Dragón 36
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CAPÍTULO XXXVI

Los cadáveres se amontonaban a los pies de los carromatos, y también sobre ellos.

Defensores y atacantes habían perdido la cuenta del tiempo que llevaban combatiendo; tampoco eran conscientes de lo que ocurría en el resto de la muralla, pues tanto unos como otros bastante tenían con salvar la vida hasta que uno de los bandos se alzara definitivamente con la victoria.

Hacía rato que Alateo se había quedado sin voz, o sin aliento, no sabría decirlo.

Había recibido tantos golpes que era incapaz de pensar en un único rincón de su cuerpo que no le doliera, pero no por ello se había concedido dar un paso atrás.

Allí seguía, al frente de los suyos, animándolos a que continuaran protegiendo a sus familias; a que, con su sacrificio, concedieran a sus seres queridos la posibilidad de escapar con vida.

A poca distancia del caudillo greutungo, un huno fue aupado por dos hombres sobre un escudo.

Alateo reparó al momento en lo que iba a pasar.

Alargó el brazo y, antes de que aquel huno saltara hacia su posición, ya le había cercenado el brazo de la espada.

Alateo sonrió al comprobar que su enemigo perdía el equilibrio y caía, y buscó de inmediato un nuevo oponente.

Para su sorpresa, entonces la marea de salvajes a sus pies pareció dar un paso atrás, todos a una.

Incapaz de pensar con claridad en medio de aquella vorágine de golpes y gritos, sonrió abiertamente, creyendo que sus adversarios por fin habían comprendido que sobrepasar aquel parapeto les conllevaría el sacrificio de demasiadas vidas.

Sin embargo, no era eso lo que ocurría. Uno de sus hombres lo zarandeó del hombro sin compasión.

–Mi señor, ¡sobre el muro! –gritó el guerrero. No tuvo que repetirlo: el cambio de expresión de Alateo le confirmó que lo había entendido.

En el camino de ronda se habían congregado decenas de hunos armados con aquellos extraños y letales arcos asimétricos que tantas veces habían sorprendido a Alateo en la batalla. Y ya llevaban los proyectiles hacia las cuerdas, dispuestos a disparar.

–¡Escudos, escudos! –aulló Alateo, y en esa ocasión, para su asombro, su voz sonó clara como la nota de una trompa, sin rastro de agotamiento.

Godos y alanos respondieron a la orden elevando sus broqueles a toda prisa hacia el cielo y hacia el frente.

En pocos segundos, los dardos atravesaban el aire a toda velocidad, y poco después el griterío de los heridos se apoderó de la barricada.

Los proyectiles, lanzados desde tan cerca, eran capaces de atravesar la más sólida armadura, y así ocurría a lo largo de la línea con aquellos desdichados que no habían sido lo suficientemente rápidos o diestros con sus protecciones.

Unos cuantos cayeron abatidos, mientras sus compañeros se apretujaban entre sí, sosteniendo con mayor fuerza aún sus rodelas.

Alateo sintió de pronto un pinchazo en el brazo con el que sostenía su escudo.

Fue como un picotazo, como si una rapaz hubiera atravesado el cielo a toda prisa para clavarle el pico con furia.

No se atrevió a mirar, sino que se aferró al broquel con más fuerza si era posible, consciente de que le iba la vida en ello.

Unos instantes después, mientras la mortal lluvia continuaba cayendo inexorablemente sobre ellos, entre los tablones de sauce del escudo, emergió una afilada punta de metal.

Alateo retiró la cabeza por puro instinto, y ese mismo instinto lo salvó del siguiente proyectil, que destrozó los tablones pero que iba directo a su ojo derecho.

Se obligó a apretar los dientes y a seguir sosteniendo el escudo en alto, por mucho que a cada respiración sintiera que su brazo izquierdo, que parecía haber quedado remachado a los tablones de sauce por medio del proyectil huno, perdía vigor.

Los gritos de dolor a medida que las puntas de metal hacían blanco en la carne de los defensores se multiplicaban a medida que las flechas caían.

El guerrero que se encontraba junto a Alateo se derrumbó, y con él su escudo, de manera que un nuevo dardo sorteó la desesperada defensa del caudillo greutungo para clavársele en la pantorrilla derecha.

Para cuando la mortal lluvia cesó, eran pocos los defensores capaces de mantenerse en pie, pero quienes todavía podían moverse echaron a correr de inmediato hacia el interior del campamento.

Alateo no se movió, y pudo ver que un tervingio se aupaba al carromato, ahora ya casi sin defensas.

Éste, al percatarse de que el que parecía el jefe de los defensores se removía, lanzó una patada hacia su escudo.

El grito de dolor de Alateo al sentir que el astil de madera laceraba la carne de su antebrazo alertó a su enemigo de que seguía con vida.

Incapaz de volver a levantar el escudo, no pudo defenderse cuando el tervingio le enterró la punta de su espada en el pecho, para luego marcharse hacia el interior del campamento.

Alateo dejó de luchar por incorporarse. Las fuerzas lo abandonaban no ya de forma lenta y dolorosa, como hasta entonces, sino rápidamente.

Notó que la vista se le nublaba, y apenas era consciente ya del dolor que le provocaban sus múltiples heridas.

Antes de cerrar los ojos para siempre, o eso hubiera jurado, el hermoso rostro de una mujer de cabellos dorados se detuvo a poca distancia de él.

Debía de ser una valkiria, aquellos espíritus femeninos que arrancaban a los más valerosos guerreros del combate para convertirlos en favoritos de Woden.

Eso lo reconfortó, los dioses reconocían su valor y su sacrificio.

Alargó el brazo sano hacia la ensoñación, dispuesto a tomarla de la mano y volar con ella hacia el Valhöl, pero, de pronto, aquel hermoso rostro se contrajo en una mueca.

Alateo se estremeció. Allí estaba Hilduara, su hermana, dispuesta a arrebatarle el último aliento.

* * *

Tasio se limpió el corte de la mano en la hierba y se caló el casco.

Por primera vez en mucho tiempo, la paz que tanto necesitaba antes de enfrascarse en la lucha le resultaba esquiva.

Pero sabía el motivo: Caina, su amada Caina, y su retoño estaban en la ciudad.

Sólo podia pensar en eso, en que estaban allí, vivos, pero, quizá, por no mucho tiempo.

Ignorando la mano tendida de Sangiban trepó a lomos de su montura y la dirigió con presteza hacia donde Safrax había plantado el draco.

Palaco ya había ocupado su lugar a la izquierda de su caudillo, y, cuando sus miradas se encontraron, se dedicaron un gesto de reconocimiento, el de dos veteranos de mil batallas.

No quedaba rastro alguno en Palaco del joven guerrero al que Tasio encontrara tiempo atrás en el cercado de prisioneros imperiales.

El alano era ya un hombre curtido en la guerra, en las privaciones, en el dolor, pero no por eso se había rendido, como él, como todos ellos.

El sol siempre regresaba, incluso tras la más ominosa oscuridad.

En ese instante, varios de los guerreros más jóvenes recogieron los estandartes que habían ido juntando en la orilla y, con veneración, comenzaron a distribuirlos entre los abanderados.

Tasio fue el último en agarrar el suyo. Como otras veces, alzó, orgulloso, la enseña de Beuca, el mismo dragón que habían llevado hasta el confín del mundo conocido, hasta la brumosa isla de Britania, y aquella señal bastó para que los caballos comenzaran a avanzar, primero al paso, al galope, cuando los dragones empezaron a atronar.

Poco después, la caballería alana traspasaba a toda velocidad las puertas del campamento, de donde los legionarios de Marcial habían retirado escombros y cadáveres, y, como una crecida descontrolada, arrasaba todo cuanto encontraban a su paso por entre las callejuelas.

* * *

Malvar había conseguido que Amalasunta y Ataúlfo, junto con las familias de los principales seguidores de Alateo, se marcharan. Sus exploradores no habían encontrado rastro de enemigos en el bosque cercano, y aquélla parecía la única opción para salvar la vida.

Con Amage, en cambio, no había resultado tan sencillo, pues seguía resistiéndose a irse hasta que no lo hiciera el último de los alanos.

Furioso como un animal enjaulado, ahora Malvar caminaba en círculos delante de la puerta del pretorio, donde se había parapetado la anciana.

A su lado, Baddo apremiaba a las mujeres, resguardadas por unos cuantos hombres armados que oteaban, nerviosos, hacia la oscuridad desde la que surgían todo tipo de gritos y quejidos.

Al fin, la figura de Amage salió, seguida de sus nietas y, tras ellas, las últimas mujeres que habían encontrado refugio entre aquellas cuatro paredes.

Antes de que Malvar fuera capaz de expresar en voz alta su malestar por el retraso, los hombres que vigilaban las calles cercanas comenzaron a gritar y a correr hacia ellos.

–¡Amage, vete! –gritó Malvar, desenvainando su larga espada al tiempo que ordenaba a sus guerreros que formaran delante de las mujeres.

Pero ya nada podía hacer por ellas.

Por entre la penumbra, emergieron decenas y decenas de guerreros de piernas arqueadas y ropajes oscuros, y poco tardaron en formar alrededor de los alanos, aun sin atreverse a atacarlos.

Al momento, de entre ellos surgió una mujer de refulgente melena dorada que, en pocos pasos, se situó frente a los alanos, con actitud desafiante.

Malvar ladeó la cabeza para contemplarla por el espacio que quedaba entre los escudos y se sorprendió al pensar que, de no encontrarse en aquella situación, le hubiera resultado atractiva.

Hasta que se dio cuenta de que ella sostenía algo en su mano izquierda.

La mujer alzó la cabeza de Alateo a la altura de su rostro y la lanzó con desprecio hacia sus enemigos.

–¡Atrás, Amage! –profirió Marval entre dientes, reconociendo, incrédulo, los rasgos de su compañero de armas.