Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 7
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Hallie

La sala de visitas de prisión siempre olía igual. A café malo, desinfectante y algo que nunca había conseguido identificar pero que, después de tantos años, mi cerebro ya relacionaba automáticamente con aquel lugar.

Me senté en una de las mesas y dejé el bolso junto a mis pies.

Había aprendido a no mirar demasiado alrededor.

Al principio lo hacía.

Observaba a las familias, a las mujeres que llegaban con niños pequeños, a los hombres que esperaban nerviosos al otro lado de las mesas. Intentaba imaginar qué había hecho cada persona para acabar allí.

Dejé de hacerlo cuando comprendí que probablemente ellos hacían exactamente lo mismo conmigo. Así que ahora simplemente esperaba.

Miré la hora. Faltaban dos minutos. Mi móvil estaba guardado en una taquilla de la entrada, pero aun así tuve el impulso absurdo de buscarlo dentro del bolso. Ni siquiera llevaba diez minutos sin él y ya echaba de menos a Mia. Eso era preocupante.

Aunque más preocupante era que todavía no hubiera conseguido decidir qué hacer con la propuesta de Drake.

Me había acostado la noche anterior pensando en Trevor, en aquella pareja con el niño que había visto en el supermercado y en ese futuro que, durante un instante, había podido imaginar como mío.

Una pareja. Una familia. Una vida normal.

Algo que llevaba años deseando y que, hasta ahora, siempre me había parecido demasiado lejano.

Había estado a punto de escribirle a Drake, pero no lo había hecho.

Necesito pensarlo. Eso le había dicho a Mía. Y, después de pasar buena parte de la noche haciendo precisamente eso, seguía exactamente en el mismo punto.

Se abrió una puerta al fondo y levanté la cabeza.

Mi padre apareció acompañado de un funcionario.

Y, como siempre, durante un segundo mi cerebro hizo esa cosa horrible en la que intentaba superponer al hombre que caminaba hacia mí con el que recordaba de antes. Nunca funcionaba.

Mi padre había envejecido muchísimo en los últimos años.

Tenía más canas. Más arrugas alrededor de los ojos. Estaba más delgado. Pero seguía sonriendo exactamente igual cuando me veía.

Me levanté.

—Hola, papá.

—Hola, cariño.

Nos permitieron un abrazo breve. Me rodeó con los brazos y cerré los ojos durante un segundo. Olía a jabón. Ya nunca olía a su colonia, esa que siempre había usado y que, cuando era pequeña, me permitía saber que había llegado a casa incluso antes de verlo.

A veces me preguntaba si todavía sería capaz de reconocerla si volviera a olerla.

Ya casi no recordaba aquel olor.

Nos separamos y nos sentamos frente a frente. Mi padre me observó unos segundos.

—Estás muy guapa.

—Eso dices siempre.

—Porque siempre lo estás.

—También dices eso siempre.

Sonrió.

—Soy un hombre de costumbres.

—Eso parece.

Durante los primeros minutos hablamos de cosas fáciles.

Del tiempo, del libro que estaba leyendo y de que habían cambiado una de las máquinas de café para conseguir, según él, el extraordinario logro de que el nuevo fuera todavía peor que el anterior.

También me contó que uno de los hombres con los que compartía módulo había empezado a enseñarle a jugar al ajedrez, y yo le confesé que seguía siendo incapaz de mantener viva una planta durante más de tres meses.

Cosas normales. Ridículamente normales.

Era lo que hacíamos siempre: durante un rato, hablábamos como si estuviéramos sentados en cualquier otro sitio y aquella sala, los funcionarios y las puertas cerradas no existieran.

Hasta que mi padre apoyó los antebrazos sobre la mesa y me miró con demasiada atención.

—Tienes cara de cansada.

—Gracias. Hace un momento estaba muy guapa.

—Una cosa no quita la otra.

—Pues qué alivio.

Sonrió.

—¿Sigues saliendo de la oficina a las tantas?

—No salgo a las tantas.

—La última vez que viniste me dijiste que habías cenado delante del ordenador tres noches esa semana.

—Eso fue una semana complicada.

—Siempre es una semana complicada.

Hice una mueca porque, desgraciadamente, tenía razón.

—Tengo mucho trabajo.

—Eso ya lo sé. Lo que no sé es qué haces cuando no estás trabajando.

—Cosas.

—¿Cosas?

—Sí. La gente tiene aficiones, papá.

—Y me encantaría descubrir cuáles son las tuyas.

Abrí la boca para responder y me quedé en blanco.

Genial.

—Leo.

—¿Alguna actividad un poco más activa que leer?

—Veo series. —Mi padre me miró en silencio—. ¿Qué? Hay algunas muy intensas.

—¿Es que nunca sales por ahí? Las chicas de tu edad lo hacen constantemente. Uno de mis compañeros de módulo se pasa el día quejándose porque su hija sale todos los fines de semana y su mujer le cuenta que llega a casa a las tantas.

—Quizá su hija tenga vida social.

Mi padre dejó de sonreír.

—¿Eso significa que tú no la tienes?

—Yo no he dicho eso.

—Lo has insinuado, hija, y me preocupa. Desde que pasó lo mío dejaste de ver a tus amigas, te aislaste...

Una risa algo irónica escapó de mis labios.

—Eso pasa cuando eres la hija de un asesino.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

En cuanto vi cambiar la expresión de mi padre, me arrepentí.

—Perdona. No quería...

—No, hija. —Negó despacio con la cabeza—. Tienes razón.

—Papá...

—La tienes. Y sé que no fue solo perder a tus amigas.

La gente empezó a mirarte de otra manera, a hablar de ti como si hubieras estado conmigo dentro de aquel coche.

Tuviste que cargar con las consecuencias de algo que hice yo.

—Hizo una pausa—. Pero ya han pasado casi diez años, Hallie.

Yo estoy aquí cumpliendo mi condena y jamás voy a olvidar por qué.

Lo que hice me acompañará el resto de mi vida.

Bajé la mirada.

—Últimamente hablo mucho con el padre Michael. Dice que hay una diferencia entre asumir lo que has hecho y decidir que ya no mereces volver a vivir.

—Suena a algo que diría un cura.

Mi padre sonrió.

—Créeme, dice muchas cosas que suenan a cura. Pero en esa tiene razón. Cuando salga de aquí quiero hacer las cosas bien. No volver a beber, encontrar un trabajo, llevar una vida tranquila... Intentar ser un hombre mejor que el que tomó aquella decisión.

—Siempre has sido un buen hombre.

—Un buen hombre que hizo algo terrible —me corrigió con suavidad—. Y tengo que vivir sabiendo eso. Pero tú no. Tú no hiciste nada, Hallie. Y lo que más me duele de todos estos años es pensar que, mientras yo cumplía mi condena aquí dentro, tú estabas cumpliendo otra ahí fuera.

Tragué saliva, incapaz de encontrar una respuesta.

—Tienes veintisiete años, Hallie. Eres maravillosa y te mereces tener una vida. Una que no tenga nada que ver conmigo ni con lo que hice. —Esperó hasta que volví a mirarlo—. Así que vive. Sal, conoce gente, haz cosas que te den miedo. Enamórate. Equivócate. Pero vive.

Algo se me encogió en el pecho.

Vive.

Por alguna razón, volví a pensar en la noche anterior. En aquella pareja del supermercado, en el niño de los cereales de dinosaurio y en la imagen absurda que durante unos segundos había construido en mi cabeza.

Una familia.

Quizá mi padre tuviera razón.

Quizá ya era hora de dejar de conformarme con imaginar la vida que quería y empezar a hacer algo para conseguirla.

—Lo intentaré —murmuré.

Mi padre sonrió.

—Con eso me conformo.

***

Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue quitarme los zapatos y lo segundo, ir directa al baño.

Las visitas a mi padre siempre me dejaban una sensación extraña.

No era exactamente tristeza. Tampoco culpa. Después de tantos años, debería haber encontrado una palabra para definirla, pero seguía sin tenerla. Era más bien una especie de peso que se instalaba en algún punto entre el pecho y el estómago y tardaba unas horas en desaparecer.

Me recogí el pelo y empecé a desmaquillarme frente al espejo. Encendí a Mía.

—Mía.

—Aquí estoy.

Pasé un algodón por uno de mis ojos.

—Ya he vuelto.

—¿Cómo ha ido la visita?

—Bien.

La respuesta de siempre.

Bien.

Mi padre estaba bien. Yo estaba bien. Todo estaba bien.

Dejé el algodón usado sobre el lavabo y cogí otro.

—Aunque hoy me ha dado una charla.

—¿Sobre qué?

Me miré en el espejo.

—Sobre vivir.

—Es un tema bastante amplio.

Solté una risa.

—Básicamente cree que no tengo vida.

—Bueno, no debe de equivocarse demasiado teniendo en cuenta que me consultas prácticamente todas tus decisiones y no soy humana.

Dejé de pasarme el algodón por la cara.

—Eso ha sido innecesariamente cruel.

—Solo era una observación.

—Pues obsérvame con menos intensidad.

—Lo intentaré.

—Gracias.

Seguí desmaquillándome.

Vive.

La palabra llevaba acompañándome desde que había salido de allí.

Sal. Conoce gente. Haz cosas que te den miedo. Enamórate. Equivócate.

Mi padre no sabía nada de Trevor. Ni de los cinco años que llevaba esperando. Mucho menos de la propuesta absurda de Drake.

De pronto, una determinación nueva se abrió paso entre todas las dudas que llevaba arrastrando desde la noche anterior.

Llevaba cinco años esperando que algo ocurriera por sí solo. Cinco años imaginando una vida que quería sin atreverme a hacer demasiado por conseguirla.

Quizá vivir fuera precisamente eso.

Hacer algo aunque pudiera salir mal.

Me quedé mirando mi reflejo durante unos segundos.

—Mía.

—¿Sí?

—Voy a hacerlo.

—Creo que necesito algo más de contexto.

—Voy a aceptar la propuesta de Drake. Mi padre tiene razón. Necesito empezar a vivir y... supongo que eso implica arriesgarme de vez en cuando.

—¿Incluso si el riesgo se llama Drake Murray?

Hice una mueca.

—Especialmente si el riesgo se llama Drake Murray.

Abrí la conversación con Drake antes de que pudiera echarme atrás.

HALLIE

Acepto.

Pulsé enviar.

El arrepentimiento llegó aproximadamente medio segundo después.

—Oh, Dios mío.

—¿Qué ocurre?

—Le he enviado un mensaje a Drake.

El móvil vibró.

Miré la pantalla.

DRAKE

Lo sabía.

Fruncí el ceño.

HALLIE

¿Cómo que lo sabías?

Los tres puntos aparecieron casi inmediatamente.

DRAKE

Sabía que entrarías en razón.

Cabrón arrogante.

HALLIE

Todavía puedo cambiar de opinión.

DRAKE

Demasiado tarde, Calloway. Empezamos mañana.

Me quedé mirando la pantalla.

—Lo odio. Odio a Drake Murray.

Hubo un segundo de silencio.

—Hablas mucho de Drake.

Cerré los ojos.

—No.

—Solo era una observación.

—Mía, apágate.

—Buenas noches, Hallie.