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CAPÍTULO XXXI
Aunque lo cierto era que nadie parecía estar vigilándolos desde las profundidades del cercano y brumoso bosque, Goar estaba inquieto. Lo mismo podía decirse de quienes estaban con él, pues el tintineante rumor de las cotas de malla se escuchaba por toda la orilla del río.
A espaldas del alano, Alarico no perdía de vista la navis lusoriae en la que habían llegado hasta allí. Sobre sus tablas, una decena de legionarios, con los cascos calados y con la balista situada en la proa, apuntaban hacia la selva que se encontraba al otro lado de la playa de guijarros.
Nadie, se dijo Goar, estaba cómodo allí, salvo quizá Buteo, al que jamás, en ningún lugar, había visto perder la compostura.
Al pensar en el antiguo arcani , miró hacia el frente, donde los tres jefes de la partida aguardaban en silencio el instante en el que llegaran los salvajes con los que habían arreglado el encuentro.
–Está gordo y viejo. Podría matarlo ahora mismo –le aseguró Alarico por detrás.
–Y tú no tardarías en seguirlo a la tumba –le respondió Goar sin mucha paciencia, poniendo especial cuidado en no levantar la voz–. Confía en Caris y en Arsaces... Ahora mismo es cuanto podemos hacer.
–¿Actuar como un cobarde y no enfrentarme al asesino de mi padre? ¿Tú lo harías, Goar? Estoy seguro de que no. Tú sabes lo que es el honor, sabes lo que es ese fuego que te quema por dentro hasta convertirte en cenizas... No me arrebates la posibilidad de vengar a los míos, por favor...
El alano suspiró, pues entendía demasiado bien las palabras del joven godo.
–Ahora mismo no se me ocurre ningún plan mejor, jovencito.
Y no debes pensar que nos mueve la cobardía, sino la practicidad.
Él es más fuerte que tú, y tiene más guerreros que nosotros.
Su vida no importa, pero sí la de tu hermana.
Tiempo habrá para que te tomes cumplida venganza, pero, de momento, confía en Caris y en Arsaces.
El repentino sonido de pisadas más allá de la floresta rompió la quietud, y de inmediato las ramas de pino se agitaron por doquier, como avivadas por un inesperado y terrible céfiro.
Legionarios y godos corrieron hacia sus cabecillas y dispusieron sus escudos para protegerlos a uno y otro lado.
No tardó en aparecer entre la espesura una silenciosa y espectral comitiva.
Goar, tras indicar por señas a Alarico que permaneciera junto a la nave, se adelantó hasta situarse a la espalda de Estilicón.
Desde allí se podía ver que, entre la niebla, decenas de magníficos corceles irrumpían en el claro.
Él, que se jactaba de saber de caballos como ningún otro, reconoció de inmediato que se trataba de ejemplares espléndidos que empequeñecían el porte de quienes los montaban.
Las ropas de éstos, además, eran en buena parte harapos, fabricados con cuero a medio curtir, y Goar los hubiera menospreciado de inmediato si no hubiera reparado en los destellos que el sol arrancaba de sus armas y armaduras.
De entre todos los jinetes, el que avanzaba en cabeza le llamó poderosamente la atención.
Aquel guerrero vestía por completo de negro, de forma que la pulida y larga cota que le cubría el torso y buena parte de las piernas destacaba aún más.
Su rostro apenas resultaba visible por las carrilleras y el nasal del casco cónico, pero sí podía distinguir bien una barba totalmente negra.
El guerrero desmontó, ágil, y, con expresión altiva, comenzó a caminar hacia los líderes imperiales. Cuando se encontraba a una veintena de pasos, una mujer apareció a su espalda.
Un leve murmullo de asombro se alzó entre quienes protegían las embarcaciones.
Goar el primero. La rubia y sedosa melena de la mujer le llegaba a la cintura, y parecía brillar aún más que la armadura del hombre que se encontraba a su lado.
Su tez era pálida, limpia de marca alguna, pese a que se podía apreciar que ya no era una niña.
Tenía una figura bien proporcionada, y su forma de contonearse mientras caminaba la hacía aún más deseable.
El alano tragó saliva al comprender que la belleza de la mujer estaba fuera de lugar entre aquellos salvajes.
–Yo soy Uldin, hijo de Balamir –se presentó el guerrero oscuro, provocador–. ¿Quiénes sois vosotros? ¿Acaso entre tanto siervo hay alguien digno de cruzar sus palabras con un príncipe huno?
Rugió entonces el sonido de los tablones de los escudos romanos chocando entre sí.
–Yo soy Flavio Estilicón, enviado personal del emperador Flavio Teodosio Augusto, y te saludo en su nombre, Uldin, hijo de Balamir.
–¿Y quién te acompaña, enviado del augusto? –preguntó el huno, señalando con desprecio a Buteo y a Modario.
Estilicón dudó, pero rápidamente el arcani se hizo con la situación.
–Yo soy Tito Buteo, príncipe Uldin, servidor personal del emperador, y éste es Modario, líder de los godos tervingios y amigo y aliado de Roma.
Pero en ese momento Hilduara abandonó la espalda de Uldin para acercarse a los emisarios romanos, y Buteo calló.
Goar estuvo a punto de sonreír, satisfecho con que al fin el britano pareciera tan terrenal como cualquiera, sólo que entonces la mujer dio unos pasos más hasta situarse justo frente a él.
–¿Y tú quién eres? ¿Te conozco acaso? –preguntó con una voz suave, sibilante, como el sonido del metal al salir de la vaina.
Goar tragó saliva, deslumbrado por aquellos hermosos ojos verde esmeralda.
–Soy Goar, hijo de Geiseric.
–Goar, hijo de Geiseric, pareces alano... –continuó la mujer, examinándolo mientras caminaba a su alrededor.
–Mi madre era alana, mi padre vándalo.
Hilduara se detuvo y asintió. Algo en el porte de aquel joven guerrero le había resultado familiar, y no podía deberse más que al recuerdo que aún tenía de Safrax y de los suyos. Malditos fueran por siempre.
–Y ya habéis conocido a Hilduara, mi hechicera –habló Uldin, dirigiendo una mirada cargada de reproche a la mujer–. ¿Para qué me habéis hecho venir? ¿Vais acaso a entregarnos vuestro oro y vuestras mujeres a cambio de que nos vayamos?
–Hemos venido para haceros saber que el augusto no os atacará si permanecéis en esta orilla del río.
La macabra risa de Uldin provocó que algunos de los caballos piafaran.
–Cuán generoso es vuestro emperador... ¿Cree que puede entregarme lo que ya es mío? ¿Va a darme el aire que respiro? ¿La hierba que agosto al paso de mi montura? ¡Dejaos de majaderías! ¿Dónde está el oro? ¿Dónde tenéis la carne con la que calmar a mi jauría?
–Tendréis vuestro oro, siempre que os lo ganéis –respondió Buteo, tratando de evitar el minucioso examen al que lo sometía Hilduara.
–¿Ahora tengo que ganármelo? ¡No soy un perro, estúpidos, somos lobos!
–Nunca podrás cruzar el río, Uldin, hijo de Balamir –siseó Estilicón, cansado de aquel tono amenazador–. Escucha la oferta que te hace mi señor, pues puede resultar beneficiosa para todas las partes.
Uldin dedicó un gesto airado a Estilicón, pero Buteo volvió a tomar la palabra:
–A diez días de marcha hacia el noroeste, siguiendo el río, se alza una ciudad defendida por una cerca.
Allí viven varios miles de godos y gentes de otros pueblos a los que el augusto de Occidente ha agasajado con cuantiosas riquezas.
Un gran tesoro al que podréis añadir aquel que nuestro señor os ha estipulado como precio por destruir ese asentamiento.
–¿Y por qué no lo destruye vuestro señor, si tan poderoso es?
–Porque no quiere enemistarse con su homólogo de Occidente. Son cosas que un bárbaro como tú no entendería... –respondió Estilicón, de malos modos.
–Un bárbaro en el que no tenéis más remedio que confiar... Entregadme el oro y regresad a vuestras cómodas dependencias. Sería una lástima que os ensuciarais las botas...
Buteo negó con la cabeza.
–Os entregaremos un tercio ahora. El resto, cuando hayáis completado vuestro cometido y nos encontremos de vuelta en este mismo lugar.
Por primera vez durante todo el parlamento, la duda se dibujó en el semblante del huno.
–Iremos contigo, Uldin, y nos cercioraremos de que te haces merecedor del pago convenido.
Sólo entonces lo tendrás –apostilló Estilicón, haciendo una seña a quienes habían quedado a bordo de las naves para que descargaran los cofres con el oro y la plata que debía servir para comprar la voluntad de los hunos.
* * *
Julio del 383. Brigetio
Caía la noche sobre el cielo de Brigetio cuando a Marcial, que permanecía en la muralla, le pareció observar unas veloces sombras dirigiéndose hacia la puerta principal.
–Eh, tú, chico –espetó al primer recluta con el que se encontró, que, adormilado, se apoyaba en el muro interior–. Mira hacia allí y dime quién cojones viene, si no quieres acabar esta noche y las siguientes en el calabozo.
El joven legionario se incorporó con tanta rapidez que tiró su lanza al suelo. Dudó en agacharse a recogerla, avergonzado, pero decidió que lo primero era obedecer las órdenes del centenario, y después ya soportaría la merecida reprimenda que conllevaba su torpeza.
–Mi señor, parecen alanos, pero ¿no deberían venir desde el otro lado del río?
–¿Alanos? –inquirió Marcial, incrédulo.
A toda prisa, descendió la escalera y se plantó en pocos pasos frente al portalón. A su señal, los aburridos legionarios que vigilaban el acceso lo abrieron para dejar entrar a los jinetes, que, en su alocada carrera, se vieron forzados a refrenar a sus monturas para no arrollar al centenario.
–Malditos bárbaros de mierda... ¡Un poco de cuidado! –protestó Marcial, echando mano a la pierna del primero de los jinetes.
Cuando los alanos descabalgaron, Marcial pudo apreciar que, al igual que los animales mostraban signos de extenuación, ellos también apenas eran capaces de mantenerse en pie por sus propios medios.
–Debo hablar de inmediato con el prefecto –oyó que jadeaba Sangiban, a quien Safrax había confiado el mando del grupo.