Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 8
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Hallie

Pasé el vídeo hacia atrás por cuarta vez y Drake volvió a aparecer en primer plano en la pantalla de mi ordenador.

Pausa.

Otra vez.

Adelante.

Pausa.

Suspiré.

Había cosas que deberían considerarse un riesgo laboral y pasar veinte minutos seguidos mirando el rostro perfecto de Drake Murray era una de ellas.

No porque me afectara.

Por supuesto que no.

Pero resultaba difícil concentrarse en encontrar el segundo exacto en el que cortar un vídeo cuando el protagonista tenía una mandíbula que parecía diseñada específicamente para vender tratamientos de ortodoncia.

Moví el cursor un par de segundos.

En la pantalla, Drake estaba sentado frente al micrófono del último podcast al que lo habían invitado. Camisa negra, mangas remangadas hasta los antebrazos y esa expresión relajada que adoptaba siempre que alguien le ponía una cámara delante.

La misma que hacía que cientos de miles de mujeres vieran sus vídeos y que, a juzgar por los comentarios, no todas estuvieran allí precisamente por sus consejos.

Pulsé reproducir.

—El deseo no aparece por arte de magia dentro de una relación —decía Drake—.

Y tampoco desaparece necesariamente porque hayas dejado de querer a tu pareja.

Hay muchos factores que pueden afectar y el primer error suele ser convertirlo en un problema del otro antes de intentar entender qué está ocurriendo.

Corté el fragmento, añadí los subtítulos y lo reproduje desde el principio.

Cuarenta y siete segundos.

Lo bastante corto para TikTok. Lo bastante interesante para que alguien se quedara escuchando. Y, teniendo en cuenta que Drake aparecía en pantalla, probablemente lo bastante largo para que unas cuantas miles de personas decidieran que necesitaban urgentemente un sexólogo.

Preparé el texto de la publicación, añadí las etiquetas correspondientes y pulsé publicar.

El vídeo empezó a acumular visualizaciones casi de inmediato.

No me sorprendió.

Drake llevaba años compaginando la consulta con la divulgación y, en algún momento que todavía no terminaba de comprender, internet había decidido convertirlo en una especie de sexólogo estrella.

Abrí las notificaciones de la cuenta para responder algunos comentarios.

El primero era una pregunta sobre pérdida de deseo después de tener hijos.

Contesté con el enlace al artículo de la web donde Drake hablaba precisamente de aquello.

El segundo preguntaba cómo solicitar una consulta.

Respondí con el teléfono y el enlace de reservas.

El tercero decía:

Doctor Murray, creo que necesito una consulta privada. Muy privada.

Lo ignoré.

El siguiente:

¿Está soltero? Es para una amiga.

También lo ignoré.

Y el siguiente:

No he escuchado absolutamente nada de lo que ha dicho.

Apoyé la espalda en la silla.

—Fantástico.

—¿Qué?

Levanté la cabeza.

Drake estaba de pie en la puerta de su despacho.

Miré de nuevo la pantalla.

—Tu contribución a la educación sexual de este país está siendo un éxito.

—Nunca he dudado de ello.

—Una mujer acaba de decir que no ha escuchado una sola palabra porque estaba mirando tu boca.

Drake sonrió.

—También es una forma de captar audiencia.

—Eres sexólogo. Se supone que deberías aspirar a algo más.

—¿A qué?

—A que la gente escuche tus consejos en lugar de fantasear contigo.

Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

—Pueden hacer las dos cosas, Calloway.

Puse los ojos en blanco.

Por supuesto que podía decir algo así sin que se le moviera un solo músculo de la cara.

—¿Has terminado? —preguntó.

Miré la hora en una esquina de la pantalla.

Faltaban cinco minutos para que acabara oficialmente mi jornada.

—Casi.

—Bien. Nos vamos en cinco minutos.

Dejé de mover el ratón.

Ah.

Aquello.

Había conseguido pasar todo el día fingiendo que no estaba a punto de ir a casa de mi jefe para que me enseñara a seducir a su mejor amigo.

—¿Tiene que ser hoy?

Drake arqueó una ceja.

—Fuiste tú quien aceptó.

—Sí, pero estaba atravesando un momento de vulnerabilidad emocional.

—Hace menos de veinticuatro horas.

—Me he recuperado sorprendentemente rápido.

—Cinco minutos, Calloway.

Cerré el programa de edición, guardé las últimas modificaciones y apagué el ordenador.

Después abrí el cajón de mi escritorio y saqué la pequeña libreta que había comprado aquella mañana.

Si Drake Murray iba a convertir mi vida sentimental en un proyecto, al menos uno de los dos pensaba tomárselo en serio.

***

El loft de Drake Murray era espectacular.

También lo había visto suficientes veces como para haber dejado de impresionarme.

Más o menos.

Había estado allí en varias ocasiones durante los últimos años, casi siempre por culpa de alguna emergencia laboral provocada por su incapacidad para recordar que los documentos importantes debían salir de casa con él y no quedarse encima de la mesa del comedor.

Una vez incluso había tenido que pasar a recogerle una chaqueta antes de un evento porque, al parecer, ser un hombre adulto, dirigir una empresa y acordarse de llevar toda la ropa necesaria para una cena eran habilidades incompatibles.

Pero aquello era diferente.

Esta vez no había ido a buscar nada.

Había ido para quedarme.

Drake dejó las llaves sobre una pequeña bandeja junto a la entrada y se quitó la chaqueta mientras yo avanzaba hacia el salón.

El espacio ocupaba buena parte de la planta, con techos altos, enormes ventanales y unas vistas de Manhattan que seguramente justificaban por sí solas una parte obscena de lo que Drake pagaba por vivir allí.

La decoración era moderna, elegante y bastante sobria.

Madera oscura, tonos neutros, un sofá enorme frente a los ventanales y exactamente cero objetos cuya única función pareciera ser acumular polvo.

Muy Drake.

Me senté en uno de los extremos del sofá y saqué la libreta del bolso.

Drake, que acababa de aparecer desde la cocina con dos botellas de agua, se detuvo al verme.

Sus ojos bajaron hasta mis manos.

—¿Qué es eso?

Miré la libreta.

Después a él.

—Una libreta.

—Sé reconocer una libreta, Calloway.

—Entonces no entiendo la pregunta.

Me tendió una de las botellas.

—¿Para qué la necesitas?

La dejé sobre la mesa y abrí la libreta por la primera página.

—Para tomar apuntes.

—¿Apuntes?

—Sí.

—¿De mí?

—Supuestamente eres el experto.

Drake se quedó mirándome unos segundos.

—Empiezo a arrepentirme de haberte propuesto esto.

—Qué casualidad. Yo empecé a arrepentirme aproximadamente medio segundo después de aceptar.

Se sentó en el otro extremo del sofá.

—Todavía no hemos empezado.

—Precisamente por eso he traído la libreta. Quiero dejar constancia escrita de todo por si después necesito presentar pruebas.

—¿Pruebas de qué?

—Todavía no lo sé. Dame tiempo.

Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Bien. Abre tu libreta.

Ya estaba abierta.

Coloqué el bolígrafo sobre la página.

—Preparada.

Drake apoyó un brazo en el respaldo del sofá y me observó.

—¿Cuánto hace que no tienes una cita?

El bolígrafo dejó de moverse entre mis dedos. Lo miré.

—¿Esa es tu primera pregunta?

—Sí.

—Pensaba que empezaríamos por algo sencillo.

—Hallie… No te he preguntado el número de tu tarjeta de crédito.

—Casi lo preferiría.

—¿Cuánto hace?

Bajé la mirada hacia la libreta y dibujé una pequeña línea en el margen.

—No sé. Un tiempo.

—¿Cuánto es «un tiempo»?

—¿No se supone que esto va de Trevor?

—Necesito saber desde dónde partimos.

Seguí repasando la misma línea con el bolígrafo hasta convertirla en una mancha azul.

—Dos años.

Drake tardó un segundo en responder.

—¿Dos años desde tu última cita?

—Sí.

—¿Y cómo fue?

Alcé la cabeza.

—¿También necesitas una reseña?

—Necesito saber si hubo una segunda.

—No.

—¿Qué pasó?

Solté el bolígrafo sobre la libreta.

—Se pasó media cena hablando de su exnovia y, cuando por fin dejó de hacerlo, me preguntó si quería ir a su apartamento.

Drake frunció ligeramente el ceño.

—Espero que le dijeras que no.

—Por supuesto que le dije que no.

—Bien.

—¿Ves? Sé tomar buenas decisiones sentimentales.

—Llevas cinco años esperando a que Trevor te invite a salir.

Entrecerré los ojos.

—No hacía falta ponerse desagradable.

—Solo señalo los hechos.

La cosa no mejoró a partir de ahí.

Drake quiso saber cuándo había sido mi última relación seria, si había utilizado alguna vez una aplicación de citas, si solía salir con mis amigas, si había conocido a algún hombre que me interesara durante los últimos años y qué hacía exactamente cuando alguien intentaba ligar conmigo.

Mis respuestas fueron, por orden: hacía demasiado tiempo, una vez y durante menos de veinticuatro horas, no demasiado, no y, aparentemente, huir.

Para cuando terminó, había dejado de tomar apuntes.

—Vale —dijo finalmente.

No me gustó aquel «vale».

—¿Qué?

Drake se acomodó contra el respaldo.

—Tu problema no es Trevor.

—Claro que es Trevor. Llevamos casi una hora hablando de cómo conseguir que se fije en mí.

—No. Llevamos veinte minutos descubriendo que llevas años haciendo todo lo posible para que nadie se fije en ti.

Fruncí el ceño.

—Eso no es verdad.

—Trabajas, vuelves a casa y repites. No tienes citas. No utilizas aplicaciones. Cuando alguien intenta acercarse a ti, buscas una razón para descartarlo. Y llevas cinco años enamorada del único hombre con el que puedes fantasear sin arriesgarte realmente a nada.

Aquello me hizo incorporarme.

—¿Me has estado psicoanalizando?

Drake arqueó una ceja.

—Soy sexólogo, Hallie, no psicoanalista.

—Pues te estás tomando demasiadas libertades con mi cabeza.

—Me has pedido que te ayude.

—A seducir a Trevor. No a descubrir todos mis traumas en una tarde.

—No necesito descubrir tus traumas para darme cuenta de que te escondes.

Apreté los labios.

—No me escondo.

—Entonces demuéstramelo.

Aquello me hizo callar. Drake señaló la libreta con la barbilla.

—Escribe «confianza».

—¿Por qué?

—Porque es lo primero que vamos a trabajar.

—¿Y cómo se supone que vamos a trabajarlo?

—Para empezar, haciendo que dejes de intentar pasar desapercibida. Lo que nos lleva al punto dos. Tu ropa. Apúntalo también.

Escribí ROPA debajo de CONFIANZA.

—¿Algo más?

—Sí. Ya he hablado con mi hermana.

El bolígrafo se detuvo.