Dragón 30 #2
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Nepociano contó mentalmente el número aproximado de aquella muchedumbre y resopló. Eran muchos, pero no demasiados. Quizá pudiera funcionar, y todo hombre que pudiera portar un arma les vendría bien en adelante, si es que aquellos hunos terminaban por plantarse frente a la fortaleza.

–¿Traéis víveres con vosotros?

–Todo lo que hemos podido acarrear. Podremos alimentarnos unas semanas con ellos, si es necesario.

A una señal de Nepociano, los legionarios que se habían situado a su izquierda se dirigieron hacia la empalizada.

–Podéis instalaros allí –anunció el tribuno, señalando el portón por el que se accedía al interior del vallado–. Por un tiempo. Después, ya veremos.

Para sorpresa de los presentes, Marbod se arrojó a los pies del tribuno y se agarró a ellos, soltando un gemido, hasta que una pareja de legionarios lo obligó a incorporarse y dirigirse hacia el vallado.

Nepociano, Marval y Baddo permanecieron allí, en pie, hasta que el último de los cuados hubo atravesado el cercano portón, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

–Debemos enviar hombres en busca de Safrax. –Fue ella la primera en hablar, para a continuación tratar de convencerse de que lo hacía porque sabía que el alano era el único que podía vencer a aquellos demonios, no porque anhelara verlo una vez más.

–Safrax tiene ahora mismo sus propios problemas –respondió Nepociano–. Quién sabe si mayores aún que los nuestros. Marval, ve en busca de Alateo y del resto de los jefes. Cuanto antes organicemos la defensa, mejor, no sea que esos demonios terminen por presentarse ante nuestras puertas...

* * *

Junio del 383. Viminacium

–Vaya mierda de sitio... ¿Por qué tuvimos que abandonar Persia? –rezongó Arsaces en cuanto la comitiva de Estilicón cruzó las puertas de la ciudad.

Hacía frío para la época del año, pero el clima les parecía aún peor después de haber pasado una larga temporada en Oriente.

El cielo, gris y opresivo, se extendía allí donde miraran, y las gentes que se cruzaban en su camino lo hacían sin osar levantar los ojos.

Andaban a pasos cortos pero rápidos, sin hablar entre ellos.

Y todo lo que veían en nada recordaba a Goar lo vivido y visto en Antioquía.

Allí ni siquiera parecía haber lugar para los pillastres que aprovechaban el gentío para aligerar las bolsas de los más pudientes.

–Es la podredumbre que emana de Modario –replicó Alarico a su espalda, envarado por la tensión.

El joven vestía entonces como los armenios que seguían a Goar, armado como un guerrero. Había crecido, y su cuerpo estaba más que desarrollado para sus casi catorce años. Por ello todos confiaban en que de aquella manera ni Modario ni sus esbirros fueran capaces de reconocerlo.

–Si no mantienes la boca cerrada, de nada te servirá llevar ese bonito atuendo –le recriminó el alano.

La potente voz de Estilicón al frente de la columna los hizo tirar con premura de las riendas para detener a sus monturas. Con rapidez, Goar saltó del caballo, y cuando Alarico hizo amago de imitarlo, le indicó con un gesto de cabeza que se estuviera quieto.

–¡Qué ven mis ojos! ¡Si es el gran Flavio Estilicón, el hacedor de la paz en Oriente! –lo saludó Tito Buteo, con una estudiada reverencia, desde la fachada del palacio del gobernador.

Estilicón no pudo evitar sonrojarse.

–Tito Buteo, me alegro de verte de nuevo. Si no supiera que existe un solo Dios, creería que tienes el don de la magia, pues estás en todos los sitios a la vez.

–Quizá la use, pero siempre en beneficio de nuestro señor el emperador –respondió el otro, ladino–. Así que ha sido en ti en quien el sabio Flavio Teodosio ha delegado para mantener la paz en la frontera occidental... Sin duda, hace bien, pues has demostrado servirlo con lealtad y eficacia.

–Así es, y hemos llegado en cuanto hemos podido.

El arcani miró de soslayo a la espalda de su interlocutor. De un rápido vistazo contó que apenas eran dos centenares de jinetes.

–Pues habéis llegado justo a tiempo, porque hace pocos días que ha sido vista una horda huna al otro lado del río.

–¿Hunos? –preguntó Goar, ansioso.

–Veo que, como buen alano, nuestro joven Goar arde en deseos de medir sus armas a las de esos salvajes..., sólo que quizá no sea necesario.

–Debemos llamar sin tardanza a la flota del Istro.

Si controlamos el río, conseguiremos mantenerlos en el otro margen –apuntó Estilicón, para quien la aparición de enemigos suponía algo inesperado, pues en principio sólo debía asegurarse de que el conflicto que sacudía Occidente no se trasladara a sus fronteras.

–Ya se ha hecho, pero has de saber que ahora no cuenta ni con los suficientes hombres ni con las suficientes naves como para patrullar la totalidad del limes .

Además, nuestros aliados godos resultan bastante inútiles sobre las cubiertas de los navíos.

Pero no hay que desesperar. He convencido al dux Modario de que lo más inteligente sería hablar con esos salvajes y convencerlos de que, siempre que continúen su camino por la otra orilla hacia Occidente, nada deberán temer por nuestra parte.

Al escuchar el nuevo cargo de Modario, Estilicón sacudió la cabeza. Al menos, pensó de inmediato, no había conseguido ser llamado rey por los suyos.

–Si los dejamos marchar e irrumpen en Occidente, en plena guerra civil, podrían desestabilizar nuevamente a todo el Imperio.

–Al contrario: el augusto Graciano ha asentado a miles de federados al otro margen del río, y quizá sea el momento de debilitarlos antes de que se conviertan en un problema.

Que esos salvajes se maten entre ellos...

¿No lo creéis así, general? ¿Debería llamaros ya así?

–preguntó el arcani con malicia, dando a entender a Estilicón que nada escapaba a su conocimiento, ni siquiera el ofrecimiento del emperador.

–Tribuno –respondió él, conteniéndose.

–Tribuno, entonces. Me alegro de que hayáis llegado a tiempo. Pasado mañana cruzaremos el río y nos reuniremos con el líder huno, un tal Uldin, y con la hechicera que, según se cuenta, no se separa de él ni tan siquiera en el catre... Son unos jodidos salvajes de mierda.

* * *

Junio del 383. Alrededores de Lutetia

Desde la loma en la que había situado a su caballería, Graciano podía observar a los francos que, tras muchas semanas de espera, habían acudido al fin a su llamada.

Lentamente, seguido por su escolta alana y por sus principales oficiales, comenzó descender por el camino de tierra hasta el lugar en el que los cabecillas francos, lejos de su ejército, aguardaban, inmóviles.

El emperador se obligó a refrenar su montura y no partir a galope, como su corazón le dictaba, pues no quería mostrar a sus aliados cuán desesperada era su situación.

En su rostro se apreciaban los estragos de meses de dura campaña e interminables preocupaciones.

Pese a sus esfuerzos, las veteranas legiones britanas habían desembarcado en distintos puntos del norte de la Galia, y la tenaz resistencia de los suyos no había conseguido detenerlas, de manera que las legiones de Máximo avanzaban dispuestas a confluir en Lutetia, donde pretendían derrotar de forma definitiva al legítimo augusto.

Consciente de esto, hacía días que Graciano había ordenado que sus hombres estuvieran preparados para replegarse hacia Lugdunum y dejar la ciudad en manos de su enemigo.

Pero al fin había llegado la noticia de que sus antiguos aliados francos acudían en su apoyo, lo que igualaba las fuerzas.

–Mi señor Flavio Graciano Augusto –lo saludó Batuto echando la rodilla derecha a tierra, para ser imitado de inmediato por los dos hombres que lo acompañaban.

Entonces sí, Graciano entregó las riendas de su montura a Safrax y descabalgó. Olvidando todo protocolo, ayudó a Batuto a levantarse y lo abrazó como a un hermano.

–Amigo Batuto, nada en este mundo me hace más feliz que este reencuentro –dijo, complacido. En su rostro agotado pareció dibujarse un asomo de esperanza.

–Mi señor augusto, siento la tardanza en responder a vuestra llamada. La muerte del rey Malobaudes sumió a nuestro pueblo en el desconcierto, y aún son muchos los que vagan sin rumbo al otro lado del río, rechazando mi guía y la amistad de Roma.

Por un momento, Batuto sintió los azules y fríos ojos de Safrax fijos en él.

–Malobaudes fue un rey extraordinario y un amigo leal, como estoy seguro de que tú lo serás, Batuto. ¿Cuántos hombres has traído?

–Dos mil jinetes y el doble de infantes, mi señor. Los mejores que he podido conseguir.

Graciano asintió, satisfecho, aunque había esperado más.

Por el momento, debía conformarse, pero aún no había dicho su última palabra: pocos días antes había enviado a dos parejas de alanos de regreso a Brigetio con la esperanza de que Alateo y sus godos acudieran a su llamada.

Tardarían en presentarse en el corazón de la Galia, pero, cuando llegara el momento, su presencia sería más que bienvenida.

–Suficientes. Ahora, amigo, celebremos este reencuentro como merece. Mañana tendremos tiempo para devolver a ese hijo de perra de Máximo al otro lado del mar.