22
Hallie
Llevaba diez minutos editando un vídeo de Drake y, por primera vez en cinco años, aquello estaba suponiendo un problema.
No por el vídeo.
Por Drake.
Habían pasado un par de semanas desde aquella noche en su loft y, desde entonces, las cosas entre nosotros se habían vuelto... interesantes.
Sonreí mientras retrocedía unos segundos la grabación.
Drake aparecía sentado frente a la entrevistadora, impecable con una camisa oscura y las mangas ligeramente remangadas. Relajado, seguro de sí mismo y escandalosamente atractivo.
Y era mío.
Bueno.
No habíamos utilizado exactamente esa terminología. Pero me gustaba.
Mío.
Volví a darle al play.
—Después de tantos años dedicándote a la sexología —preguntó la entrevistadora—, ¿dirías que existe mucha diferencia entre conocer la teoría y saber llevarla a la práctica?
La pregunta podía ser perfectamente profesional.
La forma en que lo miró mientras la hacía, no tanto.
Entrecerré los ojos hacia la pantalla.
Drake sonrió.
—Por supuesto. Puedes conocer perfectamente la teoría y no saber aplicarla. Como en cualquier otra disciplina, la experiencia también importa.
—Entonces entiendo que tú tienes ambas.
Oh, vamos.
La mujer prácticamente acababa de dibujarle su número de teléfono en la frente.
Drake soltó una pequeña carcajada antes de continuar con una respuesta mucho más profesional de lo que aquella pregunta merecía.
Yo, en cambio, sabía de sobra que, al menos en su caso, teoría y práctica iban perfectamente de la mano.
Muy, muy perfectamente.
Tuve que retroceder el vídeo porque había dejado de escuchar.
—Concéntrate, Hallie —murmuré.
Terminé el montaje y abrí la publicación del último video para comprobar algunas cosas. Error.
Los comentarios estaban llenos de mujeres que parecían haber olvidado por completo que Drake era un profesional hablando de su trabajo.
¿Dónde se pide cita con este hombre?
Necesito una consulta urgentemente.
No sé qué ha dicho, estaba demasiado ocupada mirándolo.
Había decenas.
Sentí unas ganas absolutamente primitivas de responder a todas con la misma frase.
Es mío.
Mío.
MÍO.
Por desgracia, una de las normas que habíamos establecido era mantener nuestra relación fuera de la oficina hasta que decidiéramos qué hacer con ella.
Y anunciarla desde la cuenta profesional de Drake porque una desconocida había añadido tres emojis de fuego probablemente vulneraba el espíritu de aquel acuerdo.
Cerré los comentarios.
—Buenos días.
Levanté la cabeza.
Trevor acababa de llegar y se dirigía hacia una de las consultas acompañado por una pareja.
—Buenos días.
Me sonrió antes de desaparecer con ellos.
Las cosas habían sido mucho menos incómodas de lo que había temido.
Habíamos quedado para tomar un café pocos días después de nuestra cita y le había pedido disculpas.
Le expliqué que cuando acepté salir con él estaba convencida de que seguía queriendo exactamente lo mismo que había querido durante los últimos cinco años, pero que las cosas habían cambiado.
Que había sentimientos por otra persona que no había entendido hasta aquella noche.
Trevor me había escuchado sin enfadarse.
Y cuando terminé, había sonreído.
—Es Drake, ¿verdad?
Casi me atraganté con el café.
Al parecer, durante nuestro almuerzo en el japonés ya había percibido cierta tensión entre nosotros. Después estaba la peculiar reacción de Drake cuando Trevor le anunció que quería pedirme una cita y, finalmente, mi comportamiento aquella noche.
Trevor no era idiota.
Solo había sido extraordinariamente lento para darse cuenta de que yo llevaba años enamorada de él.
Me dijo que esperaba que nos fuera bien.
Y aquello había sido todo.
No había corazones rotos. Ni resentimientos. Ni siquiera aquella devastación que durante años había imaginado que sentiría si mi historia con Trevor terminaba antes de empezar.
Solo alivio.
—Calloway.
La voz de Drake llegó desde detrás de mí.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Aquello también era nuevo.
Durante cinco años, escuchar mi apellido pronunciado con aquella voz había significado que Drake quería un informe, había perdido algo que estaba exactamente donde yo le había dicho o pretendía modificar su agenda de una forma que desafiaba las leyes básicas del tiempo.
Ahora mi cuerpo tenía otras asociaciones.
Y la mayoría no eran compatibles con un entorno laboral.
Giré la silla.
Drake estaba apoyado en el marco de la puerta de su despacho.
—¿Sí?
—Necesito verte.
Oh.
Dos semanas atrás aquella frase no habría significado absolutamente nada.
Ahora significaba demasiadas cosas.
Miré alrededor de la oficina.
Había gente trabajando a pocos metros. Trevor acababa de entrar en consulta. Una de las recepcionistas hablaba por teléfono.
Drake seguía esperando.
—Estoy trabajando —dije.
Una de sus cejas se elevó.
—Yo también.
Mentiroso.
Cogí la tableta de todas formas y me levanté.
Porque aparentemente mi dignidad también había decidido tomarse un par de semanas libres.
—¿Qué quieres? —pregunté en cuanto cerré la puerta.
—Revisar la agenda.
Solté un suspiro.
—La hemos revisado esta mañana.
—Ha habido cambios.
Cogí la tableta y abrí su calendario. A primera vista todo parecía igual, hasta que llegué a la última cita de la mañana.
Fruncí el ceño.
Allí había un hueco que antes no estaba. O, mejor dicho, donde hasta hacía unas horas figuraba el nombre de uno de sus pacientes, ahora aparecían tres letras.
SCC.
Alcé una ceja.
—¿Qué significa SCC?
—Sexo con Calloway.
Casi se me cayó la tableta.
—¡Drake!
Él sonrió como si acabara de informarme de una reunión con contabilidad.
—¿Qué?
—¡Las normas!
—No sabía que las normas incluían la abstinencia en horario laboral.
—Incluían comportarnos como dos adultos profesionales en la oficina.
—Eso es muy interpretable.
—No, no lo es. De hecho, creo que es una de las cosas menos interpretables que existen.
Drake se levantó de la silla y rodeó el escritorio.
—Mi paciente ha cancelado.
—Pues aprovecha para adelantar trabajo.
—Prefiero lo del SCC. Una de las cosas más sexys de salir con tu secretaria es poder cumplir ciertas fantasías.
Me miró de una forma que debería llevar dos rombos incorporados.
—¿Por qué todos los tíos fantasean con acostarse con sus secretarias?
—No diría que todos, aunque sí es muy común.
—¿Y eso?
Drake sonrió, encantado de que acabara de darle la oportunidad de ponerse en modo sexólogo.
—Porque muchas fantasías se construyen alrededor de dinámicas que en la vida cotidiana están restringidas.
Lo prohibido, los roles, la autoridad, hacer algo en un lugar en el que sabes que no deberías hacerlo...
Todo eso puede aumentar la excitación aunque no quieras reproducir literalmente esa dinámica fuera de la fantasía.
Lo miré un instante.
—Qué práctico. Puedes decir una guarrada y después justificarla científicamente.
—Es una de las ventajas de mi profesión.
No pude evitar sonreír.
—Pues siento arruinarte la fantasía, doctor Murray, pero esta oficina está llena de paredes acristaladas. Dudo mucho que puedas cumplir ninguna aquí.
Drake se apoyó contra el escritorio.
—Conozco el lugar perfecto para que eso no sea un problema.
***
Estar empotrada contra los archivadores, con la falda subida, sin bragas y con mi jefe de rodillas entre las piernas no era algo que yo hubiera soñado antes.
El aire olía a papel y a cartón. Olía también a esa frialdad de las habitaciones donde Bond guardaba las copias físicas de los informes: la sala de archivos.
El lugar no tenía nada de erótico.
Entonces Drake me abrió los muslos, su boca se cerró sobre mí y la falta de erotismo dejó de importar.
—Oh, Drake… Dios.
Su lengua golpeó mi clítoris y me quedé sin aire.
Me agarré al borde del archivador. Drake no tenía prisa.
Lamió despacio, con precisión, como si aquella fuera otra consulta y yo el único caso que le importaba.
Un dedo me recorrió la entrada, húmeda, fácil, y lo introdujo mientras seguía comiéndome.
—Calloway —murmuró contra mí—. Vas a tener que estar callada.
Drake me chupó, yo apreté los labios y aun así se me escapó un gemido.
El orgasmo llegó rápido. Demasiado. Me temblaron las piernas. Drake me sostuvo por los muslos y no apartó la boca hasta que el temblor se me quedó en un suspiro roto.
Se levantó. Se pasó el dorso de la mano por los labios. La sonrisa era un delito.
—SCC —dijo, bajo—. Primera parte.
—¿Hay partes? —pregunté aún temblorosa.
—Hay un hueco de cincuenta minutos.
Le desabroché el pantalón yo.
Drake se puso el condón que llevaba en el bolsillo y me levantó contra el metal. Las piernas se me cerraron a su cintura. Entró de un empujón hondo, hasta el fondo, y se me escapó el aire contra su cuello. Lo sentí todo: grueso, caliente, llenándome de una sola estocada.
Empezó a moverse.
Firme. Hondo. El archivador golpeó la pared con un sonido sordo que nos delataría si alguien pasaba demasiado cerca.
Drake no paró. Me folló contra el metal, corto y preciso al principio, después más fuerte.
Una mano me sujetó el culo, abriéndome más a él.
La otra me tapó la boca cuando un gemido amenazó con salir.
—¿Lo ves? Las fantasías con secretarias son lo mejor.
—Si dices otra frase de podcast te muerdo.
Drake rio, bajo, y empujó más hondo, cambiando de ángulo.
—Drake… —intenté decir contra su mano.
Él apartó los dedos lo justo.
—Calloway. Córrete.
Me corrí.
Fuerte. Clavada a él. Las paredes internas se me cerraron alrededor de su polla y Drake soltó un sonido ronco, se hundió hasta el tope y se corrió dentro del condón, con el cuerpo rígido contra el mío y la frente en mi hombro.
Nos quedamos así unos segundos, intentando recuperar el aliento.
Drake fue el primero en moverse. Levantó la cabeza y me miró con esa expresión satisfecha que empezaba a conocer demasiado bien.
—Creo que acabamos de actualizar una de las normas.
Todavía tenía las piernas alrededor de su cintura.
—No.
—¿No?
—Acabamos de descubrir una laguna en las normas. Es diferente.
Sonrió.
—Entonces habrá que revisar el documento.
—De eso nada. El documento se queda tal y como está.
Drake se rio.
—El documento ni siquiera existe. Estaba bromeando.
—Oh, sí que existe. Lo redacté yo misma en mi libreta de anotaciones.
Drake alzó las cejas.
—No me digas que tu libretita ha vuelto.
—Mi libretita nunca se fue.
—Pensaba que había cumplido su función después de enseñarte a ligar.
—Ahora tiene una función mucho más importante: protegerme de ti.
—Está haciendo un trabajo de mierda.
Lo fulminé con la mirada.
—En cuanto vuelva a mi mesa voy a añadir una norma nueva: «nada de sexo en el trabajo» en mayúsculas.
—Qué pena.
—Y subrayado.
—Eso parece excesivo.
—Y en negrita.
Drake me besó.
—Puedes ponerlo como quieras, Calloway. Los dos sabemos que no vas a cumplirlo.
Lo peor era que probablemente tenía razón.