10 #2
—Espero que esto haya merecido la pena porque llevo tres horas trabajando en una cafetería llena de gente que cree que una videollamada es una actividad pública y...
Levantó la cabeza y se calló. Así, sin más.
Drake Murray dejó una frase a medias.
Tuve que hacer un esfuerzo para no mirar a Blair, porque aquello ya era suficientemente extraño sin necesidad de comprobar si ella también se había dado cuenta.
Drake permaneció junto a la puerta. Sus ojos se clavaron primero en mi cara y después descendieron lentamente.
Por mi pelo.
El vestido.
Mis piernas.
Hasta los zapatos.
Y volvieron a subir.
Sentí calor en las mejillas.
No era la primera vez que un hombre me miraba. Ni siquiera era la primera vez que Drake me miraba. Pero… nunca lo había hecho así.
—¿Qué? —pregunté.
Tardó un segundo de más en responder.
—Nada.
Y, de pronto, toda la seguridad que había sentido delante del espejo empezó a desinflarse.
Claro.
Estaba ridícula.
¿Cómo no se me había ocurrido? Blair estaba acostumbrada a vestir a mujeres espectaculares y seguramente había visto potencial donde no lo había. O quizá el vestido era demasiado. El pelo demasiado. Yo intentando parecer una mujer que no era, definitivamente demasiado.
Bajé la mirada hacia mí.
—Estoy ridícula, ¿verdad?
—¿Qué?
—Es eso. —Me llevé una mano al escote—. Joder, claro que es eso. Sabía que el vestido era demasiado. Blair, dame cinco minutos y me cambio.
Hice ademán de volver hacia el probador.
—No.
Me detuve. La voz de Drake había sonado distinta. Más… suave. Levanté la cabeza y me encontré con sus ojos.
—No es eso —dijo.
No añadió nada más. Tampoco hacía falta, porque seguía mirándome, pero ya no como antes.
No estaba evaluando el vestido. Ni el pelo. Ni comprobando si el trabajo de Blair serviría para llamar la atención de Trevor.
Me estaba mirando a mí.
Y por primera vez desde que conocía a Drake Murray, no supe interpretar lo que había en sus ojos.
Solo supe que no podía apartar los míos.
El estudio pareció quedarse extrañamente silencioso.
Drake sostuvo mi mirada desde el otro lado de la habitación y algo se tensó entre nosotros. Algo nuevo. Tan inesperado que durante unos segundos olvidé qué estaba haciendo allí, por qué llevaba aquel vestido y que Blair seguía a apenas unos pasos de mí.
Sentí un cosquilleo extraño en el estómago.
Drake bajó la mirada hacia mi boca.
Solo un instante.
Después volvió a mis ojos.
Joder.
¿Qué había sido eso?
—Estás... —empezó.
Se detuvo.
Creo que jamás había visto a Drake buscar una palabra sin encontrarla.
—¿Estoy qué? —pregunté.
Sus ojos siguieron clavados en los míos.
—Preciosa.
Se me olvidó respirar.
—Bueno… —dijo Blair a mi lado, rompiendo el momento. Los dos apartamos la mirada al mismo tiempo. Casi había olvidado que estaba allí—. Diría que podemos dar la prueba por superada.
Drake carraspeó y se metió las manos en los bolsillos.
—Sí. Bien. Perfecto.
Lo miré.
¿Perfecto?
Aquel hombre acababa de utilizar tres palabras seguidas que no aportaban absolutamente ninguna información.
Blair también pareció encontrarlo interesante, porque la comisura de sus labios se elevó ligeramente.
—Entonces ya hemos terminado —anunció.
Y, como si aquello fuera una señal, empezó a reunir todo lo que había ido apartando durante la tarde. Cuando vi aparecer la cuarta bolsa, abrí mucho los ojos.
—Espera. ¿Pretendes que me lleve todo eso?
—Por supuesto.
—Blair, no puedo comprar todo eso.
—No tienes que hacerlo —intervino Drake.
Me volví hacia él. Parecía haber recuperado parte de su capacidad para formar frases completas.
—¿Cómo que no?
—Corre por cuenta de la empresa.
—¿Perdón?
—Es un gasto de Bond.
Solté una carcajada, pero Drake no se rio.
—No puedes cargar a la empresa seis bolsas de ropa para que yo consiga novio.
—Puedo si considero que existe un interés empresarial.
—¿Qué interés empresarial puede tener Bond en que Trevor se fije en mí?
—Que Trevor deje de comportarse como si su ruptura fuera el final de la civilización occidental y vuelva a ser una persona funcional.
Abrí la boca.
La cerré.
Blair soltó una carcajada mientras añadía otra bolsa al montón.
—No luches contra esto. Cuando Drake decide pagar algo, es más fácil dejarlo hacer y conservar la energía para problemas que tengan solución.
—Pero...
—Operación Trevor —dijo Drake—. Considéralo presupuesto del proyecto.
Lo miré fijamente.
—Has creado un presupuesto para mi vida sentimental.
—Sí.
Joder.
—Mañana quiero que repitas exactamente lo que hemos hecho hoy —continuó Blair antes de que pudiera discutir más—. Te he apuntado los productos y te mandaré un vídeo para el pelo. No tiene que quedar perfecto. Quiero que aprendas a hacerlo tú.
Miré otra vez mi reflejo. Aquello parecía bastante más difícil sin un equipo de profesionales rodeándome.
—¿Y si mañana parezco la versión barata de esto?
—Me mandas una foto y te ayudo.
Algo cálido se instaló en mi pecho.
—Vale.
—Y te pones uno de los conjuntos que hemos preparado.
—Vale.
—Nada de esconderlo debajo de una chaqueta enorme al llegar a Bond.
—No prometo nada.
—Hallie.
—Vale.
Blair sonrió, satisfecha.
Cuando terminé de recoger mis cosas, Drake cogió varias de las bolsas y yo cargué con el resto.
—Gracias —le dije a Blair—. Por todo.
Al final salimos del estudio cargados con más bolsas de las que me parecía razonable que una sola persona pudiera necesitar.
Me despedí de Blair con un abrazo y Drake insistió en acompañarme.
Cinco minutos después estaba sentada a su lado en el coche.
Y fue entonces cuando empecé a notar que algo no iba bien.
Drake estaba raro.
No sabría explicar exactamente por qué. No hacía nada especialmente extraño y, si no llevara tantos años trabajando con él, probablemente ni siquiera me habría dado cuenta.
Pero estaba distraído.
Más callado de lo normal.
Contestaba un segundo tarde cuando le decía algo y, en un semáforo, lo sorprendí mirándome en lugar de mirar la carretera.
Entrecerré los míos.
—Estás muy raro.
—No estoy raro.
—Sí estás raro.
—Estoy conduciendo.
—Puedes conducir y estar raro al mismo tiempo.
No respondió.
Me acomodé en el asiento, todavía observándolo.
Quizá estaba cansado.
O quizá Blair y yo habíamos conseguido agotar incluso a Drake Murray.
Aunque, por alguna razón, cuando volví la cabeza hacia la ventanilla, seguía sintiendo su mirada sobre mí.