Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 23
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Hallie

Miré lo que tenía delante. Después miré a Drake. Y otra vez lo que tenía delante.

—¿Me has traído a Luna Park?

La entrada del parque se alzaba frente a nosotros, con las atracciones elevándose al fondo y el ruido de la gente mezclándose con la música y los gritos que llegaban desde alguna montaña rusa.

Cuando Drake me había dicho que el sábado me llevaría a algún sitio, había imaginado muchas cosas.

Una cena. Algún restaurante imposible de conseguir sin reservar con tres meses de antelación.

Quizá uno de esos lugares exclusivos que él y sus amigos parecían conocer y a los que la gente normal no sabía ni cómo entrar.

No había imaginado un parque de atracciones.

—Eso parece.

Me volví hacia él.

—¿Cómo sabes que me encantan los parques de atracciones?

—Porque me lo contaste.

—¿Cuándo?

—Hace años.

Me quedé mirándolo.

Ni siquiera yo recordaba haber mantenido aquella conversación.

Drake se encogió de hombros como si no tuviera ninguna importancia.

—Esta es nuestra primera cita de verdad. Quería llevarte a un sitio que te gustara.

Algo cálido se instaló en mitad de mi pecho.

Mierda.

Últimamente me pasaba demasiado a menudo con él.

También empezaba a acostumbrarme a aquella versión de Drake.

La que aparecía los fines de semana y no llevaba traje ni camisa perfectamente planchada.

Ese día se había puesto unos vaqueros, camiseta y una chaqueta ligera, y el resultado debería haber sido mucho menos interesante que el señor Murray impecable al que llevaba cinco años viendo en la oficina.

No lo era.

Me gustaba así.

Me gustaba con traje. Me gustaba en vaqueros.

Me gustaba recién levantado y despeinado.

Me gustaba cuando se ponía en modo sexólogo y empezaba a explicarme cosas que no le había preguntado.

Me gustaba cuando se reía de mi libreta.

Incluso empezaban a gustarme algunas de las cosas que durante años me habían sacado de quicio.

Me gustaba todo de él.

Drake alargó una mano hacia mí.

La miré.

—¿Qué?

—¿Qué de qué?

Volví a mirar su mano abierta.

—¿Quieres algo?

—Sí.

Esperé.

Drake también esperó.

—¿Un clínex?

Frunció el ceño.

—¿Por qué iba a querer un clínex?

—No sé. Has puesto la mano.

—Hallie...

—¿Un chicle?

Cerró los ojos un segundo y suspiró.

—Dame la mano, Calloway.

Oh.

La mano.

Noté que se me calentaban las mejillas mientras colocaba la mía sobre la suya.

Drake entrelazó nuestros dedos.

Y aquel gesto tan estúpidamente sencillo consiguió ponerme más nerviosa que muchas de las cosas considerablemente menos inocentes que me había hecho durante las últimas semanas.

—Podrías haberlo dicho desde el principio —murmuré.

—Pensaba que el gesto era bastante universal.

—Nunca me habías cogido de la mano.

Drake se quedó quieto.

Yo también.

No lo había dicho con ninguna intención especial, pero algo cambió en su expresión.

Habíamos dormido juntos. Habíamos tenido sexo en lugares en los que definitivamente no deberíamos haberlo tenido. Nos besábamos cada vez que conseguíamos cinco minutos a solas y había descubierto más cosas sobre el cuerpo de Drake Murray de las que cinco años atrás habría considerado posible.

Pero nunca me había cogido de la mano.

Hasta ese momento.

Drake apretó ligeramente los dedos alrededor de los míos.

—Pues habrá que corregir eso.

Y empezó a caminar hacia la entrada sin soltarme.

Sonreí como una idiota mientras iba detrás de él.

Definitivamente, estaba jodida.

Entramos en el parque y tardé aproximadamente treinta segundos en decidir que aquella era la mejor cita que había tenido en mi vida.

No se lo dije a Drake.

Había que conservar algo de dignidad.

—Quiero subir ahí.

Señalé la montaña rusa que se alzaba frente a nosotros.

Drake siguió la dirección de mi dedo.

—Acabamos de entrar.

—Precisamente. Todavía no hemos comido nada que podamos vomitar.

—Admiro tu capacidad de planificación.

Tiré de su mano hacia la atracción y él me siguió riéndose.

La mañana pasó demasiado rápido. Descubrí que Drake no tenía miedo a las montañas rusas, pero odiaba profundamente las atracciones que daban vueltas sin ningún propósito aparente.

Que era pésimo intentando encestar pelotas en aros demasiado pequeños y que su incapacidad para aceptar la derrota aumentaba de forma proporcional a la cantidad de dinero que había gastado intentándolo.

—Una vez más —dijo.

Miré al enorme oso de peluche que colgaba detrás del puesto y después las cuatro pelotas que acababan de rebotar miserablemente contra el aro.

—Drake, llevas veinte dólares intentando ganar una cosa que probablemente cuesta seis.

—No se trata del dinero.

—Ya. Se trata de demostrarle a un adolescente de diecisiete años que eres un macho competente.

El chico del puesto bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Drake lo señaló.

—Tú no te metas.

—No he dicho nada.

—Pero lo has pensado.

Le tendió otro billete.

—Otra.

—Oh, Dios mío.

Diez minutos después me entregó un oso ridículamente grande con la expresión satisfecha de quien acababa de cerrar una operación multimillonaria.

—Toma.

Lo abracé contra mi pecho.

—Gracias. Lo llamaré Trevor.

La sonrisa de Drake desapareció.

Me eché a reír.

—Es broma.

—No tiene gracia.

—Tiene muchísima gracia.

—Después de lo que me ha costado conseguirlo, ese oso se llama Drake.

—No pienso dormir abrazada a algo que se llama Drake.

Me miró.

—No parecía molestarte anoche.

Sentí que me ardían las mejillas.

—Estamos rodeados de niños.

—No he dicho nada inapropiado.

—Pero lo has pensado.

—Eso sí.

Seguimos caminando y, en algún momento, Drake volvió a buscar mi mano.

Esta vez no necesité que me lo explicara.

Entrelacé los dedos con los suyos mientras cargaba al pobre oso Trevor-Drake bajo el otro brazo.

Era extraño.

No estar con Drake. Eso empezaba a dejar de resultarme extraño a una velocidad alarmante.

Lo extraño era estar con él así.

En público.

Sin puertas cerradas. Sin cristales de oficina. Sin mirar alrededor antes de besarnos. Éramos simplemente un hombre y una mujer paseando cogidos de la mano por un parque de atracciones un sábado.

Una pareja.

La palabra apareció sola.

Y me gustó.

Mucho.

—¿Quieres comer algo? —preguntó.

—Sí.

Terminamos compartiendo unas patatas y perritos calientes. Estaba muerta de hambre. Los parques de atracciones siempre me dejaban al borde de la inanición.

Drake se comió el suyo en un santiamén con una elegancia poco digna de cualquier persona normal. Yo, en cambio, acabé embadurnada de salsa por toda la cara.

Él me observó durante unos segundos.

—Nunca imaginé que una mujer pudiera parecer sexy cubierta de kétchup.

—Eso es porque tienes unos estándares muy bajos.

—Mis estándares son excelentes.

Alargó la mano y me limpió con el pulgar una mancha junto a la comisura de los labios. Fue un gesto tierno, y tan de pareja que me hizo reír.

—¿Qué?

—Nada. Solo pensaba que parecemos una de esas parejas felices que vienen al parque de atracciones los sábados.

Drake ladeó la cabeza.

—¿Y eso te hace gracia?

—Un poco. Hace menos de un mes estaba intentando conquistar a tu socio y tú eras mi jefe insoportable que se había propuesto enseñarme a ligar.

—Sigo siendo tu jefe insoportable.

—Sí, pero ahora me limpias kétchup de la cara.

—He evolucionado.

Me reí.

—Muchísimo.

Drake siguió mirándome, pero había perdido la expresión burlona.

—¿Y te gusta?

—¿Que me limpies la cara?

—Parecer una de esas parejas felices.

La pregunta me pilló desprevenida.

Miré nuestras bandejas a medio terminar, el enorme oso que Drake había ganado antes ocupando medio banco y nuestras piernas rozándose bajo la mesa.

Era una tontería.

Pero sí.

Me gustaba muchísimo.

—Sí —admití—. Me gusta.

Drake sonrió y cogió otra patata.

—Entonces deberíamos serlo.

Entrecerré un poco los ojos.

—Creo que no te sigo.

—Lo que intento decirte con muy poca habilidad, al parecer, es que podríamos hacer oficial esto que tenemos.

Porque no sé tú, pero yo he dejado de verlo como algo que estamos probando a ver qué pasa.

—Señaló mi cara con la patata—. Maldita sea, Calloway, me gustas hasta embadurnada de kétchup. Creo que estoy bastante jodido.

Una sonrisa empezó a tirarme de las comisuras.

—¿Me estás pidiendo que sea tu novia?

Drake hizo una mueca.

—Dicho así parece que tengamos dieciséis años.

—No intentes escabullirte ahora. ¿Me estás pidiendo que sea tu novia, sí o no?

Dejó la patata en la bandeja.

—Sí. Te estoy pidiendo que seas mi novia.

Me gustó demasiado escucharlo.

—Vale.

—¿Vale?

—Sí.

—Esperaba algo un poco más entusiasta.

—Podría sacar la libreta y anotarlo.

—Ni se te ocurra.

Me reí y Drake me agarró de la nuca para acercarme y besarme.

Y allí, con sabor a kétchup y patatas fritas, sentada en un banco de Luna Park y con un oso de peluche enorme a nuestro lado, me convertí oficialmente en la novia de Drake Murray.

Cuando salimos del parque ya había oscurecido y me dolían los pies.

Estaba cansada, despeinada y cargaba con un oso de peluche de un tamaño completamente absurdo, pero no recordaba la última vez que lo había pasado tan bien.

Drake me pasó un brazo por los hombros mientras caminábamos hacia donde habíamos dejado el coche.

—Podemos ir a mi casa.

Lo miré.

—Hoy no.

—¿Acabo de conseguir novia y ya me está rechazando?

—Tu novia está agotada y mañana tiene planes.

—¿Qué planes?

—Voy a ver a mi padre.

Lo noté.

Fue apenas un instante, un pequeño cambio en su expresión antes de que siguiera caminando, pero estaba empezando a conocer demasiado bien su cara. Mucho más que antes.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Has puesto una expresión rara.

—No he puesto ninguna expresión rara.

—Drake.

Suspiró.

—Estoy bien, Calloway.

Lo observé un momento.

—¿Te incomoda que hable de él?

Esta vez se detuvo.

—No. —Su respuesta fue inmediata—. En absoluto. No quiero que pienses que tienes que evitar hablar de tu padre conmigo.

—Vale.

Drake me acarició el brazo con el pulgar y durante unos segundos pareció que iba a decir algo más.

—Hay una cosa de la que debería hablar contigo.

Aquello me resultó familiar.

—¿La misma que tenías que contarme hace unas semanas?

Su silencio fue respuesta suficiente.

Miré la hora y después el oso gigantesco que todavía llevaba encajado bajo un brazo. Y, de pronto, la perspectiva de tener una conversación seria se me hizo muy cuesta arriba.

—¿Podemos dejarlo para otro momento? Estoy demasiado cansada para cualquier conversación que empiece por «hay una cosa que debería contarte».

Algo pasó por su expresión. No supe identificar qué.

—Otro día —dije.

Drake me sostuvo la mirada unos segundos, evaluando, y asintió.

—Otro día.

Se inclinó y me besó en la frente antes de volver a echar a andar conmigo pegada a su costado.

Sonreí y apoyé la cabeza en su hombro.

Acababa de pasar el día perfecto con mi novio.

Lo que fuera que Drake tenía que contarme podía esperar.

Al fin y al cabo, ahora teníamos todo el tiempo del mundo.