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CAPÍTULO XXXIV
Había costado más vidas de lo previsto, también más tiempo del que le hubiera gustado, pero Uldin había conseguido hacerse con el campamento oeste.
Las casas de madera y piedra habían ardido hasta los cimientos, también las vallas para el ganado, de manera que apenas existía dónde resguardarse de las flechas enemigas. Por ese motivo, no había tenido más remedio que abstenerse de tomar la posición hasta que se produjera el asalto definitivo.
Cuatro mil hombres ansiosos por derramar sangre aguardaban para correr hacia el muro que se abría al río, el punto más vulnerable de Kelemantia, pues allí no había foso que lo antecediera ni su altura era tan elevada como en el resto de la fortaleza.
El propio Uldin había supervisado la fabricación de escalas más grandes y resistentes y de arietes más sólidos con los que asegurarse la victoria.
Al caer la noche, aprovechando la oscuridad, lanzarían el ataque definitivo, confiados en que, en medio de la oscuridad, a sus defensores les resultaría más difícil dirigir sus flechas.
–El coste ha sido muy elevado. He perdido más de mil hombres –aseveró el príncipe huno, con la vista fija en Estilicón. Se había llegado hasta su campamento antes de prepararse él mismo para la batalla–. Exijo un pago mayor. Nos mentisteis...
Estilicón, sentado en un taburete de campaña, ligeramente elevado para mostrar al huno quién mandaba, hizo amago de levantarse, molesto por su descaro, pero fue Modario quien respondió.
–Si habéis perdido hombres, a más tocará por cabeza. Hasta un salvaje como tú lo sabe.
El huno se puso en pie de un salto, pero, antes de que se encarara con el godo, Tito Buteo ya se había interpuesto en su camino.
–Ambos tenéis razón. Nuestros enemigos están en la orilla, no aquí. Tu demanda es justa, príncipe huno, añadiremos un tercio más a lo prometido.
–No es suficiente –insistió Uldin mientras Hilduara susurraba a su oído que no se dejara convencer por aquellos hombres que no eran más que gamos asustadizos frente a todo un príncipe de la oscuridad como él.
–Aceptaste un trato, huno, y debes ser fiel a tu palabra –sentenció Estilicón para dar por zanjada la discusión, ignorando el gesto contrariado de Buteo.
–No lo haré. Puedo mataros a todos y luego marchar hacia el este. ¿Es eso lo que queréis?
Conciliador, Tito Buteo hizo una seña a Estilicón para que volviera a sentarse.
–Compartiremos vuestra carga, príncipe. Uniremos nuestras fuerzas a las vuestras. ¿No creéis que así podríamos solucionar este malentendido? Os apoyaremos durante el asalto.
Uldin arrugó la nariz, e Hilduara dejó de cuchichear.
–Nada de trucos, romano.
–Nada de trucos. Modario estará contigo esta noche en la toma de la muralla de Kelemantia, y nosotros os seguiremos una vez se haya franqueado al acceso al patio de armas.
Estilicón y Uldin se sostuvieron la mirada.
El arreglo no era malo para ninguno de los dos.
Sin una palabra más, el huno pronto les dio la espalda y caminó hacia la salida.
Hilduara lo siguió y, en la puerta, se tropezó con Goar.
Un Goar que sabía que la misma Kelemantia que él había visitado pocas veces en el pasado pasaría a convertirse en un cementerio en pocas horas.
–He visto a algunos de los tuyos entre los caídos, alano. Tu raza está maldita. Ninguna tierra le será favorable en adelante. Es cuestión de tiempo que desaparezca... –le susurró la mujer para provocarlo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Goar, que se irguió, encarándose a aquella mujer tan hermosa como siniestra.
Era curioso, pensó; si no la hubiera escuchado hablar, hubiera pensado que se trataba de otra pobre víctima obligada a seguir a los hunos allí adonde iban, tan bella como la luz del sol...
Pero no, de ella no irradiaba brillo alguno; únicamente oscuridad.
Al ver que no respondía, la mujer alargó el brazo y agarró el crucifijo que llevaba en el cuello.
–¡Qué estúpida soy! Se me olvidaba que, además, eres un cándido cristiano. Eres incluso más débil que el resto de tu gente...
Entonces sí, Goar agarró a la mujer con fuerza por la muñeca. Tan sólo unos segundos, los suficientes para que el rostro de Hilduara se contrajera en una mueca de dolor.
–Jamás ha existido alano débil, mujer. Jamás –siseó, y le dio la espalda.
* * *
Septiembre del 383. Brigetio
Tras haber devorado todo lo que les habían puesto delante, Safrax y los suyos habían sido conducidos a uno de los barracones vacíos.
Algunos protestaron, pues querían cruzar al otro lado del río inmediatamente.
«En cuanto las naves estén listas», les aseguraron, y sin embargo enseguida todos cayeron presa de un tan inesperado como pesado sueño.
Lo achacaron al cansancio acumulado por las semanas de viaje incesante, pero no imaginaban que se debía al extracto de adormidera que el secretario de Corvino había ordenado a los esclavos de las cocinas que añadieran al guiso del que se habían atiborrado.
Durmieron durante toda la noche, también casi todo el día siguiente, y sólo cuando atardecía los primeros recobraron la conciencia.
Aún abotargados, comprobaron con sorpresa que las puertas estaban atrancadas, las ventanas, obstruidas, y que eran incapaces de salir de allí.
Despertaron a sus compañeros a gritos, pero sus armas habían desaparecido, de manera que tuvieron que conformarse con emprenderla a golpes y gritos, sin éxito, y además enseguida comprendieron que quien fuera que los hubiera encerrado había dispuesto hombres en el exterior.
–Graciano ha sido el único romano con palabra, nunca debí fiarme de ningún otro –masculló Safrax sentado en el suelo, furioso, con el hombro derecho dolorido tras golpear una y otra vez el portón.
Palaco, a poca distancia, caminaba en círculos, ansioso por encontrar una salida a aquella situación.
Todos confiaban en él, pues era el único que había vivido antes en Brigetio, pero en realidad en nada podría ayudar estando allí encerrado.
Le parecía volver a ser el mismo muchachito estúpido que, años antes, buscaba la forma de escapar de un edificio muy parecido a aquél.
Entonces no había llegado muy lejos, pero al menos contaba con un afilado cuchillo.
El súbito sonido del metal entrechocando al otro lado hizo que Safrax alzara el rostro y que quienes se encontraban más próximos a la puerta corrieran a hacerse con cuanto tenían a su alcance: taburetes, maderos, incluso la desperdigada loza que aún no habían roto.
La lucha, fuera, parecía acentuarse, y de repente las puertas se vinieron abajo y penetraron por ellas media docena de legionarios, de cuyas espadas chorreaba sangre.
El primero de ellos, Marcial, buscó el familiar rostro de Palaco, pues le habían dicho que había llegado junto a Safrax.
–¡Eres difícil de matar, muchacho! –lo increpó, y la sorpresa mudó el gesto del alano.
–¿Centenario? –preguntó el joven guerrero, pero Marcial ya no le prestaba atención.
A una señal suya, varios siervos entraron en el barracón cargando con carretillas. Al momento, descargaron su contenido: espadas, arcos, carcajes repletos de flechas, también cascos y armaduras; todo lo que habían llevado los alanos consigo.
–Coged cuanto necesitéis, pero hacedlo ya, pues debemos marcharnos de inmediato. Cada instante cuenta.
Safrax dio un paso al frente.
–Exijo saber qué es lo que ocurre. ¿Por qué nos habéis retenido contra nuestra voluntad? Hemos cumplido sobradamente nuestro trato con el Imperio –protestó, a la vez que alargaba el brazo y tomaba una de las espadas.
Un nuevo gesto de Marcial hizo que más legionarios entraran en el barracón, esta vez, llevando consigo a Corvino, convenientemente maniatado.
–¡Esto es un atropello! –gritaba el prefecto, fuera de sí, pero una sonora cachetada de Marcial lo hizo callar.
–Un atropello es lo que lleváis haciendo desde hace demasiado tiempo, prefecto.
Habéis traicionado al legítimo augusto, pero, aún peor, habéis traicionado a vuestros hombres.
–El centenario se volvió hacia los alanos.
Corvino lo miraba con los ojos desorbitados y el labio sangrante–.
Palaco, Safrax, este hijo de perra pretendía encerraros aquí hasta que os pudrierais, como ha hecho con otros tantos de vuestro pueblo...
También lo ha hecho con nosotros, impidiéndonos auxiliar a nuestros hermanos al otro lado del río.
Hasta hoy. Ahora, démonos prisa, pues las vidas de vuestras familias están en juego.
–Yo no os he traicionado. ¡Y esto es un motín! ¡Os llevaré a todos ante el gobernador! –aulló Corvino, con un valor que jamás había creído tener.
Marcial dirigió un gesto imperativo con la cabeza a los alanos para que se armaran sin tardanza, antes de responder:
–Vendréis con nosotros a Kelemantia, señor, y allí tendréis la oportunidad de salvar vuestra falta. Después, si sobrevivís, podéis decirle al gobernador que conspirasteis contra el emperador y que condenasteis a la muerte a un centenar de muchachos de la I Adiutrix. Y a su tribuno.
* * *
La caída del campamento occidental era un hecho, y claramente Kelemantia iba a ser el siguiente objetivo de la horda huna.
Tal vez atacaran la zona oriental antes, pero nada conseguirían con ello más allá de perder días y hombres que podrían resultar vitales en el asalto final a los muros de piedra.
No, definitivamente, eso no sucedería. Cayo Nepociano estaba seguro de que Uldin iría directamente a por la muralla, especialmente a por el muro sur, sensiblemente más bajo que los demás.