Dragón 32
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CAPÍTULO XXXII

No era una tarde cualquiera, bien lo supo Baddo en cuanto se percató de que la escalera por la que solía subir a las almenas estaba atestada de curiosos. Las almenaras habían comenzado a arder a un lado y al otro de la ribera, anunciando la llegada de los temidos hunos.

–¡Apartaos! –La goda escuchó el potente vozarrón de Fariban.

La aparición de una docena de alanos armados hasta los dientes, todos usando sus largos arcos a modo de lanzas, provocó que los curiosos se dispersaran con rapidez.

–Baddo, estaba preocupada por ti, no te encontraba –la llamó Amage, apareciendo entre los primeros guerreros junto con sus nietas, Tulga y el pequeño Goar.

Sin mediar más palabras, la anciana le hizo un gesto para que la siguiera por el camino de ronda, donde los guerreros comenzaban a dispersar a la muchedumbre. No tardaron en encontrar a Alateo y a Marval, atentos a cuanto ocurría.

–¿Dónde está el romano? –preguntó Alateo, a modo de saludo, molesto por la tardanza de Nepociano en presentarse en el puesto de mando de la defensa.

Baddo se apartó de los guerreros y miró desde la atalaya a derecha e izquierda.

Centenares, quizá miles, de hombres armados con lanzas, espadas y hachas se habían situado junto a la cerca que delimitaba el asentamiento.

Esos mismos hombres habían trabajado sin descanso las jornadas anteriores para ensanchar y hacer más profundo el foso frente al vallado, mientras ancianos y mujeres fabricaban flechas con las que acosar al enemigo.

Todo había sido dispuesto, pero nadie sabía si sería suficiente, pues los pocos que se habían enfrentado a los hunos en el pasado habían sufrido en sus carnes la derrota.

–Ha ido al asentamiento oeste, a asegurarse de que nuestros animales queden lo suficientemente lejos de los proyectiles enemigos como para no suponer ningún peligro. Si se produjera una estampida en el interior del vallado, estaríamos perdidos.

Alateo asintió. La anciana tenía razón, pero estaba hartándose de tener que soportarla. Todo era más fácil cuando Safrax estaba con ellos.

–¡Padre, allí! –exclamó Ataúlfo, agarrándolo del hombro para hacerlo mirar hacia el bosque.

Todos se abalanzaron sobre el muro. Por unos instantes, nadie habló.

Poco a poco, la oscura mancha que conformaba el ejército de Uldin iba haciéndose visible.

Eran miles de hombres, con decenas de miles de caballos, incontables, tantos que contuvieron la respiración.

Y. aunque el número de monturas entonces no preocupaba a Alateo, pues sus enemigos no podrían valerse de aquéllas mientras contaran con la protección de la muralla, sí lo hacían los millares de guerreros.

El ejército se detuvo a una media milla de las murallas, fuera del alcance de los arcos enemigos. Al momento, comenzaron a levantar un campamento.

–Bien, todos a sus puestos, no quiero a nadie ocioso aquí arriba –bramó Alateo, que dio ejemplo zarandeando a su hijo–. Hay mucho por hacer... ¡Vamos, moveos!

A regañadientes, algunos de los más jóvenes comenzaron a enfilar el camino de regreso al patio, seguidos por la severa mirada del caudillo godo.

–Padre, puedo... –intervino Ataúlfo, a su lado, pero Alateo lo interrumpió.

–Tú también, hijo. No nos volverá más valientes conocer el número de adversarios a los que nos enfrentaremos mañana. Vamos, desaparece de mi vista.

Una vez el adarve quedó despejado, Amage pudo escuchar los quejidos de Goar.

El pequeño, de sólo dos años, ya correteaba, y más de una vez su madre había tenido que salir al patio dando voces, asustada por no encontrarlo.

Ahora, con paso decidido, iba hacia ella, y la abuela abrió los brazos, dispuesta a auparlo.

–También va por ti, Amage –la interpeló Alateo, mas ella lo ignoró, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en la vida del pequeño Goar.

Tras tantas pruebas del destino, allí sólo quedaban las mujeres de su familia.

Ella, superviviente de una desgracia tras otra, incluso más allá de lo que la edad debería haberle permitido; Aleda y Caina, ambas en la flor de la vida, y Baddo también, pensó en último lugar.

En cambio, no tenían a sus hombres en ese fatídico día.

Beuca se había reunido con sus ancestros ocho años antes, y Respendial lo había hecho mucho tiempo atrás, o eso pensaba; de Safrax y de Goar nada había vuelto a saber.

Según los romanos, uno estaba en Oriente y el otro en Occidente.

Uno donde nacía el sol, el otro donde se ponía.

Esperaba que, al menos, aún con vida. En definitiva, el único varón que llevaba en sus venas la sangre de Beuca era aquel pequeño al que ahora abrazaba.

–Vamos, abuela, debemos regresar dentro antes de que los proyectiles comiencen a surcar el cielo –susurró Caina, que al momento recibió una mirada de reproche.

No estaba dispuesta a reconocer la comodidad de las casas romanas, tampoco su utilidad en momentos como aquél. Jamás lo haría y, si sobrevivían a aquel trance, no volvería a pasar una sola noche entre cuatro frías paredes de piedra.

–Te prometo, Goar, que vivirás lo suficiente para ver con tus propios ojos los dragones de tu pueblo. Lo juro por lo más sagrado.

* * *

Agosto del 383. Viminiacium

La marcha del dux había permitido que los habitantes de la ciudad y de los alrededores se tomaran un respiro.

Habían sido meses duros, no sólo por el frío y la lluvia, y que ahora sufrían el bochorno de la canícula, sino por el miedo a los guerreros godos que, siempre ruidosos, deambulaban en busca de problemas.

Pero Modario se había llevado consigo a la mayoría de ellos, otros muchos se habían asentado en los distintos puestos avanzados que jalonaban la ribera del Istro, y en la ciudad sólo quedaban unos pocos.

Aprovechando las circunstancias, Arsaces y sus armenios habían explorado cada rincón de la fortaleza de Viminacium, anotando mentalmente cada uno de los aburridos turnos de guardia de los godos, así como las vías de escape en la cannaba , lugar que, en aquel entonces, poco importaba a los hombres de Modario, que apenas se dejaban ver más allá de los muros de la fortaleza.

Si los armenios que Estilicón había dejado en la ciudad, así como sus sirvientes, habían estado ocupados aquellos días, lo mismo podía decirse de Caris, que había podido moverse libremente por el interior de la fortaleza.

Había ido con tiento, despacio, pues Goar y Alarico le habían asegurado que tardarían varias semanas, al menos una luna, en regresar, ya que Brigetio se encontraba lejos, y una vez allí aún deberían enfrentarse a quienes se habían establecido en el margen oriental del Rhenus.

Y, a las dos semanas, ella ya había conseguido dar con la pequeña Gosvinta.

Como casi cada tarde a la misma hora, Caris se había situado en la esquina de uno de los antiguos almacenes, abandonado en ese entonces, junto al que sabía que Gosvinta no tardaría en aparecer.

No le había resultado sencillo reconocerla.

Cuando se separaron, era una tierna niñita de seis años, pizpireta y de rostro angelical, y ahora era mucho más alta, delgada y bella, aunque con un sempiterno gesto grave, carente por completo de alegría.

Al igual que en los días previos, la mujer que acompañaba a Gosvinta se había detenido a hablar con uno de los hombres de Modario, y la niña, al pasar por su lado, no se había dignado a mirarla.

Pero entonces, cuando torció la esquina del almacén, Caris le salió al paso.

Gosvinta se detuvo en seco, desconfiada, más aún porque aquella mujer, pese al bochorno reinante, se cubría con una fina estola fabricada en la más delicada seda, regalo de Estilicón tras su paso por Persia.

–Gosvinta, no digas nada, pequeña –murmuró Caris de forma atropellada, apartándose ligeramente el velo para que la pudiera ver.

La muchachita tardó en reaccionar. Se había acostumbrado a no mostrar signo alguno de debilidad o dolor, ni siquiera de alegría, pues Modario no dudaba en acabar con todo aquello por lo que mostraba predilección.

Primero había sido un cachorro, al que no había vuelto a ver; después, la hija de una de las mujeres con la que había entablado algo similar a una amistad.

La niña, como la madre, habían desaparecido de la noche a la mañana.

No podía mostrar sus sentimientos, porque, en cuanto lo hacía, el asesino de su padre poco tardaba en aprovecharse.

–Soy yo, soy Caris... ¿Te acuerdas de mí? –le susurró, mientras miraba de soslayo hacia la esquina por la que, en algún momento, no tardaría en aparecer el ama de cría.

–Ca, Caris... –balbuceó al fin la niña, incrédula, a la vez que vencía las ganas de abrazarla.

–No disponemos de mucho tiempo, Gosvinta. Nadie debe saber que hemos hablado hoy.

–Pero ¿qué haces aquí? –preguntó, asintiendo con energía.

Caris desvió el rostro de inmediato hacia la cercana muralla, pues, como habían acordado, Arsaces ya había imitado el sonido de un ave procedente de Oriente, alertándola de que le quedaba poco tiempo.

–Escúchame, he venido a sacarte de aquí, pequeña, y a llevarte con tu hermano.

Al escuchar aquello, la máscara que durante aquellos años Gosvinta se había obligado a construir se agrietó, y su rostro volvió a mostrar a la niña que tan bien conocía Caris.

–¿Alarico vive?

–Y no ha pasado un solo día en el que no estuvieras presente en su pensamiento. ¿Puedes salir libremente por la fortaleza al caer la noche?

–Una de las mujeres que Modario ha puesto a mi cargo duerme en mi alcoba cada noche...

Caris rebuscó en el interior de sus ropas y sacó un delicado frasco de vidrio.

–Vierte esto en su copa, y caerá dormida casi de inmediato. No se enterará de nada, tampoco sufrirá. Hazlo la tercera noche a partir de hoy, ¿de acuerdo? Entonces, volveremos a vernos aquí mismo. Te pondremos a salvo. Te lo prometo.

* * *

Agosto del 383. Alrededores de Kelemantia