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El latín gutural del alano sonó de forma desagradable en los oídos de Marcial, pero el mensaje era tan claro que no dudó en indicarle que lo siguiera hacia el edificio del pretorio.
A nadie encontraron en su camino, pues no sólo la mayor parte de los habitantes de Brigetio dormía, sino también los legionarios que velaban por ella.
Una vez en el pretorio, poco le costó a Marcial encontrar al liberto favorito de Corvino, quien enseguida guio a Sangiban y al centenario al despacho de su señor.
Poco tardó Corvino en presentarse. Sus ropas, colocadas a toda prisa, le daban un aspecto ridículo, pero Marcial se guardó de mostrar lo divertida que le resultaba la estampa.
–Espero que lo que tengas que decirme sea lo suficientemente importante como para molestarme a estas horas, centenario –le recriminó el prefecto con voz ronca.
–No lo habría hecho si no fuera así, prefecto –respondió el centenario, haciendo un gesto a Sangiban para que interviniera.
Corvino pareció reparar entonces en el alano.
–¿Y por qué Nepociano nos envía un emisario a estas horas? ¿Ha perdido el poco seso que le queda?
Sangiban miró a Marcial, molesto por el comportamiento del prefecto, y fue el centenario quien respondió:
–No viene de Kelemantia, mi señor, sino de Occidente, de parte del mismo augusto.
Corvino pareció por fin reaccionar, y sus ojos se abrieron de forma desmesurada, estupefacto. Alejándose de ellos, tomó asiento pesadamente sobre el taburete en el que, por otro lado, descansaba buena parte del día.
–El augusto reclama que el rey Alateo cumpla con su promesa de auxiliarlo en la batalla. Debo cruzar cuanto antes el río y avisarlos de que debemos iniciar la marcha, antes de que sea demasiado tarde –informó Sangiban, que se había aprendido el mensaje palabra por palabra.
La mirada de soslayo que lanzó el fiel secretario de Corvino a su señor pasó desapercibida para todos los demás.
Les había llegado el rumor de que la fortuna no sonreía a Graciano en el campo de batalla.
Pese a la ayuda de los francos en el último momento, las tropas enemigas seguían siendo más numerosas, y no había tenido más remedio que replegarse a medio camino entre Lutetia y Lugdunum, donde se había hecho fuerte.
La campaña estaba próxima a su desenlace, o eso creía Corvino, y decidirse a apoyar a Graciano ahora, cuando la estrella de su victoria se apagaba, podía ser la peor de las decisiones.
Definitivamente, no apoyaría a ninguno de los contendientes.
Si el augusto era derrotado, como parecía, siempre podría alegar ante Máximo que había evitado que llegaran hasta el lugar los tan necesarios refuerzos que reclamaba Graciano.
–Veo que la situación es tan desesperada como me temía.
Mañana habrá tiempo de alertar a Nepociano de lo que ocurre, pero no ahora, pues ningún bote se aventura en la oscuridad.
Mi secretario personal llevará a los hombres que os acompañan a un lugar en el que puedan descansar hasta que llegue el momento.
–Debo informar ahora mismo a Alateo –insistió Sangiban, incómodo.
–No está en nuestra mano hacerlo ahora, soldado, pero en cuanto salga el sol tomaremos medidas. Ahora, disfruta de un merecido descanso.
El gesto contrariado del alano murió en pocos segundos, pues, cuando iba a volver a protestar, dos guardias del prefecto se encontraban a su lado. A una seña del secretario, lo agarraron por los brazos y lo sacaron de la habitación.
Marcial, que había asistido a aquella escena sin entender nada, decidió tantear a su superior.
–Mi señor, ¿queréis que avise a los muchachos para que preparen una de las naves antes del alba?
Corvino, que no había dejado de mirar al alano hasta que se había perdido más allá de la puerta, se puso en pie.
–¿Alguien más sabe de la llegada de estos hombres, centenario?
–Los muchachos de la puerta sur –respondió Marcial, rascándose la cabeza, pensativo.
–Bien, mañana veremos qué hacer. No me gustaría ser tan estúpido como para caer en una trampa. Debemos asegurarnos de que la orden proviene del augusto, y no de uno de sus enemigos.
–Pero, mi señor...
–¿Acaso asumirás tú la responsabilidad de movilizar a miles de esos salvajes si se trata de una celada, centenario?
–No, mi señor, el prefecto es quien dicta las órdenes, yo sólo las cumplo.
–Muy bien, pues ve a dormir, centenario. Todos necesitamos descansar, no sólo esos salvajes.
* * *
Julio del 383. Kelemantia
Alateo había salido muy temprano de la fortaleza.
Pese al calor que castigaba la llanura fluvial los últimos días, había decidido vestir su armadura completa, también el casco coronado por una reluciente crin de caballo, su espada y la afilada scrama .
Quería que quienes lo vieran comprendieran que él, como su rey, estaba dispuesto para la batalla, y por ese motivo había obligado al joven Ataúlfo a ir tras él, tratando de imitar el porte marcial de su progenitor.
La ciudad que había crecido alrededor de la fortaleza en los últimos meses era entonces un hervidero de noticias y de gentes de distintos orígenes.
Las últimas semanas habían llegado decenas, centenares de hombres y de mujeres huyendo de una amenaza que, hasta entonces, no se había dejado ver.
Nada había más que habladurías, por lo que, pese a la incertidumbre, el greutungo había tenido que despedir de malas maneras a los últimos que habían acudido en busca de ayuda, temeroso de comprometer sus reservas y la propia defensa del campamento.
Ni un alma más cabía en el interior del vallado.
A lo largo de la última luna no sólo habían acogido a los cuados, incluido Marbod, sino que también habían tenido que recluir allí a los centenares de caballos que hasta la fecha vivían en el bosque cercano.
Ni Amage ni ninguno de sus guerreros estaban dispuestos a perder un solo animal inútilmente, y Alateo había optado por callar.
Sabía que, en temas como ése, los alanos no eran razonables, y, por otro lado, si aquel enemigo invisible decidía al fin cercar el campamento, con ellos dispondrían de carne suficiente con la que alimentarse.
Siempre que fuera capaz de convencer a los alanos, lo que estaba por ver.
–Por fin te encuentro –lo asaltó Cayo Nepociano en su camino.
A Alateo no sólo le resultó extraño encontrar allí al tribuno, fuera de los sólidos muros de Kelemantia, sino también que fuera acompañado por Malvar y por otros jefezuelos alanos.
–¿Qué ocurre?
–Acaba de llegar una embarcación desde la ciudad. Venía del este, y sus tripulantes aseguran que los salvajes que han expulsado a los cuados de sus tierras se encuentran a menos de dos jornadas de aquí.
Alateo, vencida la sorpresa, sonrió. Casi que lo prefería así.
Estaba harto de aguardar inútilmente a que un supuesto enemigo diera la cara.
Y, tras tanto tiempo convertido en un estúpido y blando administrador, estaba deseoso de luchar, aunque se tratara de los terribles hunos.
Contarían en esa ocasión con el apoyo de los legionarios y, sobre todo, de sus terribles máquinas de guerra, lo que equilibraría la balanza entre unos y otros, como había escuchado había ocurrido en Adrianópolis.
–Ya era hora, joder. ¿Tu prefecto enviará nuevas máquinas de guerra, como había prometido? Es nuestro deber recibir a esos hijos de perra como merecen...