Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1) 1
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Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1)

Drake, error millonario (Los millonarios del Wonderland Club 1)

Por Leila Yoon

© inepub.com

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Drake

—Tres.

Trevor levantó la vista del móvil desde el sillón que había frente a mi escritorio.

—¿Tres qué?

Giré el portátil hacia él.

—Tres parejas han roto este mes después de pasar por tu consulta.

Estábamos en mi despacho, en la última planta del edificio donde se ubicaba Bond, la empresa que Trevor y yo habíamos fundado hacía seis años y que, contra todo pronóstico, había conseguido convertirnos a ambos en hombres obscenamente ricos.

En mi caso, también en el sexólogo más famoso de Nueva York. O, como se había empeñado en bautizarme media ciudad, el Doctor Placer.

Sí. Doctor Placer.

No era un apodo que hubiera elegido yo, pero había aparecido suficientes veces en artículos, entrevistas y perfiles de revistas como para que hubiera dejado de intentar librarme de él.

Mi trabajo giraba alrededor del deseo, la atracción y la sexualidad humana, y mis clientes podían ser desde matrimonios que llevaban dos años sin tocarse hasta un hombre incapaz de mantener una relación, una mujer que jamás había tenido un orgasmo o alguien que simplemente quería entender por qué demonios su vida sexual no se parecía en nada a lo que quería que fuera.

Trevor se ocupaba de otra clase de problemas.

Él era el hombre al que acudían las parejas cuando el sexo no era el problema. O, al menos, no el único. Comunicación, confianza, infidelidades, resentimientos, crisis que llevaban años creciendo bajo la alfombra hasta que alguien terminaba pronunciando la palabra divorcio.

Y era bueno.

Jodidamente bueno.

Por eso tenía abiertas delante de mí tres valoraciones que no deberían haber existido.

Bajé la vista hacia la primera.

—«Acudimos a Bond porque queríamos aprender a comunicarnos mejor. Después de tres sesiones con Trevor comprendimos que llevábamos doce años sin tener nada que decirnos. El divorcio se firma el martes. Cuatro estrellas porque las instalaciones son preciosas».

Trevor se encogió de hombros.

—Cuatro estrellas.

—Sí. Deberíamos ponerlo en la web. Bond: excelentes instalaciones para destruir su matrimonio .

Deslicé el dedo por el trackpad y abrí la siguiente.

—Esta es todavía mejor. «Mi marido y yo acudimos por recomendación de unos amigos. Trevor es atento, profesional y hace preguntas muy interesantes. Una de ellas fue si seguíamos juntos porque nos queríamos o porque nos daba miedo estar solos. Resultó ser lo segundo. Gracias, Trevor».

Levanté la vista.

—Cinco estrellas.

—De nada.

—Me preocupa que estés orgulloso.

—Les ayudé a descubrir lo que querían.

—Separarse.

—Separarse también es una respuesta.

Negué con la cabeza y abrí la tercera.

—Y llegamos a mi favorita. «Después de diecisiete años de matrimonio, acudimos a Bond porque últimamente discutíamos demasiado.

El doctor Trevor nos ayudó a comprender que nuestros problemas no habían empezado últimamente y que, en realidad, llevábamos al menos diez años siendo profundamente infelices.

Mi exmarido ya se ha mudado. Yo me he quedado con el perro. Creo que he salido ganando».

Trevor arqueó una ceja.

—¿Cuántas estrellas?

Miré la pantalla.

—Cinco.

—Entonces no veo el problema.

—El problema es que dirigimos una empresa dedicada a mejorar la vida emocional y sexual de la gente y tú pareces haber abierto una división de divorcios.

—No todas las relaciones deben salvarse.

—Lo sé.

—No lo parece.

—Lo que también sé es que hace seis meses habrías intentado averiguar por qué esas personas querían seguir juntas antes de convencerlas de que estarían mejor separadas.

La ligera sonrisa que había aparecido en su cara desapareció.

—¿Qué estás insinuando? ¿Que ya no sé hacer mi trabajo?

—Estoy diciendo que desde que Kelly y tú rompisteis no eres el mismo.

Trevor se quedó muy quieto.

—No metas a Kelly en esto.

—Es difícil no hacerlo cuando llevas meses comportándote como si el amor fuera una enfermedad terminal.

—Mi ruptura no tiene nada que ver con mis pacientes.

—Claro que la tiene. Antes buscabas razones para que las parejas siguieran juntas. Ahora parece que buscas razones para que rompan.

Noté entonces un cosquilleo en la sien, esa sensación tan particular que uno tiene cuando alguien lleva un rato mirándolo fijamente.

Giré la cabeza.

Hallie, mi secretaria, seguía de pie al otro lado de mi escritorio. Había sido yo quien le había pedido aquella mañana que buscara las últimas valoraciones de los clientes de Trevor y, después de entregármelas, se había quedado allí mientras yo lo llamaba para hablar con él.

Ahora empezaba a pensar que aquello había sido un error.

Me miraba como si estuviera intentando asesinarme únicamente con los ojos.

Arqueé una ceja.

Ella abrió mucho los suyos y señaló discretamente a Trevor con la mirada, en un clarísimo ¿pero qué coño estás haciendo?

La entendí perfectamente.

También decidí ignorarla.

Volví a mirar a Trevor.

—Mira, sé que lo estás pasando fatal con la ruptura, pero no puedes seguir así. A este paso, dentro de un mes vamos a tener que cambiar el nombre de Bond y empezar a repartir tarjetas de abogados matrimonialistas en recepción.

Trevor bajó la mirada.

—No sabía que estuviera afectando tanto al negocio.

Mierda.

No era eso lo que había querido decir.

—Trev...

—Tranquilo. He entendido el mensaje.

Se levantó del sillón y guardó el móvil en el bolsillo.

—Tengo una consulta en diez minutos.

—Trevor.

—Voy a trabajar, Drake.

No intenté detenerlo.

Lo vi cruzar el despacho con los hombros ligeramente encorvados y salir sin mirar a Hallie. La puerta se cerró tras él con un clic mucho menos satisfactorio de lo que habría esperado después de pasar toda la mañana preparando aquella conversación.

Me quedé mirando la pantalla del portátil.

Genial.

Había conseguido que uno de mis mejores amigos se sintiera como una mierda antes de las diez de la mañana.

Al menos podía tachar algo de la lista.

Cerré las valoraciones y abrí el informe que tenía que revisar antes de mi primera consulta.

—Hallie, ¿puedes traerme un café?

Me lanzó una última mirada que dejaba bastante claro lo que opinaba de mí en aquel momento y salió del despacho sin decir una palabra.

Volví al informe.

Hallie regresó un par de minutos después y dejó la taza sobre mi escritorio con bastante menos delicadeza de la habitual. El café se derramó por uno de los lados y unas gotas salpicaron uno de los documentos.

Levanté la vista.

Ella seguía allí, mirándome como si yo fuera la peor persona del universo.

Cogí la taza y bebí.

Error.

El café estaba tan caliente que me quemé la lengua.

—Joder.

—Qué raro —dijo Hallie—. Pensaba que los hombres sin corazón tampoco tenían sensibilidad en la lengua.

La miré por encima de la taza.

—Lo has hecho a propósito.

—¿Prepararle un café a mi jefe? Está entre mis funciones.

—Servírmelo a la temperatura del núcleo terrestre no.

—Habrá sido un problema de la máquina.

—Claro.

—Puedo llamar al servicio técnico.

Su expresión era de inocencia fingida. Hallie mentía fatal.

—Dilo.

—¿El qué?

—Lo que llevas queriendo decir desde que Trevor se ha marchado.

—No sé a qué te refieres.

—Hallie.

Apretó los labios durante apenas dos segundos.

—Has sido un capullo. No tenías ninguna necesidad de hablarle así.

—Y tú no tenías ninguna necesidad de intentar abrasarme la lengua, pero aquí estamos.

Hallie rodeó mi escritorio, cogió un pañuelo de la caja y empezó a secar las gotas de café que ella misma había derramado.

—Trevor lo está pasando fatal.

—Lo sé.

—Pues no lo parece.

—Porque lo que necesita no es que todos sigamos tratándolo como si fuera a romperse.

—Hay un término medio entre tratarlo como si fuera a romperse y hacer que se sienta culpable por estar pasándolo mal.

—Lleva meses cayendo en picado, Hallie. Alguien tenía que decírselo.

—Podías habérselo dicho sin ser un imbécil.

—Podía. —Bebí de nuevo, esta vez después de soplar el café—. Pero entonces habría tenido que ser otra persona.

Puso los ojos en blanco.

En algún momento de los últimos cinco años, Hallie Calloway había dejado de ser simplemente mi secretaria.

No sabía exactamente cuándo había ocurrido. Quizá entre cafés, vuelos cancelados, cenas de empresa y cientos de horas compartidas, pero había adquirido el extraño privilegio de decirme cosas que habrían conseguido que cualquier otro empleado de Bond terminara actualizando su currículum.

Viniendo de ella, en cambio, me divertía.

La mayor parte del tiempo.

Hallie sabía cómo tomaba el café, qué restaurantes no debía reservarme porque los odiaba, que no aceptaba reuniones antes de las nueve salvo que fueran imprescindibles y que prefería el asiento de pasillo en cualquier vuelo que durara más de tres horas.

También movía reuniones sin consultarme, rechazaba invitaciones en mi nombre y había desarrollado una habilidad inquietante para saber cuándo estaba de mal humor antes incluso de que yo mismo lo supiera.

Yo también había aprendido algunas cosas sobre ella.

Por ejemplo, que cuando estaba realmente enfadada dejaba de llamarme Drake.

—¿Hay algo más, señor Murray? —preguntó.

Sonreí.

Ahí estaba.

Hallie solo me llamaba señor Murray en dos circunstancias: cuando había alguien delante a quien quería convencer de que nuestra relación era estrictamente profesional y cuando estaba tan enfadada conmigo que utilizar mi nombre de pila le parecía una familiaridad que no merecía.

—No sabía que habíamos vuelto al señor Murray.

—Yo tampoco sabía que esta mañana iba a tener que presenciar cómo le echabas en cara a uno de tus mejores amigos que su ruptura está afectando al negocio, así que supongo que los dos estamos viviendo experiencias nuevas.

Dejó el pañuelo sobre la mesa y cruzó los brazos.

—Trevor ya sabe que no está bien, Drake.

No necesitabas enseñarle tres valoraciones para demostrárselo.

Lleva meses intentando levantarse cada mañana, venir aquí y comportarse como si su vida siguiera exactamente igual cuando no es así.

Kelly formaba parte de prácticamente todo lo que había imaginado para su futuro y, de un día para otro, dejó de estar.

Quizá para ti seis meses sean suficientes para superarlo, pero para él evidentemente no.

La observé en silencio.

Hallie se había olvidado del señor Murray en algún punto de aquel discurso.

También se había olvidado de que intentaba fingir que su preocupación por Trevor era exactamente la misma que sentiría por cualquier otro compañero de trabajo.

Estaba guapa cuando se enfadaba.

Aunque, siendo justos, Hallie era una mujer atractiva.

Tenía el pelo castaño, largo y ligeramente ondulado, unos ojos enormes que hacían especialmente fácil saber cuándo quería mandarme a la mierda y una figura que parecía empeñada en esconder bajo pantalones de vestir, blusas cerradas y americanas en tonos tan sobrios que su armario probablemente podía confundirse con el de una funeraria.

Nunca había entendido muy bien por qué lo hacía.

No porque esperara que mi secretaria viniera a trabajar con un escote hasta el ombligo, Recursos Humanos ya tenía suficientes motivos para odiarme, sino porque había algo deliberado en la manera en que Hallie evitaba llamar la atención sobre sí misma.

Como si ser atractiva fuera otra cosa que debía mantener bajo control.

Yo lo había notado, por supuesto.

Era Drake Murray.

Notar ese tipo de cosas prácticamente formaba parte de mi ADN.

Lo que no había hecho nunca era concederle demasiada importancia.

Hallie era Hallie. Mi secretaria. Mi mano derecha. Y una mujer atractiva podía seguir siendo simplemente eso: una mujer atractiva.

—Tu objetividad resulta conmovedora.

Su expresión cambió al instante.

—No sé de qué hablas.

—Claro que no.

—Trevor es mi amigo y me preocupa. Eso es todo.

No respondí. No hacía falta.

Hallie sabía que yo sabía que llevaba años enamorada de Trevor. Yo sabía que ella sabía que lo sabía y ambos habíamos llegado, sin necesidad de hablarlo, al sensato acuerdo de no mencionar jamás el asunto.

Por desgracia para ella, eso no impedía que me divirtiera de vez en cuando.

Repasamos la agenda del día y, como de costumbre, descubrí que Hallie había cambiado de hora dos reuniones, rechazado una invitación en mi nombre y encontrado un hueco para una entrevista que no recordaba haber aceptado.

Intenté discutir un par de sus decisiones, ella me explicó por qué tenía razón y yo acabé aceptándolas porque, por desgracia, la tenía.

Todavía enfadada conmigo, recogió la tableta y salió del despacho.

Me quedé solo.

Intenté volver al informe que tenía abierto, pero apenas conseguí leer un par de líneas antes de pensar otra vez en Trevor.

Tenía que hacer algo.

No podía seguir así. Trevor era uno de los hombres más inteligentes que conocía, pero cuando se trataba del amor tenía una dependencia emocional que, irónicamente, debería hacerse mirar por un profesional.

Pensándolo bien, no recordaba haberlo visto soltero demasiado tiempo desde que lo conocía.

Una relación había dado paso a otra y después a otra, hasta llegar a Kelly.

Trevor era así. Necesitaba compartir la vida con alguien, tener a quien llamar al terminar el día, hacer planes para el fin de semana y todas esas cosas que, desde hacía años, a mí me producían urticaria solo de pensarlas.

Quizá ese era precisamente el problema.

O la solución.

Tal vez lo que Trevor necesitaba para dejar de pensar en Kelly era volver a ilusionarse con alguien.

Una nueva novia.

Me recliné en la silla mientras le daba vueltas a la idea. No podía ser cualquiera. Después de cómo había terminado su última relación, necesitaba una mujer que lo conociera, que supiera cómo era y que no fuera a jugar con él. Alguien de confianza. Alguien que ya estuviera en su vida.

Mi mirada se desvió hacia el otro lado del cristal.

Hallie acababa de sentarse frente a su ordenador.

Me quedé mirándola.

Conocía a Trevor desde hacía años.

Se preocupaba por él.

Y estaba completamente enamorada de él.

Espera.

¿Y si…?