Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 20
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Hallie

Lo besé con fuerza.

Ya no porque Drake me hubiera arrinconado contra una puerta ni porque me hubiera pillado desprevenida. Esta vez fui yo quien tiró de su camiseta para acercarlo, quien buscó su boca y quien dejó de pensar durante unos segundos en todas las razones por las que aquello era una idea terrible.

Drake respondió inmediatamente.

Me sujetó la cintura y me pegó a él. El beso se volvió hondo, húmedo, sin la precaución de la primera vez.

Su lengua encontró la mía y yo se la devolví igual de clara.

Más despacio. Más adentro. Con los dedos cerrados en la tela para que no pudiera apartarse.

Se me escapó un sonido contra su boca. Drake lo recogió y profundizó el beso, lento, seguro.

Había pasado demasiado tiempo intentando convencerme de que no significaba nada. El maldito juguete. La cena. El beso en su loft. Todas las veces que había pensado en su boca cuando debería haber estado pensando en la de Trevor.

Pues bien.

Significaba algo.

Y estaba bastante segura de que Drake acababa de entenderlo también.

Cuando nos separamos, apenas había recuperado el aliento cuando volvió a buscarme.

—Espera.

Drake se detuvo.

Me miró durante un instante, todavía demasiado cerca.

—¿Qué pasa?

—Necesito... —Respiré hondo—. Necesito sentarme.

Una de sus cejas se elevó.

—¿Para qué?

—Para procesar que hace menos de una hora estaba en una cita con Trevor y ahora estoy besándome contigo contra una puerta.

—Ah.

Esta vez no sonrió. Se apartó lo suficiente para dejarme espacio y señaló el salón.

—Ven.

Lo seguí hasta el sofá y me senté. Drake ocupó el otro extremo, aunque durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

Ahora que su boca ya no estaba sobre la mía, mi cerebro había decidido volver a funcionar.

Qué detalle por su parte.

—Yo no he venido a... esto.

Drake se acomodó contra el respaldo, todavía mirándome con una intensidad que no ayudaba demasiado a recuperar la compostura.

—Eso había supuesto.

Había venido a echarle la bronca. A hacerle responsable de haber convertido mi vida sentimental en un desastre y, si era posible, conseguir que se sintiera un poco culpable por ello.

En ningún momento del trayecto en taxi había contemplado la posibilidad de acabar contra la puerta de su loft con su lengua en mi boca.

Aunque, siendo sincera, tampoco parecía haber puesto demasiado empeño en evitarlo.

Me pasé una mano por el pelo.

—No sé qué estoy haciendo. Hace dos semanas tenía las cosas clarísimas. Me gustaba Trevor. Tú eras mi jefe insoportable. Yo quería que él se fijara en mí y tú ibas a ayudarme a conseguirlo. Era sencillo.

—Lo sencillo es aburrido.

—Drake...

Se quedó mirándome unos segundos.

—Entonces, ¿te gusto?

La pregunta me pilló desprevenida.

—Pensaba que lo había dejado bastante claro.

—Quiero oírtelo decir.

Tragué saliva.

—Sí. Me gustas.

Una sonrisa lenta apareció en su boca.

—¿Y debo suponer, por el beso que acabas de darme, que tú también sientes algo por mí? —pregunté ahora yo.

—Ah, no. Para nada. Suelo besar así a todas las mujeres que aparecen en mi puerta para que se callen.

—Imbécil.

—Sí, Calloway. Me gustas.

Sentí vértigo. Vértigo arañándome las entrañas.

—Vale... —Intenté ordenar mis pensamientos—. Si tú me gustas y yo te gusto... ¿qué viene ahora?

Drake tardó en responder.

—No lo sé. Tendremos que averiguarlo sobre la marcha. Pero podemos empezar por… seguir haciendo lo que estábamos haciendo hace unos minutos.

Su mirada bajó hacia mi boca.

Ah.

Aquello no debería haberme gustado tanto.

Drake se inclinó hacia mí, pero esta vez no terminó de recorrer la distancia. Se quedó lo bastante cerca para que pudiera sentir su respiración, esperando.

Y fui yo quien cerró el espacio entre los dos.

Lo besé despacio. Drake me recibió con la boca abierta y su lengua encontró la mía.

El sofá crujió cuando me acerqué otro palmo y Drake me sujetó la cintura para que no me echará atrás.

No pensaba echarme atrás.

Me besó otra vez. Yo a él. Un ir y venir húmedo, lento, cada vez menos cuidadoso. Se me escapó el aire contra su boca y Drake lo aprovechó para profundizar. La mano le bajó de la mejilla a la nuca. La mía se le quedó en el pecho, sobre la camiseta, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón.

Cuando nos separamos un segundo, nuestra respiración era irregular.

—Hallie… —Nunca lo había escuchado llamarme así, con ese anhelo en el timbre de la voz.

Acabé a horcajadas sobre su regazo, con la falda del vestido subida, las manos en sus hombros para no perderme.

Drake apartó la boca lo mínimo.

Me miró desde abajo con las manos firmes en mis caderas, y sonrió.

—Así. Mucho mejor.

Lo besé para que no siguiera hablando.

Drake me apretó contra él y me devolvió el beso igual de claro, la lengua lenta dentro de mi boca, como si por fin hubiera encontrado el sitio en el que quería tenerme.

Y lo sentí.

Duro. Exacto. Contra mi centro.

Me moví un poco, casi sin pensarlo, solo para comprobar que no me lo había imaginado. Drake jadeó contra mis labios. Las manos le bajaron de golpe a mis caderas y me inmovilizó.

—No sigas haciendo eso —dijo, la voz ronca—. Si lo haces otra vez, no voy a poder quedarme quieto.

Lo miré.

—¿Y si eso es lo que quiero?

Drake cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, no sonreía.

—No tenemos que hacer esto hoy. Has salido de una cita con otro. Estás cabreada. Te he besado contra una puerta. Puedo esperar.

—¿Y si soy yo la que no puedo esperar?

El silencio se tensó entre los dos.

Drake me sostuvo la mirada, todavía duro debajo de mí, con las manos clavadas en las caderas como si esa fuera la única forma que le quedaba de no perder el control.

—¿Estás segura?

Como respuesta, moví las caderas.

Drake dejó de inmovilizarme.

Me restregué contra él, lenta, obcena, y un sonido bajo se le escapó de la garganta. Se mordió el labio. La mirada se le quedó fija en la mía, oscura, sin esa media sonrisa de siempre.

—Puedes parar cuando quieras —dijo, con la voz ronca—. Lo sabes, ¿verdad?

—Cállate, Murray —susurré—. Y bésame.

Volvió a besarme. Esta vez con más hambre. La boca abierta, la lengua enredada con la mía, las ganas vivas en la piel. Yo seguí moviéndome sobre él, buscando alivio contra esa dureza que ya no intentaba esconder.

Drake apartó los labios lo justo para hablarme contra la boca.

—Calloway. Voy a quitarte el vestido.

—Menos palabras —respondí—. Y más hechos.

Me lo quitó de un movimiento.

El aire me golpeó la piel. Me quedé sobre su regazo en ropa interior, el sujetador negro a la vista, el encaje que Blair había insistido en que llevara aquella noche por una cita que ya no importaba. Drake me recorrió con la mirada. Despacio.

Se lamió el labio, como si todavía estuviera decidiendo por dónde empezar el festín que tenía delante. Decidí ayudarlo.

—Te veo muy comedido para ser un sexólogo tan reputado.

Drake alzó la vista.

—¿Perdón?

—Sabes que nunca he tenido un orgasmo con un hombre —dije—. Es normal que sientas cierta presión.

—¿Presión?

La palabra le salió baja. Peligrosa.

Una sonrisa lenta le cruzó la boca. Las manos le subieron por mi espalda, lentas, hasta el cierre del sujetador, y no lo abrió. Solo lo tocó.

—Calloway —murmuró, los ojos fijos en los míos—. Estás a punto de descubrir por qué algunos me llaman doctor Placer.

Puse los ojos en blanco.

—Si dices eso otra vez, me voy.

Drake rio, bajo, contra mi boca.

—Entonces más te vale que no haga falta repetirlo.

El cierre saltó entre sus dedos. El sujetador cedió. El aire me rozó el pecho un segundo antes de que Drake bajara la mirada y se le apretara la mandíbula.

Y, antes de que me diera cuenta, su boca se cerró sobre mí.

Caliente. Húmeda. Segura. Me tomó un pecho entre los labios y pasó la lengua por el pezón hasta que se me escapó un sonido que no reconocí. La otra mano le cubrió el otro, el pulgar lento, preciso. Drake no tenía prisa. Chupó. Lamió. Me mordió lo justo para que se me arqueara la espalda.

—Drake…

Le clavé los dedos en el pelo. Él cambió de lado, igual de atento, y el calor me bajó de golpe entre las piernas, allí donde todavía me restregaba contra él sin darme cuenta.

No era suficiente.

Drake pareció notarlo.

No sé qué esperaba. O sí. En las novelas románticas el hombre siempre se ponía de rodillas para aquello. Drake Murray no era un héroe convencional.

En lugar de bajar, me levantó.

El mundo se descolocó. El sofá desapareció. Sus manos me sujetaron los muslos y, de pronto, tenía el torso y las tetas contra la pared, las piernas abiertas sobre sus hombros y el sexo expuesto frente a su cara.

Me agarré a lo que encontré.

Drake no esperó.

Me besó por encima de las bragas, con la boca caliente contra el encaje, exactamente donde yo lo necesitaba.

Después lamió entre mis pliegues, con la tela de por medio, y todo se colocó de golpe.

El calor. La presión. Esa lengua precisa buscando el clítoris a través del encaje húmedo hasta que se me fue el aire y los muslos me temblaron contra su cara.

—Drake…

No paró.

Lamió otra vez. Más lento. Más firme. La tela ya no era una barrera: era otra capa de fricción. Se me arqueó la espalda contra la pared. Estaba a punto de correrme así, ridículamente, sin que siquiera me las hubiera quitado.

Entonces Drake apartó la boca.

Sentí sus dedos en la cadera, tirando del encaje. En aquella posición era casi un malabarismo: yo contra la pared, él sujetándome con un brazo, la braga bajando por un muslo y después por el otro, torpe, impaciente, hasta que me quedó el encaje colgando de un tobillo.

Drake me miró un segundo desde abajo, con la boca húmeda y los ojos oscuros.

—Cinco —dijo.

—¿Cinco qué?

—Orgasmos. Uno por cada año que te conozco.

Antes de que pudiera contestarle, su boca se cerró sobre mí. Esta vez sin tela. Directa. Caliente. Y el primer gemido se me rompió contra la pared.

No había estado con muchos hombres. Los pocos que sí, no se acercaban ni a la sombra de aquello.

Drake sabía lo que hacía. Dónde presionar.

Cuándo parar. Cuándo volver. Como si mi cuerpo fuera un idioma que los demás habían balbuceado y él hablara con fluidez.

A fin de cuentas, tenía un póster de anatomía femenina colgado en la oficina.

Nunca había pensado que acabaría beneficiándome de él de aquella manera.

La lengua le recorrió el clítoris con una precisión casi ofensiva. Un dedo me rozó la entrada, húmeda, fácil, y lo introdujo despacio mientras seguía lamiendo. Se me fue el aire. Los muslos me temblaron contra su cara. Intenté avisar. No salió ninguna frase coherente.

—Drake… yo… no puedo…

Él no apartó la boca.

El orgasmo me atravesó de golpe.

Fuerte. Claro. Distinto a todo lo que había conseguido sola, y a todo lo que no había conseguido con nadie. Las piernas se me cerraron alrededor de su cabeza. Me agarré a la pared. Un sonido roto se me escapó de la garganta mientras el cuerpo se deshacía contra su boca.

Cuando pude abrir los ojos, Drake todavía me sostenía.

Me miró desde abajo con los labios brillantes, y sonrió.

—Uno. Quedan cuatro.

Mi respiración estaba agitada.

—Imbécil.

Drake me bajó con cuidado. Las piernas me temblaban. El torso resbaló por la pared hasta que los pies volvieron a tocar el suelo, aunque él no me soltó. Me sostuvo por la cintura, me atrajo y me besó.

La boca le sabía a sexo, a saliva, a aquello que acababa de hacerme contra la pared. El beso fue lento, hondo, y se me aflojó otra vez el cuerpo contra el suyo.

Drake apartó los labios lo justo.

Me miró, orgulloso, con esa expresión insoportable de hombre que acaba de demostrar que sabía lo que se hacía.

—Creo que ya no puedes decir que nunca te has corrido con un hombre.

—No te pongas pedante.

Me besó otra vez y decidí que era mi momento.

Lo empujé hacia el respaldo del sofá y yo sí cumplí con el estereotipo erótico: me puse de rodillas entre sus piernas.

Le desabroché el pantalón. Se lo bajé. Después el bóxer.

Su polla saltó pesada, dura, gruesa, la cabeza ya brillante. Me quedé mirándola un segundo más de lo decente.

Alcé la vista.

—Profesor —dije, despacio—. ¿Qué se supone que debería hacer con esto?

A Drake se le tensó la mandíbula. Lo vi. El mismo efecto que en Élan, solo que ahora no había mesa ni libreta de por medio.

—Deberías metértela en la boca.

La sostuve. Acerqué los labios. La tomé solo un poco.

—¿Así?

—Más.

Bajé otro palmo. La lengua le rozó la piel caliente.

—¿Así?

—Mucho más.

Drake adelantó las caderas y me llenó la boca de golpe. Caliente. Profunda. Se le escapó un sonido bajo, y los dedos se le cerraron en mi pelo.

Empecé a subir y bajar.

Despacio al principio. Después con más ritmo, la boca húmeda, la mano cerrada en la base. Drake dejó de estar compuesto. Se le fue la cabeza hacia atrás. Un sonido bajo se le escapó de la garganta. Los dedos se le enredaron en mi pelo, sin empujar, solo sujetándome como si necesitara un ancla.

Verlo así tenía algo de fascinante.

Drake Murray, el hombre que lo controlaba todo, con la mandíbula apretada y los ojos oscuros porque yo lo tenía en la boca.

En un momento dado me detuvo.

Tiró suave de mi pelo hasta que lo solté. Respiraba mal. La polla le brillaba, dura, a un paso de perderse.

—La primera vez que me corra no va a ser en tu boca —dijo, con la voz ronca—. Tengo otros planes para eso.

Me levantó en volandas.

Cruzó el loft conmigo en brazos y me dejó sobre la cama. El colchón cedió. Drake se inclinó, abrió el cajón de la mesilla, sacó un condón y se lo puso con esa misma precisión irritante con la que firmaba informes. Ni un gesto de prisa. Solo control. Hasta que me miró otra vez.

Me puso un cojín bajo las caderas.

—¿Qué haces?

—Favorecer el ángulo —respondió—. Si voy a estar dentro, vas a sentir algo más que movimiento.

Me abrió las piernas y se colocó entre ellas. No del todo encima: el cuerpo bajo, el pubis alineado con el mío, una mano ya camino de mi clítoris. La otra me sujetó el muslo. Estaba cuidando todo, cada pequeño detalle, pensando en mi placer.

Entró despacio.

Hondo. Lleno. Exacto.

Se me escapó el aire. Drake se quedó quieto un segundo, con la frente contra la mía, y después empezó a moverse. Corto. Preciso. Cada embestida me rozaba el clítoris con la pelvis al mismo tiempo que iba dentro.

—Mírame —dijo.

Lo miré.

El segundo orgasmo llegó sin aviso, más bajo que el primero, más largo, y me cerré alrededor de él con un gemido que se me quebró en la garganta.

Me corrí con él todavía moviéndose, la vista borrosa, las piernas temblando a ambos lados de su cintura.

Drake soltó un sonido ronco, perdió por fin ese control imposible y se hundió en mí hasta el fondo.

Lo sentí tensarse. Correrse dentro del condón.

La frente contra mi cuello. La respiración rota.

Nos quedamos así.

El loft en silencio. Su peso sobre el mío. Mi corazón desbocado contra su pecho.

—Dos —dijo, con la voz enroquecida.

Solté una risa cansada.

—Has prometido cinco.

Drake me besó, lento.

—La noche es larga, Calloway.

Y, por primera vez en cinco años, no tenía ninguna prisa por perder de vista a mi insoportable jefe.