Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 8 #2
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—¿Qué tiene que ver tu hermana con todo esto?

—Te he conseguido una cita con ella.

Levanté la cabeza de golpe.

—¿Has hablado de mí con tu hermana?

—Sí.

—¿Sin preguntarme?

—Si te hubiera preguntado, habrías dicho que no.

—¡Exacto!

—Por eso no te pregunté.

Lo fulminé con la mirada antes de volver a la libreta y escribir debajo:

Drake Murray tiene problemas graves con el concepto de consentimiento.

—Retira eso inmediatamente.

—¿Estás leyendo mis apuntes?

—Has puesto mi nombre y «consentimiento» en la misma frase. Soy sexólogo, Calloway. Claro que lo he leído.

Sonreí y cerré un poco la libreta para que dejara de cotillear.

—¿Qué más?

—Coqueteo.

Lo apunté sin discutir. Después de la conversación que habíamos tenido en su despacho, ni siquiera iba a molestarme en defenderme otra vez.

—¿Algo más?

—Sí.

Esperé con el bolígrafo preparado, pero Drake no dijo nada.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

—Antes necesito hacerte algunas preguntas.

—¿Sobre qué?

—Sexualidad.

El bolígrafo se quedó suspendido sobre el papel.

—No.

—Ni siquiera he preguntado nada.

—No hace falta. Siguiente punto.

—No hay siguiente punto.

Cerré la libreta.

—Perfecto. Entonces hemos terminado.

—Hallie.

—Drake.

—Soy sexólogo.

—Soy consciente. Edito vídeos tuyos hablando de orgasmos tres veces por semana.

—Entonces no entiendo por qué te escandaliza que hablemos de sexo.

—Porque normalmente hablas del sexo de otras personas. Personas que no soy yo.

—Si voy a ayudarte con tu vida sentimental, necesito saber también cómo es tu vida sexual.

Solté una risa incrédula.

—No necesitas saber eso para conseguir que Trevor me invite a cenar.

—No estamos intentando conseguir únicamente que te invite a cenar.

Oh.

Aquello sonaba peligrosamente lógico.

Volví a abrir la libreta, aunque no escribí nada.

—Está bien. Pero hay preguntas que no voy a responder.

—Puedes no responder a cualquier cosa que te incomode.

Lo miré con cierta sorpresa.

—Eso ha sido inesperadamente razonable.

—Procura no acostumbrarte.

Apoyé el bolígrafo sobre la página.

—Dispara.

Las primeras preguntas fueron mucho menos terribles de lo que esperaba. Drake quiso saber si había tenido relaciones largas, si me había sentido cómoda sexualmente en ellas y si había sido capaz de hablar con mis parejas sobre lo que me gustaba.

Respondí con la menor cantidad posible de información.

Entonces llegó la pregunta.

—¿Sueles llegar al orgasmo?

Casi se me cayó el bolígrafo.

—¿Perdona?

Drake ni siquiera pestañeó.

—¿Tienes orgasmos cuando mantienes relaciones sexuales?

Lo miré fijamente.

No había ni rastro de burla en su expresión. Tampoco aquella sonrisa arrogante que aparecía cada vez que conseguía incomodarme.

Estaba hablando conmigo exactamente igual que hablaba en sus vídeos.

Como un profesional.

Por alguna razón, eso lo empeoraba.

—¿También tengo que apuntar mi propia humillación?

—No hay nada humillante en la pregunta.

—Eso es muy fácil de decir cuando no eres tú quien tiene que responderla.

Esperó.

Maldito fuera.

—No —murmuré.

—¿No sueles o nunca?

¿Por qué había aceptado aquello?

—Nunca.

—¿Sola sí?

El calor me subió directamente a la cara.

—Dios mío.

—Hallie.

—Sí.

—Bien.

Parpadeé.

—¿Bien?

—Sí. Eso significa que sabes qué te gusta y que tu cuerpo responde. El problema no está ahí.

Me quedé mirándolo.

No sabía exactamente qué reacción había esperado. Una broma, probablemente. O alguna expresión de sorpresa. Cualquier cosa que consiguiera que quisiera lanzarme por aquellos enormes ventanales.

Pero Drake simplemente estaba pensando.

—¿Has podido explicarles a tus parejas lo que necesitas?

—No voy por la vida dando instrucciones.

—Quizá deberías empezar.

—Gracias por el consejo.

—No era una broma.

Por supuesto que no.

Drake Murray podía convertir una conversación sobre mis orgasmos en algo tan clínico como una revisión dental.

Y no estaba segura de si aquello me tranquilizaba o me ponía todavía más nerviosa.

—¿Utilizas algún juguete?

Lo miré.

—No.

—¿Nunca?

—No.

Asintió una vez y entonces cogió mi libreta.

—¡Eh!

La apartó de mi alcance, escribió algo debajo de COQUETEO y me la devolvió.

Miré la página.

SEXUALIDAD.

—Ahora sí.

—¿Qué pretendes hacer exactamente con ese punto?

Drake se levantó del sofá con absoluta tranquilidad.

—Ya llegaremos a eso.

No me gustó nada cómo sonó aquello.

Volví a mirar la libreta.

CONFIANZA.

ROPA.

COQUETEO.

SEXUALIDAD.

Cuatro palabras que, juntas, conseguían que mi vida pareciera necesitar una reforma integral.

—Necesitamos un nombre.

Drake, que había empezado a caminar hacia la cocina, se detuvo.

—¿Para qué?

—Para esto.

Hice un gesto hacia la libreta.

—¿No basta con «conseguir que Trevor se fije en ti»?

—Eso no es un nombre. Es una descripción deprimente de mi situación sentimental.

Pensé durante unos segundos y escribí algo en la parte superior de la página, en letras grandes.

OPERACIÓN TREVOR

Drake se acercó lo suficiente para leerlo.

—¿Operación Trevor?

—Todo proyecto serio necesita un nombre.

—Esto no es un proyecto.

Levanté la vista hacia él.

—Hay objetivos, una estrategia, varias fases y, por algún motivo que todavía no comprendo, un sexólogo supervisándolo. Es un proyecto.

—Cuando lo dices así, empieza a preocuparme haber aceptado participar.

—Tú empezaste esto.

—Cierto.

Repasé la lista.

—Entonces tenemos confianza, ropa, coqueteo y... —hice una pausa ante la última palabra— esa cosa que has añadido sin mi consentimiento.

—Sexualidad.

Drake sonrió.

Añadí un quinto punto.

5. CONSEGUIR QUE TREVOR DEJE DE VERME COMO LA ASISTENTE DE DRAKE.

Y, DESPUÉS DE PENSARLO MEJOR:

6. NO MORIR DE VERGÜENZA DURANTE EL PROCESO.

Drake leyó por encima de mi hombro.

—El seis no puedo garantizártelo.

Giré la cabeza hacia él.

—Entonces falta uno.

Añadí:

7. NO ASESINAR A DRAKE.

—Ese tampoco depende de mí.

—Oh, créeme. Depende muchísimo de ti.

Contemplé el resultado.

OPERACIÓN TREVOR.

Hacía menos de veinticuatro horas, aquello me habría parecido completamente absurdo.

Ahora seguía pareciéndomelo.

La diferencia era que acababa de convertirlo en una lista.

Y las listas siempre hacían que las malas decisiones parecieran un poco más razonables.