Dragón Epílogo
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Epílogo

Epílogo

–Goar, hijo mío –murmuró por enésima vez Amage, arrasada en lágrimas porque tenía que volver a separarse de él.

Aquellos días junto a su añorado nieto habían supuesto para su alma, vieja y desgarrada por las pérdidas y el paso del tiempo, un bálsamo reparador.

Gracias a las revelaciones de Goar sobre Respendial más allá de la frontera de piedra, Amage había sentido durante aquellas pocas jornadas que los malos recuerdos habían dejado de arder en su pecho.

Por eso Safrax, al verla así, se guardó de informarlos sobre quién había acabado con su vida; eso no importaba ya.

Para Amage, los miedos y el dolor parecían quedar al fin atrás, incluso las dudas acerca del destino de su propio pueblo, pues su familia, sus jóvenes, le habían demostrado que, pese a la sinrazón y los golpes recibidos, jamás se rendirían.

Goar no le respondió, sólo permaneció allí, en su regazo, como cuando era niño, dejando que los largos y finos dedos de la anciana se enredaran en su cabello y lo acariciaran, abandonándose a aquella agradable sensación.

Él también había sanado a su lado, al lado de aquellos con quienes compartía parte de su sangre.

–No nos dejes, no ahora que te hemos vuelto a encontrar... –le suplicó la anciana.

Pero Goar había tomado una decisión. Había llegado el momento de marchar. Se incorporó, tomó entre sus manos las de su abuela y le dio un beso en la frente.

–Éste ya no es mi lugar, abuela, pero en mi corazón llevaré siempre la alegría de haberos vuelto a tener a mi lado. No puedo ser más dichoso de lo que lo he sido estos días.

–Y yo celebro que mi hijo haya conocido al gran guerrero por el que luce su nombre. Espero que sea digno de él –suspiró Caina desde la entrada de la tienda, apareciendo con el pequeño Goar entre los brazos.

Goar se acercó a su prima y acarició la sonrosada piel del pequeño, maravillándose de la suavidad de su tacto, devolviéndole aquél una sonrisa divertida.

–Por sus venas corre la sangre de Amage y de Beuca –aseveró y, por primera vez, reconocer aquella certeza no le abrasó el alma–. Será un gran luchador, como su madre.

La aparición de Safrax y de Estilicón los tomó por sorpresa.

Safrax lucía, como los últimos dos días, la cruz de Respendial colgando del pecho.

Goar se la había entregado después de la batalla, el único recuerdo que le podía quedar a Safrax de un padre al que no recordaba, pero al que Goar había aprendido a admirar en el poco tiempo que habían pasado juntos.

Así, si Goar había conseguido cerrar para siempre la herida abierta entre Safrax y Respendial, pese al llanto que había dominado al primero al saber que él había sido el causante de la muerte de su progenitor, Safrax había conseguido que Goar, tras tantos años lejos de los suyos, si no entendiera los motivos de Beuca para apartarlo de los suyos, sí, al menos, que lo perdonara.

Las heridas se habían cerrado para siempre.

Había llegado la hora. Estilicón y los suyos regresarían a Oriente para ponerse de nuevo bajo las órdenes del augusto Teodosio.

Safrax, en cambio, sabía que con la caída de Graciano sus días en aquel rincón del Imperio habían llegado a su fin.

Así que, las jornadas posteriores a la batalla había buscado al hijo de Hilduara en los alrededores del bosque, sin éxito, y enterrado a sus muertos, entre ellos al malogrado Alateo, su aliado y amigo; y ahora regresarían al este, esta vez alanos, godos, cuados y otros tantos, todos bajo su único liderazgo.

–Debemos marchar ya, Goar –anunció Estilicón, apremiante, pues hacía días que Tito Buteo había partido junto a los suyos hacia Viminacium, y habían aprendido mucho tiempo atrás a no fiarse de las intenciones del antiguo arcani .

Amage se aferró al brazo de su nieto más joven con aún fuerza.

–Venid con nosotros –insistió Goar, pues sabía que Estilicón había hecho tal propuesta a su primo, sin duda beneficiosa para ambos, o eso quería pensar.

–No volveré a someterme a nadie en esta vida. Soy un hijo de la estepa, y como tal cabalgaré libre hasta que me alcance la muerte. –Safrax negó con la cabeza.

Estilicón asintió y sonrió.

–Mi ofrecimiento es sincero, Safrax. Los hombres leales y valientes son una rara excepción en este mundo podrido, y ante mí tengo a dos de los más intrépidos y fieles que he encontrado en el camino.

Para mí sería un honor contar con vuestras armas, así que, si en el futuro cambias de opinión, siempre podrás venir a mí, tú y los tuyos.

Las miradas de Goar y de Safrax se encontraron un instante, y se abrazaron sin poder contener las lágrimas.

Safrax todavía se asombraba de que su primo no sólo hubiera alcanzado su altura, sino que su envergadura y fuerza fuera mayor que la suya.

Para él seguiría siendo su hermano pequeño, siempre, aunque ya fuera un gran guerrero.

No seguiría a su lado, pero sabía que aquellos días vividos juntos conseguirían que, cuando le llegara la hora, Amage pudiera marchar en paz.

El legado de Beuca permanecería intacto.

Y el viejo dragón que aterrorizara el mar de hierba tiempo atrás continuaría siendo alzado al cielo por los suyos.

La tribu de Beuca no desaparecería, porque, al fin, habían derrotado al viejo y oscuro enemigo surgido desde naciente que se había convertido para ellos en una terrible maldición.

Y volverían a hacerlo, si fuera necesario.

¿Adónde lo llevaría ahora el antiguo dragón?, se preguntó Safrax, enjugándose las lágrimas con disimulo. ¿Qué harían en adelante? Entonces, descubrió los ojos de Baddo fijos en los suyos, y, sin reparar en ello, esbozó una sonrisa.

Goar, que no se atrevía a mirar a nadie más por temor a venirse abajo, salió de la tienda.

Allí fuera lo esperaban Malvar y Palaco para despedirse.

Ellos permanecerían junto a Safrax, como Fariban y tantos otros.

Habían vuelto a encontrar su sitio, habían encontrado al dragón que debía guiarlos en el futuro.

–Hermano, que los dioses te sean propicios –dijo Marval con voz entrecortada, antes de abrazarlo con fuerza.

Cuando le tocó el turno a Palaco, éste pareció contentarse con darle una suave palmada en el hombro.

–Cuídate, mocoso –le espetó, pero en su voz no había rastro alguno de la antigua inquina entre ambos. Casi de inmediato, una vez se aseguró de que Marval se adentraba en la tienda tras los pasos de Safrax, lo tomó por los hombros y se fundió con él en un abrazo.

* * *

Las aguas del Istro descendían calmas, como correspondía a la época estival. En cubierta de una de las embarcaciones que había abandonado el embarcadero de Kelemantia, Marcial se entretenía en escupir y comprobar las ondas que se formaban sobre la superficie del río.

–Echaré de menos a esos alanos desagradecidos. Me quedo con que, al final, convertimos en unos soldados más que decentes a esos jovencitos rebeldes y melenudos –sentenció, pensativo.

Nepociano asintió. Él también echaría de menos a Malvar, a Fariban y a todos los demás. Los conocía desde que eran unos niños que apenas se alzaban cuatro codos desde el suelo. Pero también él hacía tiempo que había dejado de ser un jovencito alocado.

–No pertenecen a nuestro mundo, son como aves a las que no se debe encerrar, como esas rapaces que pueblan la estepa de la que tanto hablan... Por cierto, he escuchado que el prefecto Corvino falleció a las afueras de Kelemantia, durante la persecución.

A lo lejos comenzaba a formarse, difusa, la silueta de Brigetio, y Nepociano se preguntó qué les depararía el destino.

Lo habían informado de que Flavio Graciano Augusto había sido traicionado durante la guerra civil, perdiendo la púrpura, pero también la vida.

En breve, la guarnición de Brigetio, como todas las del Istro y del Rhenus, deberían jurar lealtad al nuevo emperador, Magno Máximo, aunque éste no fuera más que un usurpador.

–Tiene, sin duda, el mérito de ser el joven rico con peor suerte que recuerdo. Cayó en una zanja cuando perseguíamos a esos hunos malnacidos y...

–¿Y qué ocurrió? –preguntó Nepociano, sin poder disimular una sonrisa, pues nadie había sabido explicarle los detalles–. ¿Se ahogó en su propia mierda y no pudo salir del foso?

Los legionarios que formaban a su espalda no pudieron contener la risa, hasta que Marcial se giró hacia ellos y los hizo callar.

–Por el rabo de Mitra, ¡debes de poseer el don de la adivinación, tribuno! Exactamente eso es lo que sucedió, seguro.

Esa vez, tanto legionarios como centenario rieron, y si hubiera sido posible, Nepociano hubiera creído que las risas se extendieron hasta las embarcaciones vecinas.

–Pero ahora lo importante es que, en breve, el nuevo emperador deberá nombrar otro prefecto para la guarnición de Brigetio –apostilló Marcial–.

Si es inteligente, como sin duda debe de ser, nombrará a un candidato de verdad, a alguien como tú, tribuno.

No se me ocurre nadie mejor para manejar con mano de hierro una mierda de guarnición perdida a pocas millas del Barbaricum a la que ningún niño bonito llegado desde Occidente querría ser destinado.

* * *

Semanas después, los supervivientes de la tropa de Modario, huérfanas de su señor, y la escolta de Flavio Estilicón y de Tito Buteo llegaron a las cercanías de Viminacium, sólo que aún en la ribera norte del Istro.

Poco tardaron en llegar hasta allí algunas primitivas naves de carga desde la ciudad, también algunas barcazas de pescadores sobre las que transportar nuevamente a los soldados a las tierras del Imperio.

Tal y como habían acordado, los últimos que quedaron en la orilla norte fueron Estilicón, Goar y su escolta.

Cuando se habían perdido de vista las últimas embarcaciones, varias figuras salieron del bosque cercano y se acercaron hasta el pequeño campamento, donde se disponían a pasar la noche.

Goar se acercó a Arsaces, que avanzaba en primer lugar.

–¡Arsaces, viejo granuja! –lo saludó, contento.

Por detrás del armenio, venían Caris y Gosvinta, y Goar sintió una sensación agridulce al contemplar a la pequeña. Allí estaba, sana y salva, pero ellos no habían encontrado a su hermano, ni siquiera sabían lo que había ocurrido con Modario, aunque los hombres del dux lo daban por muerto.

Caris soltó la mano de la niña y miró hacia el alano con una tímida sonrisa. Para sorpresa de éste, cuando Arsaces se separó, se aferró a su cintura y lo estrechó con fuerza.

–Caris, lo has conseguido –murmuró Goar, sintiendo el cálido abrazo de la mujer.

Gosvinta escrutaba a Goar sin disimulo alguno. Sin duda le debían haber hablado mucho de él, imaginó el alano. Y le había fallado, pensó.

–Y tú debes de ser Gosvinta –murmuró, acercándose entonces a ella, mientras buscaba las palabras con las que anunciarle lo ocurrido con su hermano.

Para su sorpresa, en ese mismo instante varias figuras más se destacaron desde el bosque. Unas eran, claramente, las de los dos compañeros de Arsaces, pero con ellos venían también otras más menudas.

–¿Alarico? –exclamó Estilicón, incrédulo al distinguir el orgulloso caminar del joven godo.

El hijo de Gundebaldo avanzaba junto a Ataúlfo, y tras ellos decenas de godos, la mayor parte mujeres, pero también jóvenes a los que, en un momento de zozobra, sólo el empuje de Alarico había servido para mantenerlos a flote.

–Pero... ¡jodido godo desagradecido! ¡Pensábamos que habías muerto –exclamó Goar, atónito y feliz a la vez.

–Lo siento, hubiera preferido poder regresar con vosotros –reconoció el joven, encogiendo los hombros–. Pero algo me lo impedía –apostilló, exhibiendo una sonrisa orgullosa mientras alzaba en su brazo derecho el pestilente saco en el que había guardado la cabeza de Modario.

Alano y vándalo se taparon la nariz al notar el hedor, y al momento comprendieron lo ocurrido. Alarico tomó a su hermana de la mano y tiró de ella en dirección al bosque.

–¿Te marchas? –preguntó Goar, que no había llegado a pensar en lo que ocurriría después de todo aquello.

–Ahora tengo un nuevo pueblo del que cuidar –respondió, orgulloso.

Goar sonrió una vez más por la vanidad del muchacho y, pese al avergonzado rostro del godo, lo abrazó con ternura, antes de apartarlo con un suave pescozón.

–Mantente con vida, godo, no nos hemos esforzado tanto para que ahora la malgastes –le espetó.

–Gracias, alano, y gracias, romano. Jamás olvidaré lo que habéis hecho por mi familia.

Poco después, las cuatro figuras se confundían con la oscuridad y desaparecían en el bosque.

–Es la última vez que acepto hacer de niñera. Si se os ocurre proponérmelo de nuevo, regresaré con mi pueblo y me haré cargo de mis propios hijos –protestó Arsaces, señalando al alano con un dedo grueso y sucio.

Ante la falta de respuesta, el armenio se conformó con esbozar una sonrisa y soltar un puñetazo en el hombro del alano, antes de dirigirse hacia la cercana lumbre junto a la que comía el resto de la escolta de Estilicón.

–Nunca pensé que diría esto, pero le he cogido cariño a ese maleducado jovencito... ¿Crees que volveremos a verlo? –preguntó Goar a su amigo, sin dejar de mirar hacia el bosque cercano.

Estilicón le pasó un brazo sobre el hombro.

Había llegado el momento de regresar a casa.

Aquella guerra, la misma que habían creído que jamás llegaría a su fin, había terminado.

Teodosio gobernaba la mitad oriental del Imperio con mano firme, y el también hispano Magno Máximo poco tardaría en hacer lo propio en Occidente.

Roma había conjurado el peligro una vez más, y en pocos meses él se desposaría con la hermosa Serena, la hija adoptiva del emperador.

La pesadilla había llegado a su fin, y él estaba a punto de convertirse en uno de los hombres más poderosos de Oriente.

Su padre, sin duda, estaría orgulloso. Era en los periodos más inestables, más difíciles, cuando se forjaban los hombres más fuertes, y él estaba dispuesto a ser uno de ellos.

–Estoy seguro de que no será la última vez que escuchemos hablar de él. Parece un jovencito difícil de matar...