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El rostro serio de Malvar y de quienes se encontraban a su espalda debieron haber alertado a Alateo de que algo ocurría, mas el godo, feliz ante la expectativa de una batalla tras tanto tiempo de inactividad, no reparó en ello.
–En este barco han venido vituallas y proyectiles, pero el prefecto nos advierte de que ninguna otra nave volverá a cruzar el río hasta que el peligro haya sido conjurado.
* * *
Agosto del 383. Campamento de Flavio Graciano Augusto
–Sangiban debería de haber llegado a su destino hace días –apuntó Tasio, pensativo, mientras se recolocaba el vendaje de la herida recibida en el último combate.
Llevaban meses de campaña, y eran pocos los alanos que no habían sido heridos o que no hubieran caído protegiendo al emperador.
Estaban allí para combatir, y vaya si lo habían hecho, siempre en lo más crudo de la lucha, amparando a un Graciano que deseaba que los suyos supieran que él nunca rehuiría el combate mientras a ellos los enviaba a la muerte.
En el otro extremo de la tienda, Safrax contemplaba la colección de cascos que habían arrebatado a sus enemigos las últimas semanas, recuerdo de las bajas que habían infligido a Máximo.
Habían acabado con muchos adversarios, pero la temeridad de Graciano también había conllevado que casi un centenar de alanos se dejaran la vida en el intento.
Y, pese a la bravura con que se habían desenvuelto todas las unidades fieles al legítimo augusto, habían sido incapaces de contener a Máximo y a los suyos.
Sólo la aparición del recién nombrado magister militum Batuto habían conseguido detener la sangría, obligando a Máximo a reagrupar a sus tropas.
Aun así, incluso con el apoyo de los francos, la ventaja numérica seguía estando del lado de sus adversarios.
–Estará al llegar. Quién sabe a qué distancia estará Brigetio... –respondió Palaco, ahogando un bostezo.
Llevaban seis jornadas allí, acampados en lo alto de una colina.
En la llanura, a sus pies, se había dispuesto el resto del ejército.
En el campamento occidental, las legiones del Rhenus aún fieles al augusto; en el oriental, los francos de Batuto, que, a cada día que pasaba, aumentaban su número.
Aquellos campamentos fortificados hacía ya lunas que habían dejado de sorprender a los alanos.
Cada atardecer, cuando se detenían, legionarios y servidores levantaban un muro de estacas afiladas y un ancho foso; después de varios días en el mismo lugar, era como una rústica fortaleza, aunque levantada en muy corto margen de tiempo.
Un coro de voces en el exterior de la tienda hizo que Tasio, el más despierto de los tres a esas horas, se pusiera en pie de un salto. Safrax siguió a su viejo amigo con la mirada, incapaz de moverse.
–Si ha llegado Sangiban, dile que a buenas horas... –protestó Palaco, agarrando la manta para cubrirse.
El rumor de voces siguió aumentando, de manera que Safrax se revolvió, incómodo, en el catre.
–¡Traición, traición! –gritó Tasio, entrando de nuevo en la tienda. En su rostro podía apreciarse una expresión mezcla de rabia y de incredulidad.
Safrax se levantó de un salto, ignorando el agotamiento y las heridas aún no del todo cicatrizadas.
–¡Traidores, traidores! –oyeron entonces desde fuera.
El campamento, hasta entonces aletargado, parecía haber despertado por completo. Se oían pasos corriendo en todas direcciones.
–¡Traición! ¡A las armas, legionarios! –gritó un oficial a poca distancia de Safrax, que ya estaba fuera de la tienda.
El alano lo reconoció al momento. Era uno de los tribunos más cercanos al emperador; uno que, no se le escapaba, lamentaba que Graciano se mostrara tan amistoso con los alanos.
Por desgracia, no se trataba sólo de él, sino que también otros tantos oficiales y soldados habían hecho comentarios en ese sentido desde el regreso de Britania.
–¿Quién es el traidor? –preguntó Safrax, encarándose al romano mientras lo agarraba por el peto de malos modos.
El joven oficial tardó en reaccionar, por lo inesperado. Cuando reconoció al alano, sin poder disimular su aversión, intentó, sin éxito, quitárselo de encima.
–Esto no va contigo, alano. Los francos, esos hijos de puta de los francos, y ese maldito de Batuto nos han traicionado... Han levantado el campamento y se han unido a nuestros enemigos... ¡Y Ahora mismo están viniendo hacia aquí!
Safrax lo soltó, y el romano, viéndose libre, continuó adentrándose en el campamento sin dejar de gritar.
Palaco y Tasio ya se habían unido a él, y los tres pudieron ver que, en la llanura circundante, a pocas millas, una muchedumbre avanzaba hacia su campamento. En pocas horas los tendrían encima.
Safrax miró hacia la tienda de Graciano, a apenas unos veinte pasos. Por primera vez en muchas noches, allí no se apreciaba luz alguna. Era una lástima, pensó Safrax, pues al fin el emperador parecía descansar. Pero, por lo que parecía, esa noche tampoco podría hacerlo.
–Tasio, trae los caballos y avisa a los demás de que nos vamos enseguida. Alguien debe poner a salvo al augusto –le ordenó, y sin más se perdió nuevamente en el interior de la tienda para hacerse con el dragón de Beuca.
La vieja enseña debía guiarlos una vez más en una noche aciaga.