Dueña de su destino (Hijas de la desgracia 7)
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Capítulo 1
William Lowther, duque de Welberg, había regresado a Londres hacía casi un año.
Si no fuese porque llegó el mismo día en que su hermano, Dimitry, se casaba, ni siquiera se habría enterado.
Ni sus padres ni sus hermanos habían podido localizarlo, por eso no supo sobre el compromiso y mucho menos sobre el matrimonio.
Fue una sorpresa para él, porque veía a aquel pariente suyo bastante enamorado de una joven que parecía tener un carácter apacible, pero era caprichosa a puertas cerradas.
Lady Maud Mortimer era tan hermosa como peligrosa, aunque le agradaba y todos en la casa la querían.
William no tenía razones para oponerse; el problema era que esta unión era como una sentencia para que también tomara el mismo camino que Dimitry para encontrar a una dama que le gustara y que cumpliera con las expectativas familiares.
Ellos no le escogerían esposa y William lo sabía.
Siempre fueron abiertos a que todos se enamoraran y se casaran por esa razón.
Sabía que su período de gracia estaba terminando y debía buscar de forma exhaustiva a su futura compañera y último miembro de la familia.
La presión que sentía era inmensa, solo que no podía demostrarlo.
Su madre estaba a punto de hablarle sobre el asunto y esa era una razón suficiente para huir de ella cada vez que tenía una oportunidad o al menos cuando veía ese brillo ansioso en su mirada.
Unos pasos entrando al salón hicieron que William se sobresaltara y buscara una escapatoria. La primavera no solo llevaba consigo muchas flores y bailes para escoger esposa, sino a su estimada madre, que ya no ocultaba sus intenciones a medida que los días transcurrían.
Se puso de pie y se apresuró a llegar a una de las ventanas; sin embargo, ahí encontró a su padre, de pie en el jardín. ¿Cómo fue que previó su ruta de escape? Unos segundos después se dio cuenta de que estaba acorralado por sus padres.
—¿Por qué no te vemos con tanta frecuencia? Siento que nos estás evitando, querido —habló Martha, que lo cogió del brazo para llevarlo a sentarse.
—Estuve ocupado con asuntos del ducado, madre. Es solo eso... —justificó con premura.
—¿Qué asuntos del ducado puedes tener si todo lo hacen tus administradores?
—Eso no es del todo cierto, madre. Estuve haciendo negocios nuevos y de esos me estoy encargando.
—Siéntate, William. ¿Qué negocio puede ser tan importante o al menos es capaz de quitarte tiempo para buscar una esposa? ¿No te da vergüenza seguir soltero?
—En absoluto. Me gusta ser soltero, madre. Tengo mucha libertad y no quiero perderla.
John entró por la puerta para poder conversar con su hijo, al igual que Martha.
—William, no queremos que te sientas mal al ser el único en la mesa en estar soltero.
El año anterior tomaste un largo descanso.
En este queremos que nos prometas que comenzarás la búsqueda de una candidata.
No significa que debas casarte con alguien, sino que te animes a buscar o al menos a admirar a las bellezas de la temporada hasta que encuentres a la indicada —dijo John.
—¿Acaso te pedimos algo irracional? Solo queremos que tengas a la mujer perfecta a tu lado. Ella debe estar en alguno de los salones... Solo piénsalo, William.
—Lo sé, madre. Entiendo que quieren lo mejor para mí, aunque yo pienso que no estoy listo para dar el paso. ¿Cómo puedo saber si una dama es la adecuada? —indagó con curiosidad—. ¿Debo empezar buscando por la excentricidad?
—No necesariamente debe ser alguien excéntrica. Tú traerás aquí a la dama que te haga feliz. Aquí nada se obliga, aunque siempre se sugiere. Las hijas de nuestras amistades y clientes siempre están expectantes. Algunas quieren conocerte, pero por respeto a ti no lo hemos hecho —respondió su madre.
—Si no acepto, no me dejarán en paz. Debo admitir que tuve mis victorias al escapar todos estos años de lo inevitable, pero, al parecer, ha terminado por alcanzarme.
—En eso tienes razón, solo pon de tu parte para que la búsqueda no sea angustiante. Incluso existen personas que ni siquiera han sufrido por ello. Quizá seas de los afortunados que encuentran la mujer ideal sin tener que pasar peripecias —habló el letrado.
—No sabemos qué ocurrirá, ni tampoco me comprometo a una búsqueda exhaustiva de una mujer; será solo una cuestión de suerte, sí, eso. Le dejaré este asunto a la suerte. ¿Por qué en lugar de encontrarla, no me encuentra ella a mí? Sería una buena idea.
—No está mal, hijo, pero para que alguien te encuentre, al menos déjate ver. Encerrado aquí o viajando por lugares lejanos y quedándote en tabernas, las cosas que atraerás no serán de suerte; ten cuidado con eso —alegó su madre.
—Es cierto, pero nadie puede impedirme seguir como Dios me trajo a este mundo: libre. Lo seré hasta que se me permita.
—Lo importante es lo que puedas lograr en esta temporada.
Damas sobran; una ideal para ti es la que deberá encontrarte.
Estaré esperando ver a la mujer que te conquistará.
Necesito verlo —habló el letrado con una sonrisa burlona.
A él le costaba creer que una dama lo encontraría; no era muy convencional, aunque no imposible.
Después de casar a todas sus hijas, cualquier cosa era posible.
En esta ocasión, William no pudo escapar de las intenciones de sus padres.
Al menos pudo dejar claro su punto de vista sin tener que huir.
Los juzgó mal al pensar que lo obligarían a conocer a las hijas de sus amistades.
Era evidente que tenía las defensas altas cuando se trataba de este asunto.
Aún le costaba aceptar que tuviese que prepararse para el matrimonio.
Después de terminar su conversación, fue al despacho de su padre, en donde tenía sus propios papeles para poder observarlos, pues pronto debía reunirse con James por sus asuntos de negocios y debía ir preparado para sacar la mayor ventaja posible.
Aquel pelearía cada guinea para que los dos quedaran en igualdad de oportunidades.
Pasó toda la tarde en aquel lugar y solo salió para comer, quería dejar en orden todos los asuntos para no esperar al último día.
Además, con sus familiares saliendo y entrando de la casa todo el tiempo, era difícil mantenerse concentrado y, en ocasiones, sobrio.
Ciertamente, William asumía que tenía muchos defectos; sin embargo, era una persona responsable.
Siempre priorizaba sus negocios antes que sus vicios o el libertinaje.
Después del problema con las ladillas, fue mucho más cuidadoso, al igual que Dimitry.
Esos accidentes ocurrían, pero eran tan vergonzosos que era mejor evitarlos, porque después se convertía en el hazmerreír de la mansión durante las cenas en cualquier momento del año.
Todos eran expertos en tergiversar sobre esos bichos y suponer cómo los habían adquirido.
Unos golpes en la puerta interrumpieron la paz de William. Aprobó que alguien pasara y vio ahí a Dimitry.
—¿Estás tan ocupado que no puedes reunirte con tu familia en el salón antes de la cena? —interrogó Dimitry.
—¿Ya es hora de la cena? Estaba inmerso en estos asuntos. Después del té no me ha dado hambre.
—¿Qué haces?
—Estoy preparando mi siguiente negocio con el hijo del duque de Albine.
—¿Con James? Ese pobre jovencito tiene muchos problemas en casa. No ha sido tan afortunado como nosotros al casar a nuestras hermanas. Él solo tiene una.
—He oído un par de cosas, pero no le he dado mucha importancia, son asuntos caseros. Mientras no afecten mi negocio, no tengo de qué preocuparme.
—Te lo advertiré: está buscando esposo para su hermana. Ten cuidado de que no te quieran dar gato por liebre al verlo. A mí me la ofreció el año pasado, con prueba de castidad incluida.
—Vaya, sí que debe garantizar que lo que sale de su casa esté en buenas condiciones.
—Es lo justo. Imagina una esposa que no cumple con lo mínimo, que es la pureza antes del matrimonio. No importa si no fue consentido; para el mundo en el que vivimos, no es aceptable. Ella fue secuestrada un par de horas, pero sabes que para que las cosas ocurran solo se necesitan unos segundos.
—Tienes razón en eso, pero no es mi asunto y dudo que él quiera ofrecerme a su hermana. Puede afectar sus acuerdos conmigo. El dinero y la familia es mejor no mezclarlos.
—Ven, acompáñanos. Maud ha conocido a un par de damas la semana pasada y quiere actuar de casamentera contigo.
No importa si no te interesa; asiente y sonríe para restarle importancia.
Créeme que no querrás enemistarte con ella.
El último que lo hizo tomó un barco a la India.
Todavía le faltan nueve años para regresar.
Era eso o dejar que se convirtiera en una asesina.
—No sabes controlar a tu esposa. Te pasa por encima como una diligencia rabiosa, Dimitry.
—Solo me gusta la paz y, cuando ella no intenta matarme, me siento feliz. No todas las mujeres son malvadas sin intentar nada; otras son el mismo diablo. A mí me tocó darle un pequeño infierno a mi diablesa. Me gusta que se sienta bien y consentida.
—Lo que debes hacer es que evite ser una plaga cuando come. Recuérdale que le costará dar a luz en el futuro si come como un cerdo. —William se puso de pie y apagó la lámpara para salir del despacho con Dimitry. Debería tener su momento familiar inesperado.
Al llegar al salón, Maud estaba riendo con Martha.
Era evidente que las dos conspiraban queriendo sacar provecho de alguna situación, porque cuando ellas lo vieron, los ojos de aquellas brillaron al notar su presencia.
De inmediato, su cuñada se acercó con una sonrisa, cogió su brazo y lo arrastró para que se sentara entre ella y su madre.
—¿Por qué te escondes de la familia, cuñado? Dime, ¿acaso temes que alguien pueda presentarte a una dama? —curioseó Maud con un mohín.
—¿Acaso no debería temer a las personas que fingen ser amables para acercarse y ofrecer a alguna mujer que conoció y que quiere que sea su concuñada o su nuera?
—Nos calumnias. Jamás pensaríamos en un plan tan perverso solo para que te cases. Nosotras somos personas de bien y estamos siendo amables y adorables contigo. Estás asustado por nada —declaró Maud, que miró a su suegra sabiendo que debían abandonar lo que estaban a punto de decir.
—Es cierto. Ni por un minuto hemos dicho que te ofreceríamos a alguien —aclaró Martha con una sonrisa forzada, guardando un papel de manera discreta en su escote.
—Es suficiente con haber sido ofrecido en el círculo más cercano. Dejen que yo solucione mis problemas; no necesito que ustedes lo hagan. Sé que tienen buenas intenciones, pero de eso mismo está lleno el infierno. No quiero ver a nadie de la familia Preston ardiendo en el averno por metiche.
Dimitry miró a su esposa y esta estaba enfurruñada por haber sido descubierta, al igual que su madre. Cuando William decía que nadie debía meterse, significaba eso mismo y no desafiarlo. Un rato después llegaron sus hermanas y esposos para la hora de la cena.
En la mesa, la mayoría se miraba sospechosamente.
A algunas de sus hermanas les picaba la boca para decir alguna cosa que tuviese que ver con un futuro matrimonio.
William era más inteligente y cortaba de raíz cualquier avance por ese lado.
Esconderse no era una opción, porque ellos eran como tipos que buscaban por dónde salir; lo mejor era mostrar su cara y decirles que no tenía ningún interés en escuchar recomendaciones o consejos no solicitados.
Si aquellos eran felices con cierta clase de persona, eso no significaba que él también lo sería.
A él aún no le había pateado un burro en la cabeza para tomar decisiones absurdas, aunque aceptaría lo que la suerte quisiera darle como esposa si le gustaba y era graciosa.
¿Por qué negarse a la buena fortuna si esta hacía que apareciera una dama que llegara a gustarle en realidad?