Dragón 35 #2
95%

35 #2

Por su parte, en el patio, y sobre una de las carretas, Malvar mantenía a raya a sus atacantes con una lanza, mientras a su lado los guerreros ponían sus escudos al frente para repeler cualquier ataque.

Los golpes caían de uno y otro lado, sin descanso.

Las afiladas hojas arrancaban astillas de las protecciones, chispas del metal y gritos de los heridos, pero nadie, hasta que era incapaz de seguir moviéndose, cejaba en su empeño, bien por avanzar o bien por resistir.

Los primeros enemigos que habían logrado acceder al patio iban fuertemente armados, y su ataque era más pesado y predecible, más fácil de defender, pero, poco a poco, los hunos, mucho más ágiles, sortearon a sus aliados y comenzaron a trepar por la barricada, tratando de abrir los primeros huecos aunque se dejaran la vida en el intento.

Uno de ellos apareció junto a Marval, que no se percató, tal era el número de enemigos que lo acosaban.

El huno enterró primero su corta espada en el vientre del hombre que cubría a Malvar, y luego agarró al alano por el cuello y tiró de él con fuerza, empujándolo para que cayera de la barricada.

El alano se resistió, sin embargo; soltó su lanza, inútil entonces, y golpeó al huno con el codo una y otra vez.

En un momento dado, su pie derecho se encajó entre los maderos, y trastabilló.

Vio los rostros de quienes los esperaban bajo el carromato, y en ellos vio el frenesí de la batalla; se habían entregado a la violencia de la lucha por completo, ya no eran hombres, sino bestias dispuestas a matar antes que dejarse morir.

En el último momento, el huno perdió pie, y cayó hacia la muchedumbre, circunstancia que aprovechó un ágil Fariban para agarrar a su amigo y tirar de él con violencia de nuevo hacia el interior del carromato.

Aún aturdido, Malvar fue llevado en volandas hasta las últimas filas de defensores, donde estaban ya su viejo camarada y Alateo.

Un poco más allá, algunos guerreros desalojaban los edificios y enviaban a quienes se habían escondido allí hasta entonces hacia la muralla norte, conscientes de que no podrían resistir durante mucho más tiempo.

–Y vosotros, ¿qué cojones hacéis aquí? –preguntó Marval, buscando rápidamente el pomo de su espada para regresar al combate.

Fariban le puso la mano en el hombro y meneó la cabeza para que lo escuchara.

–El ataque a la muralla norte ha sido una mera distracción. Cesó en cuanto las cosas comenzaron a ponerse feas aquí. He dejado allí a algunos hombres y he venido con el resto en cuanto he podido.

–Debemos poner a salvo a la gente. La fortaleza caerá en cuestión de poco tiempo. –Alateo, impaciente, interrumpió al alano.

–¿Y el muro oeste? –preguntó Malvar, aunque por las palabras del godo ya se podía imaginar la respuesta.

–Caerá, antes o después, y entonces no habrá quien sea capaz de detener a esos malnacidos.

He destinado a medio centenar de jinetes a explorar el bosque para ver si es seguro.

En cuanto informen, los enviaremos a todos hacia allí, pero, hasta que eso ocurra, debemos hacernos fuertes aquí.

Cada segundo que consigamos resistir será crucial para salvar a nuestras familias...

Alateo pudo leer la duda en el semblante de ambos alanos.

Eran buenos chicos, pensó, incluso después de haber pasado tantos años bajo la bota romana.

Habían demostrado valor donde otros hubieran dudado; incluso Safrax, de haber estado allí estaría de acuerdo con él.

Echaba de menos a su viejo amigo. Lo había extrañado todo ese tiempo, pero, en aquella situación, todavía más.

Sin embargo, nada conseguirían lamentándose, pues el nieto de Amage no estaba con ellos, y toda aquella gente necesitaba más que nunca a su líder.

Necesitaban a un rey, comprendió, un rey que diera la vida por ellos si era necesario, y eso es lo que él haría.

Por fin había comprendido qué se esperaba de él.

–Fariban, ve al bosque tú también y asegúrate de que tenemos vía libre. Marval, tú coge medio centenar de hombres y saca de aquí a mi familia, a la de Safrax y a todos los que puedas, ¿me has entendido?

–¿Y tú? –preguntó Marval, aunque creía intuir la respuesta.

–Alguien debe quedarse y retrasar el avance de esos hijos de perra. Y no se me ocurre nadie mejor que vuestro rey para hacerlo. Venga, marchaos ya, mientras aún estáis a tiempo.

* * *

Estilicón no ordenó a su guardia ponerse en marcha hasta que un grupo de godos los informó de que la mayor parte de la resistencia sobre el muro oeste había sido sofocada.

Entonces, con el tribuno y con Buteo en el interior de la formación, los doscientos protectores y su guardia personal avanzaron hasta las cercanías de la entrada oeste.

La madera de lo que había sido el gran portón, quebrada y calcinada, aparecía desperdigada por el suelo junto a los cadáveres de quienes habían luchado allí.

Se fijó en que los hombres de Modario recorrían las oscuras callejuelas del campamento legionario y entraban en cada edificio, dispuestos a saquear cuanto pudieran. Venido de lejos, del corazón de Kelemantia, llegaba el sonido de la lucha. Allí los defensores debían de haberse hecho fuertes.

Mientras los protectores se apostaban en las callejuelas cercanas para evitar sorpresas, Estilicón decidió subir a la muralla para tener una mejor perspectiva.

Goar, que había abierto la comitiva, fue el primero en percatarse de que en el extremo norte del camino de ronda resistía un grupo de defensores; veinte o treinta godos y hunos, decididos a no perder la vida, se conformaban con mantenerlos aislados, sin posibilidad de escapar.

–¿Legionarios? –exclamó Goar en cuanto vio los uniformes, sin poder creerlo.

Rápidamente, el alano se metió entre los hombres de Modario, a los que apartó sin miramientos. Éstos, lejos de molestarse, pronto le facilitaron el paso. Ninguno quería estar allí. Deseaban poder seguir a sus compañeros por entre las callejuelas, y cuanto antes.

A una decena de pasos de los hombres que se cubrían tras los destrozados escudos, Goar reconoció a Cayo Nepociano.

Sin poder creérselo, dio un paso al frente, pero en respuesta los legionarios sacaron a relucir sus lanzas.

El alano se retiró entonces el casco, dejando a la vista su melena, ahora empapada de sudor.

–¿Tribuno Cayo Nepociano?

–¿Goar? –respondió aquél desde la tercera fila de defensores, desarmado tras haber recibido una certera estocada en el hombro derecho.

Ya llegaban a la altura de Goar varios protectores, cuyos inconfundibles uniformes llenaron por primera vez de asombro a los legionarios de la I Adiutrix.

–¿Tribuno Cayo Nepociano? –También Estilicón estaba ya junto a Goar–. Pero ¿qué hacéis aquí? Teníamos entendido que el campamento había sido ocupado por unos bárbaros...

El suave carraspeo de Buteo hizo que, por primera vez, Goar reparara en que éste también había decidido seguirlos hasta el adarve.

–¡Goar, muchacho! –exclamó Nepociano, sin poder contenerse, y, acercándose, agarró al joven por los hombros, como si no pudiera creer que el chico estuviera allí, y vivo.

–Mi señor... –le correspondió Goar, sintiéndose extraño–. Celebro veros de nuevo con vida, aunque sea en estas circunstancias.

–¿Se puede saber por qué combatís junto a esos salvajes, tribuno? –intervino Buteo, lo que le sirvió para recibir una mirada cargada de desprecio por parte de Estilicón.

–¡No son salvajes! –respondió Nepociano, clavando sus ojos en Goar–.

Son federados de Flavio Graciano Augusto, y desde hace dos años mi puesto está entre ellos.

¿Y qué hacen dos oficiales de Oriente al frente de esta horda?

–contraatacó, sintiendo por primera vez rabia contra aquellos hombres que, de repente, se habían convertido en su salvación.

Buteo pareció perder el interés por la conversación, y fue Estilicón quien contestó:

–Ya te lo hemos dicho, ignorábamos que hubiera legionarios defendiendo estos muros. De haberlo sabido, nunca hubiéramos alentado este ataque. Creíamos que estos hombres eran una amenaza para el Imperio.

Nepociano miró con disimulo a quienes hasta entonces habían combatido a su lado. Eran sólo poco más de medio centenar, la mayoría heridos. No era el momento de discutir, y menos con un oficial como el hijo de Flavio Constancio, aunque sus palabras poco lo convencieran.

–Nada debéis temer de nosotros –continuó Estilicón, conciliador–. ¿Quedan más de los vuestros en el interior del campamento, tribuno?

–Muy pocos, imagino, amén de los burgundios y de nuestros servidores, que deberían estar en el edificio del pretorio.