18
Drake
Habían pasado cuatro días desde que besé a Hallie y, teniendo en cuenta las circunstancias, consideraba que estaba gestionando la situación con una madurez admirable.
No había vuelto a besarla.
Ese era un buen comienzo.
Tampoco le había dicho que me gustaba, había dejado de inventarme motivos para hacerle entrar en mi despacho y, en ningún momento, había vuelto a preguntarle por Trevor.
Si ignorábamos el pequeño detalle de que seguía pensando en su boca varias veces al día, podía decirse que todo había vuelto prácticamente a la normalidad.
O eso me repetía cada mañana antes de que Hallie llegara a la oficina.
Llamaron dos veces a la puerta.
—Pasa.
Hallie entró con la tableta en una mano y un café en la otra.
—La señora Collins ha pedido cambiar la sesión del jueves al viernes. Le he dicho que comprobaría tu agenda antes de confirmárselo.
—El viernes está bien.
—Tienes a los Bennett a las once.
—Después.
—A las doce y media tienes una comida.
—Antes.
Hallie levantó la vista de la pantalla.
—¿Quieres que programe a la señora Collins en un agujero espacio-temporal o vas a colaborar un poco?
Sonreí.
Hallie entrando en mi despacho para organizar una agenda que yo me empeñaba en complicar. Hallie perdiendo la paciencia conmigo. Yo disfrutando más de lo razonable consiguiendo que la perdiera. Todo parecía normal.
—Cancela la comida.
—Eso sí puedo hacerlo.
Dio un par de toques en la pantalla y se acercó al escritorio para dejarme el café.
—No lleva azúcar.
—Ya lo sé.
—Te lo estaba recordando porque ayer acusaste a alguien de intentar envenenarte.
—Ayer tenía azúcar.
—Ayer cogiste el mío.
—Entonces intentaste envenenarme tú.
—Por supuesto. Llevo cinco años esperando el momento perfecto y finalmente decidí acabar contigo utilizando media cucharadita de azúcar.
Volví a sonreír.
Y durante unos segundos fue fácil.
Hasta que Hallie se inclinó sobre el escritorio para enseñarme algo en la pantalla.
—También tienes que aprobar esto.
Su hombro quedó junto al mío.
Demasiado cerca.
Percibí su perfume y mi atención abandonó inmediatamente cualquier cosa que hubiera en aquella pantalla.
Un par de semanas antes no habría ocurrido nada.
Habría mirado el documento, habría hecho algún comentario para irritarla y Hallie habría salido de mi despacho llamándome imbécil por lo bajo.
Ahora sabía cómo era besarla.
Y, por lo visto, esa información había conseguido inutilizar una parte bastante importante de mi cerebro.
Hallie también pareció darse cuenta de la proximidad. Dejó de pasar el dedo por la pantalla y, durante un instante, ninguno de los dos se movió.
Levantó los ojos hacia mí.
Ahí estaba otra vez.
La misma tensión del loft.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
Me obligué a mirar la pantalla.
—Apruébalo.
Hallie se incorporó demasiado deprisa.
—Vale.
—Vale.
Me miró.
—¿Acabas de responder «vale» a mi «vale»?
—Vuelve a trabajar, Calloway.
—Definitivamente estás raro.
—Y tú definitivamente sigues aquí.
Hallie rodó los ojos, recogió la tableta y se dirigió hacia la puerta.
La seguí con la mirada hasta que salió y volvió a cerrar tras ella.
Aquello era exactamente lo que había decidido hacer: trabajar, discutir con Hallie por estupideces y comportarme como si el beso nunca hubiera ocurrido. Volver a lo que habíamos sido durante los últimos cinco años.
El plan tenía un único problema.
Ahora sabía cómo era besarla, y no había forma de dejar de saberlo.
Intenté concentrarme de nuevo en el trabajo.
No tuve demasiado tiempo.
Unos minutos después, la puerta de mi despacho volvió a abrirse y Trevor entró. Cerró la puerta tras de sí y se sentó frente a mí.
—Quería hablar contigo de una cosa.
Dejé a un lado el documento que estaba revisando. Había algo ligeramente incómodo en su forma de acomodarse en la silla, algo poco habitual en él.
—Te escucho.
Trevor tardó un instante en continuar.
—Quiero pedirle una cita a Hallie.
No reaccioné.
O, al menos, estaba bastante seguro de que no lo hice.
Por dentro fue diferente.
Una cita.
No otro almuerzo improvisado durante la jornada laboral. No una excusa para pasar un rato con ella y comprobar si realmente había algo entre los dos. Trevor había tomado una decisión.
Y era exactamente la decisión que llevaba días intentando que tomara.
—¿Y qué quieres que haga con esa información? ¿Que te dé una palmadita en la espalda?
Trevor frunció el ceño.
—Te lo estoy diciendo porque es tu secretaria. Trabaja directamente contigo y no sé si que empiece a salir con alguien de la empresa puede generar algún problema.
Ah.
Claro.
Había interpretado aquella conversación desde un lugar al que Trevor ni siquiera sabía que yo había llegado.
—No —respondí—. No hay ningún problema.
Trevor asintió, pero no dijo nada.
Yo tampoco.
El silencio se prolongó unos segundos más de lo necesario.
Levanté la vista y descubrí que seguía observándome.
—¿Qué?
Trevor dudó.
—Drake, ¿a ti te gusta Hallie?
La pregunta me pilló desprevenido. Aun así, improvisé rápido:
—No, por supuesto que no. ¿Por qué lo preguntas?
—No sé. El otro día te autoinvitaste cuando fuimos al japonés, una vez allí no dejaste de boicotear nuestra conversación y hoy prácticamente me has arrancado la cabeza cuando te he dicho que quería pedirle una cita. Sabes a qué me dedico, ¿no?
—¿A cobrar demasiado por preguntar a la gente cómo se siente?
—Eso lo hacemos los dos.
—Entonces deberías saber que me irritas de forma generalizada. Hallie no tiene nada que ver.
Trevor no sonrió. Se limitó a observarme con esa expresión que conocía demasiado bien. La misma que utilizaba con las parejas cuando uno de los dos acababa de decir algo que no terminaba de encajar con el resto de la historia.
—¿Qué? —pregunté.
Trevor se recostó en la silla.
—Solo quiero asegurarme de una cosa antes de invitarla a salir. Si hay algo entre vosotros, prefiero saberlo ahora.
Ahí estaba.
La oportunidad perfecta.
Podía decirle que sí. Ni siquiera tenía que explicarle qué significaba aquello, ni hablarle del beso, ni admitir que llevaba días intentando dejar de pensar en ella. Bastaba con una palabra y Trevor se apartaría.
Lo conocía. No iba a meterse entre Hallie y yo si creía que había algo. Pero eso no sería justo para ella. Porque ella, a quién quería, era a él.
—Para ser una persona que se dedica a descifrar los sentimientos de los demás, eres increíblemente malo identificando los que tienes delante de las narices. ¿De verdad no te has dado cuenta de que Hallie lleva años enamorada de ti?
Trevor se quedó mirándome.
—¿Qué?
—Lo que acabas de oír.
—¿De qué hablas?
—Todos en esta oficina lo sabemos. Todos excepto tú. Estoy bastante seguro de que incluso el tipo que viene a reponer las máquinas expendedoras de la sala del café se dio cuenta hace años.
—Estás de coña.
—Ojalá. Sería menos preocupante para tu reputación profesional.
Trevor permaneció unos segundos en silencio, procesándolo.
—Hallie nunca me ha dicho nada.
—Porque cada vez que apareces se le olvida aproximadamente la mitad de su vocabulario. Decírtelo habría requerido utilizar frases completas.
—Yo pensaba que era tímida.
—Lo es. Contigo.
Trevor volvió a quedarse callado.
Y verlo asimilarlo me produjo una satisfacción bastante menor de la que habría sentido unas semanas atrás.
Entonces habría disfrutado de aquel momento. Por fin el imbécil se había dado cuenta de lo que llevaba años teniendo delante.
Ahora acababa de entregarle la única información que necesitaba para saber que, si daba el siguiente paso, Hallie probablemente diría que sí.
—Así que ve y pídele salir. Pero no la cagues, Hadley. Es la mejor secretaria que he tenido y no pienso perderla por tu culpa.
Trevor sonrió.
—No pienso cagarla.
—Más te vale.
Se levantó y salió de mi despacho.
Me quedé mirando la puerta cerrada.
Ya estaba.
Había tenido la oportunidad de detenerlo y, en lugar de hacerlo, prácticamente le había entregado a Hallie en bandeja. Le había contado que llevaba años enamorada de él y le había animado a pedirle una cita.
Era lo correcto.
Hallie llevaba cinco años esperando aquello.
Trevor estaba interesado en ella. Yo tenía demasiadas razones para mantenerme al margen y ninguna para interponerme entre los dos solo porque había descubierto demasiado tarde que la idea de verlos juntos me jodía más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Así que ya no había nada que decidir.
Trevor iba a pedirle una cita.
Y yo acababa de asegurarme de que Hallie dijera que sí.
A través del cristal de mi despacho lo vi acercarse a la mesa de Hallie. Ella levantó la cabeza y le sonrió. Trevor empezó a hablar y enseguida percibí cierto nerviosismo en sus gestos.
Entonces miró hacia mi despacho.
Nuestros ojos se encontraron durante un instante.
Hallie volvió a mirar a Trevor y, unos segundos después, asintió.
No necesitaba escuchar la conversación para saber qué significaba aquello.
Mi plan había funcionado.
Hallie Calloway acababa de aceptar una cita con Trevor Hadley.
Y, justo antes de hacerlo, me había mirado a mí.