10
Hallie
A las cinco y cincuenta y ocho estaba delante del estudio de Blair Murray preguntándome por qué demonios había aceptado todo aquello.
Bueno, sí lo sabía.
Lo había hecho por Trevor.
La respuesta a casi todas mis decisiones cuestionables de los últimos días parecía ser Trevor.
Miré otra vez el mensaje que Blair me había enviado la noche anterior.
BLAIR MURRAY
Mañana. A las seis. Y trae ropa interior bonita.
Todavía no entendía por qué necesitaba ropa interior bonita para comprar ropa y, sinceramente, prefería seguir sin saberlo.
Guardé el móvil en el bolso y llamé al timbre.
Conocía a Blair, aunque decir que la conocía quizá era exagerar.
En los cinco años que llevaba trabajando para Drake habíamos coincidido unas cuantas veces, casi siempre cuando aparecía por Bond para ver a su hermano.
Sabía que era estilista, que trabajaba con mujeres capaces de gastarse mi sueldo mensual en un bolso y que, genéticamente, los Murray habían sido escandalosamente favorecidos, porque, al igual que Drake, Blair era preciosa.
Pelo oscuro, ojos claros, y un cuerpo espectacular.
Pero poco más.
Nunca habíamos pasado tiempo juntas.
Ni siquiera estaba segura de haber mantenido una conversación con ella de más de cinco minutos.
La puerta se abrió.
—¡Hallie!
Blair me recibió con una sonrisa enorme y, antes de que pudiera decidir si nos encontrábamos en ese punto de nuestra relación, me dio un abrazo.
Vale.
Al parecer, sí.
—Hola.
—Pasa. Llevo todo el día esperando esto.
—Eso no resulta tranquilizador.
—No pretendía que lo fuera.
Me hizo entrar y cerró la puerta detrás de mí.
El estudio era exactamente el tipo de lugar que esperaba que perteneciera a una Murray.
Ocupaba buena parte de una planta, con enormes ventanales, espejos de cuerpo entero, sofás bajos y varios percheros distribuidos por el espacio.
Había zapatos colocados en estanterías, cajas de diseñadores que reconocía únicamente porque había visto sus logotipos en revistas y una zona al fondo separada por unas cortinas color crema.
Me giré lentamente.
—¿Todo esto es tuyo?
—Más o menos. Parte es showroom, parte estudio y parte el lugar donde vengo a esconderme de mi familia.
—La última parte parece especialmente útil.
—No tienes ni idea.
Sonreí. Quizá aquello no iba a ser tan terrible.
—Por cierto —dijo Blair—, mi hermano me ha contado lo básico.
Mi sonrisa desapareció.
—Define «lo básico».
—Que estás enamorada de Trevor desde hace años, que Trevor no se entera de nada y que Drake ha decidido que ahora es una especie de hada madrina sentimental.
Cerré los ojos.
—Voy a matarlo.
—Ponte a la cola.
Solté una risa.
—¿Te ha contado algo más?
—Sí.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—Que odias tu ropa.
—¡Yo no odio mi ropa!
—Entonces esa parte era opinión suya.
—Va a ser difícil mantener intacto el punto siete —murmuré para mí.
Blair se echó a reír.
—Tranquila. No voy a hacer caso a Drake.
—Acabas de convertirte en mi Murray favorita.
—El listón tampoco estaba muy alto.
—No.
Una voz masculina sonó detrás de nosotras.
—Resulta reconfortante escuchar cómo habláis de mí cuando estoy en la misma habitación.
Me quedé inmóvil y me giré despacio. Drake estaba sentado en uno de los sofás junto a los ventanales, con el portátil abierto sobre las piernas.
Lo miré.
Después miré a Blair.
Y volví a mirarlo a él.
—¿Qué haces tú aquí?
Drake levantó la vista del ordenador.
—Hola, Calloway.
—No me has dicho que venías.
—No me lo preguntaste.
—Porque tu hermana me ha citado a mí. Esto era entre Blair y yo. ¿Qué haces aquí?
—Supervisar.
—¿El qué?
—A ti. Si confiara en tu criterio, no estaríamos haciendo esto.
Miré a Blair.
—¿Puedo matarlo aquí?
—No encima de la alfombra.
—Os estoy oyendo.
—Lo sé —dijimos las dos.
Blair me miró, yo la miré y se nos escapó la risa al mismo tiempo.
Drake suspiró.
—Esto va a salir fatal.
—No —dijo Blair—. Porque tú te vas.
Drake frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Fuera.
—He venido para esto.
—Has venido porque eres incapaz de no controlar algo durante más de diez minutos. Y quiero trabajar con Hallie a solas —continuó ella—. Y después, cuando termine, te avisaremos.
A pesar de sus protestas, Blair consiguió echar a su hermano del estudio y por fin nos quedamos a solas. Sentí su mirada sobre mí.
—¿Qué? —pregunté.
Blair ladeó ligeramente la cabeza.
—Nada. Solo estaba pensando por dónde empezar.
—¿Tan mal estoy?
—Al contrario. No estoy acostumbrada a trabajar con una materia prima tan buena.
Parpadeé.
—Ah.
Blair sonrió.
—¿Qué?
—Nada. Esperaba que me dijeras que había mucho trabajo por delante.
—Oh, hay mucho trabajo por delante. —Su mirada descendió hacia mi ropa—. Pero no por falta de potencial. Más bien por empeño en desperdiciarlo.
Blair me condujo hasta la parte del estudio donde trabajaba con sus clientas y, a partir de ese momento, perdí prácticamente cualquier capacidad de decisión.
Empezó a sacar prendas de los percheros, a colocármelas delante del cuerpo y a descartarlas casi con la misma rapidez.
De vez en cuando se alejaba un par de pasos, me observaba con los ojos entrecerrados y regresaba a por otra cosa.
Pantalones, faldas, vestidos, blusas. En menos de diez minutos había reunido sobre uno de los sofás una cantidad de ropa con la que probablemente podría vestirme durante el resto de mi vida.
Y aquello solo era el principio.
Poco después aparecieron un peluquero y una maquilladora a los que, al parecer, Blair ya había avisado de que los necesitaría.
Para cuando me sentaron frente a uno de los enormes espejos iluminados, empecé a sentirme como el personaje de uno de aquellos juegos de vestir a los que jugaba de pequeña, en los que podías escoger el peinado, el maquillaje, la ropa y hasta los zapatos.
Solo que esta vez el personaje era yo y Blair parecía decidida a probar todas las opciones disponibles.
Lo más sorprendente fue que nadie parecía querer transformarme.
Blair no intentó meterme en un vestido que jamás habría elegido. El peluquero no propuso cortarme veinte centímetros de pelo ni teñírmelo de un color distinto. La maquilladora tampoco empezó a cubrirme la cara hasta hacer desaparecer cualquier rastro de mí.
Antes de tocarme, preguntaban.
Qué me gustaba. Qué no. Qué parte de mi cuerpo prefería destacar. Con qué me sentía cómoda. Qué jamás me pondría aunque Drake Murray apareciera con una orden judicial obligándome. Y Blair escuchaba cada respuesta antes de escoger la siguiente prenda.
Poco a poco empecé a entender que aquello no consistía en convertirme en la mujer que podía gustarle a Trevor.
Consistía en descubrir qué aspecto tenía yo cuando dejaba de esforzarme tanto por pasar desapercibida.
No sé cuántas horas pasaron hasta que, por fin, me plantaron frente a un espejo de cuerpo entero.
Blair se había asegurado de que durante todo el proceso no pudiera verme por completo.
Había visto mi cara mientras me maquillaban, algún mechón de pelo mientras lo peinaban y partes de mi cuerpo cada vez que me cambiaba de ropa, pero nunca el conjunto.
Al parecer, quería reservarse el gran momento.
—¿Preparada? —preguntó a mi espalda.
—Empiezo a sospechar que esto te hace demasiada ilusión.
—No tienes ni idea.
Blair retiró la tela que cubría el espejo.
Y me quedé mirando a la mujer que apareció frente a mí.
Era yo.
Eso fue lo primero que pensé.
No una versión irreconocible de mí, ni una de esas mujeres que salían de un cambio de imagen preguntándose cómo demonios iban a reproducir aquello al día siguiente en el baño de su casa.
No. Era yo. Yo.
Solo que distinta.
El pelo me caía suelto sobre los hombros, con unas ondas suaves que parecían haber estado ahí toda la vida en lugar de ser obra de un peluquero que llevaba más de una hora trabajando en ellas.
El maquillaje era tan discreto que podía seguir viendo mis pecas, pero mis ojos parecían más grandes, mis labios más definidos y mi piel tenía un aspecto que hacía difícil creer que dormía una media de seis horas y sobrevivía gracias a la cafeína.
Y después estaba el vestido.
Negro. Sencillo. Ajustado exactamente donde tenía que estarlo, con un escote que no enseñaba demasiado pero que, definitivamente, enseñaba bastante más de lo que solían enseñar mis blusas de oficina.
Giré ligeramente sobre mí misma.
Joder.
Tenía cintura.
Evidentemente, sabía que tenía cintura. Llevaba veintisiete años conviviendo con mi cuerpo.
Lo que no sabía era por qué había pasado tanto tiempo empeñada en fingir que no.
—¿Y? —preguntó Blair detrás de mí.
Tardé unos segundos en responder.
—Me gusta.
—¿Solo te gusta?
Volví a mirarme y sonreír.
—Me encanta.
Blair apareció a mi lado reflejada en el espejo con una sonrisa satisfecha.
—Ahí está.
—¿El qué?
—La mujer a la que llevamos toda la tarde intentando sacar de debajo de esas blusas.
Le lancé una mirada.
—Mis blusas no son tan horribles.
—Hallie, podrían utilizarse como mantel en una reunión de accionistas.
Solté una carcajada.
—Eres igual de cruel que tu hermano.
—Retira eso inmediatamente.
Seguía riéndome cuando Blair cogió su móvil.
—Bien. Ha llegado el momento de comprobar una cosa.
Mi sonrisa se desvaneció.
—¿El qué?
Sus dedos ya se movían sobre la pantalla.
—El efecto.
—¿Qué efecto?
Blair alzó la vista y sonrió de una forma que no me gustó nada.
—Necesitamos un hombre.
Oh, no.
—Blair...
—Y, por suerte, conozco a uno que está esperando fuera.
Mi estómago dio un pequeño vuelco.
—No pienso desfilar delante de Drake.
—No tienes que desfilar. Solo quédate ahí.
—¿Para qué?
—Quiero ver su cara.
Eso consiguió que me riera.
—Su cara va a ser exactamente la misma de siempre.
—Entonces no tienes nada de lo que preocuparte.
Antes de que pudiera detenerla, ya había enviado el mensaje.
Fantástico.
Después de pasarme toda la tarde convertida en la muñeca particular de Blair Murray, ahora iba a ser sometida a una prueba de laboratorio. Y el conejillo de Indias iba a ser Drake. ¿Qué podía salir mal?
La puerta del estudio se abrió unos minutos después.
Drake entró mirando el móvil.