4
Hallie
Trevor Hadley era precioso.
Era una conclusión completamente objetiva. Bueno… más o menos objetiva.
Lo era incluso aquella mañana, con unas ligeras ojeras bajo los ojos, el pelo algo más revuelto de lo habitual y la corbata torcida como si se la hubiera puesto sin mirarse demasiado al espejo.
Quizá, precisamente por eso, estaba todavía más guapo.
Maldita sea.
Lo vi aparecer por el pasillo desde mi mesa y bajé la vista hacia el ordenador antes de que pudiera pillarme observándolo.
Muy discreta, Hallie.
—Buenos días, Hallie.
Levanté la cabeza.
Le bastaron dos palabras para que mi estúpido corazón decidiera recibirlas como si acabara de recitarme un soneto mientras se arrodillaba con un anillo de diamantes.
—Buenos días.
Mi voz sonó sorprendentemente normal. Un triunfo.
Trevor se detuvo frente a mi escritorio y señaló con la barbilla hacia la puerta cerrada del despacho de Drake.
—¿Está de mejor humor hoy?
Miré también hacia allí.
—Para saberlo tendría que haberlo visto alguna vez de buen humor y, por desgracia, no dispongo de suficientes datos.
Trevor soltó una risa, una risa de verdad. Pequeña, pero real. Y yo sentí una satisfacción absolutamente ridícula.
Había hecho reír a Trevor Hadley.
Aquello probablemente merecía una entrada en mi diario. Si tuviera diario. Y doce años.
—No seas mala —dijo él.
—Llevo cinco años trabajando con Drake. La supervivencia ha terminado con la mayor parte de mi bondad.
Trevor sonrió otra vez y, durante un segundo, pareció recuperar algo del hombre que había sido antes de Kelly.
Aquello me alegró mucho más de lo que debería.
Entonces se apoyó ligeramente en el borde de mi escritorio.
—Por cierto... gracias por lo de ayer.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Por defenderme. Regresé al despacho de Drake para comentarle una cosa y escuché lo que le decías.
Ah.
Mierda.
Noté cómo me subía el calor a las mejillas.
—No te estaba defendiendo.
Trevor arqueó una ceja.
—¿No?
—Estaba diciéndole a Drake que era un imbécil. Son cosas distintas.
Se le escapó otra risa. Podía acostumbrarme peligrosamente a aquella risa.
—Bueno, pues gracias por decirle a Drake que era un imbécil.
—Ha sido un placer. Es una de mis tareas favoritas.
Su sonrisa se suavizó.
—Aunque tenía parte de razón. Últimamente no estoy... —Hizo una pequeña mueca—. No estoy haciendo demasiado bien algunas cosas.
—Estás pasando por una ruptura.
—Han pasado seis meses.
—No creo que exista una fecha oficial en la que de repente te levantes, dejes de echar de menos a alguien y vuelvas a funcionar como si nada hubiera ocurrido.
Trevor me miró forzando una sonrisa.
—Estoy bien.
Mentira. Lo conocía lo suficiente como para reconocer cuando mentía, pero tampoco tenía ningún derecho a insistir, así que sonreí.
—Me alegro.
Trevor pareció agradecer que no intentara profundizar más. Se incorporó y, antes de marcharse, dejó una mano sobre mi hombro.
—Eres un encanto, Hallie.
Y se fue.
Yo me quedé completamente inmóvil, a punto de sufrir un paro cardiaco ante ese contacto inesperado.
Bien.
Perfecto.
Aquel hombre iba a matarme sin necesidad de tocarme de ninguna forma mínimamente interesante.
Observé cómo se alejaba por el pasillo. Ains… realmente Trevor era precioso. Y atento. Y amable. Y súperinteligente.
Y además tenía un culo espectacular.
Una cosa no invalidaba la otra.
—Si sigues mirándole el culo con tanta intensidad, acabarás haciéndole un agujero en los pantalones.
Di un respingo y me giré de golpe.
Drake estaba apoyado en el marco de la puerta de su despacho, con los brazos cruzados y una expresión demasiado satisfecha consigo mismo.
—No estaba mirándole el culo.
Drake miró hacia el pasillo por el que Trevor acababa de desaparecer y después volvió a mirarme.
—Por supuesto.
—Estaba pensando.
—En su culo.
—En Trevor.
—Seguro que sí.
Cogí la grapadora con intenciones que Recursos Humanos probablemente desaprobaría, pero volví a dejarla porque no podía permitirme agredir a mi jefe y quedarme sin empleo.
Suspiré. Trevor Hadley era precioso, mientras que Drake Murray… Bueno. Drake era Drake.
Arrogante.
Mandón.
Controlador.
Exigente.
Impaciente.
Tenía la irritante costumbre de formular órdenes como si fueran peticiones y después actuar sorprendido cuando alguien le señalaba que no había preguntado absolutamente nada.
Y además era sexólogo.
Lo cual significaba que había palabras que cualquier ser humano normal intentaría evitar antes de las nueve de la mañana y que Drake podía utilizar tranquilamente mientras desayunaba sin que se le moviera una sola pestaña.
Orgasmo.
Libido.
Fantasías.
Disfunción eréctil.
Vibradores.
Una vez me había pedido que cambiara una reunión mientras se comía un croissant y hablaba por teléfono con un paciente sobre eyaculación precoz.
Todavía no había conseguido borrar aquella mañana de mi memoria.
Y, por desgracia, era muy atractivo.
Absurdamente atractivo.
No estaba ciega.
Podía reconocer que mi jefe tenía unos hombros espectaculares, una mandíbula capaz de provocar decisiones cuestionables y unos ojos oscuros que funcionaban demasiado bien con aquella expresión permanente de hombre al que todo el mundo le hacía perder el tiempo.
Reconocerlo no significaba que quisiera hacer nada al respecto.
Después de cinco años trabajando juntos conocía demasiados defectos como para que una mandíbula bonita pudiera compensarlos.
—¿Tienes un rato? Me gustaría hablar contigo.
Fruncí el ceño. Por unos instantes me limité a mirarlo, esperando la continuación. No llegó.
—¿Me estás preguntando si tengo un rato?
Drake arqueó una ceja.
—Eso acabo de hacer.
—Ya, pero tú nunca preguntas. Normalmente dices «Calloway, ven a mi despacho» y das por hecho que abandonaré inmediatamente cualquier cosa que esté haciendo para obedecerte.
—No soy tan autoritario.
Solté una carcajada.
—Drake, una vez me mandaste tres mensajes seguidos porque tardé cuarenta segundos en contestarte.
—Era importante.
—Querías saber dónde habías dejado las llaves del coche.
Drake puso los ojos en blanco y señaló su despacho con la cabeza.
—¿Vienes o no?
Ahí estaba el Drake que conocía.
Me levanté.
—Mucho mejor. Por un momento había pensado que te habían sustituido por una persona educada.
Entré detrás de él y cerré la puerta.
Trevor siempre me había parecido sencillo de interpretar.
Cálido. Transparente. Si estaba contento, sonreía.
Si algo le preocupaba, se le notaba aunque intentara ocultarlo.
Incluso después de lo de Kelly, cuando se esforzaba por fingir que estaba bien, bastaba con mirarlo un poco para saber que no era cierto.
Drake era todo lo contrario.
Llevaba cinco años trabajando a su lado. Conocía el significado de cada una de sus expresiones, sabía cuándo estaba cansado por la forma en que se aflojaba la corbata y cuándo algo le preocupaba porque golpeaba dos veces la mesa con los dedos.
Y, aun así, había momentos en los que no tenía ni idea de qué demonios ocurría dentro de su cabeza.
Como aquel.
Drake se quedó de pie junto a su escritorio, observándome.
—¿Qué? —pregunté al fin.
No respondió inmediatamente.
Entonces vi esa expresión.
Esa sí la conocía perfectamente.
Era la misma que ponía cuando, después de darle vueltas a un problema, decidía que acababa de encontrar la solución.
Drake Murray había tomado una decisión. Y, por algún motivo, tuve un mal presentimiento.
—Tengo una propuesta para ti.
Entrecerré los ojos.
—No me gusta cómo suena eso.
—Todavía no sabes qué voy a proponerte.
—Te conozco desde hace cinco años. No necesito saberlo.
La comisura de su boca se elevó un poco.
—Esta te va a gustar.
—Lo dudo.
Drake me miró directamente.
—Voy a ayudarte a conseguir a Trevor.