Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 5
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Hallie

Me quedé mirándolo en estado de shock y esperé.

Uno. Dos. Tres segundos.

Pero no ocurrió nada.

—¿Eso es todo?

Frunció el ceño.

—¿Qué más esperabas?

—No sé. Que te rieras. Que apareciera alguien con una cámara. Que me dijeras que acabas de sufrir algún tipo de episodio neurológico que explique lo que has dicho.

—Estoy perfectamente.

—Eso es discutible.

Drake rodeó el escritorio y se sentó en su silla con la calma de un hombre que no acababa de proponerme intervenir activamente en mi vida sentimental.

Yo seguía de pie.

—Voy a ayudarte a conseguir a Trevor —repitió.

—Te he oído la primera vez.

—¿Y por qué no pareces contenta con mi propuesta?

—No sé, quizá porque eres mi jefe, Trevor es tu socio y el hecho de que intervengas en mi vida sentimental me parece bastante inapropiado.

—No voy a intervenir.

—Acabas de ofrecerte a ayudarme a conseguir novio.

—A conseguir a Trevor —puntualizó.

—Oh, perdona. Eso lo hace muchísimo menos raro.

Drake me observó en silencio durante unos segundos.

—¿Cuánto tiempo llevas enamorada de Trevor?

—Yo no estoy enamorada de Trevor.

—Oh, por favor... Para que esto funcione es necesario que seamos sinceros el uno con el otro. Sé que te gusta Trevor y tú sabes que yo sé que te gusta. Ahorrémonos la parte en la que finges que no.

Me crucé de brazos.

—No quiero responder a tu pregunta.

—Está bien. Lo haré yo por ti. Cinco años.

Apreté los labios.

—No quiero seguir hablando de esto.

Hice ademán de levantarme.

—De acuerdo. Tú decides. Puedes levantarte, salir por esa puerta y olvidar para siempre mi propuesta, o puedes quedarte y escuchar lo que tengo que decir.

—Drake se recostó tranquilamente en su silla— .

Yo, si fuera tú, me quedaría. Porque después de cinco años suspirando por Trevor desde lejos, está bastante claro que esperar a que ocurra algo por sí solo no te está dando grandes resultados.

Lo fulminé con la mirada.

—No suspiro por él.

—Calloway, prácticamente puedo saber cuándo Trevor entra en la oficina por la cara que pones.

Puse los ojos en blanco.

—Está bien. Supongo que puedo escucharte, aunque ya te avanzo que mi respuesta a todo va a ser no.

—Eso ya lo veremos.

Me acomodé en la silla y crucé los brazos.

—Adelante. Sorpréndeme.

Esperaba alguna de sus habituales sonrisas arrogantes, pero no llegó.

—Hablo en serio, Hallie. Quiero ayudarte a conquistar a Trevor.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Qué ganas tú con todo esto? Te conozco desde hace cinco años. No haces nada porque sí. Siempre tienes un motivo.

—Cierto, tengo un motivo. Ya sabes lo mal que lo está pasando con Kelly. Han pasado seis meses y sigue sin levantar cabeza. Necesita pasar página, conocer a alguien, darse cuenta de que su vida no terminó con esa relación. Y tú eres la candidata perfecta.

Lo miré con incredulidad.

—¿La candidata perfecta?

—Te conozco, Calloway. Sé que eres buena persona, sé que te importa de verdad y sé que no vas a hacerle daño. Además, estás loca por él, así que nos ahorramos la parte de buscar a alguien. Todos salimos ganando.

Lo miré con el ceño fruncido. Aquello iba en serio, y era algo que jamás habría imaginado: Drake Murray proponiéndose ayudarme a conquistar al hombre de mis sueños.

Sin embargo, había algo en todo aquello que no acababa de gustarme.

—¿Quieres que me aproveche de que está vulnerable para conquistarlo?

La expresión de Drake cambió de inmediato.

—No. Quiero que consigas que se fije en ti. Lo que ocurra después dependerá de él.

—No veo mucha diferencia.

—La hay. No vamos a manipularlo, Calloway. Solo vamos a darle la oportunidad de ver lo que lleva cinco años teniendo delante de las narices.

Lo observé con desconfianza.

—¿Y cómo se supone que vamos a conseguir eso?

—Para empezar, tienes que dejar de comportarte como si fueras a sufrir un infarto cada vez que Trevor te presta un poco de atención.

—No me comporto así.

—Hace veinte minutos te ha tocado el hombro y te has quedado inmóvil durante unos diez segundos.

Abrí la boca para protestar, pero no encontré ningún argumento convincente.

—Fue inesperado.

—Necesitas ganar confianza con él. Dejar de pensar tanto en lo que dices, en cómo te mueves o en si estás haciendo el ridículo.

—Es muy fácil decirlo.

—También es fácil hacerlo. Conmigo lo haces constantemente.

Fruncí el ceño.

—Tú no me gustas.

—Por eso mismo.

Oh.

Drake se inclinó un poco hacia delante.

—Conmigo dices lo que piensas, me llevas la contraria y no te preocupa quedar mal.

Con Trevor estás tan pendiente de gustarle que dejas de comportarte como tú misma.

Así que lo primero será conseguir que dejes de ponerte nerviosa cuando lo tienes delante.

Y después podremos hacer algo con tu desastroso coqueteo.

—Mi coqueteo no es desastroso.

Drake no dijo nada y ni siquiera hizo falta. La forma en que me miró fue suficientemente ofensiva.

—Sé coquetear —repetí.

—Calloway, llevas cinco años intentando seducir al mismo hombre y él sigue tratándote como si fueras su hermana pequeña.

Eso dolió.

—Gracias.

—No he dicho que no puedas gustarle. He dicho que eres pésima consiguiendo que se dé cuenta de que te gusta.

Me crucé de brazos.

Por desgracia, no podía discutir demasiado aquello teniendo en cuenta los resultados obtenidos hasta el momento.

Drake continuó:

—Y hay otra cosa.

No me gustó nada el modo en que me miró de arriba abajo.

—¿Qué?

—Tu ropa.

Bajé la vista hacia mi blusa y después volví a mirarlo.

—¿Qué le pasa a mi ropa?

—Nada. Si tienes cincuenta y siete años y trabajas en una gestoría.

Abrí la boca.

—¡Tengo veintisiete!

—Entonces deberías dejar de vestirte como si quisieras aparentar treinta años más.

Lo fulminé con la mirada y me miré de nuevo. Llevaba unos pantalones negros, una blusa azul marino y unos zapatos planos. No era precisamente el conjunto más emocionante del mundo, pero tampoco entendía qué esperaba que llevara para trabajar.

—Es ropa de oficina.

—Es ropa para pasar desapercibida.

Eso me hizo levantar la cabeza.

—No intento pasar desapercibida.

Drake arqueó una ceja.

—Calloway, llevas cinco años comprando distintas versiones del mismo conjunto.

—Porque me gusta.

—Porque es cómodo y no tienes que pensar demasiado en ello.

Odiaba que me conociera tanto.

—¿Y qué propones? ¿Que venga mañana con un escote hasta el ombligo?

—No. —Su mirada volvió a recorrerme, esta vez con gesto pensativo—. De hecho, no tengo ni puta idea de qué propondría.

Se me escapó una risa.

—Fantástico. Me alegra saber que el experto tiene un plan.

—Yo soy experto en sexo, no en moda. Pero conozco a alguien que sí puede ayudarte con eso.

Abrí la boca para responder, pero Drake levantó una mano.

—No tienes que decidir nada ahora.

Eso consiguió sorprenderme casi tanto como su propuesta.

—¿No?

—No. Piénsatelo.

—Pensaba que ibas a intentar convencerme hasta que dijera que sí.

—Ya te he dado motivos suficientes. —Se recostó en la silla con esa seguridad irritante que parecía venirle de serie—. Ahora depende de ti decidir si quieres seguir haciendo lo mismo que llevas cinco años haciendo o probar algo diferente.

Apreté los labios.

Odiaba que lo planteara de aquella manera.

Sobre todo porque una parte de mí empezaba a preguntarse qué podía perder.

—Mi respuesta sigue siendo no.

—Entonces no tienes nada que pensar.

—Exacto.

—Perfecto.

Entrecerré los ojos.

—¿Por qué tengo la sensación de que estás convencido de que voy a cambiar de opinión?

La comisura de su boca se elevó.

—Porque te conozco, Calloway.

Me levanté antes de que pudiera decir nada más y caminé hacia la puerta.

—No te hagas ilusiones.

—No suelo hacerlo.

Puse la mano en el pomo.

—Y deja de mirar mi ropa.

—Será difícil olvidarla.

Me giré para dedicarle una última mirada asesina, pero Drake ya estaba concentrado en la pantalla de su ordenador como si nuestra conversación hubiera terminado hacía diez minutos.

Idiota.

Salí de su despacho y regresé a mi mesa.

No iba a aceptar.

Por supuesto que no.

Era una idea absurda. Inapropiada. Humillante. Y permitir que Drake Murray se metiera en mi vida sentimental tenía todas las papeletas para convertirse en una de las peores decisiones de mi vida.

Abrí el correo y traté de concentrarme en el trabajo.

Duré menos de un minuto.

Porque, por mucho que quisiera negarlo, Drake tenía razón en una cosa.

Llevaba cinco años esperando que Trevor se fijara en mí.

Y hasta el momento no me había funcionado demasiado bien.