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Uldin evaluó el agraciado rostro del tribuno y le dedicó una sonrisa torcida. Acto seguido, ordenó a la mujer que se alejara de sus invitados.
–Son débiles, querida mía, tanto que nos necesitan a nosotros para luchar sus guerras... Deja que se marchen con su estúpido y patético dios.
* * *
Agosto del 383. Viminacium
El aceitunado rostro de Caris resultaba por completo invisible en la oscuridad, o eso al menos esperaba. Apenas había comido de tanta inquietud, por mucho que Arsaces le recomendara hacerlo, al menos una última vez antes de tener que escapar de allí por inciertos caminos.
La antigua esclava había abandonado su cubículo tiempo antes de la medianoche, directa a la muralla, como habían acordado.
A aquellas horas, y sin Modario en la ciudad, nadie parecía vigilar las almenas.
Los hombres permanecían a resguardo en las torres, jugando, bebiendo o, sencillamente, descansando.
Aunque hacía horas que se había separado de Arsaces, sabía que el armenio estaba a los pies del muro, pues a un paso suyo se encontraba la cuerda por la que ella y Gosvinta, cuando ésta llegara, debían descender a la cannaba .
–Gosvinta, ¿eres tú? –preguntó, temblorosa, cuando le pareció distinguir una figura menuda.
Entonces sí, la muchachita se arrojó a sus brazos, y ambas lloraron en silencio.
–Caris, Caris, no vuelvas a separarte de mí, Caris... –repetía la niña, desconsolada, y la antigua esclava la abrazaba con fuerza, como si temiera que aquello volviera a ocurrir de nuevo.
El repentino tirón que Arsaces propinó a la cuerda hizo que Caris comprendiera que había llegado el momento de ponerse en marcha.
–Vamos, debemos irnos.
Aún estaban lejos de encontrarse a salvo.
* * *
Septiembre del 383. Brigetio
–Mi señor –insistió Marcial, tratando de contener su habitual mal genio, agudizado por la timorata actitud de su superior.
Él era un centenario, no un jodido lameculos acostumbrado a agradar a quienes tenía a su alrededor, y aquel maldito de Corvino parecía dispuesto a sacarlo de sus casillas–.
El tribuno Cayo Nepociano y sus hombres están en grave peligro.
No se trata sólo de la vida de esos salvajes, sino de la de nuestros compañeros...
Corvino lo escuchaba desde el otro lado de la mesa, como siempre, para poner una distancia prudencial entre él y la tropa.
Estaba harto de tanto estúpido, de tanta cortedad de miras, pero, con Nepociano al otro lado del río, lo cierto era que se estaba quedando sin oficiales dignos de tal nombre, y Marcial, aunque hosco y simple, era de los mejores.
–Es una lástima, en eso coincido, centenario, pero prefiero perder un centenar de soldados que arriesgarme a perder un millar y quién sabe si dejar la ciudad indefensa ante esos bárbaros.
Marcial le dedicó una mirada cargada de resentimiento.
Para aquel estúpido la vida de cien buenos hombres no valía nada.
Comenzó a contar hasta diez, como él mismo aconsejaba a los jóvenes reclutas que hicieran antes de meterse en líos, pero sólo había llegado al seis cuando un liberto se presentó ante ellos, nervioso.
Tras él entró un guerrero de gran tamaño, tal era así que tuvo que agacharse para no golpearse con el dintel.
–Por los cuernos del toro... ¿Safrax?
Corvino, sorprendido a la par que asustado, se puso en pie casi de inmediato.
–Safrax, bienvenido. ¿Y el augusto? –tartamudeó, lanzando tímidas miradas a la espalda del alano.
Sólo entonces Marcial se percató de la terrible imagen que presentaba el alano, casi incapaz de mantenerse en pie.
–Muerto a estas alturas, imagino –anunció Safrax, ronco y jadeando–. Fue traicionado por los francos y buena parte de los suyos, y luego hecho prisionero por el gobernador de Lugdunum y entregado a uno de los generales de Máximo, el usurpador.
Corvino se dejó caer nuevamente sobre su cómodo sillón.
Por fin se había salido con la suya. Máximo había vencido, y él podría presentarse ante el nuevo augusto como alguien cuyo desempeño había facilitado su ascenso al poder.
Máxime, si podía entregarle como presente al hombre que había comandado la guardia alana de su rival durante el último año.
–Válgame el cielo, qué tragedia... –se obligó a responder, tratando de disimular su alivio.
–¿Qué es lo que ocurre al otro lado del río? He creído entrever llamas en el horizonte –aventuró Safrax, apoyándose en el marco del portón. Hasta él, acostumbrado a montar cada día, había llegado a su límite después de un trayecto tan largo y exigente, y sin descansos.
A Marcial no le pasó desapercibida la mirada que Corvino lanzó a su secretario, y casi de inmediato supo lo que iba a ocurrir.
–Nada de lo que debas preocuparte ahora, valiente Safrax.
Tú y los tuyos habéis prestado un enorme servicio al augusto, al Imperio y a mí mismo, pues fui yo quien os puso a cargo del difunto Flavio Graciano Augusto.
Debéis descansar, estaréis agotados tras tan largo viaje.
Descansad, comed, y mañana os trasladaremos a la otra orilla, donde podréis reuniros con vuestros seres queridos.