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Habían pasado tres jornadas y, pese a los deseos de Uldin, eran muy pocos los que habían perdido la vida en uno y otro bando. Sólo aquellos desgraciados que habían tenido la mala fortuna de encontrarse en el camino de los escasos proyectiles que surcaban el cielo.
Aquello desesperaba al príncipe huno, que, para entonces, esperaba haber derrotado ya a sus enemigos.
Pero éstos se habían parapetado tras una cerca de madera y un muro de piedra, y se habían contentado con insultarlos y dispararles cada vez que se ponían a tiro.
Y, pese a los desesperados intentos por provocarlos para que abandonaran sus posiciones defensivas, ni godos ni alanos habían cedido.
Al verlos llegar, Estilicón había ordenado levantar barricadas y un foso tras los que protegerse a cierta distancia del campamento huno.
No porque pensara que sus enemigos pudieran llegar hasta ellos, sino porque era la forma de tener a los suyos y a sus aliados godos ocupados, evitando rencillas y peleas entre unos y otros.
Sin embargo, si la desesperación por no poder asaltar la posición enemiga se había apoderado de quienes se habían instalado en el campamento huno, en el romano comenzaba a hacer mella el aburrimiento.
–¡Con cuidado! –gritó Estilicón en cuanto la afilada scrama de Goar abrió sin aparente esfuerzo el peto con el que se protegía Alarico.
–¡Que tenga cuidado él! –respondió el joven godo sin amilanarse, palpándose el jubón destrozado.
El tribuno observaba el entrenamiento de sus amigos tendido sobre un tronco.
Como casi todos los días en los últimos años, pasaban largas horas instruyéndose en el uso de las armas.
Alarico, además de haber dejado atrás su aspecto aniñado, se había convertido en un luchador diestro, y prueba de ello era la cicatriz que Goar lucía en su antebrazo derecho.
Los afilados aceros, de factura ligeramente diferente, continuaron con su particular danza, arrancando destellos de las luces de las hogueras cercanas a una velocidad endiablada.
Sin ser consciente, Estilicón se había incorporado y se agarraba al tronco, nervioso.
Alarico había redoblado el ímpetu de sus ataques, y con su espada corta acometía una y otra vez a Goar, que había comenzado a retroceder, cada vez más cerca de la orilla.
–¡Tened cuidado! –insistió, pero para cuando acababa la frase la bota derecha de Goar resbalaba entre los guijarros, y al momento se cayó al agua.
Un coro de risas estalló entre los armenios que contemplaban la lucha, y Alarico, triunfante, se unió a ellos.
Goar se sentó sobre los guijarros, empapado, y Alarico guardó el arma para ofrecerle la mano. Cuando parecía que éste la iba a aceptar para levantarse, el alano tiró del brazo del muchacho, haciéndolo caer también al río. Pese a su inicial enojo, ambos estallaron en carcajadas.
–Veo que al menos alguien se divierte en este campamento. Lo celebro –comentó Tito Buteo, que caminaba hacia Estilicón. Éste, precavido, hizo una seña a Goar y a Alarico para que se marcharan y lo dejaran a solas.
–La instrucción siempre sube la moral de la tropa –repuso el tribuno, apartándose para dejar espacio al arcani en el tronco.
–Coincido contigo, tribuno. Lástima que nuestros circunstanciales aliados no disfruten tanto como nuestros chicos. Se les ve inquietos.
–Creo que la paciencia no es la mejor virtud de esos salvajes –convino Estilicón, y Buteo se echó a reír.
–Desde luego que no. Sin embargo, creo que ha llegado la hora de ayudarlos, por el bien de todos nosotros.
–¿Y qué propones, Buteo?
–He visto las defensas de esos bárbaros, y, a excepción del campamento, cuyo único punto débil se encuentra en el lienzo que da al río, son sumamente toscas.
Con la ayuda de escalas, arietes y pontones para salvar los fosos, nuestros aliados podrían eludir las defensas y entregarse a lo que tanto les gusta: la matanza.
Si los vuestros pudieran ayudar a construirlos...
Si es que lo consideras adecuado, tribuno, por supuesto –apuntó, lisonjero.
–Está bien, toma los hombres que precises y ve al campamento de Uldin. Ahora, si me disculpas, me retiro a descansar. Mañana tendremos otro aburrido día por delante.
* * *
Agosto del 383. Lugdunum
De los trescientos hombres que habían partido a toda prisa junto a Safrax y Graciano durante la noche, a Lugdunum apenas habían llegado un centenar.
Algunos habían tenido que luchar contra las patrullas de caballería enviadas por Máximo, y, sobre todo, contra los jinetes francos que habían aparecido por la retaguardia.
Otros habían tenido que entregar sus monturas de refresco para que pudieran continuar la cabalgada, obligados así a adentrarse en los bosques para despistar a sus perseguidores.
Quienes agotaron a los caballos, por su parte, no tuvieron más remedio que huir por sus propios medios.
Habían tardado siete jornadas en alcanzar la seguridad de los muros de Lugdunum, y en realidad Safrax sabía que era una seguridad ilusoria.
Graciano, llevado por la desesperación, confiaba toda su suerte en el apoyo de su medio hermano Valentiniano.
Hasta el alano, alejado de las intrigas palaciegas, entendía que tal posibilidad era remota, motivo por el que había ordenado a todos los que habían quedado por el camino que en cuanto pudieran marcharan hacia el este, a Brigetio, donde los aguardarían sus familiares, y que desistieran de seguirlos.
–El gobernador tarda demasiado en presentarse –protestó Graciano, apoyado en el alféizar de una ventana. Desde allí veía el patio, donde los alanos que lo habían llevado sano y salvo hasta allí comían con avidez, tras días sin hacerlo.
–Estará acicalándose para recibir a su emperador como se merece –apuntó Safrax, junto a la única puerta de la estancia.
Graciano golpeó la pared y se volvió para mirarlo, alzando los brazos para que se fijara en su lamentable aspecto.
Los antaño elegantes paños del emperador lucían manchados de tierra, sudor y sangre, hechos jirones en algunos lugares, pues también él había tenido que luchar por su vida durante la huida.
–¿Crees que ahora mismo importa? –masculló.
Se sentía incapaz de dar un solo paso más, agotado tras la larga y exigente cabalgada, sin descansar más de un par de horas por jornada, con los muslos desollados por tanto tiempo a lomos de las monturas.
Extenuado, sí, pero vivo. Y no era por todo eso que la sensación de derrota hacía que su boca hediera como la de un moribundo.
Se sentía capaz de seguir blandiendo la espada o de pergeñar un nuevo plan de batalla.
Pero sí sentía la derrota en el alma. Estaba solo, y no había querido verlo hasta el momento.
La traición de Batuto y de sus francos había sido la última, tras semanas en que las deserciones habían continuado.
Todos lo abandonaban, todos, a excepción de Safrax y de aquel puñado de valientes alanos.
Él, que se había esforzado en ser un buen señor, recibía como pago la peor de las traiciones.
Los ojos de ambos hombres se cruzaron y, sin saber cómo, Graciano supo lo que pasaría en adelante. Tenía que haberlo sabido de antemano, pensó.
–Safrax, debes marcharte, amigo, tú que aún estás a tiempo –le dijo, calmado, haciéndole un gesto para que se acercara a la ventana.
El alano dudó si había escuchado bien.
–Mi señor, he dado mi palabra de protegeros.
–Lo sé, lo sé, y eres el único que has sido fiel a ella. Por eso mismo no quiero que seas el único que sufra las consecuencias.
–Empeñé mi palabra, y los míos también –insistió el alano, testarudo, y por un instante a su mente retornó la imagen del guerrero alano tocado con el crucifijo de plata y nácar al que había abatido en Adrianópolis.
Lo había detestado en aquel momento, pero el destino había querido que hoy fuera como él.
–Y has cumplido sobradamente. Tu honor no sufrirá menoscabo alguno, amigo mío.
Al contrario, has sido el único fiel. Ahora, escúchame: yo te libero de tu juramento, Safrax, nieto de Beuca, y también a los tuyos.
Márchate ahora. –apostilló, señalando hacia el patio que se encontraba a sus pies–.
Aún no vigilan a tus hombres. Reúnete con ellos y tomad caballos de refresco.
Sólo me quieren a mí, tardarán en reaccionar.
El repentino sonido de decenas de botas pisoteando el mosaico del vecino pasillo hizo que ambos se volvieran hacia la puerta.
–Ya vienen.
–Graciano...
El emperador sintió renacer las fuerzas en su interior. Dio un sentido abrazo al alano y echó mano a su espada.
–Ve, Safrax, y lleva a tus dragones hacia un lugar en el que los hombres sigan siendo fieles a su palabra. Márchate lejos de aquí, deja que Roma se consuma entre hombres viles. Ve, amigo mío.