Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 13
47%

13

Hallie

Dejé la bolsa de Élan encima de la mesa del comedor y me alejé de ella.

Dos pasos.

Me pareció una distancia prudente.

La bolsa era negra, discreta y perfectamente inocente. Podría haber contenido cosméticos, ropa interior o una vela carísima de esas que olían a bosque escandinavo.

Pero no.

Contenía juguetes sexuales.

Juguetes sexuales que había comprado con Drake.

Mi jefe.

El hombre que firmaba mis nóminas.

El hombre que, hacía apenas una hora, había sostenido un vibrador delante de mí mientras me explicaba con absoluta tranquilidad la importancia de conocer mi propio cuerpo.

Me tapé la cara con las manos.

—Dios.

Necesitaba hablar con alguien.

El problema era que no existía una sola persona de carne y hueso a la que estuviera dispuesta a contarle lo que acababa de ocurrir. Aunque, pensándolo bien, ni siquiera existía esa posibilidad aunque quisiera, porque yo no tenía amigas.

Cogí el móvil.

—Mía.

—Hola, Hallie.

—Necesito contarte una cosa.

—Te escucho.

Me senté frente a la bolsa.

—Acabo de volver de una tienda erótica.

Hubo una pausa mínima.

—Entiendo.

—No, todavía no entiendes nada. He ido con Drake.

Esta vez la pausa me pareció ligeramente más larga, aunque probablemente aquello solo fueran imaginaciones mías.

—¿Con tu jefe?

—Sí.

—El sexólogo.

—Ese mismo.

—Que quiere ayudarte a conquistar a Trevor.

Fruncí el ceño.

—Cuando lo dices así suena raro.

—Solo he resumido la información que me has proporcionado.

—Pues la has resumido con mala intención.

—No tengo intenciones.

—Eso dices tú.

Miré otra vez la bolsa.

No sabía exactamente en qué momento Mía había dejado de ser una aplicación que utilizaba para organizarme y había pasado a convertirse en la primera persona, o cosa, técnicamente, a la que recurría cuando necesitaba contar algo.

Probablemente debería preocuparme, pero aquella noche tenía problemas bastante más urgentes.

Le conté lo ocurrido. La tienda. La sala privada. La mesa llena de objetos que esperaba no volver a ver todos juntos jamás. La libreta. Las explicaciones de Drake. Omití deliberadamente mi comentario sobre los dos agujeros.

Había límites incluso con una inteligencia artificial.

—¿Quieres ver lo que he comprado?

—Si quieres enseñármelo…

Abrí la bolsa y fui sacando las cajas.

—Este es el que Drake cree que debería probar primero. Este también me lo recomendó, aunque dijo que no necesitaba comprarlo todavía, pero estaba allí y... Bueno, ya sabes cómo funcionan las compras. Y esto es lubricante.

—Has comprado varias cosas siguiendo las recomendaciones de Drake.

—Sí.

—Y Drake ha ido personalmente contigo.

—Sí.

—Fuera de vuestro horario laboral.

—Mía, ¿adónde quieres llegar?

—Estoy intentando comprender el plan.

Me recosté en la silla.

—No es tan complicado. Drake me está ayudando con Trevor. Su hermana me ayudó con la ropa. Ahora esto. También quiere enseñarme a coquetear porque, según él, soy terrible haciéndolo.

—Por lo que me has contado, Drake está dedicando una cantidad considerable de tiempo a ayudarte a iniciar una relación con su mejor amigo.

—Exactamente.

—¿Has considerado la posibilidad de que Drake sienta algo por ti?

Me quedé mirando la pantalla.

Y entonces me reí.

No fue una risa pequeña, me reí de verdad.

—Necesitas una actualización.

—¿Por qué?

—Porque esa es posiblemente la conclusión más absurda a la que has llegado desde que te conozco.

—¿Qué parte consideras absurda?

—Toda. Estamos hablando de Drake Murray.

Puede conseguir prácticamente a cualquier mujer que quiera.

Además, me conoce desde hace cinco años.

Me ha visto con gripe. Me ha visto llorar por un informe que desapareció diez minutos antes de una reunión.

Me ha visto comer encima del teclado. Durante tres años me puse los mismos cuatro pantalones negros para trabajar.

—No veo cómo esos datos descartan que pueda sentirse atraído por ti.

Abrí la boca.

La cerré.

—Está intentando emparejarme con Trevor.

Ahí estaba.

La prueba definitiva.

Irrefutable.

—¿Qué clase de hombre enamorado ayuda a una mujer a conquistar a otro?

—Uno que todavía no sabe que está enamorado.

Volví a mirar la pantalla.

—Definitivamente necesitas una actualización.

—Puedo anotar la observación.

—Drake no siente nada por mí. Está aburrido, está preocupado por Trevor y tiene la irritante costumbre de creer que puede arreglar a la gente como si fuéramos informes. Eso es todo.

—Entendido.

Aquel entendido otra vez.

Lo odié.

—Voy a acostarme —dije—. Y voy a hacer exactamente lo que me ha dicho. Experimentar. Sin presión. Descubrir qué me gusta. Sin él dentro de esta habitación.

—¿Quieres que me quede?

—No. Definitivamente no.

Cerré la aplicación, cogí el succionador y fui al dormitorio antes de poder arrepentirme.

Era el que menos miedo daba. Pequeño. Discreto. Sin forma de pene. Podía con eso.

Me cambié, me metí en la cama y dejé el juguete sobre la mesilla el tiempo justo para mirarlo con recelo.

Cerré los ojos e hice lo que se suponía que tenía que hacer.

Pensé en Trevor.

Su sonrisa de esa mañana. Las ojeras. La corbata torcida.

El vaya, qué guapa estás hoy . El definitivamente para bien .

La mano en mi hombro el día anterior. Esa imagen absurda del supermercado: Trevor empujando un carrito, un niño sobre sus hombros, yo riéndome porque las galletas no eran un grupo alimenticio.

Perfecto.

Todo iba según el plan.

Encendí el succionador en el nivel más bajo.

El zumbido era discreto, casi educado. Lo acerqué a mi sexo con una cautela ridícula, primero por fuera, por el monte, por la costura de los labios, hasta encontrar el clítoris.

La succión me atrapó de golpe. Precisa. Demasiado precisa.

Se me escapó el aire y tuve que morder el interior del labio para no reírme de los nervios.

—Vale —susurré—. Vale.

Trevor.

Su boca. Sus manos grandes, un poco torpes cuando se quitaba la chaqueta.

La forma en que se reía de verdad cuando yo dejaba de intentar parecer inteligente.

Imaginé esa boca bajando por mi vientre, lenta, sin prisa, y separé un poco más las rodillas.

El aparato tiraba del clítoris en pulsos cortos, húmedos, y el placer empezó a acumularse justo ahí, localizado, casi insultante de tan concreto.

Durante un rato funcionó.

Pensé en Trevor entre mis piernas. En su lengua deslizándose entre mis pliegues, ancha, caliente, probándome como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Metí la mano libre entre los muslos y me abrí con dos dedos para que la succión acertara mejor.

Estaba mojada. Más de lo que esperaba. El sonido cambió, más húmedo, y se me subió el calor a la cara aunque no hubiera nadie mirándome.

Oh. Sí.

Aumenté un nivel.

La succión se hizo más profunda, más exigente, y se me arqueó la espalda contra el colchón. Un gemido se me escapó antes de poder atraparlo. Me tapé la boca con el dorso de la mano. Ridículo. Vivía sola. Aun así lo hice.

Trevor. Trevor lamiéndome. Trevor sujetándome los muslos para que no me cerrara. Trevor diciendo mi nombre contra mí, bajo, ronco.

Hasta que se coló una voz que no era la suya.

—No lo trates como si pudiera morderte.

Drake.

Maldita sea.

Aparté el juguete. El clítoris me latió en el vacío, hinchado, indignado por la interrupción. Respiré. Volví a Trevor. A sus ojos. A esa calidez fácil que yo llevaba cinco años convirtiendo en futuro.

Volví a acercar el succionador. Esta vez no con cautela. Lo apoyé donde lo necesitaba y subí otro nivel. La succión me atrapó entero el clítoris y se me escapó un sonido que no reconocí como mío. Las caderas se me levantaron solas, buscando más presión, más ritmo.

Dios… era… era increíble.

No recordaba haber experimentado un placer semejante nunca.

Pensé en Trevor entre mis piernas, en su lengua deslizándose entre mis pliegues. Oh… sí, definitivamente podría acostumbrarme a aquello.

Sonreí, notando una espiral placentera calentando cada recoveco de mi cuerpo.

Pero entonces… apareció aquella mirada.

No la de Trevor.

La de Drake en el estudio de Blair. Recorriéndome el vestido sin prisa. Bajando la mirada hacia mi boca. Buscando una palabra y encontrando preciosa .

—No —susurré.

Trevor.

Trevor, Trevor, Trevor.

Mi cerebro no colaboró.

La sala privada. Drake quitándose la chaqueta. Yo llamándolo profesor. Drake observándome sostener cada objeto como si fuera un problema. Esa seguridad insoportable con la que hablaba de orgasmos, de lubricante, de lo que mi cuerpo debía dejar de exigir.

Y, simplemente, se adueñó de la situación.

De pronto ya no era Trevor quien estaba entre mis piernas. Era Drake. El mismo Drake al que la mayoría de las veces fantaseaba con asesinar, ahora de rodillas al borde de la cama, las manos grandes abriéndome los muslos sin pedir permiso, la boca ocupada en mí.

Imaginé su lengua reemplazando al succionador. Lenta al principio, luego más dura, succionando el clítoris igual que el aparato, pero caliente, viva, con esa voz baja diciéndome que no me apartara.

El juguete vibraba contra mí a un ritmo que ya no controlaba. Moví las caderas contra él, descarada, persiguiendo la presión.

—Drake —se me escapó, casi inaudible.

Lo odié en el mismo segundo.

Intenté recuperar a Trevor.

Demasiado tarde.

El orgasmo me atravesó sin pedir permiso.

Seco. Intenso. Tan claro que no pude fingir que había sido abstracto.

Abrí los ojos.

Miré el techo.

Durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada. Mi cerebro, con toda probabilidad, estaba intentando reiniciarse.

Después me incorporé de golpe.

—¿Qué acaba de pasar?