21
Drake
Me desperté antes que Hallie.
Durante unos segundos me limité a mirar el techo, todavía medio dormido, hasta que noté el peso de un brazo sobre mi pecho.
Giré la cabeza.
Hallie dormía de lado, pegada a mí, con el pelo desordenado sobre la almohada y una pierna enredada entre las mías.
Tenía la cara completamente relajada, muy distinta a la expresión que solía dedicarme cuando estaba despierta.
Sin ceño fruncido. Sin ojos entrecerrados.
Sin esa mirada que decía que estaba valorando seriamente asesinarme con algún objeto de oficina.
Sonreí.
Y entonces me di cuenta de que estaba sonriendo.
Joder.
No recordaba la última vez que me había gustado despertarme junto a alguien.
Bueno, sí la recordaba.
Y quizá ese era el problema.
Después de Olivia, me había asegurado de que ninguna mujer permaneciera el tiempo suficiente para convertirse en algo más.
Había tenido relaciones, si podían llamarse así.
Sexo. Citas ocasionales. Mujeres que sabían perfectamente lo que buscaba y a las que nunca había prometido nada diferente.
Algunas habían pasado la noche en aquel mismo loft, pero la mañana siempre había sido la parte prescindible.
Con Hallie no.
Llevaba despierto varios minutos y no tenía ninguna prisa por que se marchara.
Todo lo contrario.
La observé acomodarse contra mí y sentí algo que debería haberme preocupado bastante más de lo que lo hizo.
Era Hallie.
Mi secretaria. La mujer a la que llevaba cinco años viendo prácticamente todos los días.
La que discutía conmigo, organizaba mi vida mejor que yo mismo y sabía cuándo necesitaba café antes incluso de que se me ocurriera pedirlo.
La misma a la que había pasado días intentando emparejar con mi socio como un completo imbécil.
Y ahora estaba en mi cama.
No necesitaba ponerle nombre todavía.
Solo sabía que, por primera vez en años, la idea de que una mujer ocupara espacio en mi vida no me provocaba ninguna necesidad de recuperar distancia.
Con ella parecía exactamente lo contrario.
Hallie abrió los ojos.
Tardó unos segundos en enfocar la mirada y, cuando lo hizo, me encontró observándola.
—Esto es inquietante.
—Buenos días a ti también.
—¿Cuánto tiempo llevas mirándome dormir?
—El suficiente para descubrir que babeas.
Se incorporó de golpe.
—¿Qué?
Me reí.
—No babeas.
—Eres imbécil.
—Y tú muy fácil de provocar recién despierta.
Hallie volvió a dejarse caer sobre la almohada y me dio un golpe en el pecho.
Sí.
Podía acostumbrarme a aquello.
La idea apareció con demasiada facilidad.
Y esta vez no intenté expulsarla.
***
Veinte minutos más tarde estábamos sentados en la isla de la cocina tomando café y desayunando. Hallie llevaba una de mis camisetas, el pelo recogido de cualquier manera y las piernas desnudas balanceándose desde el taburete.
Me gustaba demasiado verla allí.
No arreglada para una cita. No sentada frente a mí en un restaurante. Ni siquiera desnuda en mi cama.
Allí.
En mi cocina, robándome una tostada del plato como si llevara haciéndolo toda la vida.
—Esa era mía.
—Tienes más.
—Ese no es el principio básico de la propiedad privada.
—Tienes una cocina más grande que mi apartamento. Sobrevivirás a la pérdida.
Cogió la tostada y le dio un mordisco sin el menor remordimiento.
—Tenemos que establecer unas normas —dijo después.
Dejé la taza a medio camino de mi boca.
—Por supuesto que tenemos que establecer unas normas.
—¿Por qué lo dices así?
—Porque solo tú puedes despertarte después de acostarte conmigo y decidir que lo siguiente que necesitamos es normativa interna.
—Trabajamos juntos.
—Lo sé.
—Eres mi jefe.
—También lo sé.
—Y ayer estaba saliendo con tu socio.
—Esa parte intento olvidarla.
Hallie me lanzó una mirada.
—Precisamente por eso necesitamos normas.
No le faltaba razón.
Lo que había ocurrido entre nosotros la noche anterior había cambiado demasiadas cosas de golpe, pero había una que no pensaba permitir que cambiara.
Hallie llevaba cinco años trabajando conmigo y se había ganado cada centímetro del lugar que ocupaba en Bond.
Lo que ocurriera entre nosotros no podía poner eso en peligro.
—Bien —dije—. Dispara.
Hallie empezó a enumerarlas con los dedos.
En la oficina seguiríamos comportándonos como siempre.
Nada de trato de favor. Nada de utilizar lo que ocurriera fuera del trabajo para ganar discusiones dentro.
Nada de escenas delante de los demás y, según ella, quedaba expresamente prohibido que la hiciera entrar en mi despacho con falsas emergencias.
La última norma fue la única que consiguió borrar la sonrisa de su cara. Si aquello salía mal, su trabajo no podía verse afectado.
—Eso no es una norma —dije.
—Drake...
—Tu puesto no depende de que estés conmigo, Hallie. Ni ahora ni dentro de seis meses ni si mañana decides que besarme fue el peor error de tu vida. Tu trabajo es tuyo. Pase lo que pase entre nosotros.
Hallie me sostuvo la mirada unos segundos antes de asentir.
—Vale.
Y, de alguna manera, aquella palabra hizo que todo pareciera un poco más real.
No habíamos decidido qué éramos. Ni qué iba a ocurrir la semana siguiente. Ni siquiera cuánto sentido tenía intentar aquello.
Pero estábamos intentándolo.
Y yo llevaba toda la mañana sabiendo que, si íbamos a hacerlo, había algo que tenía que contarle.
Solo necesitaba encontrar la manera de empezar.
Hallie dejó lo que quedaba de mi tostada en el plato.
—Tengo que hablar contigo de una cosa.
La miré.
—Qué casualidad.
—¿Por qué?
—Porque yo tengo algo que contarte.
Hallie jugueteó unos segundos con el borde de su taza.
—¿Puedo empezar yo primero?
Asentí.
Y entonces vi desaparecer a la Hallie que llevaba toda la mañana robándome el desayuno y discutiendo conmigo.
—Hay algo sobre mí que tienes que saber —dijo—. Si vamos a hacer esto, quiero que lo sepas ahora.
Aquello consiguió que toda mi atención se concentrara en ella.
—Está bien.
Respiró hondo.
—Mi padre está en prisión. Lleva allí casi diez años.
No dije nada. No podía. Cualquier reacción que fingiera sería precisamente eso: fingida.
Yo ya sabía dónde estaba su padre.
Sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Y sabía por qué.
—No suelo hablar de ello —continuó—. De hecho, durante mucho tiempo intenté que nadie lo supiera. La gente hace preguntas y después... —Se encogió ligeramente de hombros—. A veces empiezan a mirarte diferente.
—Yo no voy a mirarte diferente.
Hallie levantó los ojos. Lo dije demasiado rápido.
—Todavía no sabes qué hizo.
Sí lo sabía.
—No importa.
—Quizá deberías esperar a escucharlo antes de decidirlo.
Dejé la taza sobre la encimera.
—Lo que haya hecho tu padre no cambia quién eres tú.
Se quedó mirándome unos segundos. Vi cómo parte de la tensión desaparecía de sus hombros, aunque no toda.
—Condujo borracho —dijo finalmente—. Provocó un accidente y murió una chica.
Noté cómo se me tensaba el cuerpo.
Había sabido que aquello llegaría en algún momento desde que Hallie empezó a hablar, pero escuchárselo decir fue diferente.
Durante años había conseguido guardar todo en un lugar al que apenas regresaba. Una vida anterior. Una versión de mí mismo que ya no existía.
Y ahora Hallie acababa de abrir esa puerta sin saber siquiera que estaba allí.
—Fue a prisión y mi vida cambió por completo —continuó, ajena a todo lo que acababa de remover—.
Perdí a mi padre de una forma bastante evidente, pero también perdí muchas otras cosas.
Mi madre... Bueno, ya te he contado alguna vez que prácticamente rehízo su vida sin mí.
Y durante mucho tiempo sentí que todo lo relacionado con él era algo que tenía que esconder.
—Hizo una pequeña pausa—. No quiero empezar lo que sea que empecemos sin que lo sepas.
Si esto te resulta demasiado, si cambia la forma en que me ves o es algo con lo que no quieres cargar...
prefiero saberlo ahora. Antes de que esto avance y tenga mucho más que perder.
Aquello me golpeó con una fuerza inesperada.
—Hallie...
—No te estoy diciendo que tengas que aceptarlo. Solo que prefiero que seas sincero conmigo.
La ironía fue tan brutal que casi dolió.
Me estaba pidiendo sinceridad.
A mí.
—No cambia nada —dije.
—¿Seguro?
—Completamente. Lo que hizo tu padre no tiene nada que ver contigo.
Sus hombros se relajaron por fin.
—Gracias.
No tenía nada que agradecerme.
Y entonces supe que no podía decirle la verdad aún.
Aquello podía esperar un poco más.
No estaba decidiendo ocultárselo para siempre. Solo necesitaba encontrar el momento adecuado. Uno en el que pudiera explicárselo todo desde el principio, sin soltarle aquella verdad justo después de que ella acabara de confiarme uno de sus mayores miedos.
—Drake. ¿Qué era lo que querías decirme tú?
Negué con la cabeza.
—Nada. Lo hablamos en otro momento.
Ella me miró con el ceño fruncido, curiosa, pero no dejé que lo pensara demasiado.
Me incliné y la besé antes de que pudiera seguir protestando. Hallie intentó mantener el ceño fruncido durante aproximadamente dos segundos antes de agarrarme de la camiseta y devolverme el beso.
Mucho mejor.
Cuando me aparté, me miró con desconfianza.
—¿Acabas de besarme para que me calle?
—Está demostrando ser un método sorprendentemente eficaz.
—Capullo.
Me puse en pie y le tendí la mano.
—Ven.
Hallie miró mi mano y después a mí.
—¿Adónde?
Dejé que mi mirada recorriera deliberadamente la camiseta que llevaba puesta y sus piernas desnudas.
—A darte un motivo para llegar tarde al trabajo.
Sus labios se separaron.
—Drake...
—¿Qué? Todavía tenemos cuarenta minutos.
—Contigo cuarenta minutos son solo cuarenta minutos.
Sonreí.
—Me alegra ver que empiezas a conocerme.
Hallie se echó a reír cuando la cogí de la cintura para llevármela de nuevo hacia el dormitorio.
La verdad podía esperar unas horas.
O unos días.
O eso pensé.