19
Hallie
Había esperado cinco años para tener una cita con Trevor Hadley.
Cinco años imaginando cómo sería que dejara de verme como la secretaria de Drake y empezara a verme como una mujer. Cinco años fantaseando con cenas, conversaciones que no tuvieran nada que ver con el trabajo y ese momento exacto en el que me miraría de una forma diferente.
Y ahora que por fin iba a ocurrir, llevaba diez minutos delante del armario sin saber qué ponerme.
No porque no tuviera ropa. Después de una tarde entera con Blair, tenía más opciones de las que había tenido en años. El problema era que ninguna conseguía provocarme la emoción que se suponía que debía sentir.
Trevor me había pedido una cita.
Una cita de verdad.
Todavía podía recordar cómo se había acercado a mi mesa, la sonrisa ligeramente nerviosa y la forma en que me había preguntado si quería cenar con él el viernes.
También recordaba que, en lugar de contestar inmediatamente como habría hecho unas semanas atrás, había mirado hacia el despacho de Drake.
Él estaba observándonos a través del cristal.
Nuestros ojos se encontraron apenas un instante.
Después volví a mirar a Trevor y dije que sí.
No sabía por qué había necesitado mirar a Drake antes de hacerlo.
Y prefería no analizarlo.
Lo que sí sabía era que Drake conocía perfectamente mis planes para aquella noche. Había visto a Trevor pedirme la cita. Había visto mi respuesta. Y desde entonces no había hecho ni un solo comentario al respecto.
Nada.
Ni una pulla. Ni una pregunta. Ni uno de sus análisis que nadie le había pedido.
Después de semanas inmiscuyéndose en mi vida sentimental hasta extremos que deberían haber requerido algún tipo de orden judicial, de pronto había decidido mantenerse al margen.
Y debería haberme alegrado.
En lugar de eso, me molestaba.
—Ridícula —murmuré.
Aquella noche no tenía absolutamente nada que ver con Drake.
Saqué uno de los vestidos que había elegido con Blair y me lo puse. Me arreglé el pelo, me maquillé con más cuidado de lo habitual y me miré en el espejo.
Estaba guapa.
El plan había funcionado.
Así que quizá lo único que necesitaba era dejar de pensar tanto y disfrutar de haber conseguido exactamente lo que llevaba años queriendo.
Mi móvil vibró sobre la cama.
TREVOR HADLEY
Estoy abajo.
Mi estómago dio un pequeño vuelco.
Bien.
Eso estaba mejor.
Cogí el bolso, respiré hondo y salí del apartamento.
Trevor me esperaba junto al coche.
Y aquella noche iba a recordar por qué llevaba cinco años enamorada de él.
***
El restaurante al que me llevó Trevor era elegante, con luz tenue, mesas lo bastante separadas para tener intimidad y unos ventanales enormes desde los que se veía Manhattan iluminado. El tipo de sitio que habría imaginado si alguien me hubiera pedido que describiera mi cita perfecta con él.
Debería haberme sentido como dentro de un sueño.
Y durante los primeros minutos me esforcé por conseguirlo.
Trevor estaba guapísimo. Había cambiado la ropa de trabajo por una camisa oscura y, cuando nos sentamos, apartó el móvil y no volvió a mirarlo.
Me preguntó qué quería beber, recordó que durante nuestro almuerzo había mencionado que no me gustaba demasiado el vino y me hizo reír contándome una anécdota de uno de sus pacientes sin revelar nada que pudiera identificarlo.
Todo iba bien.
Terriblemente bien.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —preguntó en algún momento.
—¿Qué?
—Que llevamos años trabajando en el mismo sitio y no te he pedido salir hasta ahora. ¿Cómo he podido estar tan ciego?
Sonreí.
—A veces cuesta ver lo que tenemos delante.
Lo dije por él.
O eso creí.
Porque, por algún motivo, en cuanto las palabras salieron de mi boca, pensé en Drake.
Hablamos mientras cenábamos y, poco a poco, los nervios desaparecieron.
Trevor era fácil. Me escuchaba, hacía preguntas, se interesaba de verdad por mis respuestas y conseguía que la conversación avanzara sin esos silencios incómodos que tantas veces había imaginado que sufriríamos si algún día nos quedábamos solos.
Era amable.
Atento.
Inteligente.
Guapo.
Estable.
Entrecerré los ojos.
No.
Ni se te ocurra, Hallie.
Trevor siguió hablando mientras yo bebía un poco de agua.
Arroz blanco hervido.
Mierda.
Blair Murray podía irse a la mierda.
Intenté expulsar aquella comparación de mi cabeza y disfrutar de la cena.
Y lo hice. Más o menos. Trevor y yo hablamos del trabajo, de viajes, de restaurantes que queríamos probar y de todas esas cosas que nunca habíamos tenido ocasión de contarnos.
Me reí varias veces. Él también. Cuando salimos del restaurante, no podía señalar una sola cosa que hubiera salido mal.
Y quizá ese era precisamente el problema.
Trevor insistió en acompañarme hasta casa. Caminamos el último tramo desde donde había dejado el coche y, cuando llegamos frente a mi edificio, se detuvo.
—Me alegro de haberte pedido salir.
—Yo también.
Era verdad. Aunque probablemente no de la forma que él esperaba.
—Ojalá hubiera sabido antes que sentías algo por mí.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Lo que me contó Drake.
Todo mi cuerpo se tensó.
—¿Qué te contó Drake?
Trevor pareció darse cuenta demasiado tarde de que aquella información quizá no debía haber salido de su boca.
—Que llevabas años enamorada de mí.
Me quedé mirándolo.
—¿Drake te dijo eso?
—Sí. Antes de pedirte la cita. —Sonrió ligeramente—. Si hubiera sabido que te gustaba, quizá me habría fijado en ti mucho antes.
¿Qué?
¿Con qué derecho el muy capullo había decidido exponer mis sentimientos a Trevor? Una cosa era que me ayudara a llamar su atención y otra muy distinta que fuera por ahí revelando algo que yo nunca me había atrevido a confesarle.
Estaba todavía intentando procesarlo cuando Trevor se acercó un poco más.
Al principio no entendí qué estaba haciendo.
Entonces su mirada bajó hacia mi boca.
Oh.
Iba a besarme.
Trevor Hadley iba a besarme.
Cinco años esperando aquel momento.
Y lo único que apareció en mi cabeza fue otro hombre.
Otra boca.
Otro beso.
—No.
Trevor se detuvo inmediatamente.
—¿No?
—Lo siento. —Retrocedí, completamente abrumada—. Lo siento muchísimo. Tú no has hecho nada. La cena ha sido perfecta y tú has sido perfecto y... —Miré hacia la calle—. Tengo que irme.
—Hallie, ¿estás bien?
—No. Sí. No lo sé. Tengo que hacer una cosa.
Levanté la mano al ver acercarse un taxi.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Qué cosa?
Abrí la puerta trasera y me giré hacia él.
—Arreglar algo que alguien ha estropeado.
Me metí en el taxi antes de que pudiera preguntarme nada más.
Di al conductor la dirección de Drake.
Porque después de cinco años esperando que Trevor Hadley intentara besarme, acababa de apartarme de él por culpa de otro hombre.
Y pensaba decírselo.
***
Media hora después, Drake abrió la puerta de su loft y apenas tuve tiempo de verle la cara antes de empezar a hablar.
—Lo has estropeado todo.
Frunció el ceño.
—Hola, Calloway.
—No. No me vengas con «hola, Calloway». Estoy cabreada contigo.
—Eso ya lo había deducido.
—Tenía una historia de amor perfectamente encaminada.
—¿Mmm?
—Cinco años, Drake. Cinco años enamorada de Trevor. Tenía clarísimo cómo iba a terminar todo. En algún momento él se fijaría en mí, se daría cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro y yo tendría mi final feliz de cuento.
Drake apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Calloway, llevabas cinco años esperando a que un hombre se diera cuenta de que existías. No sé si «perfectamente encaminada» es la expresión que yo utilizaría.
—¡Ese no es el tema!
—Entonces vas a tener que ayudarme un poco, porque has aparecido en mi casa a estas horas acusándome de destruir un cuento de hadas del que no sabía que formaba parte.
—¡Tú! Tú eres el tema.
Drake se quedó callado.
—Tú y tu necesidad enfermiza de meterte en todo. Tenías que hacer un plan. Tenías que decirme cómo vestir, cómo hablar, cómo coquetear, qué hacer, qué no hacer.
—Tú aceptaste el plan.
—¡Ya lo sé! Eso no mejora las cosas.
—Normalmente funciona así el consentimiento.
—No te pongas en modo sexólogo conmigo.
—No estoy...
—Y eres arrogante.
Cerró la boca.
—Controlador. Mandón. Insoportable. Te crees más listo que todo el mundo y tienes la irritante costumbre de pensar que siempre sabes qué me conviene.
—Estoy empezando a preguntarme por qué has venido hasta mi casa para decirme todo esto.
—Porque he tenido una cita perfecta. —Eso consiguió que dejara de sonreír—. Trevor ha sido encantador. Atento. Divertido. Guapísimo. Ha hecho absolutamente todo bien. Era exactamente la cita que llevaba cinco años imaginando.
Drake me sostuvo la mirada.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—¡Eso es lo que intento explicarte! —Me llevé las manos a la cabeza—. Estaba allí con él y pensaba en ti. Me hablaba y pensaba en ti. Me hacía reír y pensaba que contigo me río más. Me preguntaba cosas y pensaba que tú ya sabías las respuestas. Y cuando intentó besarme...
Me detuve. La expresión de Drake cambió.
—¿Intentó besarte?
—Sí.
—¿Y?
—Y pensé en ti, imbécil.
Silencio.
Ahí estaba.
La frase que no había querido decirme ni siquiera a mí misma.
—Así que sí —continué, porque ya daba igual—. Lo has estropeado todo. Porque ahora, en lugar de querer al hombre amable, sensato y perfectamente adecuado del que llevo enamorada cinco años, resulta que no puedo dejar de pensar en su amigo arrogante, controlador e insoportable.
Drake me observó durante unos segundos.
—¿Has venido hasta mi casa para echarme la bronca porque te gusto?
—Básicamente.
Una sonrisa empezó a aparecer en su boca.
—No te atrevas —dije.
No me dejó terminar.
Drake me agarró de la cintura, me giró contra él y la puerta se cerró de un golpe a mi espalda. Un segundo estaba acusándolo en el umbral y al siguiente tenía la madera contra los omóplatos y su boca sobre la mía.
Su lengua se abrió paso en cuanto entreabrí los labios, caliente, insistente, y un sonido se me escapó contra su boca.
Drake lo aprovechó. Me apretó más contra la puerta.
Una mano me sujetó la nuca y me inclinó hacia él; la otra se le quedó en la cintura.
Me besó como si llevara toda la noche a la espera de que yo apareciera para echarle la bronca.
Le agarré la camiseta.
Él me levantó un palmo, lo justo para que mis zapatos dejaran de buscar el suelo, y el beso se volvió más lento y más sucio a la vez. El sabor de su boca. El calor de su pecho contra el mío. Esa seguridad insoportable convertida, por fin, en algo que no tenía nada de plan.
Cuando se apartó lo justo para mirarme, los dos respirábamos agitados.
—Eso —murmuré— no arregla lo que has estropeado.
Drake apoyó la frente contra la mía. La sonrisa seguía ahí, más baja.
—Lo sé.
Me volvió a besar.
Y yo, después de cinco años persiguiendo a otro hombre, abrí la boca y lo besé de vuelta.