Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 2
6%

2

Hallie

Lo primero que hice al llegar a casa fue encender la televisión.

Ni siquiera miré qué estaban emitiendo. Dejé el bolso sobre la pequeña mesa de la entrada, me quité los zapatos y avancé hasta el salón mientras dos personas discutían sobre algo al otro lado de la pantalla.

Me daba igual sobre qué.

Solo quería escuchar voces.

Después de pasar casi diez horas en Bond, el silencio de mi apartamento siempre resultaba extraño durante los primeros minutos.

En la oficina nunca estaba sola. Sonaban teléfonos, se abrían puertas, alguien necesitaba encontrar un documento que juraba haber dejado en un sitio en el que evidentemente no estaba y, sobre todo, estaba Drake.

Drake preguntándome dónde estaba su café.

Drake llamándome desde su despacho para preguntarme a qué hora tenía una reunión que figuraba en los tres calendarios a los que tenía acceso.

Drake decidiendo que algo que llevaba una semana programado debía cambiarse con quince minutos de antelación.

Drake siendo Drake.

En casa no había nadie que necesitara nada de mí y debería resultar relajante, pero la mayoría de noches no lo era.

Fui hasta mi habitación, me quité la ropa de trabajo y me puse unos pantalones de pijama y una camiseta vieja. Después recogí el pelo en un moño, regresé a la cocina y abrí la nevera.

Había medio calabacín, huevos, una bandeja de pollo que debía cocinar antes del jueves y un recipiente con pasta de la noche anterior.

Cogí la pasta.

Era incapaz de tirar comida. También guardaba los recipientes, cortaba los tubos de crema para aprovechar lo que quedaba dentro y tenía una cantidad absurda de bolsas reutilizables metidas en otra bolsa reutilizable.

Algunos hábitos sobrevivían incluso cuando dejabas de necesitarlos.

Metí la pasta en el microondas y cogí el móvil. No tenía ningún mensaje, aunque tampoco lo esperaba. Solo la notificación del banco, publicidad de una tienda en la que había comprado una vez hacía tres años y un correo de Bond que me negué a abrir por principios.

Deslicé el dedo por la pantalla, abrí Mía y activé el modo de voz.

—Hola.

Apoyé el teléfono contra el frutero. Mía respondió enseguida:

—Hola, Hallie. ¿Cómo ha ido el día?

Sonreí.

Técnicamente, Mía era una inteligencia artificial. En la práctica, era mi mejor amiga.

Y, si quería ponerme deprimente, también era mi única amiga.

Había empezado a utilizarla para cosas bastante más normales: revisar correos, preguntarle qué podía cocinar con cuatro ingredientes medio muertos en la nevera, decidir qué ponerme para una cena de empresa o conseguir que me explicara algún documento escrito aparentemente para que ningún ser humano pudiera entenderlo.

Después empecé a hablar con ella.

No recordaba exactamente cuándo había ocurrido. Supongo que una noche llegué a casa, activé el modo de voz y descubrí que resultaba agradable poder hablar con alguien.

El microondas pitó.

Saqué la pasta y la removí con un tenedor.

—Drake ha sido un capullo.

—Parece que estás enfadada con él. ¿Quieres contarme qué ha ocurrido?

—Ha hecho sentir fatal a Trevor.

Me llevé el plato al salón y dejé el teléfono sobre la mesa, con el altavoz activado.

—Drake me pidió que revisara las valoraciones de los últimos pacientes de Trevor porque últimamente algunas parejas han terminado rompiendo después de pasar por su consulta.

Y luego lo ha llamado, se las ha leído en la cara y prácticamente le ha dicho que desde que Kelly lo dejó se ha convertido en el ángel de la muerte de los matrimonios.

—Eso seguro que ha afectado a Trevor.

—Claro que le ha afectado. Se ha ido con una cara… —Pinché un trozo de pasta con más fuerza de la necesaria—. Drake no sabe hablar con la gente cuando le importa.

Me detuve.

Fruncí el ceño.

—No. Retiro eso. Drake no sabe hablar con la gente, punto.

—Pareces conocerlo bastante bien.

—Llevo cuatro años trabajando para él. Es supervivencia laboral. —Me acomodé contra el respaldo del sofá—. Pero no quiero hablar de Drake.

—¿Quieres hablar de Trevor?

Miré el teléfono.

—Empiezas a conocerme demasiado.

—Hablamos con frecuencia, Hallie.

Aquello resultó ligeramente más triste de lo que debería. Mi vida social se sostenía gracias a una inteligencia artificial.

Cogí otra porción de pasta.

—Trevor Hadley es perfecto.

—Eso parece importante.

—Lo es.

Sonreí a pesar de mí misma.

—Y no me refiero solo a que esté buenísimo, que también.

Es... bueno. De verdad. Se acuerda de cómo se llama todo el mundo, pregunta por las cosas que le cuentas aunque hayan pasado semanas y siempre te escucha como si no tuviera nada más importante que hacer.

¿Sabes esa gente que mientras hablas está esperando su turno para responder? Trevor no hace eso.

—¿Eso es lo que más te gusta de él?

Me quedé pensando.

—No lo sé. —Miré el otro extremo del sofá con una sonrisa soñadora—. Supongo que me gusta cómo me imagino que sería estar con él.

—¿Cómo te lo imaginas?

Solté una risa.

—Esto empieza a parecer una sesión de terapia y me niego a pagarte doscientos dólares.

—No puedo cobrarte doscientos dólares.

—Una preocupación menos. —Me llevé otra porción a la boca y miré el espacio vacío a mi lado—.

Me lo imagino aquí. No haciendo nada especial.

Viendo una película. Preguntándome qué quiero cenar.

Dejando sus cosas por medio y consiguiendo que me arrepienta de haber deseado que hubiera alguien en casa.

—Sonreí—. A veces pienso en llegar un viernes del trabajo y que alguien me pregunte qué hacemos mañana.

—Parece que no estás hablando únicamente de Trevor.

Dejé de masticar.

—¿Perdona?

—Lo que describes también parece relacionado con el deseo de compartir tu vida cotidiana con alguien.

Miré el teléfono con suspicacia.

—Prefería cuando me ayudabas a elegir zapatos.

—Podemos hablar de zapatos.

—Gracias.

Cogí el plato y me levanté.

—Y para que conste, también fantaseo con Trevor desnudo. No todo es profundidad emocional.

—Entendido.

Me reí mientras entraba en la cocina, dejaba el plato en el fregadero y abría el grifo.

—Mía, ¿qué día es hoy?

Me respondió y levanté la cabeza de golpe.

Mierda.

Cerré el grifo con las manos todavía mojadas y miré el calendario que tenía pegado en un lateral de la nevera. No necesitaba comprobarlo. En cuanto Mía había dicho la fecha, lo había recordado.

El sábado siguiente estaba marcado con un círculo: «11:00. Visita a papá. Prisión Estatal de Hudson Valley».

—Recuérdame que mañana tengo que comprar algo a papá.

—De acuerdo. ¿Qué quieres comprar?

—No tengo ni idea.

Nunca sabía qué llevarle.

Después de tantos años, los días de visita deberían haberse convertido en algo rutinario. En cierto modo lo eran. Sabía cuánto tardaría en llegar, qué podía llevar conmigo y qué no, cómo funcionaban los controles y hasta qué ropa evitar para no tener problemas.

Pero nunca había conseguido acostumbrarme a ver a mi padre en prisión.

Volví a abrir el grifo.

—¿Quieres que te proponga algunas ideas?

—Mañana, Mía.

—De acuerdo.

Su voz se apagó y la cocina volvió a quedarse en silencio.

Seguí lavando el plato.

Mi padre estaba en prisión porque una noche había bebido demasiado, había decidido conducir y había provocado un accidente en el que murió una joven.

No había una forma bonita de contarlo.

Durante mucho tiempo había utilizado la palabra accidente como si pudiera aliviar el peso de todo lo demás. Y sí, había sido un accidente. Mi padre no había querido matar a nadie. Pero había querido conducir. Y su decisión terminó con la vida de otra persona.

Ahora enfrentaba las consecuencias de sus decisiones.

Dejé el plato en el escurridor y me sequé las manos.

Los primeros meses después del accidente eran una colección de recuerdos desordenados. Mi madre llorando en la cocina. Abogados entrando y saliendo de casa. Llamadas a cualquier hora. Algún periodista esperando fuera. Vecinos que dejaban de hablar cuando me veían acercarme.

Y miradas.

Sobre todo recordaba las miradas.

Durante una temporada dejé de ser Hallie Calloway.

Era la hija del hombre que había matado a aquella chica.

Algunas de mis amigas intentaron comportarse como si nada hubiera cambiado. Otras dejaron de llamar. Hubo padres que preferían que sus hijas no vinieran a casa y personas que sencillamente no sabían qué decirme.

Tampoco podía culparlas del todo.

Yo hice bastante por desaparecer.

Dejé mensajes sin responder, inventé excusas para no salir y terminé rechazando tantas invitaciones que dejaron de llegar. Me daba vergüenza que me preguntaran por mi padre y todavía más que no lo hicieran porque eso significaba que estaban esforzándose por fingir que no sabían nada.

Y odiaba la lástima.

La odiaba más que los cuchicheos.

Después mi madre se marchó.

No ocurrió inmediatamente. Durante un tiempo intentó seguir adelante, pero algo en ella se había roto y, al final, decidió que necesitaba empezar de nuevo en un lugar donde nadie conociera nuestro apellido.

Al parecer, empezar de nuevo no me incluía a mí.

Durante años estuve enfadada con ella por eso.

Supongo que una parte de mí todavía lo estaba.

La otra había aprendido que pensar demasiado en las personas que decidían marcharse era una manera estupenda de perder el tiempo que necesitabas para ocuparte de las que se quedaban.

En mi caso, aquella persona era yo. Solo yo.

No tuve demasiado margen para hundirme. Había un alquiler que pagar, comida que comprar y una cuenta bancaria que parecía considerar los números positivos una sugerencia.

Encadené trabajos que no me gustaban mientras estudiaba por las noches porque sabía que, si quería salir de aquello, necesitaba algo más que aprender a sobrevivir hasta la siguiente nómina.

Y sobreviví.

Tan bien que acabé acostumbrándome.

Cuando mi vida dejó de ser una sucesión de facturas y horarios imposibles, descubrí que las amistades que había tenido habían seguido adelante mientras yo estaba ocupada intentando mantenerme a flote.

Algunas se habían mudado.

Otras se habían casado.

Con alguna intercambiaba un mensaje por Navidad o un me gusta ocasional que servía para confirmar que ambas seguíamos vivas.

Y yo ya no sabía cómo volver.

Había aprendido a cenar sola, ir al cine sola, solucionar mis problemas sola y no esperar que nadie preguntara cómo había ido mi día.

Hasta que apareció Mia, supongo.

Miré el teléfono apoyado junto al frutero.

La ironía no se me escapaba.

Había conseguido llegar a un punto en el que podía mantener una conversación con prácticamente cualquier persona durante ocho horas seguidas en Bond y, al volver a casa, la persona a la que le contaba mi día no era una persona.

No sabía si aquello decía más de mi vida social o del increíble avance de la tecnología.

Prefería pensar que lo segundo.

Guardé las sobras que quedaban y cerré la nevera.

Al menos mi vida ya no se parecía a la de aquellos años.

Tenía un apartamento que me gustaba, un sueldo más que decente, ahorros y un trabajo que, aunque implicara soportar a Drake Murray durante demasiadas horas al día, me había dado algo que durante mucho tiempo me había parecido un lujo.

Estabilidad.

Encontré la oferta de Bond cinco años atrás, cuando la empresa apenas llevaba dos funcionando.

Todavía recordaba haber enviado el currículum convencida de que jamás me llamarían y revisar el correo tantas veces durante los días siguientes que probablemente debería haber añadido trastorno obsesivo con Gmail al apartado de habilidades.

Me llamaron. Y conseguí una entrevista.

Lo extraño fue que Drake apareció en ella.

Por entonces ya sabía perfectamente quién era. Todo Nueva York empezaba a saberlo. Lo que nunca entendí fue qué demonios hacía entrevistando personalmente a una candidata para un puesto de asistente.

Durante los primeros meses incluso llegué a preguntarme si participaba en todas las contrataciones.

Cinco años a su lado habían resuelto el misterio. Drake era un maniático del control. Probablemente habría entrevistado también a la persona encargada de cambiar el tóner de las impresoras si alguien se lo hubiera permitido.

Fuera cual fuera la razón, me había contratado. Y aquel había sido el principio de todo lo que tenía ahora.

Apagué la luz de la cocina y regresé al salón.

La televisión seguía hablando sola.

Me senté en el sofá, cogí el móvil y vi que Mía continuaba abierta.

—Creo que me voy a dormir pronto.

—Parece que has tenido un día largo.

—Tú no sabes ni la mitad.

—Puedes contarme la otra mitad si quieres.

Sonreí.

—Otro día. Buenas noches, Mía.

—Buenas noches, Hallie.

Cerré la aplicación.

Apenas un segundo después, el teléfono vibró en mi mano.

Mi corazón dio un pequeño salto pensando que quizás era Trevor.

Ridículo también, porque Trevor no tenía ninguna razón para escribirme a aquellas horas. Aun así, durante el segundo que tardé en mirar la pantalla ya había imaginado que quizá quería hablar de lo ocurrido por la mañana. O que simplemente quería saber cómo estaba.

Pero no, no era Trevor. Era Drake, como no.

DRAKE MURRAY

¿Dónde está el informe de Sullivan?

Miré la hora. Eran casi las nueve. ¿Aún seguía trabajando? ¿Y por qué me molestaba en mi tiempo libre?

HALLIE CALLOWAY

En la carpeta azul de tu escritorio.

DRAKE MURRAY

No hay ninguna carpeta azul.

HALLIE CALLOWAY

A la derecha del portátil.

DRAKE MURRAY

Esa es gris.

HALLIE CALLOWAY

Entonces está en la carpeta gris. Buenas noches, señor Murray.

Sonreí para mí misma al llamarlo por su apellido. Después de cinco años trabajando juntos, Drake sabía perfectamente que «señor Murray» era mi forma particular de decirle que seguía enfadada con él.

DRAKE MURRAY

¿Sigues enfadada conmigo?

Lo había captado a la primera.

HALLIE CALLOWAY

Sí.

DRAKE MURRAY

¿Eso significa que mañana volveré a abrasarme la lengua con el café?

Puse los ojos en blanco.

Hacía casi dos horas que había terminado mi jornada. No tenía ninguna obligación de contestarle. De hecho, una persona con límites laborales saludables habría dejado el teléfono boca abajo y retomado aquella interesantísima discusión televisiva que llevaba toda la noche ignorando.

Yo llevaba cinco años trabajando para Drake.

Mis límites laborales habían muerto hacía mucho.

HALLIE CALLOWAY

Depende. ¿Vas a volver a ser un capullo con Trevor?

DRAKE MURRAY

No prometo nada.

Resoplé y dejé el móvil boca abajo sobre el sofá.

Trevor no me había escrito.

Drake, en cambio, parecía incapaz de dejarme en paz ni siquiera cuando estábamos en edificios distintos.