11
Drake
Hallie llegó ocho minutos tarde.
Lo sabía porque llevaba mirando la hora desde hacía nueve.
No porque estuviera esperándola.
Simplemente porque Hallie Calloway jamás llegaba tarde. De hecho, tenía la irritante costumbre de aparecer siempre unos minutos antes que yo y utilizarlo como argumento cada vez que le pedía algo fuera de horario.
Desde mi despacho tenía buena parte de la zona de trabajo a la vista a través de las paredes de cristal, así que la vi en cuanto apareció.
Y me quedé mirándola.
Joder.
Mi hermana había hecho un buen trabajo.
Hallie seguía pareciendo Hallie. Eso era probablemente lo más importante.
No llevaba nada exagerado ni fuera de lugar para una jornada de trabajo.
Pero el pantalón oscuro se ajustaba mejor a sus piernas y le hacían un culo espectacular, la blusa marcaba su figura de una forma que la camisa enorme que utilizaba habitualmente se empeñaba en esconder y llevaba el pelo recogido de una manera distinta, con algunos mechones sueltos alrededor de la cara.
Nada especialmente escandaloso.
Ese era precisamente el problema.
Porque no debería haberme costado tanto dejar de mirarla.
Hallie avanzó hacia su mesa sujetando el bolso contra el costado y con una rigidez que dejaba bastante claro que, pese a todo el trabajo de mi hermana, seguía sintiéndose como si hubiera entrado desnuda en la oficina.
Miró alrededor antes de sentarse, se alisó la blusa y se tocó el pelo.Casi pude escuchar todo lo que estaba pasando por aquella cabeza suya desde el otro lado del cristal.
Todo el mundo me está mirando. Esto es ridículo. ¿Por qué acepté hacer esto?
Sonreí para mí mismo y bajé la vista al ordenador antes de que pudiera descubrirme observándola. Duré aproximadamente treinta segundos.
Cuando volví a levantarla, Hallie estaba mirando hacia mi despacho y nuestros ojos se encontraron a través del cristal.
Mierda.
Aparté la vista hacia la pantalla con toda la tranquilidad que pude reunir, como si no acabara de pillarme mirándola de lleno.
Un momento después escuché unos nudillos contra el cristal. Era ella.
—¿Sí?
Hallie entró y cerró la puerta detrás de ella.
—Buenos días.
—Buenos días.
No dijo nada más, se quedó frente a mi escritorio mirándome de una forma extraña, como si esperara algo.
Yo sabía perfectamente que esperaba, y no pensaba dárselo. Bajé la vista de nuevo al ordenador.
Pasaron unos segundos y Hallie carraspeó.
Seguí leyendo. O fingiendo que lo hacía.
—¿Qué? —pregunté al final.
—¿Qué de qué?
—Llevas ahí plantada diez segundos.
—Solo estaba... —Se interrumpió y apretó los labios—. Da igual.
—Perfecto.
Volví a la pantalla, pero Hallie continuó allí.
La veía de reojo. Primero cambió el peso de un pie al otro. Después se alisó la blusa con las manos. Cuando levanté la mirada otra vez, tenía las cejas ligeramente arqueadas y una expresión que prácticamente gritaba ¿en serio?
Tuve que contener una sonrisa.
—¿Necesitas algo, Calloway?
—No.
—Entonces...
Miré hacia la puerta y sus ojos se entrecerraron.
—¿No vas a decir nada?
Me recliné en la silla.
—¿Sobre qué?
Abrió la boca, la cerró. Por un instante pareció debatirse entre señalarse a sí misma o mandarme a la mierda. Ganó la segunda opción.
—Olvídalo.
—Estupendo.
—Eres imbécil.
Se dio la vuelta y salió de mi despacho y no pude evitar sonreír. Sabía perfectamente qué esperaba que dijera. El problema era que, si empezaba a hablar de cómo estaba aquella mañana, no estaba demasiado seguro de querer descubrir qué iba a salir de mi boca.
La puerta de la oficina se abrió antes de que pudiera darle más vueltas.
Trevor entró hablando por teléfono, con una carpeta bajo el brazo. Apenas presté atención hasta que lo vi detenerse de golpe.
Seguí la dirección de su mirada.
Hallie.
Por supuesto.
Trevor terminó la llamada con un «luego te llamo» bastante apresurado y guardó el móvil mientras se acercaba a su mesa. A pesar de tener la puerta cerrada, se podía escuchar lo que ocurría al otro lado con bastante claridad.
—Ey. Vaya... —Una sonrisa apareció en su cara—. Qué guapa estás hoy.
Hallie levantó la cabeza.
Desde donde estaba pude ver perfectamente cómo se le iluminaba la expresión.
—Gracias.
Solo eso.
Ni una explicación. Ni una referencia a mi hermana. Ni una de esas risitas nerviosas que le salían cada vez que Trevor le prestaba más atención de la habitual.
Bien.
Eso era exactamente lo que le había dicho que hiciera.
Trevor siguió mirándola un segundo más antes de continuar hacia su despacho y Hallie bajó la vista hacia el ordenador con una sonrisa que no consiguió disimular.
Me recliné en la silla.
Había funcionado.
Ni siquiera habíamos necesitado demasiado. Un cambio de ropa, un poco más de seguridad y Trevor Hadley acababa de verla de una forma en la que probablemente no la había mirado en años.
Debería haberme sentido satisfecho.
En lugar de eso, tenía una extraña presión instalada en mitad del pecho.
Fruncí el ceño.
No tenía ningún sentido.
Quizá simplemente me molestaba que Hadley hubiera tardado tanto en darse cuenta de algo que tenía delante de las narices desde hacía años.
Sí.
Seguramente era eso.
Volví al trabajo.
***
Una hora después necesitaba café. O una excusa para levantarme del escritorio después de llevar diez minutos leyendo el mismo párrafo sin ser capaz de concentrarme.
Salí del despacho y crucé la zona diáfana hasta la pequeña sala de café. Escuché la voz de Hallie antes de entrar.
Y después una risa masculina.
Trevor.
Reduje el paso sin saber muy bien por qué.
Cuando llegué a la puerta, los encontré frente a la cafetera. Hallie tenía una taza entre las manos y Trevor estaba apoyado contra la encimera, completamente orientado hacia ella.
No parecía alguien que hubiera coincidido con una compañera mientras se preparaba un café.
Parecía alguien que había elegido quedarse.
—No puede ser —decía Hallie.
—Te juro que ocurrió así.
—No te creo.
—¿Por qué iba a inventármelo?
—Porque te conozco.
Trevor se echó a reír.
Hallie también.
Me quedé quieto en la entrada.
Aquello también era bueno.
Mejor que bueno.
El cambio de aspecto había conseguido que Trevor reparara en ella, pero esto era justo lo que necesitábamos después. Que Hallie dejara de ponerse nerviosa. Que hablara con él con seguridad.
Era el plan.
Mi puto plan.
Entonces, ¿por qué tenía tantas ganas de interrumpirlos?
Trevor dijo algo más que no alcancé a escuchar y Hallie volvió a reírse.
Sentí aquella misma presión de antes.
Solo que esta vez no pude atribuirla a que Hadley fuera un imbécil incapaz de darse cuenta de lo que tenía delante.
Porque ahora se estaba dando cuenta.
Y, por alguna razón que no tenía ninguna intención de analizar, eso tampoco me gustaba.
—Calloway.
Los dos giraron la cabeza.
Hallie arqueó las cejas.
—¿Sí?
—Te necesito.
—¿Ahora?
—Ahora.
Miró a Trevor antes de volver a mirarme.
—¿Es urgente?
No.
—Sí.
Hallie soltó un pequeño suspiro.
—Vale. —Se volvió hacia Trevor—. Luego seguimos.
—Claro.
Pasó junto a mí y salió de la sala.
Yo la seguí.
Y durante los pocos metros que nos separaban de mi despacho tuve tiempo suficiente para hacerme una pregunta bastante incómoda.
¿Qué coño estaba haciendo?
Entré detrás de ella.
Hallie se giró en cuanto cerré la puerta.
—¿Se puede saber qué haces?
—Trabajar.
—Estaba hablando con Trevor.
—Lo he visto.
—Pues nos has interrumpido.
—Lo sé.
Se quedó callada y yo también.
Mierda.
¿Acababa de confesar que los había interrumpido a propósito?
—¿No se suponía que el objetivo de todo esto era conseguir que hablara con él?
—Sí.
—Pues estaba hablando con él.
—Y estabas haciéndolo mal.
La excusa salió de mi boca sorprendentemente rápida. Hallie me miró con el ceño fruncido.
—¿Perdona?
Me apoyé contra el escritorio. Ahora solo tenía que averiguar por qué demonios estaba haciendo mal.
—Le estabas dando toda tu atención.
—Estábamos manteniendo una conversación, Drake. Normalmente funcionan así.
—Ese es precisamente tu problema con Trevor.
Frunció el ceño.
Y entonces lo vi.
Tenía sentido.
Joder, claro que lo tenía.
—Siempre estás disponible para él —continué—. Siempre eres tú quien se queda. Tú quien escucha. Tú quien parece agradecida porque Hadley te dedique cinco minutos.
La indignación de su cara empezó a desaparecer.
—Yo no hago eso.
La miré.
—Calloway.
—Vale. Puede que un poco.
—Muchísimo. Y si quieres cambiar la dinámica entre vosotros, eso también tiene que cambiar.
Se cruzó de brazos.
—¿Y qué propones? ¿Que salga corriendo cada vez que se acerque?
—Propongo que alguna vez seas tú quien termine una conversación.
Que tengas cosas que hacer. Que no parezca que Trevor Hadley puede aparecer cuando le dé la gana y disponer de toda tu atención durante el tiempo que quiera.
Tiene que notar cuando te vas —añadí—. Incluso echar de menos seguir hablando contigo.
Deja que alguna vez sea él quien venga a buscarte.
Sus brazos fueron relajándose poco a poco.
—Eso… —Esperé—. Eso tiene bastante sentido.
—Lo sé.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de «soy un genio y deberías estar tomando apuntes».
Sonreí.
—Si quieres te dejo una libreta.
Puso los ojos en blanco, pero ya no parecía enfadada. Al contrario. De pronto sonrió.
—Se ha fijado.
—Sí.
—En cuanto ha entrado, se ha fijado en mí.
—Estaba delante, Hallie. Lo he visto.
Su sonrisa se hizo todavía más grande.
—Me ha dicho que estaba diferente.
—También lo he oído.
—Y después ha dicho «definitivamente para bien».
Joder.
Seis palabras.
Hadley había dicho seis putas palabras y Hallie tenía la misma expresión que si acabara de pedirle matrimonio en mitad de Central Park.
—Sí, Calloway. Lo escuché.
—Entonces funciona.
Aquello consiguió que me callara.
Porque sí.
Funcionaba.
Mi hermana había conseguido que Trevor la mirara de otra manera. Hallie había conseguido mantener una conversación con él sin comportarse como si estuviera frente al puto príncipe de Inglaterra.
Era exactamente lo que queríamos.
—Parece que sí —respondí.
Hallie me observó.
—Deberías estar más contento.
—Estoy trabajando. No organizando una fiesta.
—Estás de mal humor.
—Siempre dices que estoy de mal humor.
Se quedó pensándolo.
—Es verdad.
—Entonces hemos terminado.
Hallie siguió mirándome unos segundos.
Por suerte, decidió dejarlo pasar.
Yo también.
Porque no tenía ninguna intención de analizar por qué ver a Trevor apoyado frente a ella, haciéndola reír, me había molestado tanto.
Tenía trabajo.
Tenía una empresa.
Y tenía un objetivo que seguir.
Un objetivo.
Eso me recordó algo.
—Por cierto, esta noche tenemos planes.
Hallie arrugó el entrecejo.
—¿Planes?
—Hemos trabajado la ropa. Parece que también empiezas a mejorar con la seguridad. Nos queda otro punto pendiente.
—¿Coquetear?
—También. Pero me refiero al otro.
—¿El de no asesinarte?
—Hallie...
Puso cara de absoluto horror mientras negaba con la cabeza.
—Dime que no te refieres a ese .
—Trabajas como secretaria de un sexólogo. Seguro que puedes mencionar su nombre.
—No quiero mencionar su nombre.
—Entonces lo haré yo por ti. Sexualidad, Hallie. Necesitamos trabajar esa parte si quieres que todo esto sirva de algo.
—¿Por qué?
—Porque no basta con conseguir que Trevor te mire. Si algún día pasa algo entre vosotros, quiero que llegues hasta ahí sabiendo lo que quieres, lo que te gusta y siendo capaz de decirlo sin querer esconderte debajo de una mesa.
Me miró horrorizada.
—No pienso hablar contigo de lo que me gusta.
Sonreí.
—Ya veremos.
Entrecerró los ojos.
—¿Qué significa eso?
—Que esta noche, cuando salgamos del trabajo, iremos juntos a un sitio.
—¿A qué sitio?
—Ya lo verás.
En aquel momento todavía estaba convencido de que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.