Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 14 #2
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Trevor me preguntó qué había hecho el fin de semana anterior.

—Fui a...

—A un mercadillo en Brooklyn —respondió Drake por mí.

Trevor asintió.

—¿Y qué compraste?

Abrí la boca para responder, pero Drake volvió a adelantarse.

—Un espejo antiguo que no necesitaba y que ahora no sabe dónde colocar. O eso dice, porque lleva tres semanas hablando de ese espejo como si fuera una necesidad vital.

—Ya veo... —murmuró Trevor, que empezaba a parecer un poco confuso.

Volvió a mirarme.

—¿Y sueles ir mucho a ese tipo de mercadillos?

—Siempre que puede.

Giré la cabeza hacia Drake.

—Drake, no necesito portavoz. Puedo responder las preguntas yo solita, gracias.

—Solo estaba agilizando la conversación.

—Pues no la agilices.

Trevor soltó una risa.

—Me gustaría conocer las respuestas por Hallie.

Drake lo miró.

—Mis respuestas son más completas. Y objetivas.

—Son respuestas sobre mí —señalé.

—Precisamente. Tú estás condicionada por ser tú.

Lo miré fijamente.

—No sé cómo consigues decir esas cosas y quedarte tan tranquilo.

—Años de práctica.

Trevor negó con la cabeza, divertido, y volvió a centrarse en mí.

—Muy bien. Probemos otra vez. ¿Hay algún sitio al que siempre hayas querido viajar?

—Japón —respondió Drake.

Dejé caer los palillos sobre el plato.

—¡Drake!

—¿Qué? Era Japón.

—¡Ya lo sé! Pero ¡es mi respuesta!

—No entiendo el problema.

—El problema es que quiero decirla yo.

Drake se recostó en la silla.

—Perfecto. No vuelvo a responder.

—Gracias.

—Aunque vais a perder bastante tiempo.

—Sobreviviremos —dijo Trevor.

Y, sorprendentemente, Drake cumplió su palabra.

Al menos durante los siguientes minutos.

Trevor siguió haciéndome preguntas y yo pude responderlas sin que nadie se adelantara. Hablamos de Japón, de los sitios de Nueva York que me gustaban, de libros, de viajes y de todas esas cosas que, después de cinco años conociéndonos, nunca habían aparecido en nuestras conversaciones.

Porque eso era precisamente lo que estaba haciendo.

Intentaba conocerme.

La idea me produjo un cosquilleo agradable en el estómago.

Hasta entonces, casi siempre había sido yo quien sabía cosas sobre Trevor. Yo recordaba sus gustos, sus manías, las historias que había contado alguna vez en la oficina. Aquella vez era él quien preguntaba y prestaba atención a las respuestas.

Y Drake, al otro lado de la mesa, permanecía sospechosamente callado.

Al principio pensé que simplemente estaba cumpliendo su promesa. Después empecé a notar algo.

Cada vez que Trevor descubría algo sobre mí, Drake ya lo sabía.

Que quería viajar a Japón. Que odiaba el verano en Nueva York.

Que los domingos podía perder horas en mercadillos y librerías de segunda mano.

Que no soportaba el cilantro. Que cuando estaba nerviosa pedía comida de más y que llevaba años diciendo que algún día aprendería a cocinar algo que no pudiera hacerse en menos de veinte minutos.

Algunas cosas ni siquiera recordaba habérselas contado.

Pero él sí.

Cinco años, pensé.

Habíamos pasado cinco años trabajando juntos. Era normal.

Yo también sabía que Drake se quitaba el reloj cuando necesitaba concentrarse, que nunca llevaba paraguas, que podía olvidarse de comer si tenía demasiadas reuniones seguidas y que detestaba que alguien tocara las cosas de su escritorio aunque después fuera incapaz de encontrar nada sin mi ayuda.

Nos conocíamos.

Eso era todo.

Y aquella comida no iba de Drake.

Iba de Trevor.

De la forma en que me miraba mientras hablaba. De que no consultó el teléfono ni una sola vez. De que una pregunta llevaba a otra y, por primera vez, tuve la sensación de que no era yo quien intentaba prolongar cada conversación que teníamos.

Cuando salimos del restaurante, el móvil de Drake sonó antes de que llegáramos a la esquina. Miró la pantalla y se apartó unos metros para responder.

Trevor aprovechó para acercarse un poco más a mí.

—Me ha gustado comer contigo.

Aquello bastó para que todo lo que había aprendido sobre parecer relajada estuviera a punto de irse a la mierda.

Conseguí limitarme a sonreír.

—A mí también.

—Deberíamos repetirlo.

Y entonces miró por encima del hombro hacia Drake, que seguía hablando por teléfono.

—A ser posible, la próxima vez sin él.

Se me disparó el corazón.

—Creo que puedo organizarlo.

Trevor sonrió.

Y yo tuve que recordarme que una mujer adulta no daba saltitos por la calle porque el hombre del que llevaba cinco años enamorada quisiera volver a comer con ella.

Cuando volvimos a la oficina, Trevor se despidió de nosotros para ir a una reunión y yo esperé exactamente hasta que desapareció de mi campo de visión.

Después me giré hacia Drake.

—¿Se puede saber qué demonios ha sido eso?

Él siguió caminando hacia su despacho.

—He comido sushi, Calloway. No creo que necesitemos analizarlo.

—Te has autoinvitado a una comida a la que Trevor me había invitado a mí.

—Y, aun así, ha conseguido hablar contigo. Incluso ha sobrevivido a mi presencia. Diría que ha sido una experiencia bastante positiva para todos.

Lo seguí hasta su despacho antes de que pudiera librarse de mí y cerré la puerta.

—Tú eres quien lleva días diciéndome que tengo que conseguir que se interese por mí. Hoy viene a buscarme, me invita a comer y, en cuanto tienes oportunidad, apareces tú.

Drake dejó la chaqueta sobre el respaldo de la silla y se volvió hacia mí.

—Quería ver qué hacía.

—¿Trevor?

—Los dos. —Se apoyó contra el escritorio—. Hasta ahora siempre eras tú quien intentaba llamar su atención. Hoy ha sido él quien ha venido a buscarte. Quería ver qué cambiaba.

Aquello sonaba sospechosamente razonable.

Lo cual me fastidió todavía más.

—¿Y?

Drake tardó un momento en contestar.

—Está interesado.

Toda mi indignación desapareció.

—¿De verdad?

Algo cambió en su expresión.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa de que acabo de comunicarte que vas a casarte con él.

Intenté dejar de sonreír.

No pude.

—Pero ¿lo dices en serio?

—Ha ido a buscarte, quería estar a solas contigo, ha pasado toda la comida intentando conocerte y ha dejado bastante claro que quiere repetir. No necesito años de carrera para interpretar eso.

Sentí que la sonrisa se me hacía todavía más grande.

—Entonces está funcionando.

Drake me miró.

Por alguna razón, aquella vez no hizo ninguna broma.

—Sí —dijo finalmente—. Está funcionando.

Sentí una pequeña explosión de felicidad en el pecho. Trevor estaba interesado. De verdad. Después de cinco años.

—Aunque tú sigues teniendo trabajo que hacer —añadió Drake.

Mi sonrisa se desinfló.

—¿Perdona?

—El coqueteo, Calloway. ¿Lo recuerdas? Era el siguiente punto de la lista.

—Claro que lo recuerdo.

—Pues durante toda la comida no he visto ni rastro.

Lo miré, incrédula.

—¿Y cómo demonios querías que coqueteara con Trevor contigo sentado delante?

—Mi presencia no debería impedirte coquetear con un hombre.

—Tu presencia impide muchísimas cosas.

Una de sus cejas se elevó.

Mierda.

—¿Yo te pongo nerviosa, Calloway?

La pregunta me golpeó en un sitio completamente distinto al que debería.

Los juguetes.

Mi dormitorio.

Su voz dentro de mi cabeza.

El orgasmo.

—No. —Aparté la mirada, completamente acalorada—. No me pones nerviosa. Me pones de los nervios, que es completamente diferente.

—Entonces no tendrás ningún problema esta noche.

Me quedé quieta.

—¿Qué pasa esta noche?

Drake volvió la atención hacia el ordenador.

—Vamos a trabajar en ello.

—¿En qué?

—En conseguir que aprendas a coquetear.

Solté una risa.

—¿Hablas en serio?

—A las ocho.

—Drake...

—Aceptaste el plan, ¿recuerdas?

—Acepté que me ayudaras a conquistar a Trevor. No recuerdo haber firmado para asistir a una academia de seducción impartida por mi jefe.

Entonces sonrió.

—Por suerte para ti, las clases particulares suelen ser muy efectivas.