Dragón 33 #2
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33 #2

–¡Atrás, atrás! –vociferaba Wulfila para animar a los suyos.

Los golpes caían como una lluvia furiosa, y los escasos legionarios y burgundios que combatían en el foso retrocedieron sobre sus pasos.

–¡Marval, ya! ¡Ahora, alano estúpido! –aulló Wulfila cuando sus compañeros comenzaron a martillear uno de los extremos de la barricada.

Pero el alano había quedado encajado entre los únicos tres animales que seguían en pie.

Recibió un nuevo golpe, y para escapar de quien lo atacaba soltó el escudo y se aupó a la grupa del caballo más cercano, en el mismo instante en el que su jinete era descabalgado por una turba exaltada.

Nada pudo hacer por su compañero, y lo único que se le ocurrió fue saltar con todas sus fuerzas hacia el vallado, donde los godos seguían martilleando.

El vuelo del alano, con el peso de las armas y la armadura, no fue todo lo certero que debiera, y se golpeó con los tablones antes de caer sobre los cadáveres que, entonces sí, sirvieron en parte para amortiguar el impacto.

Con la cabeza pegada al suelo, aspiró el nauseabundo olor de la batalla, la sangre de los caídos y los diversos humores, mucho menos dignos, y no pudo evitar que el vómito lo venciera.

Tosió y, al hacerlo, se encorvó, sintiendo un agudo pinchazo en el costado, seguido por otro no menos doloroso en la pierna izquierda, allí donde se había golpeado con una de las estacas que sobresalía de la empalizada.

Unas manos fuertes lo alzaron, y al momento notó los brazos de Wulfila a su alrededor, y el alano hizo amago de apartarse.

–¡Lo conseguimos, lo conseguimos! –repetía una y otra vez el godo, y poco a poco legionarios, burgundios, godos y alanos se unieron a la celebración.

Mientras soportaba los cariñosos abrazos de unos y de otros, los ojos de Malvar se detuvieron en los cuerpos de los caballos que yacían en el fango.

Gracias a ellos, habían tenido tiempo suficiente para sobrevivir.

Demasiados hombres y doce animales muertos, pero, gracias a su sacrificio, todos los demás se habían salvado.

Y él continuaba siendo el rey de la manada, como había demostrado tiempo atrás.

* * *

Con el amanecer, Uldin había sido capaz de apreciar con claridad los efectos del fuego en el campamento enemigo. La posición defensiva que tanto lo había frustrado estaba a punto de venirse abajo, pero, aun así, había resistido.

El repentino gruñido de Nieve sacó a Uldin de sus cavilaciones.

Enseguida le respondió Noche, su compañero, con un gañido, cuando el huno los apartó de la cabeza cercenada del hombre que había comandado el ataque sobre el campamento la noche anterior.

No podía tolerar que nadie le fallara, menos aún ahora, cuando los romanos, tan cerca, podrían tomarlo como un líder débil.

Hilduara, impertérrita, permanecía entregada a la terrible labor de interpretar lo que las entrañas del difunto pudieran depararles.

–Padre, viene alguien. –Munzuk trató de aparentar firmeza, cuando lo cierto era que tenía que esforzarse para contener las arcadas.

Su madre había querido que se acostumbrara a la sangre, al dolor, al sufrimiento, a la batalla, pues él debía reinar sobre todas ellas cuando llegara el momento, según sus palabras.

El príncipe huno se giró y pronto vio que se acercaba una comitiva demasiado elegante para el lugar en el que se encontraban: los cabecillas romanos, fuertemente escoltados.

Mientras que sus guerreros mostraban heridas y suciedad tras días de lucha, ellos vestían de manera impoluta, y sus armas brillaban aun ante la escasa luz de la mañana.

El escupitajo que les lanzó fue su muda bienvenida.

–Veo que ha habido avances –lo saludó Buteo, zalamero, mientras Estilicón, con ojo experto, analizaba lo ocurrido en el vallado.

–Esta noche tomaremos esta posición, y desde ahí conseguiremos hacernos con la fortaleza. En pocos días no quedará rastro de vida entre esas piedras...

Goar, por su parte, centró su mirada en la pálida melena de Hilduara, unos pasos más allá, y cuando se dio cuenta de la macabra escena en la que ésta se afanaba, dio un paso al frente, atónito.

Desde allí, sus ojos se encontraron con los del pequeño Munzuk, y en aquellas cuentas verdes ligeramente rasgadas no percibió miedo, tampoco asco, sólo curiosidad, y aquello hizo que, involuntariamente, se llevara la mano derecha al crucifijo de Respendial.

Aquellos hunos no eran como nadie que hubiera conocido antes, eran monstruos.

Se lo había escuchado decir a Zandipo, y jamás había conocido a nadie más sabio que el viejo santón.

Definitivamente, no podía existir mayor prueba que lo que estaba viendo.

¿Cómo eran capaces de obligar a sus pequeños a enfrentarse a situaciones como aquélla?

–¡Apártate de él, maldito cristiano! –rugió Hilduara con el rostro congestionado, echando a correr, seguida de Nieve y de Noche, al reparar en cómo Goar, con el brillante crucifijo sobre el pecho, miraba a su hijo.

El joven alano fue incapaz de reaccionar, no así una pareja de armenios, que rápidamente se situaron entre él y la hechicera, antes de que el puñal, por cuya hoja todavía corría la sangre de la víctima, encontrara la carne del alano.

–¡Basta! –intervino Estilicón, tan furioso como sorprendido–. Nosotros no somos tus enemigos, Uldin. No lo olvides, o lo lamentarás.