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Con Safrax a la cabeza, contus en ristre, los jinetes alanos iban callejuela por callejuela en formación compacta, sin dejar espacio alguno como para que nadie que se cruzara con ellos tuviera esperanza alguna de eludirlos.
Al llegar a las cercanías del pretorio, se encontraron con una muchedumbre salvaje y rabiosa, y comprendieron que allí se habían reunido los asaltantes del campamento.
A una señal del dragón que enarbolaba Tasio, hombres y monturas se reagruparon, para luego lanzarse al galope hacia ellos, que los miraban, incrédulos, a poca distancia.
La carga fue terrible, poderosa, y pronto sumergió a la marabunta, victoriosa hasta entonces, en el caos.
Los que no murieron bajo el filo de las armas en el choque lo hicieron bajo los cascos de los caballos.
Sólo los pocos que permanecían en las últimas filas, los más avispados, tuvieron tiempo de escapar.
La inercia de la cabalgada terminó por agotarse cuando Safrax y la vanguardia llegaron hasta los escalones del pretorio. Los fieles corceles se vieron incapaces de seguir avanzando en aquel mar de cuerpos y armas en el que se había convertido la calzada.
Uldin, con la incredulidad dibujada en el rostro, casi no los vio llegar.
El repiqueteo de los cascos, los gritos de los que caían y el ruido del metal había llegado hasta él y, al instante siguiente, fue arrollado por el caballo de Tasio, que lo lanzó hasta la pared del edificio más cercano.
Inconsciente aún, fue sacado de allí por varios de los suyos, que inmediatamente echaron a correr, cargando con su señor, hacia la puerta norte.
Tasio, que desconocía la identidad del guerrero, lanzó un aullido, desesperado, porque su montura ya no podía seguir avanzando.
Taloneó los flancos del animal con fuerza, pero éste estaba encajonado.
No por ello el jinete cejó en su empeño, pues sabía que, si los hunos se daban cuenta de que seguían siendo superiores en número, estaban perdidos, por mucho que Marcial y sus legionarios no tardaran en presentarse allí.
No muy lejos de allí, Hilduara contemplaba la escena horrorizada.
Se mantenía en pie, aunque sus piernas todavía temblaran de miedo por la estampida y porque, de forma milagrosa, había sobrevivido.
Y si lo había hecho había sido gracias a que Tasio había obligado a su semental a virar en el último momento para arrollar a Uldin en lugar de a ella.
Fue entonces cuando vio a Safrax, y sintió recuperar parte de su entereza.
Éste, que hasta ese momento había compartido carga con Tasio, descabalgaba tras haber reconocido a su familia, resguardada tras la frágil línea de infantes alanos que los había mantenido con vida.
Aun con el yelmo calado, la goda reconoció aquellos ojos enormes y rasgados de un color similar al del azul más claro que pudiera engalanar el cielo durante el estío.
Unos ojos que, rápidamente, quedaron prendados de los suyos.
Para entonces, los hombres de Uldin que habían sobrevivido a la carga o aún trataban de huir o eran alanceados sin piedad por los jinetes alanos, así que Hilduara supo que no tenía otra escapatoria. Abrió los brazos y compuso una expresión arrepentida.
–Safrax, ¡has vuelto a por mí!
El alano sintió que el timbre de aquella voz traspasaba su corazón.
Sintió un estremecimiento. La matanza que tenía lugar a su alrededor se tornó de pronto ajena, también el motivo por el que se encontraba allí.
La coraza de la que se había revestido durante los últimos años se agrietaba a toda velocidad.
–Safrax, ¡no la escuches! –aulló Amage, todavía protegida tras los guerreros de Malvar.
Pero las palabras de su abuela se perdieron en el caos...
Se retiró el casco y lo dejó caer, para contemplar, incrédulo, a la única mujer a la que creía haber amado, a la que había entregado su corazón en el pasado, su alma entera.
Todo cuanto poseía. Estaba allí, y era tan hermosa o más que como la recordaba.
Sin atender a los gritos de los suyos, Safrax envainó la espada y se acercó lentamente hacia Hilduara, tal y como había hecho tantas veces en su imaginación desde que ella lo abandonara.
Absorto como estaba en contemplarla, algo conmocionado, no se percató de que ella había escondido la mano derecha entre los pliegues de su capa.
–¡Safrax, no! –Baddo apartó a Marval de un empujón y corrió hacia él.
El aullido triste y desconsolado de la hija de Gundebaldo sí logró que el alano girara el cuello en su dirección, justo cuando la reluciente hoja de Alimaña comenzaba a asomar entre las ropas de Hilduara.
–¡No! –gritaron al unísono Amage y Baddo.
La plaza del pretorio pareció, por un momento, congelarse en el tiempo, mientras todos los que observaban la escena contenían la respiración.
Cuando se encontraban a un solo paso uno del otro, Hilduara elevó el brazo derecho y Alimaña brilló a la luz de las teas. Demasiado tarde para Safrax, que sólo pudo despertar de su sueño.
Pero no para que una flecha se clavara, certera, con fuerza, en el cuello de la mujer, que cayó inerte a unos pasos del alano.
Las mujeres ya habían sorteado la protección de los guerreros para ir hacia él. Baddo, unos pasos por delante. Sollozaban de alegría por ellas mismas, pero también porque alguien había salvado a Safrax, aunque no sabían quién.
En ese momento, los protectores imperiales aparecieron por la calle contigua, y su visión provocó el asombro entre los alanos, e incluso entre los recién llegados legionarios de Marcial. Un hombre se había destacado por delante de ellos.
Goar, con el arco aún en la mano, caminaba como en un sueño, lentamente, como si temiera perder el equilibrio, caer y despertar.
Había visto a Hilduara, a aquella mujer maldita, esgrimir un arma y no se lo había pensado, sin importarle siquiera a quién le salvaba la vida.
Hasta ese momento, cuando, ya sólo a una veintena de pasos, vio el pálido y largo cabello de Safrax.
Las mujeres que habían rodeado a un Safrax aún conmocionado por la imagen de Hilduara empuñando una daga, se separaron de él al percatarse de la llegada de la columna imperial.
Miraron al romano que parecía comandarlos, pero sólo vieron a un guerrero de gran talla, con un arco alano entre sus manos.
De inmediato, éste soltó el arco, se quitó el casco, y dejó a la vista un rostro surcado por las lágrimas y el sudor.
–¿Safrax? ¿Eres tú, hermano?
Éste salió de entre las mujeres, más perplejo aún si cabía, y miró al joven que tenía delante. Se había despedido de él siendo un muchacho, y ahora era todo un hombre. Le sobrevino primero el asombro, luego la alegría, y al final la confusión por lo que acontecía.
–No, no puede ser –tartamudeó, incapaz de decir nada más.
Fue Goar quien, con un grito de alegría, se acercó y lo abrazó con tal fuerza que Safrax creyó dejar de respirar. Sólo que en ese momento, al fin consciente de a quién tenía de verdad entre sus brazos, le devolvió el apretón, entre lágrimas.
Los sollozos y las expresiones de alegría de la familia, por fin reunida, se mezclaron con los vítores de legionarios y de alanos, felices por haber salvado la vida, así como con las últimas notas de los dragones perdiéndose entre las callejuelas cercanas.
A lo lejos, el alba, poco a poco, se abría paso en el cielo, y con ella, la oscuridad que los amenazara llegaba a su fin.
El pueblo de Beuca, como tantas veces antes, había vuelto a ganarse el derecho a contemplar una nueva mañana.
La tan anhelada muerte en batalla que todos ellos perseguían debía esperar.