Epílogo
Hallie
—No puede ser.
Miré el cartel del salón de belleza y después volví a mirar el mensaje de Blair.
BLAIR Entra. Pregunta por Alice. Y deja de poner esa cara.
Entrecerré los ojos.
¿Cómo demonios sabía qué cara estaba poniendo?
Habían pasado seis meses desde que Drake y yo empezamos a salir y, aparentemente, todavía quedaban partes de su mundo cuya existencia ni siquiera conocía.
Guardé el móvil en el bolso y abrí la puerta.
Una campanilla sonó sobre mi cabeza. El salón parecía exactamente eso: un salón de belleza. Varias mujeres estaban sentadas frente a los espejos, una secadora zumbaba en algún lugar y el olor a champú y productos para el pelo flotaba en el ambiente.
Una mujer levantó la vista desde el mostrador.
—Hola. ¿Tienes cita?
—Más o menos. Busco a Alice.
La mujer me observó durante un instante.
—¿De parte de quién?
Recordé exactamente las palabras que Blair me había obligado a memorizar.
—De alguien que ha llegado tarde a tomar el té.
La expresión de la mujer cambió.
Oh.
Aquello prometía.
—Acompáñame.
Me condujo hacia el fondo del salón.
Y fue así como, después de cinco años trabajando para Drake, descubrí la existencia de algo llamado Wonderland Club.
***
Media hora después, había llegado a dos conclusiones.
La primera era que necesitaba tener una conversación muy seria con Blair sobre todas las cosas que había decidido ocultarme durante los últimos meses.
La segunda era que no volvería a decir que conocía bien a Drake Murray.
Porque resultaba que mientras yo llevaba cinco años organizando su agenda, reservando sus vuelos y sabiendo exactamente cuánto café necesitaba para dejar de ser un peligro para la sociedad por las mañanas, él pertenecía a un club secreto escondido bajo Manhattan.
Un club secreto.
Aquello iba a dar para varias páginas de mi libreta.
Seguí las indicaciones que me habían dado hasta que una puerta se abrió frente a mí y salí al exterior.
Me detuve.
El Jardín de las Rosas hacía bastante honor a su nombre.
Rosales trepaban por las paredes y se extendían alrededor de pequeños senderos iluminados por luces cálidas. Había mesas repartidas entre la vegetación, una fuente en el centro y suficiente intimidad entre unos espacios y otros como para olvidar que seguíamos en mitad de Nueva York.
Y entonces lo vi.
Drake estaba sentado al fondo, en una mesa para dos.
Sonreí.
Claro.
Ahora entendía por qué llevaba toda la tarde negándose a decirme dónde íbamos a cenar.
Me acerqué.
Drake levantó la vista cuando me vio y, durante un segundo, pareció disfrutar de mi expresión mucho más de lo razonable.
—Hola, Calloway.
Dejé el bolso sobre la silla frente a él.
—Eres un cabrón.
—Yo también me alegro de verte.
—Cinco años.
—¿Cinco años qué?
—Llevo cinco años trabajando para ti.
—Soy consciente.
—Sé cuándo tienes una revisión médica. Sé la contraseña del wifi de tu madre. Sé que finges que no te gusta el pastel de zanahoria y después te comes la mitad del mío. Sé hasta qué marca de preservativos compras.
Drake arqueó una ceja.
—Esa última información la adquiriste fuera del horario laboral.
—No es el tema.
—Me parecía importante puntualizarlo.
Me senté frente a él.
—Y en cinco años no se te ocurrió mencionar que pertenecías a una sociedad secreta.
—Club privado.
Media hora después, había llegado a dos conclusiones.
La primera era que necesitaba tener una conversación muy seria con Blair sobre todas las cosas que había decidido ocultarme durante los últimos meses.
La segunda era que no volvería a decir que conocía bien a Drake Murray.
Porque resultaba que mientras yo llevaba cinco años organizando su agenda, reservando sus vuelos y sabiendo exactamente cuánto café necesitaba para dejar de ser un peligro para la sociedad por las mañanas, él pertenecía a un club secreto escondido bajo Manhattan.
Un club secreto.
Aquello iba a dar para varias páginas de mi libreta.
Seguí las indicaciones que me habían dado hasta que una puerta se abrió frente a mí y salí al exterior.
Me detuve.
El Jardín de las Rosas hacía bastante honor a su nombre.
Rosales trepaban por las paredes y se extendían alrededor de pequeños senderos iluminados por luces cálidas. Había mesas repartidas entre la vegetación, una fuente en el centro y suficiente intimidad entre unos espacios y otros como para olvidar que seguíamos en mitad de Nueva York.
Y entonces lo vi.
Drake estaba sentado al fondo, en una mesa para dos.
Sonreí.
Claro.
Ahora entendía por qué llevaba toda la tarde negándose a decirme dónde íbamos a cenar.
Me acerqué.
Drake levantó la vista cuando me vio y, durante un segundo, pareció disfrutar de mi expresión mucho más de lo razonable.
—Hola, Calloway.
Dejé el bolso sobre la silla frente a él.
—Eres un cabrón.
—Yo también me alegro de verte.
—Cinco años.
—¿Cinco años qué?
—Llevo cinco años trabajando para ti.
—Soy consciente.
—Sé cuándo tienes una revisión médica. Sé la contraseña del wifi de tu madre. Sé que finges que no te gusta el pastel de zanahoria y después te comes la mitad del mío. Sé hasta qué marca de preservativos compras.
Drake arqueó una ceja.
—Esa última información la adquiriste fuera del horario laboral.
—No es el tema.
—Me parecía importante puntualizarlo.
Me senté frente a él.
—Y en cinco años no se te ocurrió mencionar que pertenecías a una sociedad secreta.
—Club privado.
—Hay una entrada escondida en un salón de belleza.
—Yo entro por una sastrería.
Lo miré.
—Eso no mejora absolutamente nada.
Una sonrisa apareció en su boca.
—¿Qué te ha parecido?
—No pienso decírtelo.
La sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
Cogí la copa que alguien había dejado preparada para mí.
—Porque Blair me ha hecho prometer que no te contaría nada de lo que hay en la Madriguera.
Drake entrecerró los ojos.
—Por supuesto que sí.
—Y pienso cumplirlo.
—Hallie.
—Drake.
—Soy tu novio.
—Enhorabuena.
—Duermes conmigo.
—Con bastante frecuencia.
—Vives conmigo.
—También.
—Y aun así vas a guardar un secreto de mi hermana.
Bebí un sorbo de vino.
—Me hace sentir poderosa.
Drake soltó una carcajada y se recostó en la silla.
—Voy a arrepentirme de que conozcas este sitio.
—Probablemente.
Miré de nuevo a mi alrededor.
Seis meses.
Habían pasado seis meses desde que Drake y yo empezamos a salir y algunas cosas habían cambiado mucho más de lo que habría imaginado.
Mi padre había necesitado tiempo para aceptar nuestra relación. No porque no quisiera verme feliz, sino porque le costaba comprender cómo Drake y yo podíamos construir algo sobre una historia que para él seguía cargada de culpa.
Al final, no había habido una solución mágica.
Drake no había perdonado a mi padre.
Mi padre no había dejado de sentirse culpable.
Y yo había comprendido que ninguna de las dos cosas era necesaria.
Podía seguir queriendo a mi padre.
Podía seguir visitándolo.
Y podía querer a Drake.
Una cosa no anulaba la otra.
Con Mía había ocurrido algo distinto.
Seguía hablando con ella.
No tanto como antes y, desde luego, había reducido considerablemente mis consultas sentimentales después de descubrir que una inteligencia artificial tenía la irritante costumbre de tener razón.
Pero seguía allí.
Solo que ahora también tenía a Blair.
Cuando necesitaba contarle a alguien que mi jefe era un imbécil, tenía a Blair.
Y cuando necesitaba contarle a alguien que mi novio era un imbécil, también tenía a Blair.
Era tremendamente práctico teniendo en cuenta que se trataba de la misma persona.
Hasta Trevor parecía haber encontrado a alguien. Hacía unas semanas había conocido a una chica y, a juzgar por la cantidad de veces que consultaba el móvil sonriendo como un idiota, aquello prometía.
Y yo...
Yo tenía esto.
Una vida que seis meses atrás no habría sabido imaginar.
Miré a Drake.
—¿Por qué sonríes? —preguntó.
—Por nada.
—No me gusta esa sonrisa.
—Qué poco confías en mí.
—Te conozco.
Metí la mano en el bolso.
Drake vio la libreta y su expresión cambió inmediatamente.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Vas a sacar la libreta.
La dejé sobre mis rodillas.
—Puede.
—Entonces no quiero saberlo.
Sonreí.
Habían pasado seis meses y algunas cosas no habían cambiado.
Seguía trabajando en Bond. Drake seguía siendo mi jefe. Seguíamos discutiendo prácticamente a diario y mi libreta continuaba siendo, según él, «una amenaza para nuestra relación».
—Solo quería comunicarte que he añadido una nueva norma.
Drake cogió la libreta.
—¿Cuál?
Señalé la última línea.
Ser felices para siempre, aunque no siempre sepamos cómo hacerlo.
Drake la leyó y arqueó una ceja.
—Eso es terriblemente cursi para ti.
—Cállate. Me ha costado escribirlo.
—No he dicho que no me guste.
—Más te vale.
Drake volvió a mirar la libreta.
—¿Y esta es la última?
—De momento.
—Eso me preocupa.
—Debería.
Cerró la libreta y la dejó sobre la mesa.
—Ven aquí, Calloway.
—Estamos en público.
—No veo ninguna norma que diga que no puedo besarte en público.
—Dame tiempo.
Sonrió antes de besarme.
Quizá lo de ser felices para siempre no era una norma especialmente fácil de cumplir.
Pero teníamos toda la vida para intentarlo.