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Pero la anciana, en lugar de obedecerlo, apartó a los guerreros y se colocó más allá del círculo de escudos. Una vez allí, recogió la cabeza de su antiguo aliado para señalar de manera amenazadora a la mujer.
–En cuanto encontré al estúpido de mi hermano supe que tú no podías andar muy lejos, Amage, y lo celebro –le respondió Hilduara, triunfante.
Si contemplar el martirizado rostro de Alateo había afectado a la anciana sabia, más aún lo hizo reconocer a quien había acabado con su vida.
Hilduara, en cambio, la ignoró; buscaba con la mirada algo a la espalda de los guerreros, y rápidamente encontró a Baddo, aquella jovencita débil que, en lo más profundo de su ser la había envidiado por tener para ella el amor de Safrax, pensó, satisfecha.
Y con ella estaban Aleda y Caina manteniéndole la mirada con determinación.
Todas a su merced. Pero entonces Hilduara también se fijó en el muchachito de rubios cabellos y ojos azulados, ahora horrorizados, que estaba junto a Caina.
Por primera vez se sintió flaquear, pues no podía ser otro que Tulga, su primogénito.
–Me alegro de encontraros de nuevo, hacía tiempo que lo deseaba... –dijo, recuperando la templanza, y, como si comprendieran lo que encerraban en verdad esas palabras, los guerreros que iban con ella avanzaron hacia los alanos cerrando la tenaza sobre ellos.
–Estás maldita, Hilduara, siempre lo estuviste –la increpó Amage, todavía con la cabeza de Alateo entre las manos.
Lejos de incomodarse, Hilduara dejó a la vista de todos la hoja de Alimaña, en la que aún se apreciaba la sangre de su hermano.
–Echo de menos a tu nieto, Amage... ¿Dónde está Safrax? ¿Acaso es el único que no ha salido a recibirme? –Hilduara escuchó que, por detrás, Uldin mascullaba una maldición al oír el nombre de su antiguo rival.
Aprovechando el inesperado parlamento, Malvar estudiaba la situación. Los hunos habían ocupado todo el frente, pero aún era posible que los más rápidos pudieran escapar por las callejuelas que tenían a su espalda.
–Fariban, lleva a las mujeres y a los niños por atrás, quizá sean capaces de llegar a la puerta norte mientras los contenemos... –susurró a su amigo sin perder de vista las armas hunas.
–Malvar...
–Si puedes, márchate tú también –insistió.
La cortante voz de Hilduara interrumpió la conversación:
–Safrax, ¿te niegas a dar la cara, cobarde?
De forma instintiva, los guerreros alanos se acercaron entre sí, cerrando un círculo protector de madera, carne y metal.
–No esperaba menos de ti. En el fondo, siempre te faltaron arrestos –rio Hilduara, dando un paso atrás, dispuesta a liberar a sus lobos, como había hecho tantas otras veces–. Ahora, entregadme a Tulga. No querréis llevar la muerte de un inocente sobre vuestras conciencias...
Marval agarró a Amage y a la fuerza la obligó a situarse nuevamente tras los guerreros.
–Si lo quieres, ven a buscarlo, bruja.
* * *
Modario había aguardado a que los suyos aseguraran la puerta para adentrarse en Kelemantia.
Entonces, en lugar de ir hacia la barricada, donde los últimos defensores ofrecían resistencia, se había dirigido al lienzo norte, seguido por una docena de hombres, convencido de que quienes trataran de escapar lo harían por allí.
Muy cerca ya de su objetivo, se encontró con un nutrido grupo de mujeres y de acémilas cargadas con baúles y todo tipo de utensilios, escoltadas por cuatro alanos.
Éstos, pese a los nervios y la evidente inferioridad numérica, vendieron cara su derrota ante un enemigo más numeroso.
Ante la lucha, aterrorizados, los animales salieron a la carrera. Modario, al momento, ordenó a tres de los suyos que corrieran tras ellos, dispuesto a no perder de vista su valiosa carga. A los tres restantes, les indicó que reunieran a las supervivientes con premura.
–Tú –increpó a Amalasunta, quien pensaba sería la cabecilla del grupo, dada la costosa capa con la que se cubría–. ¿Eres goda, mujer?
Antes de que ella respondiera, y para sorpresa de Modario y de sus godos, Ataúlfo, que hasta entonces se ocultaba entre las mujeres, apartó a su madre y lanzó una furiosa patada en la entrepierna del hombre que la amenazaba.
Los tervingios se miraron entre sí, perplejos, pero, en el instante en el que el primero de ellos pareció reponerse de la sorpresa, su compañero era atravesado por una flecha surgida de un callejón cercano.
Allí, Alarico había dispuesto cuatro flechas, una por cada enemigo, y ninguna erró en el blanco, gracias al duro entrenamiento de Goar.
Los tres guerreros murieron en cuanto los proyectiles les atravesaron el pecho, pero el último sólo se había clavado en el muslo de Modario.
Alarico se acomodó el arco en el hombro y desenvainó la scrama de su padre.
Podía haber matado a Modario con la flecha, pero aquello no era lo que quería, al menos, todavía.
Aquel hijo de perra debía saber a manos de quién moría, y por qué.
Modario, aún dolorido por la patada de Ataúlfo, sintió un pinchazo en el muslo, y de inmediato su pierna izquierda dejó de responderle; aun así, lanzó el brazo hacia el joven para golpearlo, y éste cayó a los pies de su madre.
Amalasunta, resuelta a protegerlo, se situó delante, aun sabiendo que aquel hombre la mataría, pero, en ese momento, Alarico, a la carrera, arremetió contra él y lo hizo caer sobre el pavimento, con la sorpresa y el dolor dibujados en el rostro.
–¡Qué demonios! –exclamó Modario, y su expresión de asombro fue aún mayor al comprobar que quien lo había derribado vestía como uno de los armenios de Estilicón.
Alarico se retiró el casco y mostró una sonrisa triunfante.
–¿Un puto crío? ¡Quién cojones te crees que eres, estúpido! –lo insultó Modario, pugnando por vencer el peso de su armadura y el dolor de su pierna para ponerse de nuevo en pie, pero lo único que consiguió fue encontrarse con la punta de la hoja de la scrama de Gundebaldo a un palmo de su rostro.
–No soy un puto crío, tampoco soy un armenio. Soy Alarico, hijo de Gundebaldo: la sangre de los baltos corre por mis venas, y tú eres hombre muerto, Modario.
Con una violencia que hizo que las mujeres se alejaran despavoridas, el joven balto acuchilló una y otra vez a su odiado enemigo, descargando la rabia contenida en su alma durante años, mientras Modario trataba inútilmente de protegerse con las manos desnudas.
–¿Alarico? –preguntó Ataúlfo, igualmente horrorizado, sin poder creer que aquél fuera su antiguo compañero de juegos.
Pero Alarico no lo escuchaba. Sentía las manos bañadas en la sangre de su enemigo, oía sus gemidos, pero ni aquello resultaba suficiente para mitigar la angustia y el dolor que inundaban su pecho.
Modario ya no ofrecía resistencia, cualquier hálito de vida lo había abandonado, pero la rabia seguía dominando al joven, y ya movía su scrama hacia el cuello de su enemigo, dispuesto a hacerse con su cabeza como trofeo.
Amalasunta, horrorizada, alargó la mano hacia su hijo. Debían alejarse de allí con rapidez, antes de que regresaran los hombres que habían partido en busca de las acémilas. Sin embargo, el joven, en lugar de responder a su llamada, negó con la cabeza.
–Alarico, vámonos. ¡Alarico, por favor! –insistió, haciendo un esfuerzo por borrar todo rastro de terror de su voz.
Un escalofrío recorrió la espalda del joven balto cuando alzó la cabeza de Modario por la melena.
–Alarico, esos hombres no tardarán en regresar. Alarico, escúchame, por favor...
Por primera vez desde que encordara el arco, el balto fue consciente de que había alguien más allí.
Miró al joven que le hablaba, sin reconocerlo; sus palabras no dejaban de ser ciertas.
A sus pies, la sangre corría entre las piedras del pavimento, y cualquiera que apareciera sabría que había sido él quien había arrebatado la vida al dux de Viminacium.
Tenía que marcharse y reunirse con Gosvinta, si es que Caris y Arsaces habían cumplido con su cometido.
Si no, él mismo lo haría. En ese instante, tras haber cumplido su venganza, se sentía capaz de derrotar él solo a toda la guarnición.
* * *
La lucha había cesado en los alrededores del portón sur cuando Estilicón llegó con los suyos, dispuesto a detener la masacre.
La estampa que contemplaron quienes seguían al tribuno imperial resultaba desoladora.
Centenares de cuerpos sobre el empedrado, amontonados unos sobre otros, ocupaban la casi totalidad del espacio frente al semicírculo de carretas en el que los defensores habían ofrecido una tenaz resistencia.
Pero también sobre éstas, incluso en las calles cercanas, donde los hunos, más ligeros, habían dado caza a quienes trataban de huir.
A una orden de Nepociano, los protectores abrieron hueco en la barricada, y por ahí ascendieron hacia el pretorio, imaginando que seguramente aquél sería el siguiente punto en el que Uldin y los suyos se hubieran detenido.
Aún estaban lejos cuando Estilicón tuvo que dar el alto.
Incontables hunos y hombres de otros pueblos ocupaban la vía, haciendo imposible continuar avanzando.
Buscó a Goar entre quienes estaban a su espalda, y lo encontró junto a Nepociano, sorprendido por aquel inesperado alto.
El tribuno llamó a su amigo a gritos, pero éste lo ignoró.
Se había quedado, de pronto, inmóvil, y estiraba el cuello para ver lo que ocurría, concentrado.
De fondo podían escuchar el inconfundible sonido de los dragones de metal cabalgando sobre rápidas monturas y, al momento siguiente, los gritos de quienes eran arrollados por los caballos en su avance, así como el sonido de las armas golpeando.
–¿Cómo es posible...? ¡El dragón! –exclamó Goar, emocionado, volviéndose hacia Estilicón en cuanto reconoció en la distancia el estandarte de su abuelo alzándose desafiante en el cielo nocturno.
* * *