos nosotros en esta casa son más cerebros para luchar contra ti...

—Hasta ahora sus tácticas han fallado. Nadie quiere a una mujer sin reputación, eso hace todo el trabajo por mí, ni siquiera tengo que mover un dedo.

—¿Cómo amanecieron? —preguntó James entrando al comedor.

—Mal como todos los días en los que tu hermana da disgustos...

—¿Le das disgustos a madre, Helen? Te he dicho que cualquier conflicto familiar que tengas lo hables conmigo. No puedo hacer mucho, pero al menos intentaré consolarte.

—James, eres un mártir en esta vida. No quiero que sigas sufriendo por mí. Dile a nuestra madre que deje de insistir con algo inútil; soy un caso perdido.

—No, no lo eres. Nuestro padre ha pensado en una forma perfecta de encontrar a alguien que quiera casarse contigo. Podemos emitir un certificado de virtud y un estipendio generoso aparte de la dote para que puedas casarte. ¿No te parece una buena idea?

—Es algo humillante porque no he perdido nada, los rumores son los que hicieron que perdiera mi reputación. La mujer sin su reputación no es nada.

—Definitivamente encontrarás a alguien que quiera casarse contigo, pero no será una persona de nuestra condición social. No estoy de acuerdo en que te quedes soltera para siempre. ¿Puedes preocuparte por mí como yo me preocupo por ti? —inquirió James.

—No me pongas en esa posición. ¿Qué es exactamente lo que quieres, hermano?

—Lo mejor es que puedas conseguir un esposo por tus propios medios, al que quieras; si no lo haces, tendrás que someterte a nuestros requerimientos... —alegó su hermano—. ¡No más orejas de elfo para espantar a nadie!

—¡Hermano! Eso es injusto...

—Además, te decomisaremos tus joyas y el dinero que tengas ahorrado. No más estipendios para ti si no haces algo por mejorar tu situación.

Ingrid y Harper, que estaban oyendo desde cerca de la puerta, se miraron con absoluta indignación ante lo que acababan de oír. El marqués adoraba a su hermana, pero estaba siendo muy duro al pedirle eso.

—El marqués ha enloquecido. Pone a milady entre la espada y la pared. Es muy injusto —dijo Ingrid, molesta.

—Un balazo no le vendría mal a su señoría para corregir su comportamiento. Nosotros debemos cuidar de nuestra lady...

—Sí, un balazo o unos latigazos le vendrían de maravilla a este malvado...

—¿A quién piensan balear y matar a latigazos? Que yo sepa, los únicos que pueden recibirlos son ustedes, insolentes...

Los dos dieron un salto al escuchar la voz del duque. Aquel tenía una voz intimidante y su presencia era aún peor con esa cicatriz de las batallas que luchó para su majestad.

—¡No hemos dicho nada, su excelencia! —Ambos se postraron con presteza ante él.

—¡Ja, ja, ja! Debí haber escuchado mal. No me culpen, estoy viejo... —alegó el duque, que pasó junto a ellos como si nada. Aquel era intimidante solo de presencia, pues era alguien de gran corazón que cuidaba de los suyos como un verdadero león.

Al entrar al recinto, los ojos del duque se iluminaron al ver a su familia reunida.

—Disculpen la tardanza... —habló el duque, que se acercó a darle un beso en la frente a su esposa y otro a su hija. A James solo le dedicó una inclinación de cabeza.

—¡Oh, padre, sálveme! —exclamó Helen, que se arrojó a sus brazos—. ¡Mi hermano está siendo cruel y despiadado!

—¿Es eso cierto, James? —interrogó aquel con tono enfadado.

—No, padre. He planteado lo que usted y yo acordamos.

—¡Debe estar exagerando! Mi amado padre jamás me quitaría mis joyas... —expresó la joven buscando una laguna en el plan de ellos.

—¿Le dijiste que también le quitaríamos los vestidos si quería vivir como una persona común?

—Lo olvidé, padre. Disculpe mi descuido. Ella no me ha dado tiempo de seguir diciéndole nada.

—¡Mis vestidos! ¡Oh, no! Cualquier cosa, menos mis vestidos... ¡Tampoco las joyas!

—Las gallinas, los cerdos, el hacha y el arma de cacería... Serán incautados —anunció su padre.

—¡Judas fue más generoso que ustedes! ¡Traición! —expresó desesperado.

—¡Por fin alguien ha pensado en lo mejor para esta familia! Helen, ha llegado la hora. Para la cena queremos saber qué has decidido, si tus candidatos o los nuestros —musitó su madre con la arrogancia de tener el apoyo de los varones de la casa.

—¡Bien! Veremos quién resiste esta guerra. No seré humillada por nadie, ni por mi propia familia. ¡Que me sirvan el desayuno en mi habitación porque esto parece Newgate con tantos criminales aquí! —La joven hizo un sonido y alzó la barbilla para retirarse. Se alejó de su padre como si este quemara.

Irguió su espalda y salió del comedor como la reina orgullosa que se sentía que era. Sus sirvientes la siguieron de vuelta para saber qué se le ofrecía.

—¿No habremos sido tan duros con ella, padre? —curioseó James.

—No debemos ser blandos con ella. Ha perdido dos años.

No conseguirá un esposo en los salones. Solo siendo duros podremos hacer que entienda que ser soltera es peligroso —afirmó su padre—.

Si sin haber hecho algo es el blanco perfecto, imaginen que sea solterona y nosotros estemos muertos.

La vida que le espera es cruel, mucho más de lo que es nuestro plan.

—Estoy de acuerdo, querido. Ella no entiende lo que es mejor. Debemos hacer lo posible por darle el mejor futuro. Nadie más que nosotros es confiable para dejar a Helen en buenas manos. Esta jovencita no está razonando como debería —opinó la duquesa.

***

En la habitación de Helen, ella despotricaba contra sus padres al mismo tiempo que desayunaba.

—¿Qué se han creído? La dueña de mi destino seré yo. No toleraré dudas ni acusaciones sin fundamento. No me creo capaz de no matar. Es absurdo que me quiten todo por no querer casarme y ser maltratada. ¿A ustedes les parece sensato?

—No, milady... —replicó Harper con rapidez—. Debe pensar cómo contrarrestar esta situación desfavorable.

—En eso estoy pensando, pero estoy que echo espuma por la boca y no puedo pensar con claridad.

—Piense... Dijeron que usted podía escoger al igual que ellos. ¿No le parece que es mejor que elija a su conveniencia? —cuestionó Harper.

—No seas tonto. Milady quiere permanecer soltera y tú dices tonterías.

—No, no... Harper tiene razón. Si yo escojo, puedo dominar la situación.

¡Se me acaba de ocurrir una idea genial!

Escuchen. Escogeré a un falso prometido y después, antes de la boda, morirá trágicamente, dejándome con el corazón destrozado y sin ánimos de casarme.

Mis padres verán que no soy capaz de superar ese gran amor y me darán todo lo que necesito para quedarme soltera.

Hecha la ley, hecha la trampa, familia Winston.

Nunca deben menospreciar los pensamientos desesperados de alguien, porque puede ser una idea tan brillante como un diamante.

—El plan es brillante, milady, pero ¿matará a alguien? —inquirió Ingrid—. ¿De dónde sacará a alguien que quiera morir?

—Por supuesto que no mataré a nadie. Buscaré a un hombre común en un lugar en donde se reúnen los caballeros y es todo. Requiero a alguien que necesite dinero para poder aceptar el plan. Esto no funcionará si es adinerado; debe ser alguien necesitado para seguirme la corriente.

—¡Qué genialidad, milady! —Harper estaba muy complacido con la idea de su ama.

—Por supuesto que mi idea es genial. Para fingir, le pagaré cierto dinero y, al matarlo de mentiras, le daré el monto más grande. ¡Estoy salvada!