Dragón 35
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CAPÍTULO XXXV

El ataque en el muro sur se encontraba en su punto álgido, y lo mismo podía decirse en la zona de muralla que defendía Cayo Nepociano. Uldin y Estilicón habían decidido atacar por todos los flancos, para que los defensores no pudieran concentrar sus fuerzas.

Modario y sus hombres habían abandonado la escasa protección de las derruidas casuchas y cercas, y, tras asentar sus escalas y ascender, combatían ya sobre el adarve, pese a los innumerables esfuerzos de Nepociano y sus legionarios por contenerlos.

Aún lejos de donde los hombres se dejaban la vida luchando unos contra otros, Flavio Estilicón, Tito Buteo y Goar aguardaban el momento de intervenir.

Su misión no era la de abrir hueco en las defensas de Kelemantia, ni siquiera la de acabar con los defensores; sólo debían asegurarse de que Uldin y los suyos cumplían el encargo acordado.

Y desde allí podían ver las caprichosas llamas que iluminaban el camino de ronda y los edificios dentro de la fortaleza.

Los combates se recrudecían por doquier.

Goar no perdía ojo de la lejana muralla.

No podía quitarse de la cabeza las palabras de la hechicera de Uldin, de aquella Hilduara cuyo solo recuerdo era capaz de erizarle la piel.

Pero había algo más que lo mantenía intranquilo desde horas atrás.

Habían escuchado que Kelemantia estaba ocupada por tribus llegadas de todos lugares del Barbaricum: godos, cuados, alanos y alamanes, entre otros; entonces, ¿y si tras sus muros se encontraban Fariban, Malvar y otros compañeros?

¿Cómo se había ofrecido Buteo, y más aún el emperador, para combatir junto a aquellos salvajes contra una fortaleza imperial?

Sacudió la cabeza, tratando de alejar tales pensamientos, y miró a su espalda, donde permanecían impertérritos los leales armenios, con las pobladas y rizadas barbas que los caracterizaban.

–¿Alarico? –preguntó, confundido al no ver al joven godo.

Los hombres de Arsaces se miraron entre sí. Lo cierto era que, en aquella oscuridad y escondidos hasta poco antes para evitar los proyectiles que disparaban desde la muralla, ninguno de ellos se había percatado de que el joven godo se había escabullido.

–¿Qué es lo que sucede, Goar? –le preguntó Estilicón, desviando por un instante la vista de la muralla.

–El chico ha desaparecido...

* * *

Pum. Pum. El ariete golpeaba, incesante, y a cada impacto levantaba una lluvia de polvo y astillas a un lado y al otro del muro.

Los hombres de Modario llevaban hacia atrás el enorme artefacto y volvían a descargarlo con todas sus fuerzas, una y otra vez, sabedores de que cada instante que permanecieran allí fuera seguirían estando a merced de los soldados situados sobre el adarve.

Al otro lado del portalón, los alanos, con Malvar al frente, soportaban con sus propios cuerpos un embate tras otro, y el aire parecía escapar de sus pulmones a cada nuevo impacto.

Pero tenían que aguantar, porque, a su espalda, sus compañeros trabajaban contrarreloj para situar los carromatos a modo de barricada, sobre la que tal vez pudieran detener el avance de sus enemigos una vez éstos penetraran en la fortaleza.

Alateo, todavía sobre el camino de ronda, observaba la actividad en el patio.

Querría haber mandado refuerzos escaleras abajo para que la formación fuera más sólida, pues sus godos estaban más habituados a luchar a pie en un muro de escudos que los alanos, pero los hunos parecían multiplicarse sobre el muro, espoleados sin duda por el éxito que parecía tener el ariete bajo sus pies.

Y por tanto nada podía hacer. En ese breve instante, un guerrero de corta estatura saltó sobre el firme y, armado con sendas espadas, acabó de un brutal tajo con quien protegía la siniestra del líder greutungo.

Alateo reaccionó, pero no con suficiente rapidez.

El arma se hundió en su brazo derecho y, con los dientes apretados por el dolor, soltó su espada y arremetió contra el huno con el escudo agarrado con ambas manos, arrollándolo en su camino hasta estamparlo contra el muro.

Una vez allí, arremetió contra él una y otra vez, aullando, hasta que la resistencia de su enemigo se vino abajo.

–¡Alateo, Alateo! –oyó que le gritaba Caina, corriendo hacia él, dispuesta a alejarlo de las almenas sobre las que no dejaban de saltar un enemigo tras otro.

–Vosotros, inútiles –bramó Alateo a quienes hasta entonces lo habían protegido, iracundo, a la vez que apartaba a la joven de un empellón–. Llevad a la muchacha al patio y ponedla a salvo. Responderéis de su vida con la vuestra.

Dispuestos a no volver a fallar a su señor, dos guerreros se marcharon llevando a Caina en volandas, incapaz de liberarse pese a sus forcejeos.

Alateo quiso comprobar entonces la gravedad de la herida.

Sus dedos se tiñeron rápidamente de carmesí, y en su semblante se dibujó una mueca de dolor.

Aun así, podía seguir utilizando el brazo, y más le valía, porque el combate estaba muy lejos de terminar.

Para recordárselo, un rugido victorioso provocado por centenares de salvajes gargantas se apoderó por completo de la muralla sur y de los alrededores. El portón había caído.

* * *

Sobre la muralla oeste, las cosas tampoco eran favorables para quienes las defendían.

Legionarios, burgundios y hombres de múltiples tribus combatían contra unos hunos superiores en número, pero a los que les costaba superar el obstáculo que suponía la alta muralla.

Por esa misma razón, Nepociano, antes del inicio de la lucha, había creído que podría enviar a algunas decenas de los suyos en apoyo de Alateo, pero no había contado con el ímpetu y el número de adversarios que se presentarían.

–¡Tribuno! –lo asaltó un legionario.

–Qué ocurre –rugió Nepociano sin asomo de paciencia.

–El portón sur ha caído. Los hunos se han adentrado en el campamento y ahora luchan en la barricada.

Nepociano emitió un reniego, y al momento ordenó a unos cuantos que ayudaran a sus compañeros en las almenas.

Habían trabajado las últimas horas en levantar una suerte de barricada frente a la puerta sur, con carromatos, barriles y cuanto habían encontrado, sabiendo que aquélla era la posición más vulnerable del recinto.

Era todo cuanto se podía hacer, más allá de defender las murallas con valor.

–Mi señor... –insistió el mensajero, nervioso, deseando lanzarse en apoyo de sus compañeros.

El tribuno lo detuvo con el brazo.

–Ve a la muralla norte y encuentra a Fariban; que sea él quien envíe refuerzos a Alateo, si es que a estas alturas todavía hay alguien que pueda hacerlo.

* * *

En medio de la marabunta de salvajes sedientos de sangre, a Alarico no le resultó difícil pasar desapercibido.

Primero se había alejado de los armenios alegando que tenía que hacer de vientre, y después había dado un amplio rodeo para aparecer en medio del campamento calcinado.

A partir de ese momento, había avanzado cubriéndose tras cada pared, tras cada madero, hasta llegar a las inmediaciones de la muralla, donde se había detenido.

Desde allí se había girado para mirar a su espalda, pero no había rastro de los romanos, todos ellos en el otro extremo del campamento.

En cambio, a poca distancia, muy cerca del muro, podía distinguir ya la figura de Modario, con ese casco de crin escarlata que tan bien recordaba.

El tervingio, bajo un techo formado por decenas de escudos, gritaba una y otra vez, animando a los suyos.

Sin ser consciente de ello, el joven se pasó la lengua por los labios resecos, como si anticipara el sabor de la sangre de su rival en ellos.

Si lo conocía bien, y era algo que creía, Modario aguardaría al instante en el que fuera seguro cruzar las puertas para entonces, rehuyendo lo más crudo del combate, dirigirse hacia el lugar donde pensara que se guardaban las más valiosas posesiones.

Aquella era la oportunidad por la que tanto había esperado.

Los romanos creían que, como si de un perro se tratara, habían conseguido domesticarlo, pero nada más lejos de la realidad.

En ese tiempo había crecido, había aprendido a luchar y, lo más importante, su odio hacia el asesino de su padre no había hecho más que acrecentarse.

No se contentaría con liberar a Gosvinta, algo que se había encomendado de primeras a Caris y Arsaces.

Su sangre, la de los baltos, le exigía acabar con la vida de quien le había arrebatado a su padre.

Y lo haría, aunque se enfrentara él solo a todos sus enemigos.

* * *

Godos y hunos habían irrumpido en el patio a la carrera, vociferando, sabedores de que, una vez superado el portón, la victoria estaba próxima.

Algunos cayeron bajo las flechas alanas, pero muchos más echaron a correr por el patio hasta detenerse frente a la barricada que, en forma de semicírculo, les impedía el paso hacia las callejuelas de la fortaleza.

Sobre ella los aguardaban los defensores supervivientes.

En pocos minutos, el espacio entre la puerta y los carromatos quedó abarrotado, de manera que otros tantos guerreros no tuvieron más remedio que permanecer al otro lado de la muralla, conformándose con animar a sus compañeros y esperar su turno para enfrentarse a quienes protegían el improvisado parapeto.

En cuanto la caída del portón fue un hecho, Alateo había dado órdenes de que evacuaran la muralla a toda prisa, pues allí poco tardarían en quedar aislados del resto de los suyos, en medio de una multitud de enemigos.