Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 12 #2
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Hallie lo vio y soltó el aire.

—Creo que este no necesita presentación.

—Me alegra saber que el sistema educativo no te ha fallado del todo.

—Es un pene. Con pilas.

—Con motor. Las pilas son un detalle técnico.

Lo dejé sobre la mesa entre los dos. Hallie lo cogió.

Los dedos se le cerraron alrededor del cuerpo del juguete con naturalidad y mi cerebro, traidor, decidió que aquello no era una demostración clínica.

Era Hallie sosteniendo un consolador vibrador en la palma.

En una sala cerrada.

Delante de mí.

—Puedes usarlo sola o durante el sexo —dije, con la voz algo ronca—.

No hay mucho que explicar aquí. Si te cuesta llegar al orgasmo con la penetración, puedes probarlo.

Y no des por hecho que el problema está en ti.

Influyen muchas cosas: el ritmo, el ángulo, la estimulación…

y la habilidad de tu pareja también cuenta.

Hay mujeres que llegan fácilmente así, otras que necesitan combinarlo con estimulación del clítoris y otras que simplemente prefieren otras formas.

—Me encogí ligeramente de hombros—. El clítoris suele ser el camino más directo, pero no hay una forma correcta de tener un orgasmo.

Lo importante es descubrir qué funciona para ti.

Hallie lo dejó y yo cogí el siguiente antes de que el silencio se volviera demasiado elástico. Era un plug anal. Lo coloqué sobre la mesa entre los dos.

Hallie lo miró.

Parpadeó.

Volvió a mirarlo.

—No.

—Ni siquiera he abierto la boca.

—No hace falta. Sé lo que es.

—Entonces nos ahorramos tiempo.

Señaló el plug con el bolígrafo, como si acercarle la mano fuera a comprometerla legalmente.

—Drake, si ya tengo problemas para conseguir un orgasmo en un agujero, no quiero ni imaginarme teniendo que preocuparme por dos.

Me quedé inmóvil, Hallie también.

Un segundo.

Dos.

Vi el instante exacto en que se dio cuenta de lo que había dicho, porque se tapó la cara con la libreta.

—Por favor —murmuró detrás del papel—, continúa la clase y finge que no ha ocurrido.

—Va a resultar complicado.

—Haz un esfuerzo.

Esbocé una medio sonrisa antes de hablar.

—Respecto al plug, no es necesario que lo uses.

Si la idea no te gusta, se descarta. Punto.

No hay premio por ser más aventurera ni penalización por no serlo.

Pero era necesario hablar de él. Hay mujeres que sienten placer con la estimulación anal.

Porque esa zona tiene terminaciones nerviosas.

Para algunas, la presión o la sensación de llenado se suma a lo que ya están sintiendo en el clítoris o dentro de la vagina.

A veces intensifica el orgasmo. A veces solo les gusta la extrañeza. A veces no les gusta en absoluto.

Hallie frunció el ceño, atrapada entre el horror y la atención.

—¿Y se corren… así?

—Algunas sí. Otras no. Otras solo lo usan como complemento, nunca como protagonista.

A pesar de su aversión inicial, Hallie acabó cogiéndolo, lo giró y lo miró con curiosidad.

No era que yo fuera uno de esos hombres obsesionados con el sexo anal. Nunca lo había sido. El culo de Hallie Calloway no formaba parte de ningún plan, y el plug sobre aquella mesa era solo un objeto de trabajo.

Hasta que dejó de serlo.

Verla sostenerlo así, sonrojada, curiosa, encendió algo en mí que no tenía ninguna justificación clínica. Un golpe bajo. Seco. Poco profesional. Y ese amago de erección del inicio se intensificó.

Yo no hacía aquello.

Había estado en esa misma sala con pacientes atractivas, inteligentes, algunas dispuestas a que la consulta se deslizara hacia un terreno que yo nunca permitía. Pero con Hallie… con ella era diferente.

Porque Hallie… Hallie era Hallie.

Después de aquello, el resto fue más fácil de explicar y más difícil de ignorar.

Le mostré un vibrador de doble estimulación, lubricantes de distintas texturas, un aceite de masaje que no tenía nada de misterioso hasta que Hallie preguntó dónde se ponía, y un par de cosas pequeñas pensadas solo para el clítoris.

Ella escuchaba, apuntaba, preguntaba lo justo para no parecer cobarde y apartaba la mano en cuanto el objeto dejaba de ser teoría.

Yo hablaba.

De materiales. De intensidades.

Y, mientras lo hacía, no dejaba de mirarla.

La forma en que fruncía el ceño al escribir. Lo sonrojada que seguía. El instante en que una explicación técnica le arrancaba una risa nerviosa y yo tenía que recordar, otra vez, que aquello era para Trevor.

Al final de aquella sesión, ella se fue a casa con una bolsa llena de tres juguetes y yo lleno de una inquietud que no tenía ningún sitio donde ponerla.

Hallie cruzó la puerta de Élan con las mejillas todavía encendidas y la libreta bajo el brazo, murmurando que si alguien de la oficina se enteraba me mataba. Yo asentí. Le abrí el coche. Conduje en silencio.

No era un silencio cómodo.

Era el de alguien que acababa de pasar una hora fingiendo que enseñarle a Hallie Calloway a correrse era un ejercicio profesional, y que ahora no conseguía quitarse de la cabeza sus manos alrededor de cada objeto, la risa nerviosa, el «profesor», el instante en que había sostenido el plug como si todavía no hubiera decidido si aquello le daba asco o curiosidad.

Ella se había llevado tres juguetes.

Yo me había llevado un problema.

Un problema que siguió persiguiéndome horas más tarde, cuando daba vueltas en la cama y no dejaba de pensar en ella.

Mierda.

El techo de mi habitación no tenía nada que ofrecer. Había trabajado. Había contestado correos. Había tomado una ducha lo bastante fría como para que cualquier hombre razonable dejara de estar empalmado.

Pero yo… no conseguía bajar la erección.

Cada vez que cerraba los ojos volvía la sala de Élan. Hallie en el sillón. La libreta. El bolígrafo. Ese «cuando quieras, profesor» dicho en broma y recibido por mi cuerpo como una orden.

Me pasé una mano por la cara.

Era Hallie.

Mi secretaria.

La mujer a la que había prometido entregar en bandeja a Trevor.

Eso debería haber bastado.

No bastó.

Aflojé el elástico del pantalón del pijama con una irritación dirigida sobre todo contra mí.

Estaba duro desde hacía rato, con esa insistencia estúpida de quien ha pasado la tarde fingiendo profesionalidad y ahora no tiene a quién mentirle.

Me envolví la mano y cerré los ojos, buscando una fantasía fácil, anónima, cualquiera que no llevara blusa de oficina ni dijera Calloway.

Mi cabeza no cooperó.

Volví a Élan, con Hallie sujetando el vibrador externo, preguntándome cómo se manipulaba.

—Solo tienes que acercarlo al clítoris y encenderlo.

—¿Así, profesor?

Lo encendió. El zumbido llenó la sala. Hallie abrió un poco las piernas sobre el sillón, el juguete temblando contra ella, y se le escapó un sonido bajo, sorprendido, como si no se hubiera esperado que funcionara tan rápido.

Mientras se masturbaba con el vibrador, yo me acerqué, me bajé los pantalones y le acerqué la polla.

Hallie levantó la vista. Encendida. Con los labios entreabiertos y el juguete todavía entre las piernas.

—Sigue —le dije—. No lo apartes.

Me tomó con la mano primero, insegura, y después con la boca.

Caliente. Húmeda. Un poco torpe, hasta que el vibrador le arrancó otro gemido y ese gemido se le quedó alrededor de mí.

Cada vez que subía la intensidad, se le iba el aire y me chupaba más hondo, más desordenada, como si no estuviera pensando en hacerlo bien.

Como si solo se estuviera dejando llevar.

Le sujeté el pelo.

No para guiarla, sino para mirarla.

Hallie Calloway con las piernas abiertas sobre un sillón en una sala privada, con un vibrador contra el clítoris y mi polla en la boca, gimiendo alrededor mío cada vez que el juguete acertaba.

—Joder, Hallie…

En la cama apreté el puño, al mismo ritmo de su boca imaginada.

En la fantasía ya no me bastaba.

Se la saqué de la boca, la levanté, le abrí las piernas y entré de un empujón lento. Estaba empapada. El vibrador seguía encendido, ahora atrapado entre los dos, presionándole el clítoris mientras yo la follaba hondo, sin esa distancia profesional que en la tienda me había costado tanto fingir.

Hallie se aferraba a mis hombros.

—Drake… no pares.

Me corrí con un golpe seco, viéndola abrirse bajo mí, viéndole la boca todavía roja, oyendo el zumbido del juguete mezclado con su voz.

El alivio duró dos segundos.

Después estaba otra vez en mi cama, con la mano viscosa, el techo encima y la certeza bastante poco elegante de que acababa de correrme pensando en follarme a mi secretaria sobre el mismo sillón donde esa tarde le había explicado cómo usar un vibrador.

Mierda.