Dragón 35 #3
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35 #3

–No se hable más, entonces. Vendréis con nosotros. ¡Protectores, a formar!

* * *

Sobre la proa de la embarcación más adelantada, Safrax hundía las uñas en la madera, ignorando el dolor, ansioso por llegar a una orilla que jamás parecía acercarse lo suficiente, máxime cuando no les había quedado más remedio que variar ligeramente su ruta y vencer la corriente para poder llegar al campamento occidental, donde no se apreciaba movimiento alguno.

Todo lo contrario a lo que ocurría en el embarcadero, muy cerca de la puerta sur, de donde habían visto salir infinidad de proyectiles incendiarios con destino a la fortaleza.

Aquello sólo podía significar que los suyos estaban siendo atacados, y que Corvino, ahora amarrado de pies y manos en cubierta, había ignorado el acuerdo alcanzado con el emperador.

La silenciosa flotilla, de la que únicamente se escuchaba el progresar de los remos en las aguas, estaba compuesta por diez naves.

La mayor parte eran navis lusoriae , sobre las que se habían reunido medio millar de legionarios de la I Adiutrix, al mando de Marcial, y más de doscientos alanos, muchos de ellos rescatados de las mazmorras del pretorio de Corvino.

Además de estas naves, más pequeñas y fáciles de manejar, tres mercantes habían sido requisados a toda prisa para transportar una parte de las monturas que los alanos habían conseguido llevar hasta allí.

Cuando ya así arribaban a la orilla, Safrax decidió lanzarse al agua.

Los cantos cedieron bajo el peso de su armadura, y tuvo que luchar por mantenerse en pie, pero terminó por conseguirlo, a la vez que mantenía con mucho esfuerzo la cabeza por encima del nivel del río.

A su alrededor, escuchó el chapoteo de sus hombres cayendo al agua, y poco después eran varias las decenas de empapados alanos los que pisaban los guijarros de la ribera.

Se dieron cuenta enseguida de que allí se había combatido hacía no demasiado: los edificios estaban derruidos y los maderos, aún humeantes.

Una a una, las embarcaciones fueron dejando sobre la orilla a los hombres que transportaban, pero, para desesperación de Safrax, seguía sin haber rastro de los mercantes y de los caballos.

A poca distancia, Marcial cortaba las ligaduras de Corvino con un puñal. Sin ningún miramiento, arrancó también la cuerda que hasta entonces cubría la boca del prefecto, y entonces le tendió una espada.

–Ha llegado el momento de morir con honor, prefecto –le susurró el centenario con una malévola sonrisa en los labios.

Corvino agarró el arma con nerviosismo. A su alrededor, varios legionarios no perdían detalle alguno de sus movimientos; en modo alguno permitirían que tratara de escapar.

–¿Y nuestros caballos, romano? –se dirigió a él Safrax, en tono imperioso, deseoso de ponerse en marcha.

Marcial dirigió una última mirada de advertencia al prefecto antes de responder:

–Llegarán, no seas impaciente. Tú aguarda aquí y deja que seamos nosotros quienes avancemos en primer lugar. No querrás adentrarte en la fortaleza sin saber lo que os espera...

–¿Y si no llegan? –insistió Safrax, con los ojos fijos en la oscura corriente.

–Lo harán, y para cuando estés cómodamente sobre tu caballo, nosotros habremos despejado el camino. Entonces será el momento de que azuces a tu montura y embistas con ella a quien ose ponerse por delante. ¿Sabrás hacerlo, alano? –preguntó el centenario, burlón.

Safrax lo miró rabioso, pero el otro, tras dedicarle una expresión divertida, se puso en marcha, obligando a los suyos a seguirlo sin tan siquiera alzar la voz.

Éstos comenzaron a marchar en pequeños grupos, con los escudos trabados entre sí, lentamente hacia las murallas.

Atrás quedaron los alanos, desconsolados.

Sangiban, el último en descender, se llegó junto a su señor.

En la mano derecha sostenía el viejo y majestuoso draco de Beuca y, sin mediar palabra alguna, echó la rodilla a tierra y entregó la enseña a Safrax.

Éste tomó la vara con firmeza y se maravilló, una vez más, de la hermosura del estandarte.

Como atraídos por una luz invisible que irradiara del dragón que llevaba generaciones guiando a los suyos a la batalla, los alanos se reunieron alrededor de Safrax y, como Sangiban, se arrodillaron en señal de respeto.

El suave rumor de las proas de los tres mercantes deslizándose sobre las aguas no tardó en llegar hasta Safrax.

Sus monturas estaban ya allí y, dando las gracias a sus dioses por ello, y consciente de que para muchos de sus hombres aquélla sería su última batalla, enterró con cuidado el astil en el pedregoso suelo para, a continuación, hacer lo propio con su espada, maniobra que fue imitada uno a uno por todos los alanos.

Una suave brisa se levantó desde el río, y mientras oraban en silencio a su dios de la guerra, las tiras carmesíes del estandarte, hasta entonces mustias, se alborotaron, preludio del agudo sonido que comenzó a brotar de la boca del dragón llamando a los suyos a la batalla. A la última.