Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 12
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Drake

Hallie miró el rótulo de la tienda con los ojos abiertos de par en par y las mejillas encendidas.

—Me has llevado a una tienda erótica.

No era una pregunta.

—Sí.

Se volvió hacia mí.

—Cuando dijiste que íbamos a trabajar mi sexualidad, pensé que hablaríamos.

—Vamos a hablar.

—¿Rodeados de vibradores?

—Entre otras cosas.

Hallie volvió a mirar el escaparate.

—Quiero irme.

—Todavía no hemos entrado.

—Precisamente. Es el momento perfecto.

Sonreí.

—Vamos, Calloway.

—No puedo creer que hayas hecho esto.

—Dentro de una hora me lo agradecerás.

—Dentro de una hora probablemente estaré buscando otro trabajo.

Élan era uno de los establecimientos especializados con los que trabajaba desde hacía años.

En algunas ocasiones recomendaba sus productos a clientes de Bond y, cuando consideraba que podía resultar útil, los acompañaba personalmente.

Había estado allí con hombres, mujeres y parejas.

Había explicado juguetes, respondido preguntas íntimas y mantenido conversaciones que habrían hecho salir corriendo a Hallie antes de cruzar la puerta.

Hallie sabía perfectamente qué era Élan. Como mi secretaria, había hablado con ellos más de una vez, gestionado citas y reservado alguna de las salas privadas que utilizaban para mis sesiones. Otra cosa muy distinta era que alguna vez hubiera imaginado que acabaría entrando allí conmigo.

Para mí, entrar allí no tenía absolutamente nada de extraordinario. Me conocían lo suficiente como para dejarme utilizar una de esas salas cuando lo necesitaba.

A juzgar por la cara de Hallie, para ella estábamos a punto de atravesar las puertas del infierno.

Atravesamos las puertas y Hallie se quedó un paso por detrás de mí.

Élan ocupaba un local enorme distribuido en dos plantas, con techos altos, iluminación cálida y grandes estanterías de madera que dividían el espacio en distintas secciones.

Nada allí se parecía al estereotipo de tienda erótica que probablemente Hallie había imaginado.

No había neones, paredes negras ni imágenes explícitas.

Los productos se exponían como en cualquier boutique de lujo: aceites, velas, libros y cajas de diseño discreto en la zona de entrada; juguetes de distintas formas y tamaños más al fondo.

Vi a Hallie recorrerlo todo con la mirada.

Primero con cautela.

Después con curiosidad.

Y finalmente con una expresión de absoluto desconcierto cuando sus ojos se detuvieron en uno de los expositores.

Tuve que contener una sonrisa.

Como siempre que iba allí, Naomi vino a recibirnos.

Llevaba años encargándose de las sesiones que organizaba con Élan y sabía perfectamente cómo trabajaba, así que apenas necesitábamos hablar para entendernos.

Nos condujo directamente a la planta superior y, después de recorrer un pequeño pasillo apartado de la zona comercial, abrió una de las salas privadas.

Una de las asesoras de la tienda nos esperaba dentro.

Sobre la mesa había dispuesto una selección de productos bastante amplia, algunos todavía dentro de sus cajas y otros fuera para que pudiéramos verlos y manipularlos.

Había modelos sencillos, otros con funciones diferentes, lubricantes, aceites y algunos objetos que había pedido expresamente que incluyeran porque quería que Hallie entendiera que las posibilidades iban bastante más allá de lo poco que ella parecía conocer.

Hallie se detuvo en seco al verlo todo.

Su mirada pasó de la mesa a la asesora.

Después a mí.

Y otra vez a la mesa.

Aquello iba a ser divertido.

La asesora nos explicó brevemente cómo había organizado la selección y dejó claro que estaría disponible fuera si necesitábamos cualquier otra cosa. Después salió y cerró la puerta tras ella.

Hallie siguió mirando la mesa.

Yo me quité la chaqueta con toda tranquilidad y la dejé sobre el respaldo de uno de los sillones.

Hallie siguió de pie.

Miró uno de los sillones, después la mesa y finalmente a mí.

—¿Tengo que sentarme?

—Sería un comienzo.

Lo hizo con una cautela absurda, como si el sillón pudiera formar parte de la selección.

Me senté frente a ella y acerqué uno de los productos más sencillos.

—Empezaremos por algo básico.

Hallie lo observó.

—Tu definición de básico y la mía no se parecen en nada.

—Es un vibrador, Calloway. No un artefacto explosivo.

—Ya sé lo que es.

—Eso nos ahorra tiempo.

Cogió su bolso, lo abrió y empezó a rebuscar dentro.

Fruncí el ceño.

—¿Qué haces?

Sacó la libreta. La misma puta libreta que llevaba utilizando desde que habíamos empezado con todo aquello.

—¿En serio necesitas tomar apuntes de esto?

—Tú dijiste que apuntara las cosas importantes.

—No estoy seguro de que estuviera pensando en esto cuando te lo dije.

Hallie abrió la libreta por una página en blanco y destapó el bolígrafo.

—Pues deberías haber sido más específico.

No pude evitar sonreír.

—Adelante. Me muero de curiosidad por saber qué consideras digno de aparecer ahí.

—No vas a leerlo.

—Entonces espero que al menos tomes buenos apuntes.

—Soy una secretaria excelente.

—Eso nunca lo he discutido.

Se acomodó en el sillón, apoyó la libreta sobre las piernas y levantó la vista hacia mí con el bolígrafo preparado.

Tuve que contener otra sonrisa.

—Cuando quieras, profesor.

—No vuelvas a llamarme así.

—¿Por qué? ¿Te desconcentra?

Ojalá solo me hubiera desconcentrado. Mi cuerpo, por algún extraño motivo, había decidido tomarse aquel «profesor» de una forma bastante menos inocente que mi cerebro. Vaya, que me había empalmado. Solo un poco.

Una reacción completamente absurda. Y bastante poco profesional.

Carraspeé y dirigí la atención hacia la mesa.

Cogí uno de los productos que habían dejado sobre la mesa. Pequeño, discreto, lo bastante sencillo como para que Hallie no saliera corriendo en los primeros cinco minutos.

—Lo primero que quiero que entiendas es que no estamos buscando el juguete más sofisticado ni el que tenga más botones. Tampoco quiero que salgas de aquí con una bolsa llena de cosas que no sabes si te interesan. El objetivo es que empieces a descubrir qué te gusta sin convertirlo en un examen.

Hallie levantó el bolígrafo.

—Eso ha sonado sospechosamente razonable.

—A veces ocurre.

—Voy a apuntarlo. Es un acontecimiento histórico.

Ignoré el comentario y le tendí el primero.

—Vibrador externo. Se usa por fuera, sobre el clítoris o alrededor. Distintas intensidades. Para alguien que no utiliza juguetes suele ser una buena forma de empezar porque controlas la presión, el sitio y cuándo parar.

Hallie lo observó con una concentración absurda.

—Parece inofensivo.

—Lo es.

—No me fío de nada de esta mesa.

—Es silicona y un motor, Calloway. No está conspirando contra ti.

No lo tocó.

Esperó a que yo lo dejara más cerca.

Entonces lo cogió.

Con dos dedos, primero. Después con toda la mano. El contraste me golpeó sin avisar: aquellas mismas manos que todos los días me pasaban informes, que tecleaban, que me acercaban café, cerradas ahora alrededor de un vibrador.

Aparté la vista un segundo demasiado tarde.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada. Gíralo. El interruptor está en la base.

Lo encendió en el nivel más bajo. El zumbido llenó la sala, suave, constante. Hallie dio un respingo mínimo y soltó una risa corta.

—Vale. Vibra.

—Esa es la idea.

Acercó la cabeza del juguete a la yema del pulgar, lo apartó, lo volvió a probar. El gesto era inocente. Mi cuerpo no lo interpretó así.

Apreté la mandíbula y seguí.

Cogí el siguiente: un succionador.

—Este también es externo, pero no funciona igual. En lugar de vibrar contra la piel, usa pulsos de aire sobre el clítoris. Estimulación por succión. Hay mujeres que con un vibrador clásico no llegan al orgasmo y con esto se desmontan en minutos. Y al revés.

Hallie lo miró de reojo.

Dudó.

Luego lo cogió.

Esta vez lo sostuvo con más seguridad, como si el primero le hubiera dado permiso. El pulgar le recorrió el borde de silicona, despacio, comprobando la textura.

Se me secó la boca.

Había hecho aquello decenas de veces. Había puesto esos mismos objetos en manos de extrañas sin que se me moviera un músculo. Pero Hallie Calloway pasando el dedo por la boca de un succionador, con las mejillas encendidas, no era una paciente.

Era Hallie.

Y eso lo cambiaba todo.

Encendió aquel también. El sonido era distinto: más grave, más contenido. Hallie lo acercó a la palma, notó el pulso, abrió un poco los labios sin darse cuenta.

Joder.

Me recosté en el sillón. Un palmo. Lo justo para recuperar distancia.

—¿Y cómo sé cuál me gusta? —preguntó, apagándolo.

—Probándolo.

Se quedó mirándome.

—Esa respuesta era demasiado evidente.

—Porque sigues buscando que yo te dé la correcta.

No existe. Puedo explicarte para qué sirve cada cosa.

Pero el placer no funciona de la misma manera para todo el mundo.

Lo que gusta a una persona no tiene por qué gustar a otra, y viceversa.

La clave es encontrar la llave de tu propio placer.

Y eso solo lo conseguirás experimentando.

Hallie jugueteó con el bolígrafo.

—¿Y si no me gusta ninguno?

Aquella vez no bromeé.

—Entonces no te gusta ninguno. No pasa nada. El objetivo no es que te conviertas en coleccionista. Es que dejes de pensar que hay una manera correcta de correrse y que, si tú no lo haces así, hay algo roto en ti.

Dejó de escribir.

—Yo no pienso eso.

La miré.

—Eso espero, porque el placer necesita bastante menos exigencia y bastante más curiosidad.

Si estás pensando en cuánto tardas, en si deberías estar sintiendo más o en si vas a conseguir correrte, dejas de prestar atención a lo único importante: qué te está gustando en ese momento.

No estamos buscando una fórmula que funcione.

Estamos descubriendo qué funciona contigo.

Hallie bajó la mirada hacia la libreta.

—Eso ha sonado muy a sexólogo.

—A veces recuerdo a qué me dedico.

—Voy a apuntarlo.

—Me sentiría ofendido si no lo hicieras.

Cogí el siguiente.

Un vibrador clásico. Forma de pene, silicona lisa, tamaño razonable. Ni ridículamente enorme ni tan discreto como para fingir que era otra cosa.