15 #2
Después de la cena fuimos al loft para seguir con la clase. Al menos, eso fue lo que le dije a Hallie cuando se lo propuse.
Todavía había cosas que trabajar y el restaurante no era el mejor sitio para todas ellas. En casa tendríamos privacidad, no habría camareros interrumpiendo cada diez minutos y podríamos continuar exactamente donde lo habíamos dejado.
Sonaba perfectamente razonable.
Hasta que Hallie entró en mi loft.
Entonces recordé que la última vez que había estado allí habíamos terminado hablando de su vida sexual y que aquella conversación nos había llevado, pocos días después, a una tienda erótica.
Sumado a las dos horas que acabábamos de pasar fingiendo que teníamos una cita y al pequeño detalle de que la noche anterior había terminado masturbándome pensando en ella, quizá la privacidad no fuera precisamente lo que más nos convenía.
Hallie no parecía compartir mis dudas. Dejó el bolso junto al sofá, se quitó los zapatos y se sentó recogiendo las piernas bajo el cuerpo.
—¿Vas a darme una nota?
—¿Por qué iba a darte una nota?
—Llevas toda la noche evaluándome. Quiero saber si al menos he aprobado.
Fui hasta la cocina y saqué una botella.
—¿Quieres algo?
—Sí.
Le serví una copa y se la llevé antes de sentarme en el sillón de enfrente.
La verdad era que lo había hecho bastante mejor de lo que esperaba.
En cuanto había dejado de intentar comportarse como una mujer seductora, había aparecido la Hallie que yo conocía: segura, rápida, capaz de provocarme sin pensar durante diez minutos qué debía decir después.
Si conseguía hacer lo mismo con Trevor, buena parte del problema estaría resuelto.
—Has mejorado —admití.
Hallie bajó la copa.
—¿Eso era un cumplido?
—Una observación.
—Sonaba muchísimo a cumplido.
—Entonces necesitas trabajar también la comprensión verbal.
Cogió un cojín y me lo lanzó. Lo atrapé antes de que me diera en la cara.
—Eso —dije, dejándolo a un lado—. Eso es precisamente lo que tienes que hacer con Hadley.
—¿Tirarle objetos?
—Ser tú.
Hallie dejó de sonreír un poco.
—¿Entonces ya está?
—¿Ya está qué?
—La clase. He aprobado. Puedo irme a casa con mi diploma imaginario.
—No tan rápido.
Su expresión se volvió inmediatamente desconfiada.
—¿Qué falta?
Repasé mentalmente lo que habíamos trabajado. La forma de acercarse a Trevor, la seguridad, el contacto visual, la capacidad de generar algo de tensión en lugar de ofrecerle inmediatamente toda su atención...
Y había una cuestión bastante obvia que todavía no habíamos tocado.
—¿Al menos sabes besar?
Hallie tardó un par de segundos en reaccionar.
—¿Perdón?
—Es una pregunta bastante sencilla.
—Sé lo que has preguntado. Lo que intento averiguar es por qué demonios me lo estás preguntando.
No pude evitar sonreír. De todas las conversaciones que habíamos mantenido durante los últimos días, aquella parecía ser la que finalmente había conseguido ofenderla.
—Llevabas años sin tener una cita, hace una hora parecías estar sufriendo una crisis médica cuando intentabas coquetear y ya hemos descubierto que hay algunas lagunas importantes en tu historial sexual. Me parece razonable preguntarlo.
—Sé besar.
—Eso dicen todos.
Hallie abrió la boca, indignada.
—¿Y tú qué sabrás?
—Bastante.
—Por supuesto.
Alcé una ceja.
—¿Qué significa eso?
—Que eres Drake Murray. Seguro que también te consideras una autoridad mundial en besos.
—Mundial quizá sea excesivo.
—Qué modesto.
Bebí un poco sin apartar los ojos de ella.
—No te pongas a la defensiva, Calloway. Solo he hecho una pregunta.
—Y te he respondido.
—Has afirmado que sabes besar.
—Porque sé.
—No tengo pruebas.
En cuanto las palabras salieron de mi boca supe que acababa de pasarme de listo.
Hallie dejó la copa sobre la mesa y me observó con esa expresión que conocía demasiado bien. La misma que aparecía cada vez que convertía algo en un desafío y ella decidía que prefería morir antes que dejarme ganar.
—¿Quieres pruebas?
Había muchas respuestas posibles a aquella pregunta y prácticamente todas eran mejores que la que elegí.
—No especialmente.
Hallie dejó la copa sobre la mesa baja y se levantó.
La seguí con la mirada mientras cruzaba el poco espacio que separaba el sofá de mi sillón. A esas alturas sabía perfectamente qué estaba haciendo, pero seguí sentado.
—Calloway.
—¿Qué?
—¿Qué haces?
Se detuvo frente a mí y sonrió.
—Resolviendo tus dudas profesionales.
Debería haberla detenido ahí. Podía recordarle que todo aquello era una broma, decirle que volviera a sentarse o hacer cualquiera de las cosas sensatas que, al parecer, había dejado de hacer desde que Hallie apareció aquella noche en el restaurante.
No hice ninguna.
Ella se inclinó y me besó.
No dudó. Apoyó una mano en el brazo del sillón, acercó la boca a la mía y me la abrió lo justo para que el beso no pudiera hacerse pasar por un roce.
Labios calientes. El sabor a vino. La punta de su lengua rozándome el labio inferior un segundo, suficiente para que se me fuera el aire, y después se apartó.
Apenas había unos centímetros entre nosotros.
—¿Alguna otra duda?
La miré.