Dragón 34 #2
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Por eso, poco después del mediodía habían enviado a mujeres, ancianos y niños a los barracones de piedra y techo de pizarra, de donde no debían salir bajo ninguna circunstancia.

Cuando allí no cupo un alma más, el resto tuvo que hacinarse en el campamento oriental, con la esperanza de que Cayo Nepociano estuviera en lo cierto y nada debieran temer, al menos mientras no cayera Kelemantia.

Si eso sucedía, deberían escapar por sus propios medios, y a toda prisa.

Horas antes, los distintos cabecillas habían discutido de forma acalorada por ver quién ocuparía cada una de las secciones de la muralla.

Cada cual exigía tener el honor de defender la zona sur, la más expuesta, pero finalmente fue Alateo, con un millar de godos de su plena confianza, quien consiguió la posición, haciendo valer su condición de rey.

Amage había protestado, pero el godo le había respondido que allí los hombres debían luchar sobre sus propias piernas, no sobre las de sus monturas.

Nepociano estuvo de acuerdo, y se reservó, para él y sus legionarios, a los que se sumarían también muchos alanos y godos, el muro occidental, que daba al destruido campamento, el más expuesto.

Bajo el gobierno de Marval quedó la muralla norte, con apenas dos centenares de alanos, y otros quinientos se quedarían dentro del campamento, como hombres de refresco.

El sol se escondía tras las montañas cuando les repartieron una magra ración, que comieron con desgana sobre el mismo muro que debían proteger.

Sin apenas hablar, miraban con preocupación más allá de las almenas, pero nadie parecía amenazarlos todavía, ni tan siquiera en la puerta norte.

Sin embargo, la brisa transportaba el interminable sonido de tambores y otros instrumentos desde el campamento huno de forma constante.

Uldin se había propuesto que nadie descansara en la improvisada ciudad que se había levantado junto al río hasta que él la silenciara por completo.

Y la noche llegó, y más allá de los continuos repiques de los tambores, a los que pronto se unieron el canto de los grillos y el croar de las ranas, nada parecía ocurrir.

Malvar estaba cansado, pero aún más intranquilo.

Mientras sus hombres daban cuenta de su ración apoyados en los muros de los barracones, se dirigió al muro norte, sobre el que tantas veces había hecho guardia.

Justo por ahí Safrax y sus alanos habían accedido al interior de la fortaleza antes de tomarla.

Pensó entonces en el caudillo al que tanto añoraba su pueblo.

¿Dónde estaba ahora? Su pueblo se sentiría huérfano sin él en la batalla, sin la guía de su dragón...

¿Estaría él a su altura? Los alanos necesitaban que los guiara bien, o todos morirían...

Lo sabía, y al hacerse aquella pregunta se decía a sí mismo que era un impostor.

A poca distancia, ya sobre la escalera que daba acceso al adarve, se topó con un guerrero que ascendía sin la precaución de cubrirse la cabeza.

–Eh, tú, ¿dónde está tu casco? –le espetó, de malos modos, por la inconciencia del soldado y, también, por la falta de respuesta a sus propias preguntas.

Para su sorpresa, aquella figura no pertenecía a la de ningún guerrero.

Era Baddo, que se había provisto de una capa ligera para ocultar sus formas, y a la espalda cargaba con un saco que la hacía caminar encorvada.

Sin mediar más palabras, la mujer dejó el saco sobre el pavimento, exhalando un suspiro de alivio.

–¿Baddo? Pero ¿se puede saber qué haces aquí?

La joven, dolorida, estiró la espalda. En ese instante, otras cuatro mujeres aparecieron tras ella, cargadas con vendas y hierbas de todo tipo.

–Nos envía Amage. Necesitaréis de alguien que atienda a los heridos –explicó, tajante.

–Pero...

–No hay ningún pero –repuso, e indicó a sus compañeras que se dispusieran a lo largo del muro–. ¿Acaso quieres contradecir a Amage, Marval?

El joven sacudió la cabeza. Nada podía hacer si Amage había tomado una decisión. Nada, salvo obedecer, como haría cualquier de los alanos. Hacía tiempo que lo había aprendido.

–Cúbrete al menos el cabello, Baddo. Así serás un blanco fácil para esos malnacidos.

* * *

El constante resonar de los tambores se detuvo de forma imprevista.

Lejos de acobardar a los defensores, sirvió para que éstos fueran ocupando sus puestos sobre la muralla.

Alateo, que hasta entonces había pasado gran parte de la tarde junto a su familia, aprovechó el momento para vestir sus mejores galas de guerra, y, seguido por sus hombres de mayor confianza, ocupó el muro meridional.

Una vez allí, habló con voz potente, tratando de enardecer los corazones y prepararlos para la batalla.

Como un rey, pensó al terminar, satisfecho consigo mismo.

Ojalá el difunto Witimero los hubiera arengado así en el malhadado río en el que se había perdido su reino ante los hunos de Balamir.

Pero él no era Witimero; era Alateo, hijo de Liuva, el vencedor de Roma, y nadie le arrebataría lo que tantos sinsabores le había costado conseguir.

–Vienen mujeres, mi señor.

El reniego del líder godo se acalló en el momento en el que Caina y otras cuatro mujeres de larga y brillante cabellera ascendieron por la escalera cercana.

–Caina, ¿qué haces aquí? Deberías estar con el pequeño Goar.

–Mi hijo está con su abuela, no podría estar en mejores manos.

Alateo abrió la boca para protestar, pero en ese mismo instante le pareció ver una minúscula luz en la orilla.

Se volvió hacia allí, ignorando a la mujer, y no le costó encontrar lo que había llamado su atención.

Al momento, a aquel único punto de luz le siguieron decenas, centenares, que poco tardaron en cruzar el cielo en su dirección.

–¡Al suelo, Caina! –gritó, abalanzándose sobre la joven y arrastrándola junto al muro, para ponerla a salvo.

El aire se llenó no sólo de luces, también de gritos, en la posición que comandaba el greutungo, y poco a poco se fue extendiendo por el oeste y el norte. El ataque había comenzado.

* * *

Los hombres de Modario, fuertemente protegidos por las armaduras de las fábricas imperiales, fueron los primeros en ponerse en marcha.

Con los pies hundiéndose por el barro de la ribera, avanzaron, entre reniegos y lamentos, acarreando escalas y un monstruoso ariete.

Sobre sus cabezas volaban incesantes centenares de flechas disparadas por los temibles arqueros hunos.