Dragón 34 #3
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Incapaces de ver lo que ocurría a poca distancia de sus propias narices, los arqueros de Alateo no pudieron hacer nada hasta que los atacantes se encontraban a una veintena de pasos de su posición.

Entonces sí, comenzaron a responder también con flechas a las andanadas hunas y los primeros godos y hunos quedaron tendidos sobre la hierba.

Sin embargo, fue sólo cuestión de tiempo que las escalas se asentaran sobre el lienzo y que decenas de atacantes ascendieran por ellas a toda velocidad, con los escudos atados a su espalda y las espadas envainadas.

Ni siquiera entonces los proyectiles enviados desde la marisma dejaron de aparecer, dificultando la labor de los defensores, sí, pero también comprometiendo la vida de sus compañeros.

Aquello a Uldin le traía sin cuidado. Atento a todo, en cuanto alcanzó a ver las escalas sobre el muro, juntó a trescientos jóvenes lobos y comenzó a avanzar desde el río.

Sobre la muralla, Alateo animaba a los suyos a gritos.

Lejos de sentirse atemorizado, estaba eufórico.

Aquél era su momento, por el que llevaba más de dos largos años esperando.

Lo habían obligado a convertirse en un viejo y aburrido administrador, pero él era un guerrero, y esa jornada volvería a demostrarlo.

A todo lo largo del camino de ronda, los defensores alanceaban a quienes trataban de saltar al interior.

Aguardaban el momento en que una cabeza se dejaba ver entre las almenas y sólo entonces apuñalaban, por temor a dejarse ver antes y exponerse a las flechas.

Pero esa estrategia poco a poco se iba volviendo en su contra, pues eran muy pocas las escalas derribadas, y por muchas más seguían ascendiendo enemigos deseosos de alzarse con la victoria.

Alateo apartó a un arquero y golpeó al huno que acababa de saltar al lienzo con el canto del escudo.

El tipo, aturdido, cayó al suelo, y rápidamente el soldado que seguía al greutungo lo atravesó con su lanza.

A una seña de Alateo, tres escoltas alzaron el cadáver y lo dejaron caer por la misma escala por la que había ascendido, de manera que pronto se escucharon los gritos de los que por ahí aún subían y que entonces, al igual que su compañero, caían al suelo.

Satisfecho, Alateo estudió aquella zona del adarve, dispuesto a seguir animando a los suyos con su ejemplo.

Sus hombres resistían, pero el enemigo, mucho más numeroso, no cejaba en su empeño.

Dejó atrás el portón, y entonces un proyectil pasó por encima de la muralla, muy cerca, para enterrarse en el techo de pizarra de uno de los almacenes.

El godo lo siguió con la mirada, y descubrió entonces que los alanos que debían proteger los alrededores se apostaban en las paredes de los edificios del patio para esquivar las flechas enemigas.

No pudo evitar una punzada de orgullo: sus hombres combatían sin miedo sobre la muralla, mientras que sus aliados buscaban la seguridad de las paredes y de la cercana barricada.

Quizá, pensó de repente, la falta de combatividad de los alanos se debía a la ausencia de Safrax.

Claro, él también lo echaría de menos si fuera uno de los suyos; de hecho, sin serlo, también lo echaba en falta, sentenció, justo cuando reparó en que sus pasos lo habían llevado donde el muro terminaba para dar lugar a la cerca de madera que rodeaba el poblado contiguo.

Miró hacia allí: hombres, mujeres y animales se hacinaban, atemorizados, lo más lejos posible del vallado, aunque no llegaba hasta ellos más que algún proyectil perdido.

Durante ese breve instante, Alateo creyó percibir movimiento entre la angustiada muchedumbre, y al momento comprendió que alguien había abierto el portalón del vallado.

Había llegado el momento de marchar, de intentar escapar mientras pudieran.

La fortaleza, pensaban todos, estaba sentenciada, y ellos serían los siguientes si permanecían allí.

Mientras los hunos estuvieran concentrados en Kelemantia, tenían una oportunidad.

Una nueva flecha se estampó cerca, y Alateo volvió a la realidad.

Miró hacia delante, hacia donde los salvajes redoblaban sus esfuerzos, animados por lo que ocurría en el portalón.

Los hombres de Modario habían conseguido arrastrar hasta allí un ariete monstruoso, y los golpes que descargaban una y otra vez contra la madera hacían temblar con violencia la estructura. Alateo sintió frío de repente.

Se fijó en que, de tanto en tanto, los defensores abatían a alguno de los hombres que acarreaban el ariete, pero enseguida era sustituido por otros dos, de manera que el retumbar de la madera aumentaba a cada instante.

Alateo, de nuevo concentrado, ordenó a los suyos que se mantuvieran firmes, pese a que las flechas hunas, que hasta entonces sobrevolaban el muro para caer sobre el patio, se dirigían ahora también al camino de ronda. Consciente de lo que se jugaban, el greutungo corrió hacia el portón.

–¡Marval, Marval! –gritó, ya cerca de la puerta sur, pero sus gritos ya eran del todo innecesarios, pues al otro lado eran ya varios los alanos que apuntalaban el portalón con su propio cuerpo.

Si la madera cedía, todos estarían condenados.