Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 15
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Drake

Había una diferencia bastante importante entre saber mantener una conversación y saber coquetear.

Hallie dominaba perfectamente lo primero.

Lo segundo era un puto desastre.

Después de lo ocurrido la noche anterior, quizá lo más sensato habría sido aplazar aquella parte de las clases durante unos días.

Pero no había ninguna razón para hacerlo.

Me dedicaba a hablar de sexo todos los días.

Sabía mejor que nadie que la atracción era una respuesta natural, que podía aparecer sin permiso y que sentir deseo por alguien no significaba querer tener una relación con esa persona.

Ni estar enamorado. Ni ninguna de las demás gilipolleces que la gente se empeñaba en colocar alrededor del sexo.

Hallie era una mujer atractiva. Yo era un hombre heterosexual con una libido perfectamente funcional. Había pensado en ella mientras me masturbaba. Fin de la historia.

No tenía por qué convertirlo en algo que no era.

Y desde luego no iba a permitir que una reacción completamente normal interfiriera en lo que estábamos haciendo. Si quería ayudarla con Hadley, tarde o temprano tendríamos que llegar a aquella parte.

Así que no había aplazado nada.

Y el almuerzo había dejado bastante claro que necesitábamos trabajar en ello. En cuanto Hadley había empezado a mostrar un interés evidente por ella, Hallie había hecho exactamente lo mismo que llevaba años haciendo: hablar con él como si estuviera intentando superar una entrevista de trabajo.

No había tensión.

No había juego.

No había una sola señal que le indicara que podía acercarse un poco más.

Y si Trevor había seguido interesado era porque, al parecer, el cambio de estrategia de los últimos días estaba funcionando mejor de lo que esperaba.

Ahora solo había que afinarlo. Por eso estaba sentado frente a Hallie en un restaurante de Tribeca intentando no pensar en la sonrisa que había puesto cuando le dije que Hadley estaba interesado.

—Esto parece una cita.

Levanté la vista de la carta.

—No lo es.

—Ya. Lo sé. —Cogió su copa demasiado rápido—. Solo digo que estamos solos, de noche, en un restaurante en el que has reservado mesa. Objetivamente, tiene bastante aspecto de cita.

—También he cenado solo con mi contable.

—Espero que no le enseñaras a seducir hombres.

—Su matrimonio parecía estable.

Hallie soltó una risa y bajó la vista hacia la carta.

—Bien. Entonces queda establecido que esto no es una cita.

—Es una simulación.

—Muchísimo menos raro.

—Estoy intentando ayudarte, Calloway.

—Muy bien, profesor. Ilumíname.

Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera evitarlo.

Otra vez aquella puta palabra.

Después de la tienda, había decidido que sería bastante conveniente que Hallie no volviera a utilizarla.

—Te dije que no me llamaras así.

—Eso solo consigue que quiera hacerlo más.

—Lo sé. Ese es uno de tus muchos defectos.

—¿Cuál es el primero?

—Interrumpirme cuando estoy intentando ayudarte.

—Todavía no habías empezado.

—Y ya me has interrumpido dos veces.

Sonrió.

Decidí ignorarla.

Habíamos ido allí por un motivo y, después de verla con Trevor durante el almuerzo, tenía bastante claro por dónde debíamos empezar.

—Tu principal problema es que intentas hacerlo bien.

Su sonrisa desapareció.

—¿Hacer bien qué?

—Todo. —Dejé la carta a un lado—. En cuanto Hadley está delante y recuerdas que quieres gustarle, dejas de comportarte con naturalidad. Piensas demasiado antes de hablar, estás pendiente de cómo reaccionas y te esfuerzas tanto por no hacer nada mal que acabas sin hacer absolutamente nada.

Hallie frunció el ceño, probablemente repasando mentalmente el almuerzo.

—No hago eso.

—Hoy te reíste antes de que terminara un comentario sobre el tiempo.

—Puede ser un tema muy divertido.

La miré.

—¿En serio, Calloway?

—¿Qué? La meteorología puede ser apasionante.

Puse los ojos en blanco.

—Así que vamos a trabajar en eso.

—¿En meteorología? Porque creo que necesitaríamos empezar por las bases.

—En tu incapacidad para coquetear.

—Ah. Eso.

—Sí, eso. —Me incliné ligeramente hacia delante—. Coquetea conmigo.

Hallie se quedó mirándome.

—¿Qué?

—Lo has oído perfectamente.

—Sí, pero esperaba haber oído mal.

Dejé escapar una sonrisa.

—Imagínate que soy Hadley y que quieres que me interese por ti. No quiero que pienses en técnicas ni en lo que crees que deberías hacer. Simplemente intenta coquetear conmigo.

—Esto es absurdo.

—Precisamente por eso debería ser fácil. Soy yo. No tienes nada que perder y, según tú, no te pongo nerviosa.

Ahí apareció una pequeña vacilación.

Apenas un segundo.

—Muy bien —dijo finalmente.

Se irguió en la silla.

Esperé.

Y durante los siguientes cinco minutos descubrí que una mujer perfectamente funcional podía olvidar cómo comportarse en sociedad en cuanto le pedías que coqueteara de manera consciente.

Primero pestañeó tanto que pensé que tenía algo en el ojo. Después se tocó el pelo con una insistencia preocupante y, en el tercer intento, bajó la voz hasta adquirir un tono que sonaba más a infección respiratoria que a seducción.

—Drake...

La miré.

—Parece que estás sufriendo un ictus.

Su expresión seductora desapareció.

—Pues hazlo tú.

La respuesta me hizo sonreír.

—No soy yo quien necesita practicar.

—Qué conveniente.

Hallie cogió su copa y bebió, dando por terminado el experimento.

El problema era que todavía no había entendido qué estaba haciendo mal. No necesitaba aprender a pestañear de una manera determinada, tocarse el pelo o adoptar una voz que probablemente requeriría antibióticos. Necesitaba hacer exactamente lo contrario.

—Deja de intentar seducirme.

Bajó la copa.

—¿No era ese el objetivo?

—El objetivo es que aprendas a coquetear sin convertirte en otra persona mientras lo haces. —Me incliné un poco sobre la mesa—. Ahora mismo estás tan pendiente de resultar atractiva que has dejado de comportarte con naturalidad. Así que vamos a empezar por ahí. Habla conmigo.

Hallie frunció el ceño.

—Hablo contigo todos los días.

—Exacto.

No pareció entenderlo.

Conmigo Hallie no se preparaba. No calculaba.

No se preocupaba por si una respuesta iba a gustarme antes de soltarla.

Si pensaba que estaba diciendo una estupidez, me lo hacía saber.

Si conseguía dejarme sin argumentos, disfrutaba de ello sin el menor disimulo.

Y jamás la había visto preguntarse qué hacer con las manos mientras hablábamos.

Con Trevor, en cambio, llevaba cinco años intentando presentar la mejor versión posible de sí misma.

Ahí estaba el problema. Hallie no necesitaba aprender a ser natural con un hombre; necesitaba aprender a seguir siéndolo cuando quería gustarle. El coqueteo vendría después. Primero tenía que conseguir que dejara de pensar en cada palabra, cada gesto y cada puta pestañeo.

—Vamos a hacerlo de otra manera. —Me acomodé en la silla—. Olvídate de que esto es una clase.

—Encantada.

—Y olvídate de Trevor durante cinco minutos.

Aquello le costó un poco más.

Lo vi en su cara antes de que asintiera.

—Muy bien.

—Ahora solo estamos tú y yo cenando.

—Qué panorama tan desolador.

Sonreí.

—Mucho mejor.

—¿Qué?

—Acabas de responder sin pensar.

—Porque me lo has puesto muy fácil.

—Y no has pestañeado como si estuvieras pidiendo auxilio en código morse.

Hallie apretó los labios para contener una sonrisa.

—Sigue.

—¿Con qué?

—Con esto. —Señalé vagamente el espacio entre nosotros—. Háblame.

—No tengo nada que decirte.

—Llevas cinco años encontrando cosas que decirme.

—La mayoría son quejas.

—Me sirven.

Hallie negó con la cabeza y durante un momento pensé que volvería a bloquearse. Pero esta vez no intenté ayudarla. Dejé que apareciera el silencio.

Ella también.

Eso ya era un avance.

—Vale —dijo al cabo de unos segundos—. ¿Qué se supone que hace una mujer cuando el hombre con el que está cenando es tan arrogante que está convencido de que podría seducirla sin esfuerzo?

No pude evitar sonreír.

—¿Quieres una respuesta profesional?

—Quiero saber si esa seguridad tiene algún fundamento o es otra de las muchas cosas que te has inventado sobre ti mismo.

Interesante.

—Tiene fundamento.

—Claro.

—¿Lo dudas?

Hallie ladeó ligeramente la cabeza.

—Creo que alguien que necesita decir que es bueno seduciendo probablemente no sea tan bueno como cree.

Aquello había sido deliberado.

—Me estás provocando.

—¿No era eso lo que querías?

Sonrió, pero no de la manera exagerada que había ensayado cinco minutos antes. Era esa sonrisa suya, pequeña y satisfecha, que aparecía cuando creía haberme arrinconado en una discusión.

Y, de repente, fui demasiado consciente de que estaba cenando con una mujer muy atractiva que llevaba un rato mirándome como si aquello fuera realmente una cita.

Tuve que recordarme que precisamente eso era lo que le había pedido.

—Bien —dije.

Hallie alzó las cejas.

—¿Solo bien?

—No te emociones. Sigues necesitando práctica.

—Qué casualidad. Empiezo a sospechar que vas a decidir que necesito práctica hasta que te canses de darme órdenes.

—Entonces nos quedan años.

Soltó una risa.

Después volvió a mirarme.

Y no apartó los ojos.

Aquello también era nuevo. Normalmente, cuando nuestras discusiones llegaban a ese punto, alguno de los dos terminaba hablando. Hallie llenaba el silencio con otra pulla o yo encontraba algo con lo que provocarla.

Esta vez ninguno lo hizo.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Hallie seguía mirándome.

Y yo, que llevaba toda la noche explicándole que no debía ponerse nerviosa con un poco de tensión, empecé a notar que la situación se volvía incómodamente irónica.

Sus labios se curvaron un poco.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas un rato mirándome.

—Te estoy evaluando.

—Pues evalúa un poco menos intensamente.

Mis ojos bajaron hacia su boca.

Fue automático.

Solo un instante.

Cuando volví a mirarla, la sonrisa había desaparecido.

Hallie también lo había notado.

Joder.

Me recosté en la silla y cogí mi copa, recuperando parte de la distancia que yo mismo había reducido sin darme cuenta.

Si no tenía cuidado, la situación podría escapárseme de las manos.

***