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CAPÍTULO XXX
–Mi señor –repitió Cayo Nepociano, llenándose de paciencia–, al otro lado del río hay todo un ejército dispuesto para la batalla.
Si dais la orden, no menos de cuatro mil hombres se pondrán en marcha desde Kelemantia.
Podrían ser más, incluso, aunque entiendo que Alateo se resistiría a no dejar defensa alguna.
Al otro lado de la mesa, Marco Elio Corvino jugueteaba con uno de los punzones con los que solían trabajar sus secretarios, dispuesto a no mirar a los ojos a su subordinado.
Hacía semanas que había llegado la noticia de que una nueva guerra civil había estallado, pero se había negado a apoyar a uno u otro contendiente.
Él sabía muy bien que, en circunstancias como ésa, más le valía mantener la cabeza fría, pues tenía mucho que perder, pero también que ganar, si apostaba por el que finalmente se alzara con la victoria.
–No hemos recibido órdenes en ese sentido, tribuno.
–Pero, mi señor, la situación es desesperada. El emperador se ha visto obligado a retirarse hacia el interior de la Galia, ya que las tropas del usurpador se han hecho fuertes en la costa. Sin el concurso de los francos, nuestra ayuda es fundamental...
–¿Quién tiene el mando de la guarnición de la ciudad, Cayo Nepociano? ¿Acaso has sido ascendido y yo no me he enterado? ¿O tal vez debo hacerte arrestar por insubordinación? –estalló Corvino, lanzando el punzón, que pasó a un palmo de la cabeza del tribuno.
Nepociano apretó la mandíbula y se aferró con fuerza a los reposabrazos del asiento. Contó hasta diez, haciendo un esfuerzo para controlarse y no abalanzarse sobre su estúpido superior. Cuando la sangre había desaparecido casi por completo de sus nudillos, se obligó a responder:
–Disculpadme, prefecto, me he excedido. No volverá a suceder.
Las palabras del oficial consiguieron tranquilizar levemente a Corvino.
–Estoy seguro de que no volverá a ocurrir, tribuno.
Ahora, regresa a tu puesto y no vuelvas a presentarte en la ciudad sin que se te ordene.
Debemos proteger la frontera de quienes habitan en el Barbaricum, cueste lo que cueste.
Ése es el mayor apoyo que podemos prestar a nuestro emperador en este momento.
Sostener la frontera para que él pueda concentrar todos sus esfuerzos en el usurpador. Márchate de una vez.
La furibunda mirada de Nepociano al abandonar los aposentos del prefecto disuadió a los sirvientes de cruzarse en su camino.
–Parece que estés estreñido... Vaya cara llevas, tribuno –le soltó Marcial cuando lo vio salir del edificio.
Sin cambiar el semblante, Nepociano le hizo un gesto para que lo siguiera. Tampoco ningún legionario osó importunarlos, conscientes del humor de mil demonios que dominaba al oficial superior.
–Deja que lo adivine –dijo Marcial cuando se habían alejado lo suficiente del pretorio–. Ese niñato con ínfulas se resiste a enviarnos en ayuda del emperador.
–No es que se resista, es que no va a mover un jodido dedo...
–Si no supiera que es un cabronazo, pensaría que es un cobarde.
Circunstancia que tampoco descarto, pero lo que ocurre es que ese hijo de perra no quiere moverse hasta saber quién va a ganar...
Cada vez quedan menos hombres de honor a este lado del río.
Vaya mierda de mundo que nos ha tocado, tribuno –apostilló, lanzando un escupitajo al suelo.
* * *
Junio del 383. Kelemantia
A Baddo le gustaba subir a las almenas cada atardecer.
En el camino de ronda, todos la conocían, y nadie parecía reparar ya en su presencia.
Desde allí era capaz de contemplar no sólo el oscuro y frondoso bosque que se extendía por el este hasta más allá de donde alcanzaba la vista, sino también la otra orilla, donde en cada sombra se imaginaba la silueta de Brigetio.
Así una jornada tras otra, pero un día, poco después del inicio de la primavera, se había sorprendido al reparar en que todas aquellas tardes había estado allí esperando el retorno de Safrax.
Había sentido sorpresa primero, y vergüenza después, porque era consciente de que una parte de ella lo extrañaba; el olor de su cuerpo, su cercanía.
Safrax se había marchado como el guerrero al que había conocido, letal en el campo de batalla y leal a sus convicciones hasta las últimas consecuencias.
Un líder capaz de anteponer el bienestar de los suyos a cualquier otra cosa; al menos, hasta el instante en el que la amargura y el dolor le habían hecho perder la cabeza.
Era un buen hombre, probablemente el mejor que había conocido.
Pero le aterró pensar en él de otra manera, en un joven atractivo y afable entre cuyos brazos perderse.
Y, pese a ello, cada tarde nacía en ella la esperanza de que a lo lejos se divisara el brillo de las inconfundibles armaduras de los guerreros alanos; la esperanza de volver a ver al hombre que su corazón añoraba.
–Pero ¡qué demonios! ¡Mira allí! –exclamó un burgundio a muy poca distancia de ella.
Baddo desvió la mirada de la hipnótica y reluciente superficie del Istro y, desde aquel muro que se abría hacia el Barbaricum, se volvió hacia el lugar que indicaba el centinela. Aunque de manera difusa, le pareció distinguir que un reguero de gentes avanzaba lentamente desde el bosque.
De inmediato, otras voces se unieron a las del burgundio, y pronto el muro norte se llenó de curiosos que llegaban desde todas partes de la fortaleza.
–Lo siento, mi señora –se disculpó Malvar, que en su carrera hacia el camino de ronda había arrollado a Baddo.
–Eh, jodido alano, tú que eres más joven... Aquel tipo me recuerda al cabrón de Marbod, ¿tú qué crees?
Malvar recogió el arco que se le había caído al tropezar con la mujer y se acercó al burgundio.
Haciéndose hueco entre los mirones, aguzó la vista.
El grupo ya había salido del bosque. Eran casi un centenar de hombres y de mujeres, cargando en sus brazos con cuanto tenían.
Los adelantaba un carro cargado hasta los topes, y sobre éste pudo ver la familiar figura de Marbod, el cuado que había ayudado a Safrax a tomar la fortaleza.
–Sí que lo es –sentenció, y, a grandes zancadas, ganó la escalera y saltó los escalones de tres en tres hasta el patio, seguido a pocos pasos por Baddo.
Cuando llegaron a la puerta, Cayo Nepociano daba la orden de abrir el portón y de que unos doce legionarios tomaran sus grandes escudos para formar.
Baddo, más lenta que Marval, tuvo que ir sorteando a legionarios y curiosos, pues muchos eran ya los que salían de la fortaleza, para alcanzar la primera fila, situándose tras Nepociano y el joven alano.
Éstos no abrieron la boca hasta que el carromato del mercader cuado se detuvo a una veintena de pasos de donde estaban.
–Marbod, ¿qué te trae hoy por aquí? –le preguntó el tribuno, sin dejar de mirar por detrás del carro. Para su tranquilidad, vio pocas armas y aún menos hombres en condiciones de blandirlas. No tenía un buen recuerdo del cuado, precisamente.
–¿Ha regresado Safrax? –preguntó el mercader, que entregó las riendas a una mujer de constitución recia y gesto asustado, antes de saltar sobre el terreno.
Baddo no conocía a Marbod, pero, pese a todo, supo al instante que algo ocurría, pues en su semblante se vislumbraba una profunda inquietud.
Su mirada se desvió luego hacia atrás, hacia un chiquillo de pocas lunas, lloroso y sucio, y en la madre que lo apretaba contra su cuerpo como si temiera que se lo fueran a arrebatar.
–No, y no creo que regrese en bastante tiempo, pues la guerra ha estallado en Occidente.
–Marbod, ¿por qué te presentas con toda esta gente? –le preguntó Marval, nervioso, lo que le valió una mirada airada del tribuno. Aunque le costara asumirlo, el joven había dejado de ser uno de sus subordinados para convertirse en uno de los líderes de sus nuevos aliados.
Los ojos del cuado fueron de los del romano a los del alano sin saber a cuál de los dos dirigirse. El llanto de la criatura a su espalda, agotada tras días de marcha, lo hizo decidirse y sostener la mirada seria de Nepociano.
–Tribuno, abandonamos nuestras tierras hará tres días, y lo mismo ha hecho demasiada gente en las últimas semanas.
Los hombres aseguran que una horda de jinetes oscuros, capaces de disparar con el arco a pleno galope y de una ferocidad nunca vista antes, avanzan en paralelo al río desde el este.
Hay quien dice que no son hombres, que son espectros...
Ni los míos ni yo queremos ser los siguientes en interponerse en su camino.
–¿Quiénes son? –insistió Malvar, aunque en su cabeza ya resonaban las antiguas historias que, en las frías noches, los más viejos contaban alrededor de las hogueras.
–Son los hunos, no pueden ser otros –gruñó Nepociano, maldiciendo su suerte, pues él los había visto combatir en Oriente.
–He escuchado ese nombre, sí, tipos siniestros y sanguinarios, hombres de piernas arqueadas, pues viven a lomos de sus monturas.
Malvar apoyó el arco en el suelo. Los viejos enemigos de su pueblo, aquellos que les habían arrebatado sus tierras y todo cuanto tenían, habían llegado hasta allí.
Y ahora serían ellos quienes deberían hacerles frente.
El joven alano llevó la mano a la cintura y acarició el pomo de su scrama .
No tenía dudas: él lucharía junto a los suyos hasta el final; combatiría como un alano y, si moría, no podría haber deseado una muerte más dichosa que en la batalla junto a sus iguales y contra el enemigo de sus mayores.
–Está bien, Marbod, nada de trampas esta vez, ¿verdad?
Marbod inclinó la cabeza hacia el pecho. Quiso simular indignación, pero fue incapaz. El tribuno no dejaba de tener razón en su reproche.
–Sé que actué mal en el pasado, pero jamás quise hacerte daño, tribuno... Safrax me aseguró que los que se rindieran salvarían la vida, y así fue. Hoy sólo busco protección para mí y para mi gente.