Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 9
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Drake

—Entonces ¿Hallie ha aceptado? —preguntó Rhys

Levanté la vista de mi copa y asentí.

—Joder —dijo Archer—. No pensé que fueras a convencerla.

—No la convencí. Se convenció sola.

Habíamos terminado en el Jardín de las Rosas aquella noche.

A nuestro alrededor, hombres y mujeres ocupaban las mesas repartidas entre la vegetación del Wonderland Club, algunos en pareja y otros formando pequeños grupos.

Las conversaciones se mezclaban con la música y el murmullo de la fuente central, mientras los camareros aparecían de vez en cuando entre los senderos con bandejas de copas.

Rhys se había apropiado de una de las butacas y Preston y Ross ocupaban el sofá frente a nosotros.

—¿Y ya habéis empezado? —preguntó Preston.

—Ayer.

—¿Y qué tal fue?

Me encogí de hombros.

—Bien. Tenemos mucho trabajo por delante, pero al menos ya sabemos por dónde empezar.

—Tampoco será para tanto —dijo Archer—. Hallie está buena. No es como si tuvieras que obrar un milagro.

Fruncí el ceño.

—No he dicho que no lo esté.

—Has dicho que tenéis mucho trabajo por delante.

—El problema no es su aspecto. Es ella. Delante de Trevor pierde toda la seguridad que tiene normalmente.

Se pone nerviosa, piensa demasiado cada cosa que dice y es incapaz de coquetear con él sin parecer que está a punto de sufrir un colapso.

Si no pensara que es atractiva, ni siquiera me habría planteado todo esto.

Archer sonrió.

—Ajá. Entonces te parece atractiva.

Fruncí el ceño.

—¿Qué coño se supone que estás intentando insinuar?

—Nada, nada. Solo me parece bastante irónico que intentes conseguir que Trevor se dé cuenta de que Hallie es atractiva cuando tú ya te has dado cuenta.

—Tengo ojos.

—Trevor también.

—Pues parece que no sabe utilizarlos.

Hubo un breve silencio.

—¿De verdad estás seguro de esto? —preguntó Ross.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—No sé. El otro día, cuando lo mencionaste, pensamos que acabarías echándote atrás. Siempre has sido bastante sobreprotector con ella.

—Yo no soy sobreprotector con Hallie.

Archer soltó una risa.

—Una vez fui a tu despacho, te pregunté si podía invitarla a cenar y me dijiste que ni se me ocurriera.

—Porque te conozco.

—Soy encantador.

—Un encantador de serpientes. Trevor, en cambio, es el príncipe encantaodr que ella busca

—Vale, papá.

Me molestó bastante el comentario, aunque no podía decir que no tuviera cierta razón al hacerlo. Desde que Hallie había entrado en la empresa había sentido hacia ella una especie de responsabilidad que nunca había tenido con ningún otro empleado.

Quizá fuera por las circunstancias en las que había llegado a mi vida. Por todo lo que yo sabía y ella no. O quizá, después de cinco años, simplemente me había acostumbrado a estar pendiente de ella.

Fuera cual fuera el motivo, Hallie me importaba.

Eso no significaba que fuera sobreprotector.

—Hallie me importa —dije—. Lleva cinco años trabajando conmigo. Es normal que no quisiera que uno de vosotros apareciera, se acostara con ella y luego siguiera con su vida como si nada.

—Pero con Trevor sí estás dispuesto a empujarla directamente a sus brazos —señaló Rhys.

—Porque Trevor no es Archer.

—Gracias —dijo Archer.

—Entonces es solo eso, ¿no? —preguntó Ross—. Te importa. No sientes nada por ella.

Lo fulminé con la mirada como si acabara de blasfemar.

—¿Por Hallie?

—Sí, por Hallie. Esa mujer de la que llevamos hablando los últimos diez minutos.

—Claro que no.

—Vale.

—¿Qué significa ese «vale»?

—Significa vale.

—Pues ha sonado a que no me crees.

Ross levantó las manos.

—Te creo.

—Bien.

—Solo quería asegurarme.

—¿Asegurarte de qué?

—De que no estás montando todo este plan para conseguir que tu mejor amigo se fije en una mujer que, en realidad, te gusta a ti.

Solté una carcajada.

—Eso es absurdo.

Y lo era.

Hallie era Hallie. Mi asistente. La mujer que llevaba cinco años sentada frente a mi despacho, discutía conmigo por absolutamente todo y parecía disfrutar especialmente recordándome cada uno de mis defectos.

Y, además, después de cómo había empezado todo entre nosotros, que yo sintiera algo por ella sería...

Joder.

Ni siquiera quería pensar en ello.

—No —repetí—. No siento nada por Hallie, hacerlo sería una pésima idea.

—Sería un poco tragedia griega, sí. Solo faltarían una maldición familiar y un coro lamentándose de fondo.

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

—Drake —intervino Archer, esta vez más serio—. Aquello fue hace mucho tiempo.

Sí. Lo sabía.

Sabía exactamente cuánto tiempo había pasado.

Había contado los años aunque, durante mucho tiempo, una parte de mí hubiera seguido anclada en aquel momento.

Después la vida había continuado. Porque siempre lo hacía.

Había terminado la carrera, había trabajado, había levantado una empresa.

Habían pasado casi diez años y ya no era el mismo hombre que entonces.

Eso no significaba que hubiera cosas que pudieran deshacerse solo porque hubiera pasado el tiempo.

—No tiene nada que ver con eso —dije—. Simplemente Hallie es Hallie. No siento nada por ella. Fin de la historia.

Archer me sostuvo la mirada unos segundos antes de asentir.

—Bien.

—Bien.

—Entonces volvamos a tu brillante plan para conseguir que tu mejor amigo se enamore de ella.

Ross empezó a hablar y la conversación siguió mientras yo terminaba mi copa. Fue entonces cuando me di cuenta de que Archer apenas estaba prestando atención.

Miraba hacia el otro lado del jardín.

No a un punto concreto. Sus ojos recorrían de vez en cuando las mesas repartidas entre los rosales, las parejas junto a la fuente, los grupos de mujeres que charlaban con sus copas en la mano. Después regresaba a nosotros como si nada.

Cinco minutos más tarde volvió a hacerlo.

Rhys también acabó dándose cuenta.

—¿Buscas a alguien?

Archer volvió la cabeza.

—¿Qué? No.

—Claro que sí —dijo Preston—. Está buscando a Cenicienta.

Archer cerró los ojos un instante.

—No empecéis. Han pasado años —dijo Archer.

—Y sigues buscändola cada vez que entramos en este jardín —señaló Ross.

—No estaba buscando a nadie.

Nadie le creyó.

Tampoco era la primera vez que lo hacía. Cada vez que terminábamos en el Jardín de las Rosas, Archer tenía la costumbre de echar algún que otro vistazo a su alrededor, como si esperara encontrar una cara que, irónicamente, ni siquiera conocía.

Todo se remontaba a uno de los bailes de máscaras del club, varios años atrás. Aquella noche había conocido a una mujer. No sabía su nombre ni quién era bajo la máscara, pero sí que habían pasado buena parte de la noche juntos y, en algún momento, habían acabado besándose.

Después ella había desaparecido.

Sin nombre. Sin número de teléfono. Sin ninguna pista que permitiera encontrarla.

Desde entonces, cada vez que volvíamos al jardín, Archer fingía que no buscaba entre la gente a aquella mujer misteriosa.

Y nosotros fingíamos creerle.

—Déjalo —dijo Ross—. Nuestro hombre solo espera que Cenicienta vuelva al baile.

—No estoy esperando a nadie.

—Por eso cada vez que venimos aquí inspeccionas a todas las mujeres del jardín.

Archer le dedicó una mirada asesina.

—Que os den por culo.

Ross soltó una carcajada y la conversación acabó desviándose hacia otros temas.

Mi teléfono vibró sobre la mesa unos minutos después.

Lo cogí al instante.

HALLIE CALLOWAY

Tu hermana acaba de escribirme.

Sonreí.

HALLIE CALLOWAY

Dice que nos vemos mañana. A las seis. ¿Tú sabías algo de esto?

DRAKE MURRAY

Sí.

HALLIE CALLOWAY

Te odio.

DRAKE MURRAY

Eso también lo sé.

HALLIE CALLOWAY

Dice que tengo que llevar ropa interior bonita. Drake.

La sonrisa se me ensanchó antes de poder evitarlo.

DRAKE MURRAY

Parece que mi hermana se está tomando su trabajo en serio.

HALLIE CALLOWAY

Voy a matarte.

DRAKE MURRAY

Eso estaba en el punto siete.

Solté una risa.

—Ahí está otra vez —dijo Ross.

Levanté la vista.

Los cuatro me estaban mirando.

—¿Qué?

—Esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pones cuando te escribe Hallie.

Guardé el teléfono en el bolsillo.

—No pongo ninguna cara.

Nadie dijo nada.

No hacía falta. Sus expresiones dejaban bastante claro que no me creían.

Negué con la cabeza y cogí mi copa.

Idiotas.

Hallie era Hallie.

Y yo estaba haciendo todo aquello para que Trevor empezara a mirarla de otra manera.

Nada más.