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CAPÍTULO XXXIII
Las llamas habían comenzado a propagarse con rapidez en el interior del cercado.
Pese a los esfuerzos por sofocarlas, eran muchas las chozas en muy poco espacio, y cada vez que conseguían apagar uno de los tejados, otros dos ardían.
Por eso su confianza se tambaleaba, mientras que quienes aguardaban al otro lado de la empalizada, deseosos de adentrarse en el vallado, hambrientos de sangre, aullaban al ver cada nueva llama.
A cierta distancia, a salvo de los proyectiles, algunos hombres trabajaban sin descanso para tratar de sacar de allí a los caballos.
Las gentes hacía días que se habían replegado dentro de Kelemantia.
Pero, para los animales, no tenían embarcaciones suficientes ni espacio en la fortaleza de piedra, por lo que lo único que podían hacer era llevarlos por la orilla hasta el campamento oriental, con la esperanza de que aquél resistiera algunas jornadas más.
Cuando aquél también cayera, si es que lo hacía, tan sólo quedaría sacrificarlos o dejarlos en manos de sus odiados enemigos.
–Precisamos de más tiempo –gritó Fariban a sus compañeros desde la estrecha loma en la que se había instalado junto a algunos arqueros, atento.
Muy cerca de la empalizada, golpeada una y otra vez por los arietes hunos, Malvar pateó la tierra para apagar una flecha. Ellos mismos habían arramblado con las casas que se habían encontrado más cerca de la empalizada, y, con la madera resultante, trataban de construir a toda prisa una barricada.
Desde que las tropas de Uldin contaban con el apoyo de armas de asedio, los ataques se habían redoblado.
El huno había perdido a muchos hombres, en su mayor parte godos, alanos y sármatas que, con pontones, escalas y arietes, habían tratado de poner a prueba las defensas.
Éstas habían resistido, pero Malvar no se hacía ilusiones; en pocos días, si no en horas, los hombres del príncipe huno se apoderarían de aquel lugar y podrían acometer un asalto final a Kelemantia.
Aun así, él debía poner a salvo a los caballos.
–El tribuno ordena que nos repleguemos a la fortaleza..., mi señor –lo informó un joven legionario surgido de la nada.
Marval lo miró. Como en todos, el romano mostraba signos visibles del esfuerzo de las últimas jornadas, y su armadura y su rostro se veían cubiertos por una mezcla de hollín y sangre coagulada. Cayo Nepociano, allí donde estuviera, no estaría muy contento con su aspecto, razonó Malvar, divertido.
–¡Danos algo más de tiempo! –insistió Fariban desde la distancia, y ante aquella demanda, los ojos de Marval abandonaron la figura del legionario para centrarse en el maltrecho vallado.
–Wulfila, ¿cómo va vuestra parte? –preguntó al godo que martilleaba sin cesar sobre los tablones.
Éste, que había sido carpintero en algún momento de su vida, ya no recordaba ni muy bien cuándo, hizo amago de protestar, pero se mordió la lengua y asintió con la cabeza. Daba igual lo que dijera. Más les valía tener lista la barricada, y cuanto antes.
–Bien, legionario, obedeceremos al tribuno, pero, antes, que tus hombres formen un muro de escudos y avancen hacia el vallado. –El alano señaló al resto de soldados que habían venido con él.
El joven romano dio un respingo, dispuesto a protestar, pero Malvar lo ignoró y se situó entre los burgundios, que rápidamente le tendieron las abrazaderas de esparto de un escudo.
–A formar –vociferó el legionario, pero no habría hecho falta, porque sus compañeros ya habían comenzado a hacerlo.
La mayor parte de los godos que ayudaban a Wulfila cambiaron sus herramientas por hachas, espadas y escudos y se situaron a la retaguardia de la formación romana.
Junto a ellos, Malvar alzó el brazo sobre su cabeza para que los arqueros que había dejado sobre la suave colina a su derecha los cubrieran en su avance, así como a los doce jinetes alanos que lo seguían.
Mientras avanzaban, sin apenas ver por dónde pisaba, Malvar sólo podía pensar en el sudor que resbalaba por cada rincón de su cuerpo, no sólo por el esfuerzo y el peso de su armadura, sino también por el calor de las llamas que consumían los edificios cercanos.
De repente, le vino a la nariz el aliento a ajo de los que avanzaban a su lado, y no pudo evitar recordar a Marcial, que había hecho de él y de sus amigos, a su pesar, temibles guerreros de infantería.
El silbido de los proyectiles sobre sus cabezas pronto se impuso a la respiración agitada de los soldados, también el de los certeros golpes que hacían temblar la estructura defensiva.
Cuando aún les quedaba una docena de pasos para alcanzar la empalizada, buena parte de los troncos cayeron con estrépito, y el rugido victorioso de los hunos llenó el atardecer.
Al instante siguiente, las flechas de los alanos sobrepasaban por el cielo la formación, encontrando el blanco en los atacantes que penetraban por el hueco abierto.
Muchos salvajes murieron al momento, aún con la sorpresa dibujada en el rostro.
Quienes sobrevivieron, no tuvieron más remedio que sortear los cuerpos de sus compañeros caídos, rompiendo de esa manera cualquier orden en su ataque.
–¡Ahora, ahora! –gritó el joven alano, y, a su señal, legionarios, burgundios y godos corrieron hacia la sección que había cedido, dejando el espacio pertinente para los jinetes.
Éstos, a medio galope, arrollaron a quienes pretendían entrar en el campamento, contus en mano.
Entre alaridos, Malvar y sus compañeros recorrieron los últimos pasos, cerrando los espacios que quedaban entre ellos y los jinetes, y comenzó el choque frontal.
El alano creyó perder el aliento un instante, y pocos fueron los que pudieron blandir sus armas, a excepción de los jinetes que, para entonces, enarbolaban sus espadas de doble filo con mortal eficacia mientras obligaban a sus monturas a moverse sin descanso.
Marval empujó al primer oponente con el que se topó, con tal ímpetu que el sármata, que vestía una larga armadura de cuero que lo cubría desde la cabeza hasta los tobillos, trastabilló y cayó al suelo.
Sin pensárselo, el alano lo ensartó con su hoja, y para cuando retiraba el arma, un nuevo adversario se abalanzaba ya sobre él.
Buscó espacio entre los suyos y logró hurtar el cuerpo en el último momento, de manera que la espada del huno cercenó el brazo del hombre que luchaba a su siniestra.
Pero entonces Marval lo golpeó con la guarda de la espada, rompiendo hueso y dientes por igual.
Antes de que fuera capaz de bajar el brazo, un burgundio ya había encontrado un resquicio desde la segunda fila y había hincado la punta de su espada en la axila del huno, ocupando de inmediato el lugar del caído.
La formación imperial ganaba solidez, y poco a poco comenzó a avanzar hacia el hueco abierto en la empalizada.
Paso a paso, con mucho esfuerzo, mientras una lluvia de golpes resonaba sobre sus escudos y sus cascos.
A esas alturas, Malvar no sabía qué le dolía más, si los martillazos que le caían sobre las protecciones o los repetidos golpes de los escudos de sus compañeros en su espalda, para que no cejara en su avance.
Cuando se encontraban a media docena de pasos del foso, el escudo del burgundio que avanzaba a su izquierda se partió súbitamente en dos.
Antes de que el legionario que avanzaba tras éste acertara a cubrirlo con su rodela, un alano de larga y trenzada cabellera hincó su lanza en el vientre del burgundio.
Ver a un alano entre las filas enemigas provocó que Marval dudara un instante, el suficiente para darle tiempo a que éste lo embistiera.
En tan poco espacio, su adversario apenas pudo maniobrar con la lanza, y el golpe careció de la fuerza necesaria para atravesarle la malla, pero, aun así, Malvar se quedó sin respiración.
Bajó el escudo por instinto, como le había enseñado Marcial, de manera que el siguiente golpe, que podía haber resultado fatal, se perdió entre los tablones.
Ya un nuevo legionario se situaba a su lado.
Los hombres de Uldin redoblaron sus esfuerzos, sabedores de que estaban a punto de ser repelidos más allá de las defensas, y durante varios minutos ni uno ni otro bando fue capaz de avanzar, perdidos como estaban en empujones estériles.
Malvar, un tanto aturdido, sintió entonces que alguien lo agarraba por el cuello y lo hacía retroceder a la segunda fila.
Hizo amago de protestar, pero rápidamente su puesto fue ocupado no por uno, sino por dos nuevos luchadores.
Alejado de la primera línea, las piernas comenzaron a fallarle, y se atrevió por primera vez a palparse el costado izquierdo.
Allí había sufrido un desgarro, y el contacto de sus dedos provocó que cayeran al suelo decenas de brillantes anillas.
Las siguió con la mirada, y reparó en que tanto él como los suyos caminaban sobre un suelo plagado de cadáveres y de mierda.
A su espalda, Wulfila y otros tantos sostenían la barricada como podían.
Era el momento de intentar cerrar la herida, antes de que la gangrena se los llevara a todos por delante.
Así que Marval se acercó a los jinetes y comenzó a golpear con saña los cuartos traseros de los animales, para que siguieran avanzando, con fuerza, entre un mar de enemigos.
–¡Seguidme! –gritó, cuando las monturas consiguieron por fin asentar sus cascos sobre la empalizada vencida.
Al mismo tiempo que Marval, muchos otros saltaron sobre los tablones y siguieron la estela de los animales, que, poco a poco, iban cayendo a causa de las cuchilladas y golpes de sus desesperados enemigos.
Enseguida, las botas del alano dejaron atrás la firmeza de la madera para asentarse en el inestable fango que días atrás había constituido el foso en el que habían depositado buena parte de sus esperanzas.
Marval asentó con fuerza los pies en el suelo y siguió golpeando sin saber siquiera el destino de sus golpes.