24
Hallie
—Estás diferente.
Levanté la vista.
Mi padre llevaba observándome con el ceño ligeramente fruncido, como si intentara averiguar qué había cambiado, desde que me había sentado frente a él, pero hasta ese momento no había dicho nada.
—¿Diferente cómo?
—No sé. —Entrecerró ligeramente los ojos—. Diferente.
—Eso aclara muchísimo las cosas.
Sonrió.
—Estás contenta.
Bajé la mirada hacia mis manos.
Mierda.
¿Tan evidente era?
—Siempre estoy contenta cuando vengo a verte.
—Hallie.
—¿Qué?
—Soy tu padre.
Aquello, al parecer, era argumento suficiente.
Intenté contener una sonrisa y conseguí exactamente lo contrario.
Me eché a reír.
La visita había sido distinta desde el principio. No porque hubiera cambiado nada allí. Seguíamos en la misma sala, sentados frente a frente, rodeados de las mismas mesas y el mismo ruido de conversaciones ajenas. Pero yo me sentía diferente.
Mi padre tenía razón.
Estaba contenta.
Hablamos de las cosas de siempre durante buena parte de la visita. Del trabajo. De cómo estaba él. De las pequeñas cosas que podían contarse sin necesidad de convertir cada encuentro en un repaso de todo lo que habíamos perdido durante aquellos años.
No le hablé de Drake.
Pero cuando avisaron de que quedaba poco para que terminara la visita, recordé nuestra última conversación.
—Papá.
—¿Qué?
—Te he hecho caso.
Frunció el ceño.
—¿En qué?
Jugueteé con mis dedos sobre la mesa.
—En lo que me dijiste la última vez. Lo de vivir un poco.
Su expresión cambió.
—¿Sí?
Asentí.
—Creo que he empezado a hacerlo.
Mi padre sonrió, y algo en aquella sonrisa hizo que se me formara un nudo en la garganta.
—Además, hay alguien.
La sonrisa de mi padre se ensanchó.
—Ah.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa. La de padre cotilla.
—¿Quién es?
Me mordí el labio, intentando contener una sonrisa.
—Drake.
Mi padre dejó de sonreír, de golpe.
—¿Drake, tu jefe?
—Sí. Mi jefe.
Se quedó completamente paralizado, y una expresión de incredulidad le recorrió el rostro.
—¿Drake Murray?
Solté una pequeña carcajada.
—¿Cuántos jefes llamados Drake crees que tengo?
No respondió. Y entonces dejé de sonreír yo también.
—Papá…
—No.
Fruncí el ceño.
—¿No qué?
—No puedes estar con él.
Lo miré, convencida de que había entendido mal.
—¿Perdona?
—Tienes que dejarlo, Hallie.
—¿Qué?
—No puedes salir con Drake Murray.
La alegría con la que había empezado aquella conversación desapareció de golpe.
—¿Se puede saber de qué estás hablando?
Mi padre bajó la voz.
—No lo entiendes.
—Pues explícamelo, porque hace treinta segundos estabas encantado de que hubiera conocido a alguien y ahora resulta que no puedo salir con él.
—Porque no puede ser él.
Aquello me puso todavía más nerviosa.
—¿Por qué? —Mi padre no contestó—. Papá, ¿por qué?
Vi cómo tragaba saliva.
—Porque Drake era el novio de la chica que murió en el accidente.
Durante unos segundos no ocurrió nada. O quizá ocurrieron demasiadas cosas a la vez y mi cerebro decidió no procesar ninguna.
—¿Qué?
—La chica que murió por mi culpa —repitió con dificultad—. Drake era su novio.
Me quedé mirándolo. Y entonces recordé aquella mañana en la cocina de Drake. La manera en que se había quedado en silencio cuando le expliqué lo que había hecho mi padre.
Y la noche anterior. Su expresión cuando le dije que iba a visitarlo.
“Hay una cosa de la que debería hablar contigo.” “Otro día”.
Se me revolvió el estómago.
Drake lo sabía.