Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 6
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Hallie

Necesitaba leche.

También huevos, café, papel higiénico y probablemente algo que pudiera considerarse una cena decente, teniendo en cuenta que durante los últimos tres días había sobrevivido a base de ensaladas preparadas, tostadas y una cantidad de cereales que no estaba dispuesta a reconocer en voz alta.

Así que el sábado por la mañana estaba empujando un carrito por el supermercado mientras intentaba decidir si realmente existía alguna diferencia entre dos marcas de detergente aparte de los tres dólares que separaban sus precios.

Cogí la más barata.

Podía permitirme comprar la otra. Hacía años que podía hacerlo. Tenía un buen sueldo, algunos ahorros y ya no necesitaba calcular mentalmente cuánto llevaba gastado cada vez que metía algo en el carrito.

Aun así, seguía comparando precios.

Seguía buscando las ofertas.

Y seguía sintiendo una pequeña satisfacción cada vez que descubría que podía ahorrarme cincuenta centavos comprando exactamente lo mismo en un envase menos bonito.

Estaba comprobando el precio de dos paquetes de pasta cuando un niño pasó corriendo a mi lado.

—¡Ethan! ¡No corras!

El pequeño frenó en seco unos metros más adelante y se volvió hacia la mujer que empujaba un carrito cargado hasta arriba.

—¡Pero quiero los dinosaurios!

—Los cereales con dinosaurios —aclaró el hombre que caminaba junto a ella.

—¡Eso!

El padre soltó una carcajada y fue tras él mientras la mujer negaba con la cabeza, sonriendo.

No tendría más de treinta y tantos. Él llevaba al niño sobre los hombros cuando regresaron y los tres empezaron a discutir sobre si unos cereales podían considerarse mejores únicamente porque tuvieran formas de tiranosaurio.

Me descubrí mirándolos. No había nada excepcional en ellos, pero, de alguna forma, sentí una punzada.

Últimamente me ocurría muy a menudo. Lo de sentir esa punzada. Porque… yo quería aquello.

No los cereales con dinosaurios, aunque no tenía nada contra ellos.

Yo quería un carrito lleno de cosas para más de una persona. Discutir con alguien sobre qué comprar para cenar. Un niño intentando colar chocolate cuando pensara que no estábamos mirando. Que alguien supiera qué yogures me gustaban sin tener que preguntármelo.

Una familia.

Mi propia familia.

Aparté la vista.

Y, como una absoluta idiota, pensé en Trevor.

En Trevor empujando el carrito.

En Trevor cargando a nuestro hijo sobre los hombros.

En Trevor riéndose mientras yo intentaba convencer a una criatura de cuatro años de que las galletas no constituían un grupo alimenticio.

Dios.

Tenía un problema.

Uno bastante grave.

Metí uno de los paquetes de pasta en el carrito y seguí caminando.

Tardé varios metros en darme cuenta de que había cogido el más caro.

Ni siquiera volví atrás para cambiarlo.

***

Una vez en casa guardé la compra, me serví un bol de helado y me senté en el sofá, dispuesta a disfrutar de uno de esos pequeños placeres de la vida adulta: no tener absolutamente nada que hacer durante las próximas dos horas.

Y, como era costumbre, cogí el móvil y activé a Mía con la función de voz.

—Mía.

—Aquí estoy.

—Drake quiere ayudarme a conquistar a Trevor.

Hubo una pequeña pausa.

—Eso parece complicado.

—Gracias. Me alegra que estemos de acuerdo.

Me metí una cucharada de helado en la boca.

—Dice que necesito ganar confianza, aprender a coquetear y cambiar mi ropa.

—¿Estás de acuerdo con él?

—Por supuesto que no. —Cogí otra cucharada—. Bueno... quizá con lo del coqueteo. —Hundí la cuchara de nuevo en el helado—. Y puede que con la confianza.

Miré hacia abajo, hacia la camiseta vieja y los pantalones cómodos que me había puesto al llegar a casa.

—Y no pienso darle la razón con lo de la ropa. Tengo que conservar algo de dignidad.

—Parece que has pensado mucho en su propuesta.

Dejé escapar un suspiro y apoyé la cabeza en el respaldo.

—Demasiado. Ese es el problema. Cada vez que intento convencerme de que es una idea horrible, aparece una vocecita en mi cabeza recordándome que quizá podría funcionar.

—¿Quieres que funcione?

—Claro que quiero que funcione. Estamos hablando de Trevor.

Me llevé otra cucharada de helado a la boca.

—Lo que no sé es si quiero que Drake Murray se convierta en mi entrenador sentimental. Es mi jefe. Es entrometido, mandón, arrogante y tiene la irritante costumbre de creer que sabe lo que necesito mejor que yo.

—Pero estás considerando aceptar.

—Sí.

Miré el helado como si pudiera encontrar una explicación razonable entre los trocitos de chocolate.

—Pero estamos hablando de Drake. Lo conozco. Seguro que en cuanto acepte se vuelve insoportable y empieza a decirme lo que tengo que hacer, cómo tengo que hablar, cómo tengo que vestirme... Es un controlador. Siempre lo ha sido. Y arrogante. ¿He dicho ya arrogante? Porque eso es importante.

—Hablas mucho de Drake.

Dejé de remover el helado.

—¿Qué?

—Hablas mucho de él.

—Porque estamos hablando de su propuesta.

—Entiendo.

Entrecerré los ojos hacia el móvil.

—¿Qué significa ese «entiendo»?

—Que estamos hablando de su propuesta.

—Mía.

—Hallie.

Oh, no.

—No estarás insinuando lo que creo que estás insinuando.

—No he insinuado nada.

—Perfecto. Porque Drake no me gusta.

—No he dicho que te guste.

—Bien.

—Solo he dicho que hablas mucho de él.

—Porque es mi jefe. Paso ocho horas al día soportándolo. Es normal que tenga muchas cosas que decir sobre él.

—Entiendo.

Ese maldito «entiendo» otra vez.

—Y estoy enamorada de Trevor.

—Lo sé.

—Desde hace cinco años.

—También lo sé.

—Perfecto. Me alegra que haya quedado claro.

Me metí una cucharada de helado en la boca con bastante más ímpetu del necesario.

Estaba discutiendo con una inteligencia artificial sobre si me gustaba mi jefe.

Mi vida había alcanzado nuevas cotas de estupidez.

—Volvamos al tema importante —dije cuando tragué—. ¿Crees que debería aceptar?

—¿Quieres aceptar?

—Si supiera la respuesta, no te estaría preguntando.

—Entonces puedo hacerte otra pregunta.

—Adelante.

—¿Qué crees que ocurrirá si dices que no?

Me quedé con la cuchara suspendida sobre el bol.

—Nada.

La respuesta salió sola.

Nada.

El lunes volvería a la oficina. Trevor me daría los buenos días, yo intentaría que no se me notara demasiado que llevaba cinco años enamorada de él y todo seguiría exactamente igual.

Como hasta ahora.

—Cinco años es mucho tiempo —dijo Mía.

—Sí.

Bajé la mirada hacia el helado medio derretido, y recordé a aquella pareja del supermercado. No había podido dejar de pensar en ella porque yo quería eso.

Quería una pareja. Quería hijos. Quería un carrito lleno de comida para tres o cuatro, discutir sobre qué cenar y perseguir a un niño por el pasillo de un supermercado. Quería construir una vida con alguien.

Y cuando había intentado imaginar quién estaba a mi lado en esa vida, había visto a Trevor.

Cinco años.

Cinco años esperando a que algo cambiara sin hacer absolutamente nada para cambiarlo.

Miré el móvil.

Lo único que tenía que hacer era abrir la aplicación de mensajería, buscar su nombre y escribir una palabra: acepto.

Pero… no lo hice.

—No puedo.

—¿Qué te lo impide?

Buena pregunta.

No era Drake. Ni siquiera era Trevor.

Era ese vértigo absurdo que me entraba cada vez que estaba a punto de hacer algo capaz de cambiar las cosas.

Dejé el móvil sobre la mesa.

—Necesito pensarlo.

Aunque después de cinco años esperando a Trevor, quizá pensar no fuera precisamente lo que necesitaba.