Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 3
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Drake

Había entrado en el Wonderland Club cientos de veces y, aun así, seguía pareciéndome ridículo que para hacerlo tuviera que atravesar una sastrería.

Blackthorne & Hale llevaba más de un siglo ocupando el mismo local del Upper East Side.

Desde fuera no tenía nada especialmente llamativo: escaparates sobrios, trajes hechos a medida y esa clase de discreción carísima que conseguía que cualquiera que pasara por delante asumiera que jamás podría permitirse comprar nada allí.

Lo cual era exactamente lo que pretendían.

Saludé al hombre que estaba detrás del mostrador y seguí hacia el fondo sin detenerme. No necesitaba dar mi nombre. Mi familia pertenecía al Wonderland desde mucho antes de que yo naciera y llevaba haciendo aquel recorrido desde que cumplí los veintiuno.

Atravesé el pasillo hasta uno de los probadores privados y cerré la puerta a mi espalda.

Un espejo de cuerpo entero ocupaba toda la pared del fondo.

Me coloqué frente a él.

Unos segundos después, el cristal se deslizó silenciosamente hacia un lado y dejó al descubierto un pequeño ascensor privado, con las paredes revestidas de madera oscura lacada y latón envejecido. Una tenue luz dorada iluminaba el interior.

Entré sin detenerme y las puertas se cerraron a mi espalda.

El Wonderland Club no aparecía en ninguna guía de Nueva York. No tenía página web, ni perfil en redes sociales, ni un cartel anunciando su existencia. Tampoco podías solicitar hacerte socio. Para entrar, alguien tenía que decidir que pertenecías allí.

Por eso algunas de las personas más poderosas de Manhattan llevaban generaciones cruzando aquellas puertas.

El ascensor empezó a descender.

Wonderland era la institución completa, aunque en realidad estaba dividido en tres espacios.

El Ala del Espejo, a la que se accedía desde Blackthorne & Hale, era exclusivamente masculina.

El Ala de la Madriguera era su equivalente femenino y tenía su propia entrada secreta en algún punto de Manhattan que, por supuesto, ninguno de nosotros conocía.

Y después estaba el Jardín de las Rosas, que era territorio neutral.

El lugar donde ambos mundos se encontraban.

Las puertas se abrieron y salí al Ala del Espejo.

El salón se extendía ante mí con su habitual mezcla de lujo y discreción: espejos antiguos repartidos por las paredes, sofás bajos de terciopelo oscuro y una iluminación suave que dejaba algunas zonas prácticamente en penumbra.

Al fondo, la barra curvada estaba iluminada por una tenue luz dorada que se reflejaba en las botellas alineadas tras ella.

Todo en aquel lugar estaba pensado para resultar exclusivo sin necesidad de demostrarlo. Sin carteles. Sin ostentación innecesaria. Sin nada que hiciera pensar que, unos metros por encima de nuestras cabezas, Manhattan seguía funcionando con absoluta normalidad.

Nada había cambiado desde la semana anterior.

—Por fin —dijo una voz en cuanto entré en el salón—. Empezaba a pensar que tu secretaria no te había dado permiso para salir.

Localicé a Rhys Everly repantigado en uno de los sillones, con un whisky en la mano y esa expresión de satisfacción que siempre aparecía en su cara cuando conseguía tocarme los cojones antes incluso de que me sentara.

Rhys era productor musical y heredero de Everly Records, una de las discográficas más importantes del país. También era, de los cinco, probablemente el que más disfrutaba metiendo mierda solo para ver qué ocurría después.

Me quité el abrigo.

—Mi secretaria tiene cosas bastante más importantes que hacer que controlar mi vida social.

—Eso es discutible —intervino Archer Kingsley desde el sofá de enfrente—. La última vez que intentamos quedar contigo, fue ella quien nos informó de que estabas ocupado.

Archer era arquitecto y uno de los nombres más cotizados de Manhattan. Diseñaba edificios para gente con demasiado dinero y tenía una obsesión casi enfermiza por que todo estuviera exactamente donde debía estar. Incluidas, por lo visto, mis horas libres.

—Porque estaba ocupado.

—Dijo literalmente: «El señor Murray no tiene ningún hueco disponible hasta el jueves».

Preston Hollis soltó una carcajada desde el otro extremo de la mesa.

Era el propietario de los New York Heirs, uno de los equipos de hockey más importantes de la liga.

El club había nacido décadas atrás como el capricho de varias familias obscenamente ricas, algunas de cuyos herederos habían acabado jugando en él.

El nombre, por tanto, no destacaba precisamente por su sutileza.

Con los años, sin embargo, los Heirs habían dejado de ser el juguete de unos cuantos millonarios para convertirse en uno de los grandes equipos de la liga.

—Admite que necesitas pedir cita para acceder a tu propia agenda.

—Admito que contraté a alguien competente para no tener que preocuparme por ella.

Ross Alden, que hasta ese momento se había limitado a observarnos con esa tranquilidad suya que a veces resultaba ligeramente inquietante, levantó la copa.

Ross dirigía una de las casas de subastas más prestigiosas de Nueva York y tenía la irritante capacidad de permanecer impecable incluso después de varias copas.

—Por Hallie. —Los otros tres levantaron también las suyas—. La verdadera responsable de que Drake siga siendo un miembro funcional de la sociedad.

—Que os den por culo.

Las carcajadas no tardaron en llegar.

A los cuatro los conocía desde hacía tanto tiempo que ni siquiera recordaba cuándo habíamos empezado a considerarnos amigos.

Nuestras familias ya se conocían antes de que naciéramos, unidas por el Wonderland y por esa extraña lealtad que parecía heredarse junto con los apellidos y las fortunas.

Habíamos crecido coincidiendo en cenas, celebraciones y eventos del club hasta que, en algún momento, la amistad de nuestros padres se convirtió también en la nuestra.

Supongo que algunas cosas se heredaban.

El dinero. Los contactos. Los problemas familiares.

Y, en nuestro caso, también los amigos.

—¿De qué estabais hablando antes de decidir centrar vuestras aburridas vidas en la mía?

—De Preston —respondió Rhys.

—No estábamos hablando de mí.

—Estábamos hablando de tu equipo, que viene a ser prácticamente lo mismo.

Preston apoyó un brazo en el respaldo del sofá.

—Los Heirs llevan cuatro victorias seguidas.

Archer soltó una risa.

—Y ahí va la quinta vez que lo mencionas.

—No es culpa mía que ninguno de vosotros tenga nada interesante que contar.

—Estábamos hablando de restaurantes —señaló Ross.

—Hasta que él encontró la manera de relacionarlo con el hockey —añadió Rhys.

—Os estaba haciendo un favor. La conversación necesitaba mejorar.

—Veo que tu humildad sigue intacta —dije.

—Cuatro victorias seguidas, Murray. Puedo permitírmelo.

El camarero apareció entonces con mi whisky y lo dejó sobre la mesa. Le di las gracias, cogí el vaso y bebí un trago mientras Preston y Rhys seguían discutiendo sobre si ganar cuatro partidos seguidos justificaba convertirse en un imbécil insoportable.

Al parecer, yo era el único que no estaba prestando demasiada atención.

—Vale —dijo Ross de pronto—. ¿Qué pasa?

Levanté la vista.

—¿Con qué?

—Contigo.

—No me pasa nada.

Rhys me observó por encima de su vaso.

—Llevas aquí cinco minutos y todavía no has mandado a Preston a la mierda por hablarnos otra vez de los Heirs.

—Lo he llamado poco humilde.

—Eso para ti es prácticamente una muestra de afecto —dijo Archer.

Miré a los cuatro. Conocía aquellas caras lo bastante bien como para saber que no iban a dejarlo pasar.

—Es Trevor.

La expresión de Rhys cambió ligeramente.

—¿Sigue igual?

Asentí con un suspiro y dejé el vaso sobre la mesa.

—Esta mañana he revisado algunas de sus últimas valoraciones. Tres parejas han roto este mes después de pasar por su consulta.

Preston hizo una mueca.

—Joder.

—Una de ellas le dio cinco estrellas porque se había quedado con el perro.

Rhys soltó una carcajada.

—No tiene gracia.

—Tiene un poco de gracia.

—Ese no es el problema —continué—. Trevor siempre ha sido el primero en decir que no todas las relaciones merecen salvarse. Pero últimamente parece que ninguna merece el esfuerzo.

—Quizá debería tomarse un tiempo —dijo Archer.

—No quiere.

—¿Se lo has propuesto?

—Más de una vez. Según él, quedarse en casa pensando en Kelly no va a ayudarlo.

—En eso puede que tenga razón.

—El problema es que venir a trabajar tampoco está ayudando. Esta mañana le he dicho que su ruptura está empezando a afectar al negocio.

Ross dejó de hacer girar el vaso entre los dedos.

—Seguro que se lo has planteado con toda la sensibilidad que te caracteriza.

—Hallie ha opinado lo mismo.

Rhys sonrió.

—¿Qué palabra ha utilizado?

—Imbécil.

—Me gusta esa mujer.

Bebí otro trago de whisky.

—El caso es que no sé qué coño hacer con él. Lleva seis meses así. Antes había que convencerlo para que dejara de organizar planes y ahora hay que convencerlo para que salga de casa. Kelly no solo lo dejó. Se llevó con ella toda la vida que Trevor creía que iba a tener.

—Eso no se arregla en seis meses —dijo Ross.

—Ya lo sé.

Y lo sabía. El problema era que tampoco podía quedarme sentado esperando a que un día se levantara y decidiera que volvía a ser él mismo.

Preston cogió unos frutos secos del cuenco que había sobre la mesa.

—¿Ha estado alguna vez soltero tanto tiempo?

La pregunta me hizo mirarlo.

—No que yo recuerde. Trevor siempre ha sido de relaciones. Antes de Kelly estuvo con Samantha y antes de Samantha…  —Hice memoria—. Joder, creo que había otra.

—Una información muy útil —dijo Rhys.

—No llevo un registro de con quién se acuestan mis amigos.

—Para ser sexólogo, decepcionas bastante.

Lo ignoré y bebí un trago de whisky.

Preston tenía razón en algo. Trevor siempre había sido así. Le gustaba estar con alguien. Tener pareja. Compartir su vida con otra persona. Y llevaba meses intentando acostumbrarse a una soledad que no le sentaba nada bien.

Yo llevaba todo el día pensando que quizá la solución no era conseguir que se acostumbrara.

—Creo que necesita volver a ilusionarse con alguien.

—Eso suele requerir conocer a alguien —dijo Ross.

—Esa parte ya la tengo resuelta.

Rhys dejó el vaso que se estaba llevando a la boca detenido frente a él.

—¿Tienes a alguien?

—Tengo a la persona perfecta.

—Joder —murmuró Preston—. Lo dices como si llevaras una agencia matrimonial además de una consulta.

—No necesito una agencia matrimonial. La tiene delante desde hace años. —Todos me miraron expectantes—. Se trata de Hallie.

Rhys me miró como si acabara de proponer algo completamente absurdo.

—¿Tu Hallie?

—No es mi Hallie.

—Pero es tu secretaria.

—Sí, pero eso no la convierte en nada mío.

Preston se acomodó mejor en el sofá.

—¿Y desde cuándo quieres emparejar a tu secretaria con tu socio?

—Desde que me he dado cuenta de que puede ser exactamente lo que Trevor necesita.

—¿Y ella qué opina de tu brillante plan? —señaló Archer.

—Todavía no lo sabe.

Rhys soltó una carcajada.

—Por supuesto que no.

—No veo qué tiene de gracioso.

—Que llevas aquí diez minutos, ya has decidido reorganizar la vida sentimental de dos personas y ninguna de las dos está presente.

—Por eso estoy hablando con vosotros antes.

—Ah —dijo Ross—. Somos el comité de ética.

Miré alrededor de la mesa.

—Visto así, quizá me haya equivocado de sitio.

—¿Por qué Hallie? —preguntó Archer.

—Porque lleva años enamorada de él.

Esta vez conseguí que los cuatro se callaran.

Preston fue el primero en reaccionar.

—¿En serio? ¿Y Trevor lo sabe?

—Trevor no sabe ni qué día es cuando tiene pacientes desde primera hora. Por supuesto que no lo sabe.

Rhys soltó una risa.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque tengo ojos.

—Un diagnóstico impecable —dijo Archer.

—Es evidente. Conmigo Hallie discute, protesta y no tiene ningún problema en decirme que soy un imbécil. Cuando aparece Trevor, mide cada palabra, se pone nerviosa y sonríe como si acabara de entrar en la habitación el puto príncipe de Inglaterra. Llevo cuatro años viéndolo.

Los cuatro se miraron.

No me gustó aquella mirada.

—¿Qué? —pregunté.

Archer fue el primero en hablar.

—¿Estás seguro de que esto es buena idea?

—¿Qué parte?

—La de meterte en la vida sentimental de Hallie.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué no iba a serlo?

—Porque todavía me sorprende que la contrataras después de todo —dijo Rhys—. Que trabaje para ti es una cosa. Intentar que se líe con uno de tus mejores amigos es otra bastante distinta.

—Es tu secretaria —dijo Ross—. Y Trevor es uno de tus mejores amigos. Si sale mal, vas a tener el problema sentado a ambos lados de tu despacho.

No era lo único que les preocupaba. Lo supe por la forma en que evitaron mirarse otra vez.

Los cuatro conocían las circunstancias en las que había contratado a Hallie. Nunca habíamos hablado demasiado del tema y yo tampoco tenía intención de empezar a hacerlo aquella noche.

—No va a salir mal.

Preston soltó una risa.

—Una frase pronunciada justo antes de que todo salga como el culo.

—Hablo en serio. Hallie lleva años enamorada de él y Trevor necesita a alguien en quien pueda confiar. Si hay una persona que no va a jugar con él, es ella.

—Vale —dijo Ross—. Supongamos que tienes razón. Hay un pequeño problema.

—¿Cuál?

—Llevan cinco años trabajando juntos y Trevor todavía no se ha fijado en ella.

Sonreí.

—Eso es exactamente lo que pienso solucionar.

Estaba claro que los cuatro pensaban que mi idea era pésima. Aun así, entre bromas a mi costa y algún que otro intento de hacerme entrar en razón, terminaron aportando algunas ideas. Cenas, fiestas, encuentros supuestamente casuales... Nada que terminara de convencerme.

El problema no era conseguir que Hallie y Trevor pasaran tiempo juntos. Llevaban cinco años haciéndolo. El problema era conseguir que Trevor dejara de verla como mi secretaria y empezara a verla como una mujer.

Y ahí sí podía ayudar.

Al fin y al cabo, entender la atracción era literalmente mi trabajo.

Cuando terminé el whisky, ya sabía exactamente lo que tenía que hacer.

Iba a enseñarle a Hallie cómo seducir a Trevor.