27
Hallie
Drake abrió la puerta y se quedó mirándome. Primero a la cara. Después al pijama.
Volvió a mirarme a la cara.
—Ni una palabra —advertí.
—No he dicho nada.
—Pero lo has pensado.
—Varias cosas, de hecho.
—Eres imbécil.
Drake apoyó una mano en el marco de la puerta y, para mi creciente irritación, sonrió.
—Buenas noches, Calloway.
—¡Y además es muy feo!
La sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—¡Decirle a alguien que la quieres por primera vez a través de un mensaje!
Parpadeó.
—Técnicamente era un vídeo.
—¡Es peor!
—No estoy seguro de que lo sea.
—¡Drake!
—Vale. Es peor.
Entré en el loft sin esperar a que me invitara.
Llevaba el abrigo encima del pijama, el pelo recogido de cualquier manera y unas zapatillas que ni siquiera combinaban.
Había salido de casa exactamente siete minutos después de terminar el vídeo y, durante todo el trayecto, mi enfado no había hecho más que aumentar.
Drake cerró la puerta.
—Me estoy empezando a acostumbrar a esto.
Me giré hacia él.
—¿A qué?
—A que aparezcas en mi puerta cabreada y empieces a gritarme antes incluso de entrar.
—Pues deja de hacer cosas que me obliguen a venir a gritarte.
—Intentaré tenerlo en cuenta.
—¡No tiene gracia!
—Un poco sí.
Lo fulminé con la mirada.
Drake levantó las manos.
—Vale. Nada de bromas.
—¿En qué estabas pensando?
—Necesitaba que supieras la verdad.
—¡No me refiero al vídeo! Me refiero al final. No puedes soltar un «te quiero, Calloway» y apagar la cámara. ¿Quién hace eso?
—Alguien a quien le habían pedido expresamente que no llamara, no apareciera en tu casa y no intentara obligarte a escucharlo.
Abrí la boca.
La cerré.
Maldito fuera.
—Podrías haberlo dejado para cuando nos viéramos.
—No sabía si íbamos a volver a vernos.
Aquello consiguió callarme.
Drake ya no sonreía.
—Cuando saliste por esa puerta me dijiste que no podías estar conmigo y que tampoco podías seguir trabajando para mí.
No sabía si ibas a ver el vídeo. Mucho menos si después querrías volver a verme.
Así que sí, te lo dije. Porque si esa era la única oportunidad que tenía de que supieras lo que siento por ti, no pensaba desperdiciarla.
Toda la indignación que había acumulado durante el trayecto empezó a desinflarse de una forma bastante inconveniente.
—Sigue siendo muy feo.
—Terrible.
—Y poco romántico.
—Hice lo que pude dadas las circunstancias.
—Eres sexólogo. Se supone que deberías saber comunicar mejor tus sentimientos.
—Eso no tiene absolutamente nada que ver con la sexología.
—Pues deberías haber estudiado otra carrera.
Esta vez sí sonrió.
Y yo odié que verlo sonreír me hiciera sentir inmediatamente un poco mejor.
Me crucé de brazos.
—También estoy enfadada por lo demás.
—Lo sé.
—Mucho.
—También lo sé.
—Deberías habérmelo contado.
Drake asintió.
Sin excusas. Sin intentar defenderse otra vez.
—Sí. Y lo siento. De verdad. Quería contártelo, Hallie. Varias veces. Pero nunca encontraba el momento y, cuanto más tiempo pasaba, más difícil era hacerlo. No hay una explicación mejor que esa.
Me quedé mirándolo unos segundos.
—Mi padre me dijo que fuiste a verlo.
Drake pareció sorprendido.
—Sí.
—¿Por qué?
—Quería conocerlo. Durante mucho tiempo mi terapeuta insistió en que quizá me ayudaría enfrentarme a él, dejar de tener en mi cabeza únicamente al hombre que había provocado el accidente y verlo como una persona real. No quise hacerlo durante años. Hasta que un día lo hice.
—Y le hablaste de mí.
—Salió el tema. —Se encogió ligeramente de hombros—. Para entonces llevabas tres años trabajando conmigo. Él sabía quién era yo y yo sabía que eras su hija. Habría sido bastante absurdo fingir que no existías.
—Le dijiste que era maravillosa.
Drake hizo una mueca.
—Preferiría que esa parte de la conversación hubiera permanecido entre tu padre y yo.
A pesar de todo, estuve a punto de sonreír.
—También le dijiste que nunca lo perdonarías.
Esta vez tardó un poco más en responder.
—Porque es verdad. No lo he perdonado. Quizá nunca lo haga. Pero eso es entre él y yo. No tiene nada que ver contigo.
Bajé la mirada hacia mis zapatillas.
—No sé si esto va a funcionar, Drake.
Él no respondió inmediatamente.
—Vale.
Levanté la cabeza.
—¿Vale?
—No voy a decirte que tiene que funcionar. Pero sí me gustaría que nos dieras la oportunidad de averiguarlo.
—¿Y qué pasa con toda la gente que te conoce? ¿Qué dirán cuando se enteren? Tu hermana, por ejemplo.
—Blair ya lo sabe.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Sabe quién eres. Siempre lo ha sabido. Y te adora.
Eso me dejó completamente descolocada.
—¿Y tus padres?
—También.
—¿Tus padres saben que soy la hija de...?
—Sí.
Sentí que el estómago volvía a encogérseme.
—Drake...
—Hallie, antes de tomar la decisión de contratarte hablé con mucha gente. Con mis padres, con Blair, con mi terapeuta. Necesitaba estar seguro de que podía tenerte cerca sin hacerte pagar por algo que no habías hecho. Y después de cinco años creo que ya tenemos la respuesta.
Se acercó un poco, aunque dejó suficiente espacio entre nosotros para que fuera yo quien decidiera si quería reducirlo.
—No tienes que cargar con esto por los demás. Mi familia sabe quién eres. Mis amigos saben quién eres. Y nadie te mira y ve a tu padre.
Lo miré.
—¿De verdad crees que funcionará?
Drake se acercó un poco más.
—Haremos que funcione.
—Eso suena muy seguro.
—Lo estoy.
—¿Y si es complicado?
—Lo volveremos fácil.
—¿Y si me vuelvo a enfadar contigo?
Una sonrisa apareció en su boca.
—Vendrás a mi casa y me gritarás en la puerta. Parece que ya tenemos un sistema.
Solté una risa que no pude contener.
—Eres idiota.
—Y tú estás aquí.
Eso borró mi sonrisa durante un instante.
Sí.
Estaba allí.
Después de descubrirlo todo. Después de decirle que no quería volver a verlo. Después de pasarme casi un día entero intentando convencerme de que lo mejor era alejarme de él. Había visto su vídeo y había acabado otra vez en su puerta.
Drake me rozó la mejilla con los dedos.
—Te quiero, Hallie.
Esta vez no había una pantalla entre nosotros.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Así está mejor.
—¿Sí?
Asentí.
—Mucho mejor.
Lo agarré de la camiseta y lo besé.
Drake me rodeó la cintura y me atrajo contra él. Lo besé despacio, sin prisas, dejando que todo lo que todavía daba miedo pudiera esperar un poco.
Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.
—Por cierto —murmuró—, sigues sin haberme contestado.
—¿A qué?
—Te he dicho que te quiero dos veces.
Sonreí.
—Lo sé.
—Calloway.
—Me gusta hacerte sufrir.
—Eso ya lo había notado.
Le di otro beso, apenas un roce.
—Yo también te quiero, Drake.
Y la forma en que me miró hizo que, por primera vez desde que había descubierto la verdad, pensara que quizá aquello no era el final de nuestra historia.
Solo la parte difícil antes del felices para siempre.